Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 36
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Capítulo 36: Capitulo 36
El sonido del galope apresurado de un caballo resonó en el camino maltrecho. Tolrik iba a la máxima velocidad que le permitía el caballo, sintiendo cómo el viento silbaba a su alrededor como si fuera una flecha detrás de él.
Iban nada menos que tres Guardas de la secta que habían respondido a su llamado, además de, claro, dos personas extras.
El galope continuó hasta que llegaron a la base de una colina. Tolrik la reconoció; faltaba poco para que llegaran al castillo que lo vio crecer. Los terrenos del Clan Kangqueror estaban cerca de este lugar.
Una persona se acercó apresuradamente. Tenía el cabello rojo como el rubí y tenía una expresión solemne en el rostro; tenía aproximadamente la misma edad que Tolrik y portaba una lanza en su mano.
Tenía una expresión funesta en el rostro, cosa que hizo que el corazón se hundiera incluso antes de que dijera unas palabras.
—Tolrik, los Gigantes se han abierto paso a través de las aldeas, las han saqueado y destruido —dijo mientras apretaba los dientes de ira—. El castillo sigue indemne pero lo están cercando; los supervivientes al parecer se han refugiado en su interior. Por ahora siguen saqueando, pero no tardarán mucho en ir al castillo.
Detrás de él apareció el resto del grupo.
Todos iban a caballo excepto dos que iban en el carromato. Uno de ellos era el mensajero de su padre que había logrado llegar donde su comitiva y ayudarlo; el otro era el siervo que llevaba el carromato. Según recordaba, el nombre de ambos era Jonio y Ducanor.
—Debemos atacar pronto por sorpresa, no tenemos suficiente tiempo para esperar a las fuerzas de la Hegemonía —gruñó un hombre de mediana edad y de porte imponente. Era el mayor de los presentes y era el más poderoso del grupo; era un Guarda oficial, por lo cual era un Señor Mortal. Su nombre era Gedik.
—Cumpliré su voluntad, amo Tolrik, esa es mi misión —dijo el último miembro del grupo.
Medía más que cualquiera de los presentes, incluso si todos eran Feysir. Tenía el cabello afeitado dejándole una cola de caballo de color esmeralda y tenía una contextura gruesa, siendo un brazo suyo tan grueso como la propia pierna de Tolrik.
Su nombre era Fernand, y a pesar de ser un Guarda, también era un siervo del Clan Kangqueror cuya lealtad nunca se había movido en lo más mínimo.
—Atacaremos y exterminaremos a estas alimañas, les mostraremos el poder de la Hegemonía. —Y con una mirada severa su mirada cayó en el carromato detrás de él y murmuró—: Ustedes quédense aquí y esperen al resto. Terminaremos rápido.
Y sin esperar respuesta el grupo desapareció a la distancia a gran velocidad mientras los caballos se hundían en el espeso bosque de Ulheim.
…..
Tanto Tolrik como Benia eran jóvenes, niños prácticamente a los ojos de Ulrika. Una pareja tierna de novios de infancia, algo que ella misma no había tenido a pesar de haber conocido a varios jóvenes talentosos de su edad. Lamentablemente su talento y su propia reputación que crecía con el tiempo la habían aislado en ese sentido.
Por eso vio la relación naciente entre su hermanito y Benia como algo agradable de experimentar, por lo menos como una tercera persona no involucrada.
—Espero que Benia no quede embarazada si lo hacen, no quiero ser tía tan pronto —pensó con una expresión un tanto envidiosa así como irónica, mientras pensaba en la relación de ambos.
Aunque para desgracia de las ensoñaciones románticas de la propia Ulrika, había subestimado la torpeza de Tolrik así como la irascibilidad de Benia.
Así como muchos amores de juventud, los sentimientos eran intensos porque eran una experiencia nueva, pero a su vez el miedo podía hacer que estos primeros roces amorosos se volvieran infructuosos.
La inexperiencia, después de todo, era una maldición para los jóvenes amantes, pero también una necesidad.
Tener decepciones amorosas era algo que cualquier persona debía tener para poder ver su sentido del mundo y de las personas cambiar y moldearse bajo sus pies.
Lamentablemente el camino de muchas personas comenzaba torcido en una dirección que probablemente nunca debería haber mirado.
—Me tengo que ir —dijo preocupada Benia por Tolrik mientras miraba el camino por el cual él y el resto habían desaparecido.
—Tranquila —dijo Ulrika—, volverán pronto. Son solo unos saqueadores ordinarios, deberían poder encargarse por ellos mismos.
Pero Benia no estaba tranquila y nerviosamente se retorcía en el carromato mientras miraba por la ventana.
Ulrika también se puso algo nerviosa mientras recordaba el mensaje de su padre. No se lo había dicho a Tolrik porque sabía que iría inmediato al clan, pero aun así un mensajero había llegado y hecho que el viaje del grupo, en principio en dirección a la Secta de la Rama Sombría, se desviara al clan.
Había pasado menos de una semana de viaje y se habían desviado. La distancia hasta la Isla del Alba era bastante larga cruzando Otranto; después de todo, era un área bastante desolada y tendrían que desviarse por el exterior de la Cordillera Helada.
Pero las incursiones gigantes habían disparatado los planes del grupo. Además de que se suponía que cruzarían el condado de Ahmedapacha, donde estaba la ciudad de Edna, su verdadero objetivo de infiltración.
