Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 39
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Capítulo 39: Capitulo 39
—Año 392 antes de la Ascensión del Monarca Celestial—
Extracto de los principios del Códice Rubí.
No existe otra verdad que lo que afirmo.Así como es arriba, es abajo; y así como es abajo, es arriba. Así es como rigen las leyes.Así como todo surgió de la Mónada, así como de su única voluntad, toda la extensión del todo es creada por la Mónada por causalidad.Su padre es el sol, la madre es la luna, el viento su vehículo y la tierra su nutriente.La Mónada es todo lo perfecto.Sus dones son milagrosos en la tierra.Separa lo húmedo de lo seco, lo blando de lo duro, lo frío de lo cálido.Asciende del cielo a la tierra y desciende de la tierra al cielo, y serás luz y no oscuridad.Así la voluntad será tu fortaleza, así como tu arma; te protegerá del fuego y la muerte, y penetrará la tierra y la distancia.Así es como obra.De aquí surgen las maravillas de este mundo y de todos los demás.Porque ese es mi nombre: Vulcanelli, poseedor de la sabiduría de los tres reinos.Todos los misterios de la luz han sido desvelados.
……
La música cubría el escenario. Un teatro repleto de personas hasta el punto que parecía estar a punto de explotar; en este lugar se estaba llevando a cabo una obra de teatro.
Esta obra mostraba a un antiguo rey de Tara intentando rebelarse en contra de la Hegemonía. Para lograr su objetivo, había esclavizado a un legendario Zhulong, uno de los últimos descendientes de los dragones celestiales, pero finalmente fue derrotado por la Hegemón de la Rosa Sangrienta, quien se dice que convirtió todo el campo de batalla en un jardín floreado que consumió la sangre de sus enemigos.
Y ahora estaba siendo interpretada, la escena en la que el dragón era capturado y derrotado por la Hegemón con sus propias manos. Obviamente, la escena era dramática y casi trágica; la Hegemón portaba una túnica suelta que dejaba al descubierto su vientre y hombros, mientras cubría su rostro con una máscara sonriente con una rosa en el ojo izquierdo.
—Quién diría que esa mujer finalmente sería conocida como la madre de todas las putas, la gran ramera —gruñó su acompañante con una sonrisa sardónica.
Era una mujer de piel pálida y cabello dorado. Tenía los ojos de un color escarlata hechizante, la piel de un blanco como la leche y un cuerpo delicado sin ninguna pizca de grasa o músculo, como muchos Feys a los que últimamente se había acostumbrado.
—Esa es una leyenda sin demasiada evidencia —gruñó una tercera persona. Era una mujer con un aura erudita, un rostro frío y sin emociones que a su vez tenía una mirada llena de inteligencia, cabello negro y piel de un rosado saludable con una leve base blanca de maquillaje en su rostro, haciéndola parecer una muñeca.
La actuación era interesante a los ojos de Jalida, aunque tal vez las fuentes de la misma obra no fueran las más correctas. Lamentablemente no podía hablar con el director o con cualquiera realmente.
Después de todo, nadie la podía ver.
—¿Estás aburrido acaso de la obra, Heraclio? —preguntó con curiosidad la mujer velada de cabello verde. La pitonisa de Sasania estaba acostumbrada a asuntos de esta índole, aunque la gloria de su labor hacía tiempo había acabado.
—Maestra —dijo el hombre perezosamente, cubierto por una armadura carmesí, mientras se quitaba el casco revelando un rostro adusto y atractivo, pero con una expresión severa y ojos llenos de un aura intimidante y locura.
Su boca estaba abierta en una perpetua sonrisa que ocultaba con su máscara, ya que cuando sonreía revelaba las dos aterradoras hileras de dientes de su especie.
—Me aburre de sobremanera. Me parecen mucho más divertidos los espectáculos de gladiadores o los cotos de caza, o inclusive los cantos y bailes de los Filiad me parecen más interesantes —respondió sin tapujos su siervo.
—Al parecer extrañas el Continente del Este —dijo con una sonrisa Jalida, mientras desviaba la mirada hacia el espectáculo—. En cierta forma, yo también lo extraño.
Sus palabras sorprendieron de cierta forma a sus invitados.
Ella ya no estaba en el Continente del Este, sino en la isla de Tesara, una de las islas más ricas del Continente del Sur, así como uno de sus principales puentes comerciales. Aquí no era la raza Fey la que reinaba suprema como en el Este, sino los Argénteos y Áureos.
