Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 41
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Capítulo 41: Capitulo 41
Sangre corría por las calles. Sangre de inocentes, sangre de niños, sangre de un color extraño que a ella misma le tomó tiempo reconocer.
La figura de Jalida era una espectadora silenciosa de la muerte repartida por doquier; después de todo, no era una desconocida ante este tipo de espectáculos.
Cuánta muerte había traído ella misma al mundo en los siglos anteriores.
Y cuánta muerte habían provocado sus propias palabras.
Mientras flotaba en el aire sobre la ciudad de Tesara, pensó si acaso así se sentían los dioses antiguos al hacer su voluntad sobre los mortales.
—¿Quién crees que ganará? —preguntó la voz curiosa de Stata mientras miraba a la distancia.
—Mis chicas son habilidosas —comentó indiferente Jalida—, pero el culto no tiene el renombre de los Cazadores Elektrum.
—Pero aquello puede jugarle tanto a favor como en contra a ambos —respondió Stata, indiferente a quién ganaría.
Después de todo, como existencias sobre el rango de Señor Mortal, a pesar de que no podían oponerse a la Hegemonía, sí podían ocultarse de ella e ignorar sus órdenes. Y lo mismo podía aplicarse a Jalida. Ambas solo veían esta competencia como un juego amistoso.
A pesar de que la muerte a manos de los azogues se cernía sobre la ciudad, para los ojos de ellas —que estaban en camino a la trascendencia— los cientos de mortales pereciendo no eran más que un espectáculo.
Solo eran mortales, esclavos en la maquinaria eterna de sangre y carne que era el reino mortal y el propio Samsara. Su vida y muerte eran insignificantes, como la de la mayoría de los seres vivos.
Pero entonces recordó algo.
Los instintos y presentimientos de una existencia como Jalida, o inclusive Stata, eran extremadamente agudos, especialmente para Jalida, cuya mente estaba recibiendo señales y visiones de una miríada de lugares y momentos al mismo tiempo. Y eso la hizo recordar de forma extraña un episodio de la historia antigua, un recuerdo sepultado hacía décadas.
Inoc, uno de los últimos líderes del panteón justiano —el predecesor del panteón lemuriano—, había dominado parte del Continente del Sur a través del miedo y el poder. En su afán de control, había visto con desdén a las otras razas, pero también sentía miedo de su propia familia.
Había usurpado el poder de su hermana mayor, Nika, exiliándola y posteriormente violando a su propia hermana para tener descendencia.
Sus tres hijos: Delus, Lemur y Lamar.
¿Por qué había caído en esa situación?, pensó en un principio Jalida. Había sido un excelente guerrero al servicio de los anteriores reyes, e inclusive de su hermana. Pero la vejez y el tiempo le habían hecho cambiar. La gloria ya no estaba en los actos honorables y justos como antes, sino en la dominación absoluta. Los dioses antiguos no conocían la muerte como nosotros; ellos podían alcanzar la apoteosis.
Entonces, ¿por qué la corrupción de los actos en vida trajo aquello? Porque querían dejar una leyenda. Una leyenda de miedo y sangre, una leyenda de un tirano que aplastara el recuerdo del guerrero que había sido.
A Jalida le costó reflexionar sobre aquello, pero sentía que su propio destino dependía de esa línea de pensamiento. O tal vez ya era demasiado tarde para ella.
—¿Qué piensas, Jalida? Pareces preocupada. ¿Acaso la gran pitonisa le teme a algo? —preguntó en tono de burla Stata.
Pero antes de que ella pudiera responder, el cielo lo hizo.
—Claro que le teme a algo, como todos los autoproclamados nuevos dioses de este mundo —respondió una voz desde lo alto.
Las nubes cubrían el cielo nocturno y, repentinamente, empezaron a oscurecerse aún más. Viento, trueno y lluvia empezaron a surgir en el aire, mientras la expresión de Jalida y Stata se mantenía indiferente.
—Te estábamos esperando —dijo con indiferencia Jalida. Su mirada cayó sobre el aire con un tono frío y desapegado.
—Tardaste demasiado, mocoso —gruñó Stata mientras se cruzaba de brazos con una expresión arrogante—. Pensaba que ibas a dejar que todos tus seguidores murieran.
La figura que surgió estaba cubierta de rayos, como si fuera la encarnación misma de la tormenta, presentándose ante ellas vestido con una armadura de nubes y una corona de fuego.
