Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 43
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Capítulo 43: Capitulo 43
30 años antes de la ascensión del monarca celestial.
El dolor y la confusión cubrían su mente. No sabía en dónde estaba, solo tenía miedo; no sabía qué esperar, aparte de dolor y temor ante cualquier cambio.
A veces deseaba la muerte, pero la propia muerte era un cambio que le causaba miedo.
Por eso corría. Solo corría y huía, escondiéndose en las rocas, en las cuevas, en las grietas de la tierra, esperando que nadie la viera, esperando pasar desapercibida.
Pero este cambio la había sorprendido: la habían salvado. Estupefacta, vio cómo una total desconocida la rescataba, pero ahora estaban huyendo. Habían logrado herir a sus perseguidores, pero estos la habían herido a ella. No pasaría demasiado tiempo antes de que la muerte le llegase a ella también.
Había alguien más. Le estaba diciendo algo; no reconocía el idioma, no era la lengua del reino, pero ella conocía otra lengua, una lengua poderosa que tal vez la salvaría, pero también la cambiaría.
No quería cambiar, quería seguir siendo ella.
Pero… todo tenía un costo. El tiempo no cambia nada, solo uno cambia cuando hace cosas. Ella no quería hacer nada, solo quedarse estancada; incluso si el tiempo continuaba, nunca cambiaría. Estaría tranquila, siempre pacífica, siempre infantil, siempre inocente; así no comprendería lo que no quería comprender.
Pero debía… debía crecer.
Aurora estaba en el suelo. En este punto, vio cómo la mujer que la había salvado ahora se enfrentaba en combate a dos caballeros onis, quienes habían descendido de sus kirins para atacarla. Ella usaba una lanza en una mano y una espada en la otra.
Mientras tanto, en la lejanía, un hombre de gran altura, pero pequeño en comparación a los caballeros oni, se enfrentaba a uno. Su cuerpo estaba prácticamente roto y apenas podía defenderse; no tardaría mucho en morir. Ella lo sabía de alguna forma, aunque no entendía el cómo.
Debía actuar, y rápido.
El fuego obedeció su comando como siempre, como si fuera natural, como si la esperase. Las llamas inundaron la tierra y consumieron, no el oxígeno del aire, sino la energía espiritual. Las llamas blancas se volvieron doradas y, como si fueran un mar de fuego, lo inundaron todo.
Ella estaba controlando las llamas a su alrededor, enviándolas en todas direcciones, y sin darse cuenta empezó a entonar un himno en un idioma tan antiguo como este reino, que solo ella logró entender.
—Llamas sagradas del sol, que bañan el cielo y la tierra, cubran con su calor la existencia desde los altos cielos.
Las llamas devoraron a los caballeros onis, ingresando a través de las grietas de sus armaduras y máscaras. Entraron en sus cuerpos, quemando su interior mientras los consumían por dentro; nadie se salvó, ni siquiera las bestias.
En un par de respiraciones, lo único que quedaba eran cadáveres calcinados y metal fundido.
La batalla había terminado.
Ella cayó al suelo sin fuerzas. Aturdida, intentó hablar, pedirles que huyeran, que salieran de aquí, que vivieran de alguna forma.
Para su sorpresa, logró hablar y, a diferencia de antes, ahora sí los entendía.
—Huyan rápido, pronto llegará, será demasiado tarde.
La mujer que la había salvado frunció el ceño ligeramente mientras acunaba su cuerpo, que perdía cada vez más fuerzas, hasta que sintió que pronto todo terminaría.
—Ya es tarde —susurró la mujer en tono cálido, recordándole el calor de una madre, si es que tuvo alguna tal vez en otra vida—. Descansa, solo cierra los ojos, todo estará bien.
No quería cerrar los ojos, era aterrador. Pero, por alguna razón, confió en ella; a pesar de no conocerla, a pesar de no saber su nombre, la obedeció y cerró los ojos. Por fin había cumplido su sueño: ya no habría cambios ni incertidumbre, solo paz. Una eternidad de paz.
Pero, por alguna razón, este silencio vacío le pareció más desolador que la cruel vida.
…..
Había sentido la perturbación en el aire; era esperada, pero a su vez inesperada.
La anormalidad era inevitable. Cuando el tiempo permite cualquier cambio, era normal que ocurriera el caos, especialmente cuando el caos era el desastre más probable.
«El palacio del demonio solar», pensó para sí mismo el director de la secta de la rama sombría, con una expresión dudosa.
El anciano de aspecto desaliñado miraba su propio escritorio; en él no había nada que hiciera eco de su poderoso estatus.
Solo un libro.
Pero no un libro ordinario. Era uno de los pocos liber que existían de su especie en el mundo, y estaba incompleto, pero a pesar de ello…
Podía ver los secretos que muchos mortales e inmortales deseaban con tal intensidad que la vida y caída de millones de vidas les era irrelevante.
