Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 44
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Capítulo 44: Capitulo 44
La niña había desaparecido. Así de simple había desaparecido cualquier signo de que hubiera estado ahí; había muerto, como los cadáveres calcinados que habían surgido.
Durante un instante, Ducanor había sentido una cantidad de miedo considerable respecto a la niña, e incluso pensó en matarla durante un breve instante, pero él mismo se horrorizó de esa idea.
Pero ahora se había ido, salvándolos.
Su cuerpo angelical y joven había desaparecido. A pesar de que los espíritus verdaderos sangran, sus cuerpos estaban hechos de energía espiritual y se dispersaban en el aire como si fueran simple polvo.
La sangre fluía por cada centímetro del cuerpo fornido de Ducanor; sudaba sangre en este punto, y de su boca, oídos, ojos y nariz fluía un camino de sangre que ya se había secado.
Pero el dolor ahora era insignificante.
La ira lo podía todo.
Y, repentinamente, un escape a esa ira se manifestó en el aire.
Era una criatura de pesadilla. Era incluso más grande que él y emitía un aura siniestra a su alrededor. A diferencia de las llamas de la niña, que parecían capaces de purificarlo todo, las llamas negras de la abominación parecían ser capaces de corromperlo todo.
—Murió —gruñó la criatura llena de ira—. Murió, murió, murió, esa pequeña zorra murió, maldita sea.
La tierra debajo de ella se rompió y, sin siquiera tocarlo, el cuerpo de Ducanor fue lanzado a la distancia. El sonido de crujidos provenientes de sus huesos, así como sus órganos siendo desplazados en su propia carne, resonó en sus oídos.
Alana acunaba las cenizas de la niña, de la cual no sabía siquiera el nombre. La presión parecía no hacerle efecto, pero las palabras de la criatura hicieron que levantara su fría mirada.
—¿Por qué me miras así? No es como si fuera mi culpa que la zorra esa hubiera quemado su espíritu para matar a mi caballería. Maldita sea, ¿sabes cuánto tardé en rastrearla y perseguirla hasta este lugar? —rugió la abominación mientras partía en dos un árbol de más de diez metros con un golpe casual.
—Ahora solo podré contentarme con su maldita Perla Espiritual. —Esas palabras hicieron que todos se congelaran, incluso el cielo rojizo, que emitía la luz del sol de forma constante en esta dimensión, empezó a nublarse de forma sobrenatural.
La expresión de Ducanor cambió mientras, para su sorpresa, detectó que en el suelo donde estaba el cuerpo de la niña y que antes no había nada, ahora había una pequeña gema brillante como un rubí.
—Tú… maldito —gruñó Ducanor con ira, pero antes de que pudiera siquiera dar una señal de resistencia, su cuerpo salió volando como una cometa rota, desapareciendo del campo de batalla.
Donde antes él había estado, ahora había una red, como de pesca, que había cubierto todo su cuerpo, sellándolo totalmente a la distancia.
—Mierda, gasté mi red de captura de espíritus en ese mocoso pensando que era más fuerte, pero al parecer lo sobrestimé —dijo molesto el astrólogo.
Pero entonces sintió el peligro mortal en dirección a la mujer que antes parecía la más inofensiva.
—Te mataré —gruñó Alana mientras un aura sedienta de sangre cubría su cuerpo como si fuera un volcán a punto de explotar.
El astrólogo Zhao rugió con ira mientras empuñaba el libro en sus manos, apuntándolo hacia Alana.
—Por favor, ¿acaso no conoces el principio de que el fuerte devora al débil? Y eso es peor para los espíritus verdaderos. No somos seres que nacen en el mundo, somos abominaciones, criaturas que no tienen razón de existir, por eso nos devoramos los unos a los otros como si fuéramos simplemente bestias.
—Como alguien con talento y el don de manifestar el poder de los astros, he logrado integrar en mi propia carne la voluntad y el alma de otros espíritus verdaderos, siguiendo el camino del pecado de la Gula. Y ahora, si te rindes, tu carne será la base para la próxima gran abominación que alcance la trascendencia.
Y entonces los rayos empezaron a caer sobre la tierra: uno, dos, cinco, diez, veinte, cincuenta.