La raza de plata y de oro eran las dos razas más poderosas del Continente del Sur y, por lo tanto, de prácticamente todo el reino mortal, gracias al dominio de la Hegemonía durante miles de años sobre gran parte de los cuatro continentes. Aunque era raro, llegado a este punto, que no hubiera rebeliones cada pocas décadas en cada continente, además de que los propios hegemones morían como coles de campo en batallas o en conjuras en su contra por parte de sus propios hombres o competidores.
La raza de plata y oro, a diferencia de los Feysir y Feynir, no eran considerados físicamente poderosos ni con gran presteza física o mágica, pero sí eran razas con una gran vitalidad.
La raza de plata había recibido el don de una vida larga y fructífera. A diferencia de los Fey, que apenas podían vivir poco más de dos siglos antes de mostrar signos de envejecimiento, los argénteos (como les gustaba llamarse a sí mismos) recibían una longevidad que superaba el milenio, incluso entre los de novena generación. Además de que, a pesar de que no eran famosos por su fuerza física como los Feysir, sus habilidades de combate, proeza marcial y disciplina no tenían comparación en las épocas de gloria del Consulado y la Hegemonía.
Y luego estaba la raza de oro, una raza con la capacidad de moldear la realidad a su antojo.
Y la mujer a su lado, de cabello dorado y aspecto inocente, podía considerarse parte de aquella raza, o por lo menos en el pasado lo hizo.
—No me digas que consideras el entretenimiento del Continente del Este superior al de tu propia tierra natal, Jalida —dijo la mujer de cabello dorado.
Su nombre era Stata Mater, un nombre noble de la más alta clase.
—Considero degenerado el espectáculo de estas tierras, Stata —respondió indiferente Jalida—. Obviamente tiene su encanto, pero el sentimiento de paz que siento en estas tierras que me vieron nacer palidece con la paz real que siento en mi segundo hogar.
—Si el hegemón te escuchara decir eso, tal vez destruiría el oráculo antes de lo que prevés —dijo con cierta cautela y preocupación sincera Stata.
—Bueno, el actual hegemón lleva menos de dos décadas en el poder y ya se ha enfrentado a varias invasiones en el oeste. La integridad de la Hegemonía es bastante frágil y ha disminuido y aumentado de tamaño a lo largo de toda su existencia de treinta milenios —comentó la mujer de cabello negro y rostro maquillado.
—No estoy preguntando la situación geopolítica de la Hegemonía, Alamut. Simplemente, aunque la Hegemonía esté de capa caída, un hegemón sigue siendo un hegemón. Incluso un Sempiterno tendría cuidado con ellos.
—Treinta milenios… qué tiempos, han cambiado varias cosas en estos treinta milenios de historia —respondió ella mientras observaba el espectáculo, al igual que Stata, que al parecer ya no tenía interés en la conversación.
A lo cual ella pensó mientras observaba el espectáculo: «Aun así la gente sigue estando bastante contenta. Supongo que eso significa la frase “pan y circo” irónicamente».
Sus ojos cayeron inconscientemente en la ropa que usaban las mujeres en el escenario, la cual era bastante distinta a la del este.
Las mujeres nobles del Continente del Este acostumbraban vestir abrigos de piel y vestidos de colores primarios, o de blancos y negros, y eso en el caso de las mujeres que más velaban por su imagen. En el caso de las mujeres de la raza áurea y argéntea, esto era mucho más exagerado.
Peinados decorados con decenas de accesorios (si no cientos), maquillaje y pinturas, así como bálsamos que cubrían la piel cambiándole la tonalidad y el brillo, y peinados de todos los estilos imaginables cubrían todo el salón. Y la ropa era muy diferente; en vez de vestidos bordados o pieles, usaban la seda y el algodón, además de ser bastante común ver ropajes que dejaban poco a la imaginación, portando a lo sumo una falda corta abierta y una blusa de placas metálicas.
Mientras pensaba en aquello y se aburría de la obra absurdamente dramática, llena de metáforas poéticas y palabras trágicas, su mente se desplazó a los alrededores, donde escuchaba varias conversaciones interesantes con sus sentidos ampliados.
—¿Has oído hablar de esa mujer? Se dice que ya ha quedado embarazada varias veces, pero ha abortado —murmuró una voz femenina a unos trece metros de distancia.
—Me pregunto cuánto cobrará una oriental por una mamada… Espero que no le importe abrir las piernas para otras tres personas —dijo otra voz a diecisiete metros.
—Oye, ¿has escuchado rumores sobre los asesinatos recientes? Se dice que está relacionado con los azogues —murmuró una voz femenina que mostraba signos de terror, pero también de una fascinación extraña hacia esa palabra.