—Demonio solar.
Esas palabras se materializaron enfrente de él: una predicción, un recuerdo, una realidad.
El pasado, presente y futuro coexistían al mismo tiempo. Para existencias trascendentes, ignorar sus reglas era tan sencillo como ignorar el hambre cuando se está en ayuno.
Aunque, obviamente, mucho más difícil.
—Una elección —murmuró Turin Andre.
El anciano tenía ante sí una vista de diferentes perspectivas. Dos rostros lo miraban con curiosidad, dos rostros de otro tiempo y lugar.
Los tres sentían la amenaza, pero también sentían la cura.
Solo debían sacrificar algo.
—Es viable —dijo uno de los rostros, indistinguible por la distancia, aunque la pregunta sería si la distancia era espacial o temporal.
—Su muerte traerá más bien que mal, y su vida tal vez más mal que bien —agregó la segunda voz.
—Pero su muerte lo traerá a él de vuelta. Matar lo único bueno que queda de él es la razón por la que existe en primer lugar —respondió Turin.
—También es verdad —dijo la primera voz.
—Pero también es un riesgo permitible. No subestimamos su poder, pero en el peor de los casos solo moriríamos.
—¿No le temen a la muerte? —preguntó curioso Turin.
—Temerle, sí —dijeron las dos voces al unísono.
—Desearla más —agregaron a su vez.
Turin guardó silencio. El libro no decía nada más que esas frías palabras. El reino demoníaco se abriría sin importar nada; era un plan insidioso de años que finalmente había rendido frutos.
Y entonces Turin se sintió más viejo que antes, pero al mismo tiempo con una voluntad más firme.
—Finalmente es tiempo, padre —murmuró con tristeza—. Por fin podré verte de nuevo.
La niña había desaparecido. Así de simple había desaparecido cualquier signo de que hubiera estado ahí; había muerto, como los cadáveres calcinados que habían surgido.
Durante un instante, Ducanor había sentido una cantidad de miedo considerable respecto a la niña, e incluso pensó en matarla durante un breve instante, pero él mismo se horrorizó de esa idea.
Pero ahora se había ido, salvándolos.
Su cuerpo angelical y joven había desaparecido. A pesar de que los espíritus verdaderos sangran, sus cuerpos estaban hechos de energía espiritual y se dispersaban en el aire como si fueran simple polvo.
La sangre fluía por cada centímetro del cuerpo fornido de Ducanor; sudaba sangre en este punto, y de su boca, oídos, ojos y nariz fluía un camino de sangre que ya se había secado.
Pero el dolor ahora era insignificante.
La ira lo podía todo.
Y, repentinamente, un escape a esa ira se manifestó en el aire.
Era una criatura de pesadilla. Era incluso más grande que él y emitía un aura siniestra a su alrededor. A diferencia de las llamas de la niña, que parecían capaces de purificarlo todo, las llamas negras de la abominación parecían ser capaces de corromperlo todo.
—Murió —gruñó la criatura llena de ira—. Murió, murió, murió, esa pequeña zorra murió, maldita sea.
La tierra debajo de ella se rompió y, sin siquiera tocarlo, el cuerpo de Ducanor fue lanzado a la distancia. El sonido de crujidos provenientes de sus huesos, así como sus órganos siendo desplazados en su propia carne, resonó en sus oídos.
Alana acunaba las cenizas de la niña, de la cual no sabía siquiera el nombre. La presión parecía no hacerle efecto, pero las palabras de la criatura hicieron que levantara su fría mirada.
—¿Por qué me miras así? No es como si fuera mi culpa que la zorra esa hubiera quemado su espíritu para matar a mi caballería. Maldita sea, ¿sabes cuánto tardé en rastrearla y perseguirla hasta este lugar? —rugió la abominación mientras partía en dos un árbol de más de diez metros con un golpe casual.
—Ahora solo podré contentarme con su maldita Perla Espiritual. —Esas palabras hicieron que todos se congelaran, incluso el cielo rojizo, que emitía la luz del sol de forma constante en esta dimensión, empezó a nublarse de forma sobrenatural.
La expresión de Ducanor cambió mientras, para su sorpresa, detectó que en el suelo donde estaba el cuerpo de la niña y que antes no había nada, ahora había una pequeña gema brillante como un rubí.
—Tú… maldito —gruñó Ducanor con ira, pero antes de que pudiera siquiera dar una señal de resistencia, su cuerpo salió volando como una cometa rota, desapareciendo del campo de batalla.
Donde antes él había estado, ahora había una red, como de pesca, que había cubierto todo su cuerpo, sellándolo totalmente a la distancia.