Centenares de relámpagos, como si de lluvia se tratase, inundaron el espacio entre el cielo y la tierra, con solo una persona como su maestra.
Pero a pesar de todo, la expresión del astrólogo no cambió. Era una existencia demasiado vieja; incluso si viera a un hegemón en persona no se arrodillaría de inmediato. Solo una persona podría ser digna de su eterna lealtad, y esta niña enfrente suyo no lo era.
Repentinamente, algo apareció en su mano. Era nada menos que Ducanor, y su aparición hizo que el mundo se oscureciese nuevamente mientras los truenos se detenían durante un instante.
—Suéltalo —gruñó con fragilidad Alana, una fragilidad que incluso Ducanor nunca había visto en su habitual actitud cálida y jovial.
—¿Por qué? ¿Acaso es tu amante? —gruñó con una expresión totalmente burlona en ese rostro bestial.
—Tú… —gruñó con una gran furia Alana mientras los relámpagos estallaban en sus ojos, pulverizando una roca al costado de Zhao Tang.
—No te atrevas a acercarte, mujer, o si no, tu pequeño gigoló será el que sufrirá —y haciendo eco de sus palabras, su otra garra se acercó al rostro de Ducanor—. O si no, podría ocurrir esto.
La sangre y la materia blanca estallaron mientras un rugido de dolor salía de la boca de Ducanor, que estaba impotente, viendo cómo su ojo izquierdo explotó directamente ante el golpe de la bestia que lo sostenía.
—¡No, detente! —rugió Alana furiosa, pero esta vez sin atreverse a moverse, con miedo de que la abominación del pecado hiciera otro movimiento en contra de Ducanor.
Pero entonces Ducanor se movió. Repentinamente, en el suelo surgió una lanza ilusoria que voló en dirección a la abominación del pecado a una gran velocidad.
—Fútil —gruñó la abominación mientras la destrozaba con facilidad. Pero entonces, para su sorpresa, la lanza estalló en miles de pedazos pequeños, como pequeños copos de nieve, pero estos no eran copos de nieve.
La lanza ilusoria, en verdad, era la propia tecnoespada de Ducanor que, llevada al límite, había explotado, llevando en su interior, como último recurso, un proyectil lleno de metralla.
Zhao Tang se cubrió rápidamente. El ataque no era poderoso, pero seguía siendo peligroso si pegaba en el lugar correcto. Su armadura de huesos logró resistir a la mayoría de los proyectiles, aunque algunos cuantos atravesaron su armadura y llegaron a su propia carne, haciendo que su mente vacilara durante un instante.
Entonces se oyó un susurro.
Pero antes de que Ducanor pudiese usar su sello de destino para atacar con sus últimas fuerzas, repentinamente una garra agarró su propio cuello y, usando el impulso, lo estampó contra el suelo repetidamente hasta que simplemente perdió toda resistencia.
—¿Qué esperabas? Eres una alimaña, una alimaña insignificante en el camino de la trascendencia. ¿Sabes cuántos años tengo? Mi poder, mi sabiduría… tú no eres nada, solo un debilucho —lo insultó un furibundo Zhao Tang, que empuñó los restos de la tecnoespada de Ducanor con facilidad con solo una mano, como si fuera una daga rota.
Pero, para su sorpresa, Ducanor no parecía molesto, ni furioso, ni derrotado ante sus palabras. Solo una sonrisa sangrienta se mantuvo en su rostro mientras decía con una voz casi ininteligible:
—Soy débil, claro que soy débil, y todos hemos sido débiles, y eso no es malo. Los fuertes matan a los débiles, eso también ocurre y tampoco es malo. Pero ¿quién ha dicho que una persona débil no puede matar a una persona fuerte? Incluso si los dioses, inmortales o los mismos cielos bajan hacia aquí, tendrán que chuparme mi gran y jugosa polla. Y si muero, que así sea. Todos mueren un poco antes, da lo mismo.
Una carcajada resonó de la garganta monstruosa de la abominación enfrente de él.
—Tienes razón, tienes mucha razón, pero tú no eres un debilucho… eres simplemente insignificante.