—Son solo rumores, pero tienes razón. A pesar de que la muerte de los mestizos no es rara, ya he oído que ha muerto uno de décima generación, asesinado con la garganta abierta y vacío de sangre corriendo por las venas.
—Qué miedo —susurró la mujer en un tono coqueto a la distancia. No era necesario en este punto tener súper oídos para saber qué iba a pasar a continuación.
Aislando sus sentidos, la mirada de Jalida volvió a la obra, pero no sus pensamientos, que corrían hacia una palabra.
«Azogue…», pensó. «Interesante. Si no me equivoco, son los miembros de la raza de plata que han sido corrompidos por el deseo y que han sufrido una degeneración en su linaje».
Pero antes de que pudiera pensar más sobre aquello, repentinamente el aire en la estancia se sintió extrañamente pesado y una voz severa y a su vez siniestra llenó el lugar.
—Así que estabas aquí, Stata. No pensé que te atreverías a volver a acercarte al continente, mientras siguieras viva.
Una figura surgió del vacío en la habitación, rompiendo el velo de oscuridad en el interior de la misma. Pero, aun así, nadie fuera de la habitación era capaz de detectar cualquier cambio o anormalidad en ella.
Eso era trabajo de Jalida. Lo llamaba “experimento del espectador”, o mejor dicho, Barrera sin Testigos.
Mientras nadie en el exterior de la habitación viera en su dirección y reconociera la existencia de ellos, serían invisibles, incluso si la visión de uno de los presentes pasaba superficialmente sobre ellos mientras no enfocaran la vista en su dirección. Aunque obviamente esa habilidad no funcionaba en su visitante.
Abriendo el propio espacio con sus propias manos, se reveló su figura: una mujer de cabello blanco platinado y piel de una tonalidad azur, vestida con una túnica ceremonial decorada con gemas y otros adornos esotéricos. Se reveló la figura coronada con una tiara de tres puntas rectas que terminaban en la figura de tres estrellas.
Sus cuatro manos llevaban diferentes tesoros: una daga, un cuenco de bronce, una llave de plata y un cetro.
—Ops —dijo con severidad Jalida mientras su presencia parecía extenderse a pesar de su aspecto inofensivo. La mujer era alta, medía más de tres metros de altura y tenía una figura y belleza divina.
Y ahí estaba ella enfrentándose a ella.
—Jalida, qué placer tener a la última pitonisa en mi presencia. Realmente es glorioso, esto hace que mi misión sea mucho más sencilla.
—¿Misión? —gruñó con frialdad Jalida mientras miraba a la mujer, que era la exponente más grande de la raza de plata, pero aun así su sangre distaba de ser la de sus parientes actuales; probablemente sería más cercana en linaje a los Siths que a su propia raza.
La raza de plata normalmente tenía el cabello plateado, carne y piel como el lapislázuli, y una belleza sobrenatural con luz en la mirada como si fueran lo más bello en la creación (aunque bueno, esa era su propia descripción, era una raza arrogante y vanidosa de su propia perfección).
Y ahora estaba delante suya con esa mirada brillante en sus ojos.
—Sí, misión —dijo con un dejo de burla Ops—. ¿O acaso olvidaste, pitonisa, que la mujer a tu lado ya no pertenece ni a los áureos ni a los argénteos? Ya no tiene la protección del hegemón, aquello lo perdió con su propia muerte.
—¿Y acaso esa pérdida de protección significa una segunda muerte para mí? —gruñó con fiereza Stata.
—No, pero necesitas ser probada. Si te hubieras quedado escondida en tu propio lugar, tal vez tendrías razón, pero por ahora has vuelto al territorio de facto de la Hegemonía. —La sonrisa en el rostro de Ops se ensanchó—. De facto, han enviado un cónsul que da poder sobre los océanos del este y sus islas.
—Y el congreso ha decidido si quitarte tu lugar como legisladora o conservarlo; después de todo, en vida eras una optimates.
Stata frunció el ceño. Su expresión se transformó de ira a frustración y, finalmente, aceptación. —Entonces, ¿qué quieren esos viejos monstruos? ¿Quieren acaso que vuelva y me case con uno de sus descendientes o quieren que abandone la Hegemonía por completo?
—No es necesario que pienses demasiado. La prueba es sencilla y su ejecución aún más —respondió Ops.
—¿A qué te refieres? —dijo repentinamente Jalida, mientras tenía un mal presentimiento en todo esto.
—Tu cabeza será nuestra hasta que superes tu prueba —dijo con una sonrisa perversa Ops—. Mientras tanto, la persona que la realizará es alguien que conoces.