Y mientras los caballos pura sangre avanzaban a un ritmo constante por el camino de tierra y roca…
Repentinamente un sentimiento extraño inundó su mente cuando sintió a la distancia una fuerte perturbación de energía espiritual.
—¡¿Qué está pasando?! —gritó apresuradamente Ulrika mientras miraba al exterior del carromato sacando la cabeza hacia el camino.
Y entonces vio delante suya una carroza volcada, en la cual la cabeza ensartada en una saeta del conductor sobresalía sobre un árbol en la cercanía, mientras su cuerpo destrozado estaba tendido en el suelo.
Mientras, más adelante, una lucha férrea se cernía ante los ojos de los presentes, que con miradas de horror gritaron mientras intentaban retirarse.
Porque inclusive los licanos se sentían intimidados ante la presencia de los monstruos de carne y hueso que era la Raza Gigante.
Y ahora estaban enfrente de ellos.
…..
El rayo inundaba los alrededores como si fueran copos de nieve. Ducanor apenas pudo reaccionar cuando decenas de lanzas de rayos atravesaron el aire sobre su cabeza.
—Maldición.
El carruaje tembló mientras era volcado hacia la derecha del camino; él, al estar a su lado, apenas logró evitar ser aplastado por el mismo.
—Esos no son malditos bandidos comunes —gruñó Ducanor mientras observaba de reojo encima del carruaje.
Una flecha atravesó el aire silbando sobre su cabeza; apenas logró bajarla rápidamente para ver la cabeza del pobre de Jonio empalada en el árbol enfrente de él, con el cuello destrozado y restos de columna vertebral colgando de forma torcida.
—No me jodas.
El temor brilló en la mente de Ducanor. Jonio no era un chófer ordinario, era un Noble, no uno fuerte, pero había muerto tan fácilmente que prácticamente le hizo dudar de su propia vida.
—Vamos, cobarde azul, muestra tu cabeza un poco —escuchó una voz lejana hablando con un tono provocativo—. Morirás de todas maneras como tus amigos. Pronto llegarán el resto de pequeños sangre azul, ¿cierto?
Una risa y otras voces bajas se escucharon tras sus palabras. Ducanor no fue capaz de calcular la cantidad de personas a la distancia, pero estimó que eran por lo menos tres.
—Las mujeres serán buenas esclavas, mientras que a las más bonitas tal vez les demos de probar un poco de la razón por la que nos llaman Gigantes.
—Gigantes… —gruñó para sí mismo ignorando las palabras del bandido—. Mierda, mierda, mierda.
—¡Ajajjajajaja!
Más risas resonaron cada vez más cerca, mientras Ducanor también sentía a lo lejos el ruido de otros carruajes. No tardarían en llegar el resto de la comitiva; si ese grupo de bandidos los sorprendía podrían morir casi todos.
La Runa Dhármica de Grifo brilló en su cuerpo al unísono de la Runa Dhármica de Kirin.
Y en un instante saltó directamente sobre el carruaje volteado, solo para ser sorprendido por un enorme martillo de hielo que directamente golpeó su pecho, haciendo temblar sus órganos mientras la sangre florecía de su boca y oídos.
No podía oír nada. Su cuerpo fortalecido por la Runa Dhármica le permitió sobrevivir al ataque, pero aquello no le daba una defensa impenetrable.
—Mátalo —escuchó a duras penas encima de él.
Logró divisar tres hombres, todos de aspecto similar, altos, muy altos, de cuatro metros, tal vez un poco más. Uno de ellos portaba un martillo cubierto de escarcha, mientras que el otro portaba una ballesta tan grande que probablemente se requerían dos Feys para cargarla.
—Es un maldito manco, no requiere ningún esfuerzo…
Repentinamente Ducanor, como una bestia furiosa, antes de que el primer gigante pudiera atacarlo nuevamente, extendió su boca y mordió directamente, enterrando sus dientes afilados en su carne.
—¡Maldito hijo de perra, suéltame!
Sus puños descendieron en su rostro como yunques.
Destrozando y nublando su conciencia con cada ataque, intentó resistirse, pero no tenía fuerza para realizar un ataque. El puño descendió nuevamente sobre él, destrozando su mandíbula; usaba el pomo del martillo para desgarrar parcialmente su mejilla.
En ese momento la muerte y la inconsciencia estaban más cercanas para Ducanor. No sentía dolor, todo era confuso; su visión estaba nublosa mientras que apenas podía percibir su entorno.
Intentó invocar la llama helada circulando la energía espiritual con su mano izquierda, pero entonces un dolor garrafal, que su boca rota y conciencia destruida no le permitía gritar, lo detuvo.
—Moriré así —pensó confundido.
No podía pensar bien, pero la idea de morir le pareció curiosa. Nunca había temido a la muerte, pero se sentía estúpido muriendo de esta manera: emboscado, rodeado y humillado.
Así moriría el gran Ducanor Kal Arreus.
—Qué inútil.
No sabía quién dijo esas palabras, o tal vez las había pensado, pero aun así eso provocó que gruñera por última vez e intentara moverse.
Y entonces finalmente logró abrir sus ojos para pelear por última vez si era necesario.
Porque moriría con un arma en mano, porque ese era su destino.
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