—¿Y yo? —preguntó una voz cargada de intenciones asesinas detrás suyo.
—Te esperaba —gruñó la abominación—. Pecado de la Gula, la bestia voraz que quiere engullirlo todo.
Repentinamente, una fuerza de succión atroz surgió de la boca de la abominación, devorando completamente el enorme torrente de rayos que fluía en su dirección como si fueran un aperitivo.
Zhao Tang, a pesar de su aparente arrogancia, ya estaba preparado para la contraofensiva en contra de Alana. Se sorprendió al darse cuenta de que su cuerpo estaba congelado. Aturdido, observó con horror cómo los fragmentos de hierro que habían impactado en su armadura parecían multiplicarse y habían empezado a resonar con los rayos que estaba devorando. Como si la electricidad se viera atraída hacia él, como si fuera un pararrayos, su cuerpo se paralizó por completo.
—Maldita sea —gruñó, y en ese punto se dio cuenta de que estaba en problemas. Repentinamente, un rayo atravesó su cabeza, destrozando un cuarto de su cráneo y haciendo que su cuerpo colapsase en el suelo, inmóvil.
Alana rápidamente surgió del vacío, lanzando un suspiro de alivio mientras observaba con odio a Zhao Tang.
—Aurora, te hemos vengado.
Un estado de tristeza y de desapego inundó su mente y cuerpo…
…impidiéndole reaccionar por completo al repentino ataque que iba directamente hacia su corazón.
La sangre azul salpicó el aire. Una aturdida Alana observó cómo un herido Ducanor la había empujado hacia un lado, provocando que el brazo izquierdo de ella simplemente cayera al suelo.
El astrólogo negro se ponía de pie nuevamente a pesar de estar sangrando profusamente, apoyándose de la tecnoespada que le había arrebatado a Ducanor.
—Malditos… desgraciados. Yo soy una existencia inmortal. La muerte solo es un estado del que puedo…
Pero antes de que pudiese continuar, repentinamente un aire frío empezó a extenderse por todos los alrededores. El aire empezó a crepitar, mientras incluso la propia sangre que estaba fluyendo de la herida de Zhao Tang empezaba a congelarse y a coagularse en cristales de hielo de forma extremadamente dolorosa.
—¿Qué hiciste? —gruñó desesperado Zhao Tang mientras veía cómo Ducanor simplemente se ponía de pie. Su cuenca ocular destruida empezó a arder, mientras los restos de su propio ojo se quemaban totalmente.
—Un sacrificio —gruñó Ducanor—, un sacrificio de sangre.
—¡Ducanor, no! No lo hagas —gritó Alana, pero él la ignoró.
La sangre fluía todavía del muñón de Alana, y ella no podía moverse.
Y entonces empezó a recitar el encantamiento:
—Sacrificio de sangre, cambiar lo ilusorio por corpóreo, invertir el yin y el yang, convertir lo inexistente en existente. —Las palabras hicieron que la figura grotesca enfrente de el, que se había convertido en hielo, simplemente se deshiciera en un viento helado mientras ingresaba en el cuerpo de la abominación del pecado de la Gula.
Su cuerpo, a diferencia de antes, no estaba paralizado de forma superficial, lo que solo impediría su movimiento. Ahora, incluso su alma y su propia esencia estaban siendo congeladas en una escultura de hielo.
Porque ese era el verdadero poder de Voltia como espíritu verdadero: era el Espíritu de los Sueños de Escarcha.
Finalmente, la helada terminó, la nieve empezó a derretirse y lo único que quedaba de esa criatura era su mero recuerdo.
—¿Por qué hiciste eso? Mi misión era protegerte en este viaje, no tenías que hacerlo tú —gruñó con una tristeza colosal Alana.
Pero Ducanor no respondió. Hacía tiempo había perdido la conciencia, y su fuerza vital, que antes era vivaz, estaba parpadeando hasta el punto de casi desaparecer.
Y fue solo en ese momento, en ese preciso momento, que la gema espiritual de Aurora empezó a brillar y por sí misma se precipitó al pecho de Ducanor, aturdiendo a una destrozada Alana, que en un instante vio algo que había perdido hacía ya un momento.
La esperanza.
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