Sin dejar de lado su sonrisa, su mirada cayó nuevamente en Jalida mientras murmuraba: —Por eso me alegraba tanto verte por aquí, Jalida. Supongo que es el destino.
Entonces la presión de ambos bandos estalló mientras la figura de Jalida se ponía de pie y el vacío temblaba. Pero, aun así, no lucharon. En un instante, la figura de Ops había desaparecido dejando tras de sí las siguientes palabras:
—Espero que vuestra competencia sea entretenida, después de todo, es tu cabeza la que está en juego, Stata.
Y como un presagio siniestro de aquellas palabras, un grito salió de la boca de Stata.
Al mismo tiempo que la obra de teatro terminaba, con la bestia decapitada y la paz reinstaurada.
Por ahora.
La sangre cubría el suelo. Era de color blanco, pero un poco más brillante, parecía casi fosforescente, lo cual delataba de antemano la identidad del fallecido:
Un miembro de la raza de plata, de por lo menos novena generación.
—Qué mierda está pasando aquí —gruñó Greyfowl, con un tono un tanto molesto así como cargado de hartazgo.
La raza argéntea era considerada una raza guerrera, mientras que los áureos eran considerados una raza intelectual; con ese objeto habían sido creados por el panteón, o por lo menos eso decían las leyendas.
—Magister —dijo su subordinado de cabello plateado casi grisáceo. Tenía un aspecto nervioso; a pesar de que era de día, estaba extremadamente pálido por la gran cantidad de sangre (y no lo culpaba, la misma sangre corría por sus venas).
—Qué sucede, Azur. ¿Algún testigo o algo que ayude? Este es el maldito cuarto caso en menos de un día. Ni siquiera era tan tarde, apenas oscureció y ya hubo un muerto —dijo con furia, mientras nerviosamente metía su mano en el espacio de su armadura de color ónix con una corona de laurel en la placa del pecho, lo cual mostraba su estatus como un Magister Ónyx, el jefe de las fuerzas de seguridad internas de la ciudad de Tesara.
—Nada, magister —dijo con un tono educado Azur mientras sacaba apresuradamente una pipa de fumar y la llenaba a un ritmo desesperadamente lento.
—¿Nada? —gruñó, haciendo que Azur se sobresaltara y casi dejara caer la pipa.
—Nada, desgraciadamente. Nadie vio nada sospechoso ni detectó el olor a sangre. Hubo varios nobles borrachos que quedaron inconscientes cerca del área luego de salir del teatro, pero a pesar de ello estaban indemnes.
Frunciendo el ceño ante lo irrisorio de la situación, Greyfowl evaluó nuevamente el cadáver enfrente suyo. Era el de un hombre de cabello plateado, vestido con una camisa floreada y una capa de color fucsia. Su rostro estaba deformado en una expresión de horror a causa de que su mandíbula estaba desencajada y rota, y la mayor parte de su rostro estaba deformado por haber sido estampado repetidamente en el asfalto. Además, tenía una gran porción del cuello desgarrada por una mordida extrañamente humanoide.
—Magister, entonces ya está confirmada su identidad —preguntó con cierto miedo y preocupación, ante las palabras que estaba seguro de que iba a oír.
—Sí, supongo que no hay que extender lo inevitable —gruñó con desgana—. Informa que el hijo menor del princeps, Karna Noir Arhilde, ha sido encontrado muerto.
Sus palabras hicieron que toda la Guardia Ónyx que estaba alrededor se congelara ligeramente mientras se miraban dudosos.
—Que comience la cacería. No importa si es un maldito azogue o incluso un sulfuro, colgaremos su cabeza de una estaca.
…..
Si había algo a lo que echarle la culpa, Korelia probablemente diría que era a su propia mala suerte, además de su bajo perfil. Tal vez aquello atraía de forma inigualable los problemas, inclusive cuando intentaba pasar desapercibida.
—¿Tu nombre es Korelia, hija del princeps de Maeve? —preguntó con frialdad un hombre de aspecto intimidante. Era un argénteo.
Por lo cual destacaba su piel de tonalidad azul y cabello blanco pálido; no era plateado exactamente, pero probablemente la disolución del linaje argénteo tenía algo que ver.
—No es princeps, es el Señor de Maeve. Aunque bueno, de facto sería princeps bajo la regla de la Hegemonía —dijo encogiéndose de hombros Korelia mientras era interrogada por el hombre.
Después de todo, se suponía que ella era la última acompañante del fallecido heredero del princeps de Tesara.