—Mierda, gasté mi red de captura de espíritus en ese mocoso pensando que era más fuerte, pero al parecer lo sobrestimé —dijo molesto el astrólogo.
Pero entonces sintió el peligro mortal en dirección a la mujer que antes parecía la más inofensiva.
—Te mataré —gruñó Alana mientras un aura sedienta de sangre cubría su cuerpo como si fuera un volcán a punto de explotar.
El astrólogo Zhao rugió con ira mientras empuñaba el libro en sus manos, apuntándolo hacia Alana.
—Por favor, ¿acaso no conoces el principio de que el fuerte devora al débil? Y eso es peor para los espíritus verdaderos. No somos seres que nacen en el mundo, somos abominaciones, criaturas que no tienen razón de existir, por eso nos devoramos los unos a los otros como si fuéramos simplemente bestias.
—Como alguien con talento y el don de manifestar el poder de los astros, he logrado integrar en mi propia carne la voluntad y el alma de otros espíritus verdaderos, siguiendo el camino del pecado de la Gula. Y ahora, si te rindes, tu carne será la base para la próxima gran abominación que alcance la trascendencia.
Y entonces los rayos empezaron a caer sobre la tierra: uno, dos, cinco, diez, veinte, cincuenta.
Centenares de relámpagos, como si de lluvia se tratase, inundaron el espacio entre el cielo y la tierra, con solo una persona como su maestra.
Pero a pesar de todo, la expresión del astrólogo no cambió. Era una existencia demasiado vieja; incluso si viera a un hegemón en persona no se arrodillaría de inmediato. Solo una persona podría ser digna de su eterna lealtad, y esta niña enfrente suyo no lo era.
Repentinamente, algo apareció en su mano. Era nada menos que Ducanor, y su aparición hizo que el mundo se oscureciese nuevamente mientras los truenos se detenían durante un instante.
—Suéltalo —gruñó con fragilidad Alana, una fragilidad que incluso Ducanor nunca había visto en su habitual actitud cálida y jovial.
—¿Por qué? ¿Acaso es tu amante? —gruñó con una expresión totalmente burlona en ese rostro bestial.
—Tú… —gruñó con una gran furia Alana mientras los relámpagos estallaban en sus ojos, pulverizando una roca al costado de Zhao Tang.
—No te atrevas a acercarte, mujer, o si no, tu pequeño gigoló será el que sufrirá —y haciendo eco de sus palabras, su otra garra se acercó al rostro de Ducanor—. O si no, podría ocurrir esto.
La sangre y la materia blanca estallaron mientras un rugido de dolor salía de la boca de Ducanor, que estaba impotente, viendo cómo su ojo izquierdo explotó directamente ante el golpe de la bestia que lo sostenía.
—¡No, detente! —rugió Alana furiosa, pero esta vez sin atreverse a moverse, con miedo de que la abominación del pecado hiciera otro movimiento en contra de Ducanor.
Pero entonces Ducanor se movió. Repentinamente, en el suelo surgió una lanza ilusoria que voló en dirección a la abominación del pecado a una gran velocidad.
—Fútil —gruñó la abominación mientras la destrozaba con facilidad. Pero entonces, para su sorpresa, la lanza estalló en miles de pedazos pequeños, como pequeños copos de nieve, pero estos no eran copos de nieve.
La lanza ilusoria, en verdad, era la propia tecnoespada de Ducanor que, llevada al límite, había explotado, llevando en su interior, como último recurso, un proyectil lleno de metralla.
Zhao Tang se cubrió rápidamente. El ataque no era poderoso, pero seguía siendo peligroso si pegaba en el lugar correcto. Su armadura de huesos logró resistir a la mayoría de los proyectiles, aunque algunos cuantos atravesaron su armadura y llegaron a su propia carne, haciendo que su mente vacilara durante un instante.
Entonces se oyó un susurro.
Pero antes de que Ducanor pudiese usar su sello de destino para atacar con sus últimas fuerzas, repentinamente una garra agarró su propio cuello y, usando el impulso, lo estampó contra el suelo repetidamente hasta que simplemente perdió toda resistencia.
—¿Qué esperabas? Eres una alimaña, una alimaña insignificante en el camino de la trascendencia. ¿Sabes cuántos años tengo? Mi poder, mi sabiduría… tú no eres nada, solo un debilucho —lo insultó un furibundo Zhao Tang, que empuñó los restos de la tecnoespada de Ducanor con facilidad con solo una mano, como si fuera una daga rota.