Su rostro era indistinguible, pero tres pupilas brillaban siniestramente en su mirada, enviando destellos dorados en su dirección.
—¿Tú eres al que llaman el Pandemonium? —preguntó curiosa Jalida, más que impresionada por el aura de su oponente. Podía sentir que no era un mortal, pero su poder no era suyo; simplemente estaba robando una autoridad que no le pertenecía.
Aquello hizo que sus preocupaciones se evaporaran. El poder prestado, después de todo, era insulso para existencias de su nivel.
Y entonces sintió un cambio en el aire. El vacío tembló cuando cuatro objetos brillantes parecieron resplandecer al otro extremo de la ciudad, a kilómetros de distancia. Aturdida, Jalida intentó extender sus sentidos, pero fue bloqueada; y para su horror, al parecer Stata también.
La figura de su oponente brilló mientras su cantidad de brazos aumentaba a seis. Tres de ellos portaban tres lanzas que emitían una opresión sin igual.
—Tú… —dijo temblando Stata, mientras miraba con horror los objetos en manos del hombre—. Estúpido, ¿acaso sabes que lo que tienes en las manos es el tabú más grande de la Hegemonía? ¿Te atreves a poseer un tesoro ce…?
Sus palabras no pudieron terminar de pronunciarse.
El combate había iniciado.
El combate ya no estaba ocurriendo en el reino mortal, sino que habían entrado al Vacío. En un instante, un mundo caleidoscópico las rodeó, y la primera en actuar fue Jalida.
Jalida no se movió, sino que habló. Sus palabras se convirtieron en runas, en elementos, armas y conceptos que destrozaban y hacían temblar el aire. En un dragón de humo de cientos de metros, en una estrella que estaba a punto de explotar, en un cielo ardiente de fuego.
Y Stata hizo lo mismo: las llamas doradas cubrieron su presencia dándole un aspecto sagrado. En un instante, blandió el fuego como si fueran olas furiosas en un océano dorado.
Y su oponente respondió moviendo sus tres lanzas.
—Lanza de Invocación de Trueno —murmuró indiferente el hombre, dispersando la oscuridad que traía el dragón de humo.
—Lanza de Invocación de Viento —continuó, desintegrando los constructos de luz y sombras que había creado Jalida, y apagando sus llamas y explosiones.
—Lanza de Invocación de Lluvia.
La lluvia empezó a cubrir el Vacío. Una lluvia cálida y ligera de color púrpura; cada gota era un arma, cada gota era una espada, cada gota era una fracción de sed de sangre, erigida en un mar de nubes color carmesí.
Literalmente, una lluvia de espadas que abrumó rápidamente a Stata.
El Vacío tembló mientras la figura carmesí de Heraclio rompía la dimensión. Era una existencia que no podía compararse a un Señor Espiritual como Jalida, o inclusive Stata Mater, pero aun así podía entrar en el Vacío y causar una ligera distracción, lo cual era más que suficiente para alguien como Jalida.
—Ojo de Ridiculus —gruñó con un susurro Jalida.
Repentinamente, sus ojos brillaron y el espacio pareció congelarse. De pronto, las tres lanzas invocadas retrocedieron y desaparecieron, dejando solo la figura nubosa de su adversario mientras el tiempo parecía retroceder al instante en que todavía no había invocado los tres Tesoros Celestiales.
—Maldito hereje, te atreves a jugar con Tesoros Celestiales. No sabes el peligro que causas para toda la Hegemonía —gruñó con ira Stata, mientras un aura ardiente surgía de ella.
Las llamas que habían retrocedido resurgieron, cubriendo totalmente la figura de Pandemonium y devorándola por completo.
Y en ese momento, ambas volvieron nuevamente al reino mortal. Jalida, agotada y ciega de uno de sus ojos, apenas podía moverse mientras caía a gran altura, antes de ser atrapada por Stata, que la ayudó a descender.
—¿Está muerto? —preguntó con una voz débil.
—Sí, ese bastardo no tenía signos de vida cuando terminé con él. Tsk, maldita sea, lo subestimé. Para poder enfrentarse a nosotras tres…
La figura de Heraclio estaba inconsciente y con una respiración débil en medio de los escombros de la ciudad; había caído sin cuidado sobre un edificio. Que aquel resultado fuera causado simplemente por la onda expansiva de la batalla ya era de por sí aterrador.
—Estaba en posesión de tres Tesoros Celestiales —replicó Jalida—. Que nosotras saliéramos vivas es un logro enorme.