—Señor —respondió con desdén el argénteo—. Sí, claro. Tal vez en tu continente fuera un gran señor, pero inclusive los reyes del Este se arrastran en comparación a los princeps del Sur.
Korelia no tenía intención de corregirlo; después de todo, ya estaba en bastantes problemas. Si tenía que contar las acciones que la habían llevado a ser detenida por el Magister Ónyx, probablemente podría rememorar las últimas dos semanas.
Había abandonado hacía poco el Continente del Este. La razón: su padre. Él quería emparejarla con algún noble sureño y, si tenía suerte, deshacerse de ella; después de todo, los problemas y los rumores que había generado por su inusual talento para atraer desastres eran legendarios. Hasta el punto que la llamaban “La Peste Viviente”.
Desde ataques de bandidos, piratas, secuestros, espías, terroristas, bestias… todo tipo de accidentes y situaciones en las cuales había sido simplemente una víctima o un testigo inocente.
«Aunque me alegro de cierta forma. Así podré despegar la organización a nuevas alturas. El Culto de la Bruja será tan grande como el propio reino». Poner un pie en el Continente del Sur con su culto era indispensable, y realmente tenía curiosidad por la situación de este lugar.
O por lo menos ese era su plan inicial, pero ciertos factores alteraron esta idea desde un principio.
—Entonces no viste nada raro, ni una persona sospechosa —preguntó con intensidad el hombre de aspecto siniestro a pesar de ser un guardia, haciendo enarcar una ceja a Korelia mientras fingía temor y nerviosismo.
—No, no vi nada. Karna me había pedido que lo dejara solo cuando llegó al centro de la ciudad, solo quería usarme como tapadera —dijo con un aire triste y desesperado Korelia.
Pero el hombre frunció el ceño mientras miraba a su compañero y murmuraba unas palabras en voz baja.
—¿Y no viste a nadie sospechoso? ¿Ni una figura como la de un azogue en las cercanías? —preguntó el guardia Ónyx.
—No —respondió apresuradamente Korelia mientras sacudía la cabeza—. No había nadie que nos siguiera… creo.
Pero agarró una palabra clave dentro de esta conversación: Azogue. Eso era interesante.
Azogue no era el nombre de una pandilla o lugar, era una raza, una deformación de una palabra conocida: Argénteo.
La raza de azogue era una corrupción a esto. Hace más de veinte mil años, durante el culmen de la Hegemonía en arte, poder militar e intelectual, muchos miembros de la raza de plata y oro cayeron en el jolgorio tanto físico como intelectual, entrando en contacto con ideas impías y búsquedas de trascender la carne. Una escuela filosófica surgió de aquello: El Culto del Sol Negro.
Pero… Lamentablemente todo tiene un precio, y el precio de este culto fue la pérdida completa de la luz. Sus cuerpos se volvieron negro azabache mientras que sus ojos se recubrieron de pupilas serpentinas. Se dice que si entran en contacto con la luz pura del sol, su cuerpo arde entrando en combustión instantánea (para los más débiles), mientras que los más poderosos se vuelven estatuas de mármol negro hasta que la luz del sol desaparezca.
Estos condenados a vagar con sus cuerpos inmortales sin ver la luz del sol son llamados los Sulfuros (la raza de azufre, en contraposición a los Áureos, la raza de oro). Mientras que su equivalente para la raza de plata son los Azogues (o la raza de mercurio), que son criaturas con aspectos inhumanos, perdiendo sus facciones bellas y armoniosas por partes animales. Aunque siguen teniendo la apariencia ordinaria de un miembro de la raza de plata, a excepción de que su cabello es de color ceniza, en la noche sus cuerpos toman formas animales y bestiales, devoran los cadáveres y cometen canibalismo.
Pero lo que más destacaba de los miembros de esta raza era una deformación: tenían las características vestigiales de un escorpión. Esa era la mayor corrupción de la raza azogue.
«Se parece demasiado a una versión deformada de la leyenda del vampiro», pensó para sí misma Korelia.
Realmente le pareció curioso que hubiera un equivalente de ese tipo. A pesar de que los áureos y argénteos vivían diez veces más que un humano, seguían teniendo ese miedo innato a la oscuridad y a la muerte, y lo que habitaba detrás de ella. Lo cual era extrañamente muy humano.
Pero antes de que pudiera disfrutar de esa información, que era lo que realmente buscaba, repentinamente la agarraron de los hombros.
Y el guardia dijo con un tono severo: —Llévensela e interróguenla. Y cuando terminen —con una mirada fría como si mirara a un objeto y no a una persona, agregó—, hagan lo que quieran.
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