Pero, para su sorpresa, Ducanor no parecía molesto, ni furioso, ni derrotado ante sus palabras. Solo una sonrisa sangrienta se mantuvo en su rostro mientras decía con una voz casi ininteligible:
—Soy débil, claro que soy débil, y todos hemos sido débiles, y eso no es malo. Los fuertes matan a los débiles, eso también ocurre y tampoco es malo. Pero ¿quién ha dicho que una persona débil no puede matar a una persona fuerte? Incluso si los dioses, inmortales o los mismos cielos bajan hacia aquí, tendrán que chuparme mi gran y jugosa polla. Y si muero, que así sea. Todos mueren un poco antes, da lo mismo.
Una carcajada resonó de la garganta monstruosa de la abominación enfrente de él.
—Tienes razón, tienes mucha razón, pero tú no eres un debilucho… eres simplemente insignificante.
—¿Y yo? —preguntó una voz cargada de intenciones asesinas detrás suyo.
—Te esperaba —gruñó la abominación—. Pecado de la Gula, la bestia voraz que quiere engullirlo todo.
Repentinamente, una fuerza de succión atroz surgió de la boca de la abominación, devorando completamente el enorme torrente de rayos que fluía en su dirección como si fueran un aperitivo.
Zhao Tang, a pesar de su aparente arrogancia, ya estaba preparado para la contraofensiva en contra de Alana. Se sorprendió al darse cuenta de que su cuerpo estaba congelado. Aturdido, observó con horror cómo los fragmentos de hierro que habían impactado en su armadura parecían multiplicarse y habían empezado a resonar con los rayos que estaba devorando. Como si la electricidad se viera atraída hacia él, como si fuera un pararrayos, su cuerpo se paralizó por completo.
—Maldita sea —gruñó, y en ese punto se dio cuenta de que estaba en problemas. Repentinamente, un rayo atravesó su cabeza, destrozando un cuarto de su cráneo y haciendo que su cuerpo colapsase en el suelo, inmóvil.
Alana rápidamente surgió del vacío, lanzando un suspiro de alivio mientras observaba con odio a Zhao Tang.
—Aurora, te hemos vengado.
Un estado de tristeza y de desapego inundó su mente y cuerpo…
…impidiéndole reaccionar por completo al repentino ataque que iba directamente hacia su corazón.
La sangre azul salpicó el aire. Una aturdida Alana observó cómo un herido Ducanor la había empujado hacia un lado, provocando que el brazo izquierdo de ella simplemente cayera al suelo.
El astrólogo negro se ponía de pie nuevamente a pesar de estar sangrando profusamente, apoyándose de la tecnoespada que le había arrebatado a Ducanor.
—Malditos… desgraciados. Yo soy una existencia inmortal. La muerte solo es un estado del que puedo…
Pero antes de que pudiese continuar, repentinamente un aire frío empezó a extenderse por todos los alrededores. El aire empezó a crepitar, mientras incluso la propia sangre que estaba fluyendo de la herida de Zhao Tang empezaba a congelarse y a coagularse en cristales de hielo de forma extremadamente dolorosa.
—¿Qué hiciste? —gruñó desesperado Zhao Tang mientras veía cómo Ducanor simplemente se ponía de pie. Su cuenca ocular destruida empezó a arder, mientras los restos de su propio ojo se quemaban totalmente.
—Un sacrificio —gruñó Ducanor—, un sacrificio de sangre.
—¡Ducanor, no! No lo hagas —gritó Alana, pero él la ignoró.
La sangre fluía todavía del muñón de Alana, y ella no podía moverse.
Y entonces empezó a recitar el encantamiento:
—Sacrificio de sangre, cambiar lo ilusorio por corpóreo, invertir el yin y el yang, convertir lo inexistente en existente. —Las palabras hicieron que la figura grotesca enfrente de el, que se había convertido en hielo, simplemente se deshiciera en un viento helado mientras ingresaba en el cuerpo de la abominación del pecado de la Gula.
Su cuerpo, a diferencia de antes, no estaba paralizado de forma superficial, lo que solo impediría su movimiento. Ahora, incluso su alma y su propia esencia estaban siendo congeladas en una escultura de hielo.
Porque ese era el verdadero poder de Voltia como espíritu verdadero: era el Espíritu de los Sueños de Escarcha.
Finalmente, la helada terminó, la nieve empezó a derretirse y lo único que quedaba de esa criatura era su mero recuerdo.
—¿Por qué hiciste eso? Mi misión era protegerte en este viaje, no tenías que hacerlo tú —gruñó con una tristeza colosal Alana.
Pero Ducanor no respondió. Hacía tiempo había perdido la conciencia, y su fuerza vital, que antes era vivaz, estaba parpadeando hasta el punto de casi desaparecer.
Y fue solo en ese momento, en ese preciso momento, que la gema espiritual de Aurora empezó a brillar y por sí misma se precipitó al pecho de Ducanor, aturdiendo a una destrozada Alana, que en un instante vio algo que había perdido hacía ya un momento.
La esperanza.
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