Tesoros Celestiales. Esa era una palabra tabú, incluso fuera de la Hegemonía. La razón, el miedo y el misterio sobre los mismos eran el motivo de su censura. Mientras que la verdad detrás de esa prohibición hacía años se había perdido, probablemente solo unos pocos sabrían esos secretos. Y entre esos pocos, Jalida podía considerarse una de las que más indicios tenía de lo que había pasado.
—Bueno, supongo que con esto puedo decir que he ganado la apuesta. Después de todo yo eh… —sus palabras no lograron ser finalizadas.
Porque la sangre blanca fluyó de su boca y cuello cuando repentinamente el vacío se abrió detrás de ella, revelando unas garras plateadas gigantes cubiertas de sangre.
Y entonces, de la grieta en el vacío surgió una figura bestial. No tenía ningún rasgo mortal, solo era una bestia. Si tuviera que compararlo, sería un lobo de más de doce metros de largo, pero lo que más destacaba de él —aparte de su pelaje, que parecía estar hecho de viento y rayos— era que no tenía cabeza.
—Ya les había dicho que no me subestimaran, falsas diosas. La muerte, después de todo, no es tan sencilla de ser alcanzada por nosotros, ¿cierto? —dijo con un tono siniestro Pandemonium.
El lobo gigante llevaba atado un escudo siniestro que tenía tallada la figura de otro lobo, y ese escudo brillaba.
«Otro Tesoro Celestial», pensó con sorpresa Jalida.
La expresión de la pitonisa se distorsionó por la ira mientras, detrás de ella, su figura empezaba a crecer repentinamente.
—Dominio…
Ahora, la figura de doce metros de un lobo sin cabeza y una mujer velada de cabello verde que lo superaba hasta llegar casi a los veinte metros se enfrentaron en el centro de la ciudad.
Y en ese momento, una batalla de monstruos realmente había empezado.
El suelo temblaba ante el paso de las figuras de color ámbar. Eran muy altas, más altas que cualquier hombre o mujer de cualquier raza mortal, y con una opresión que ningún ser racional sería capaz de no sentir con respeto y temor.
El caos se había extendido con una rapidez absurda.
No eran monstruos de leyendas los que estaban saqueando la ciudad, sino los mismos ciudadanos: argénteos empobrecidos, e inclusive férreos y otras razas subordinadas a la Hegemonía. Era una rebelión abierta, de hombres y mujeres. Una rebelión de la clase más baja de la sociedad, esclavos siendo liberados, siervos matando a sus amos. La libertad estaba en sus manos, podían alcanzarla, solo debían derramar sangre por ella.
—Qué ilusos —dijo una figura siniestra que surgió repentinamente detrás del cabecilla del grupo de guerreros color ámbar—. Buscan la libertad, pero morirán siendo esclavizados más allá de la muerte.
—Quién no es esclavo en este mundo —respondió con indiferencia el líder del grupo.
Era el único que usaba un casco diferente al diseño tosco con una visera para la nariz y ojos. Tenía un casco con cresta similar a la de un crin, pero de color púrpura, y dos plumas en el área de las orejas. Esa figura imponente, que superaba los tres metros pero inclusive parecía diez veces más alta por su aire opresivo, miró con frialdad a su homóloga.
Una figura igual de siniestra.
Tenía cuatro pares de extremidades; las superiores eran dos tenazas como las de un cangrejo, y las otras dos unas manos delicadas de tonalidad mármol pálido. Una cola de escorpión golpeaba el suelo rítmicamente. Tenía dos pares de piernas ordinarias hasta la altura del pie, que terminaban en patas con solo dos dedos quitinosos. Mientras, su rostro, distorsionado con líneas negras como la brea que manchaban su piel, mostraba unos colmillos que sobresalían de sus labios.
Esa criatura era un Azogue, la distorsión de la raza argéntea, pero obviamente no era un azogue ordinario: su cabello escarlata brillante la delataba.
—Interesante respuesta, Capitán Primus. Pero no tengo interés en conversar con usted más de lo necesario. Mi señora me ordenó vigilarlos para que cumplan su trabajo. Sus órdenes son claras: destruyan el culto y tendrán una recompensa —dijo con un tono sardónico la mujer.
—Tu maestra ya fue suficientemente clara —respondió con indiferencia Primus—. ¿Pero no te molesta que mate a tus parientes?
Sus palabras tenían una provocación y maldad propia de un intrigante, pero había una sinceridad extraña en ellas, casi inocente.
