Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 40
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Capítulo 40: Capitulo 40
La sangre cubría el suelo. Era de color blanco, pero un poco más brillante, parecía casi fosforescente, lo cual delataba de antemano la identidad del fallecido:
Un miembro de la raza de plata, de por lo menos novena generación.
—Qué mierda está pasando aquí —gruñó Greyfowl, con un tono un tanto molesto así como cargado de hartazgo.
La raza argéntea era considerada una raza guerrera, mientras que los áureos eran considerados una raza intelectual; con ese objeto habían sido creados por el panteón, o por lo menos eso decían las leyendas.
—Magister —dijo su subordinado de cabello plateado casi grisáceo. Tenía un aspecto nervioso; a pesar de que era de día, estaba extremadamente pálido por la gran cantidad de sangre (y no lo culpaba, la misma sangre corría por sus venas).
—Qué sucede, Azur. ¿Algún testigo o algo que ayude? Este es el maldito cuarto caso en menos de un día. Ni siquiera era tan tarde, apenas oscureció y ya hubo un muerto —dijo con furia, mientras nerviosamente metía su mano en el espacio de su armadura de color ónix con una corona de laurel en la placa del pecho, lo cual mostraba su estatus como un Magister Ónyx, el jefe de las fuerzas de seguridad internas de la ciudad de Tesara.
—Nada, magister —dijo con un tono educado Azur mientras sacaba apresuradamente una pipa de fumar y la llenaba a un ritmo desesperadamente lento.
—¿Nada? —gruñó, haciendo que Azur se sobresaltara y casi dejara caer la pipa.
—Nada, desgraciadamente. Nadie vio nada sospechoso ni detectó el olor a sangre. Hubo varios nobles borrachos que quedaron inconscientes cerca del área luego de salir del teatro, pero a pesar de ello estaban indemnes.
Frunciendo el ceño ante lo irrisorio de la situación, Greyfowl evaluó nuevamente el cadáver enfrente suyo. Era el de un hombre de cabello plateado, vestido con una camisa floreada y una capa de color fucsia. Su rostro estaba deformado en una expresión de horror a causa de que su mandíbula estaba desencajada y rota, y la mayor parte de su rostro estaba deformado por haber sido estampado repetidamente en el asfalto. Además, tenía una gran porción del cuello desgarrada por una mordida extrañamente humanoide.
—Magister, entonces ya está confirmada su identidad —preguntó con cierto miedo y preocupación, ante las palabras que estaba seguro de que iba a oír.
—Sí, supongo que no hay que extender lo inevitable —gruñó con desgana—. Informa que el hijo menor del princeps, Karna Noir Arhilde, ha sido encontrado muerto.
Sus palabras hicieron que toda la Guardia Ónyx que estaba alrededor se congelara ligeramente mientras se miraban dudosos.
—Que comience la cacería. No importa si es un maldito azogue o incluso un sulfuro, colgaremos su cabeza de una estaca.
…..
Si había algo a lo que echarle la culpa, Korelia probablemente diría que era a su propia mala suerte, además de su bajo perfil. Tal vez aquello atraía de forma inigualable los problemas, inclusive cuando intentaba pasar desapercibida.
—¿Tu nombre es Korelia, hija del princeps de Maeve? —preguntó con frialdad un hombre de aspecto intimidante. Era un argénteo.
Por lo cual destacaba su piel de tonalidad azul y cabello blanco pálido; no era plateado exactamente, pero probablemente la disolución del linaje argénteo tenía algo que ver.
—No es princeps, es el Señor de Maeve. Aunque bueno, de facto sería princeps bajo la regla de la Hegemonía —dijo encogiéndose de hombros Korelia mientras era interrogada por el hombre.
Después de todo, se suponía que ella era la última acompañante del fallecido heredero del princeps de Tesara.
—Señor —respondió con desdén el argénteo—. Sí, claro. Tal vez en tu continente fuera un gran señor, pero inclusive los reyes del Este se arrastran en comparación a los princeps del Sur.
Korelia no tenía intención de corregirlo; después de todo, ya estaba en bastantes problemas. Si tenía que contar las acciones que la habían llevado a ser detenida por el Magister Ónyx, probablemente podría rememorar las últimas dos semanas.