—No tengo parientes, Primus. Al igual que tú.
Y con esas últimas palabras, simplemente su figura se desvaneció en las sombras como había llegado. Y así, el grupo de guerreros, como cazadores que habían llegado a un bosque lleno de bestias, comenzaron su masacre.
….
Ella logró apenas salir del suelo, cuando, aturdida, fue deshaciendo su forma casi intangible mientras atravesaba el piso sólido.
La criatura feral que había retenido a Korelia era un miembro de la raza de mercurio, un azogue, criaturas de aspecto bastante feral. Los azogues tenían un aspecto grotesco para los estándares argénteos; después de todo, eran una degeneración de ellos. Pero si hubiera que describirlos, sería algo similar a los hombres bestia de la ficción: rostros toscos y de aspecto antiestético, con pelaje cubriendo sus caras y cuerpos, así como características de otros animales similares a lobos y perros.
En ese momento había usado la estrategia más vieja del libro de la guerra:
—Adiós.
Retirarse. En un instante había corrido decenas de metros, huyendo rápidamente.
—Maestra, la siento, ¿dónde está? —escuchó una voz preocupada y familiar.
Sonriendo, Korelia murmuró: —Lunes, encuentra la base del culto rápido, apresúrense al lugar…
Con esas palabras, repentinamente su campo de visión se amplió, pudiendo percibir no solamente a decenas de metros a su alrededor, sino también el campo de visión ampliado de la propia Lunes gracias a su telepatía, ya que podía ver a través de los ojos no solo de Korelia, sino de todos los seres vivos en un área de quinientos metros.
«Por lo cual me alegro de haberle dejado a Lunes mi firma psíquica con ella», pensó para sí misma Korelia con una sonrisa mientras esperaba la llegada de sus subordinados.
Pero entonces apareció el azogue. Su apariencia era bastante tosca, de cabello amarillento y nariz aguileña, además de una espalda desgarbada y un rostro cubierto de parches de pelo en varios sectores de la piel.
A pesar de ese aspecto de vagabundo, cuando liberaba su poder era suficiente para suprimir inclusive a un noble ordinario.
Atravesó el aire con una velocidad que ningún humano, ni siquiera entrenado, podría igualar, y agarró las cadenas que, a pesar de no limitar sus movimientos, seguían atadas a los pies y brazos de Korelia. Y sin decir ni una palabra la tiró; de un fuerte tirón, el cuerpo de Korelia cayó al suelo con violencia mientras su figura maltrecha y casi semidesnuda se revelaba ante los ojos del monstruo.
La destreza física de Korelia era baja y no podía resistir físicamente a un noble, mucho menos a una bestia como esa.
Durante un breve instante, sintió la lujuria animal que tendrían muchos hombres con menos impulsos y tal vez más sabios que ese azogue, pero el miedo brilló en su mirada ante el pensamiento del precio que pagaría por hacer lo que quería hacer. Aunque la propia Korelia no sabía a qué temía.
Aun así, Korelia reaccionó rápidamente. En un instante el aire comenzó a llenarse de monóxido de carbono; en cuestión de segundos la habitación se saturaría por completo e inclusive un noble perdería el conocimiento. Pero justo cuando pensaba locamente en llenar toda la habitación de gas letal a costa de su propia salud, mientras el azogue se acercaba con una mirada lujuriosa…
Una cabeza salió volando.
El cuerpo del azogue tardó unos instantes en comprender qué estaba pasando antes de caer al suelo, quedándose totalmente quieto.
Suspirando, Korelia miró a su subordinada, mientras recién se daba cuenta de que casi se había suicidado; Martes apareció de las sombras portando dos kukris hechos de acero carmesí.
—Llegaste más rápido de lo que pensé, Martes —dijo ella con una sonrisa, mientras evaluaba su propia desnudez con una expresión indiferente.
Martes rápidamente desvió la mirada y le entregó una muda de ropa, que Korelia se puso rápidamente mientras le explicaba el caos de la sección exterior de la ciudad de Tesara. O por lo menos, una parte menor de esta.
La ciudad era grande, vivían un cuarto de millón de personas. La rebelión había provocado un caos generalizado, pero no demasiado exagerado ya que, como si la sombra de la muerte llegara sobre ellos, al terminar la noche la sangre se había secado y la urbe había vuelto a una tranquilidad tensa.
—Algo los asustó, pero no a nosotras. Al parecer, algo más se está moviendo en las sombras aparte de nosotras…
Pero antes de que pudieran pensar mucho en ello, la consciencia de Korelia se nubló. El agotamiento físico, sumado al gas tóxico que ella misma había liberado, le pasó factura. Sin comprender qué estaba sucediendo, la nada la devoró por completo, como si de una segunda muerte se tratase.
…
La situación se había resuelto de forma rápida, tal vez demasiado. Al parecer, una rebelión de este tipo no era tan épica como lo pensaba anteriormente, y además había ganado más preguntas que respuestas en el transcurso de aquello.
El palacio del princeps estaba ajetreado y no había vuelto a ver a ningún azogue sospechoso. Los legionarios Ónyx la dejaron tranquila luego de derramar unas pocas lágrimas; al parecer, la historia de que habían sido rescatadas por una persona que generó un caos dentro de los azogues había sido más plausible de lo que imaginaba, y la dejaron en libertad al poco tiempo.
—Mi señora, han llegado noticias —una figura pequeña y delgada surgió de la puerta de su habitación emitiendo un aroma a jazmín y medicinas. Era Bihar, o mejor dicho, Martes, aunque esta era la identidad que había formado para mantenerla informada sin levantar sospechas.
—Dime —dijo ella.
Estaba prácticamente desnuda, vistiendo apenas un camisón de muselina tan delgado que su cuerpo se transparentaba a través de él. El Continente del Sur era cálido a diferencia de las frías mañanas del Continente del Este; este calor hacía que inclusive no pudiese evitar pensar en moverse desnuda por toda la ciudad, pero obviamente eso sería imposible.
—Al parecer, la razón por la que todos están nerviosos en el palacio es por la llegada de los Cazadores Elektrum —dijo Martes con un tono solemne mientras fruncía el ceño, aparentemente preocupada.
La apariencia de Martes, fuera de su atuendo usual y su máscara, era bastante ordinaria; tenía un rostro hermoso y dulce, lo cual la hacía parecer inclusive una doncella. Tenía la piel de tonalidad aceitunada a raíz de su ascendencia Feymor, además de un cabello escarlata claro, cayendo casi en el rosado.
—¿Los Cazadores Elektrum? —preguntó estupefacta Korelia, mientras intentaba procesar esa información.
Existían varios magisterios dentro de la Hegemonía, por ejemplo: el Magisterio de Ónyx, encargado de la seguridad pública y la vigilancia; el Magisterio de Achates, encargado del comercio y la recaudación de impuestos; o el Magisterio de Adamas, encargado del gremio de albañiles e ingenieros.
Esta organización de magisterios había sido instaurada en los tiempos de Donallus, aunque, después de más de veinte hegemones a lo largo de miles de años, varios magisterios habían desaparecido y habían surgido otros.
Y uno de los más misteriosos era uno de estos últimos: el Magisterio de Elektrum, dirigido por los Cazadores Elektrum. Los rumores eran variados respecto a sus funciones; algunos decían que era un cuerpo de asesinato especializado, otros hablaban de la guardia personal del hegemón, pero su presencia siempre suprimía inclusive a otros magisterios y a los propios arcontes, nobles que se suponía debían estar por encima de cualquier otra rama de poder.
La expresión de Korelia se transformó en un suspiro mientras su mente iba en varias direcciones.
—¿Has logrado deducir algo? —le preguntó a Martes.
A pesar de tener poca información, debería ser suficiente para saber algo básico respecto a ellos.
—Ese es el problema, maestra, no he podido descubrir nada. A pesar de tener su nombre, es como si su presencia fuera un error dentro de una ecuación, una anomalía. —Los ojos de Martes brillaban de frustración, señal de que no estaba mintiendo; realmente había algo que no podía descubrir.
Un sentimiento incómodo inundó la mente de Korelia mientras sentía que su párpado temblaba ligeramente. Aturdida, frunció el ceño mientras una sensación extraña, como si algo importante estuviera a punto de ocurrir, cubría su mente. El sonido de la puerta siendo golpeada la sacó de sus pensamientos.
Una doncella entró a la habitación y le entregó una nota a Martes. Ella no la leyó, sino que rápidamente se la entregó a su señora.
Extrañada, Korelia sintió una punzada de precaución mientras acercaba la nota a su rostro. Cuando finalmente la tuvo en las manos y la leyó, quedó estupefacta al ver que solo contenía una frase:
«He perdido mi cabeza.»
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