Había abandonado hacía poco el Continente del Este. La razón: su padre. Él quería emparejarla con algún noble sureño y, si tenía suerte, deshacerse de ella; después de todo, los problemas y los rumores que había generado por su inusual talento para atraer desastres eran legendarios. Hasta el punto que la llamaban “La Peste Viviente”.
Desde ataques de bandidos, piratas, secuestros, espías, terroristas, bestias… todo tipo de accidentes y situaciones en las cuales había sido simplemente una víctima o un testigo inocente.
«Aunque me alegro de cierta forma. Así podré despegar la organización a nuevas alturas. El Culto de la Bruja será tan grande como el propio reino». Poner un pie en el Continente del Sur con su culto era indispensable, y realmente tenía curiosidad por la situación de este lugar.
O por lo menos ese era su plan inicial, pero ciertos factores alteraron esta idea desde un principio.
—Entonces no viste nada raro, ni una persona sospechosa —preguntó con intensidad el hombre de aspecto siniestro a pesar de ser un guardia, haciendo enarcar una ceja a Korelia mientras fingía temor y nerviosismo.
—No, no vi nada. Karna me había pedido que lo dejara solo cuando llegó al centro de la ciudad, solo quería usarme como tapadera —dijo con un aire triste y desesperado Korelia.
Pero el hombre frunció el ceño mientras miraba a su compañero y murmuraba unas palabras en voz baja.
—¿Y no viste a nadie sospechoso? ¿Ni una figura como la de un azogue en las cercanías? —preguntó el guardia Ónyx.
—No —respondió apresuradamente Korelia mientras sacudía la cabeza—. No había nadie que nos siguiera… creo.
Pero agarró una palabra clave dentro de esta conversación: Azogue. Eso era interesante.
Azogue no era el nombre de una pandilla o lugar, era una raza, una deformación de una palabra conocida: Argénteo.
La raza de azogue era una corrupción a esto. Hace más de veinte mil años, durante el culmen de la Hegemonía en arte, poder militar e intelectual, muchos miembros de la raza de plata y oro cayeron en el jolgorio tanto físico como intelectual, entrando en contacto con ideas impías y búsquedas de trascender la carne. Una escuela filosófica surgió de aquello: El Culto del Sol Negro.
Pero… Lamentablemente todo tiene un precio, y el precio de este culto fue la pérdida completa de la luz. Sus cuerpos se volvieron negro azabache mientras que sus ojos se recubrieron de pupilas serpentinas. Se dice que si entran en contacto con la luz pura del sol, su cuerpo arde entrando en combustión instantánea (para los más débiles), mientras que los más poderosos se vuelven estatuas de mármol negro hasta que la luz del sol desaparezca.
Estos condenados a vagar con sus cuerpos inmortales sin ver la luz del sol son llamados los Sulfuros (la raza de azufre, en contraposición a los Áureos, la raza de oro). Mientras que su equivalente para la raza de plata son los Azogues (o la raza de mercurio), que son criaturas con aspectos inhumanos, perdiendo sus facciones bellas y armoniosas por partes animales. Aunque siguen teniendo la apariencia ordinaria de un miembro de la raza de plata, a excepción de que su cabello es de color ceniza, en la noche sus cuerpos toman formas animales y bestiales, devoran los cadáveres y cometen canibalismo.
Pero lo que más destacaba de los miembros de esta raza era una deformación: tenían las características vestigiales de un escorpión. Esa era la mayor corrupción de la raza azogue.
«Se parece demasiado a una versión deformada de la leyenda del vampiro», pensó para sí misma Korelia.
Realmente le pareció curioso que hubiera un equivalente de ese tipo. A pesar de que los áureos y argénteos vivían diez veces más que un humano, seguían teniendo ese miedo innato a la oscuridad y a la muerte, y lo que habitaba detrás de ella. Lo cual era extrañamente muy humano.
Pero antes de que pudiera disfrutar de esa información, que era lo que realmente buscaba, repentinamente la agarraron de los hombros.
Y el guardia dijo con un tono severo: —Llévensela e interróguenla. Y cuando terminen —con una mirada fría como si mirara a un objeto y no a una persona, agregó—, hagan lo que quieran.
….
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