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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 45

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Capítulo 45: Capitulo 45

Año 397 antes de la ascensión del Monarca Celestial.

—REGISTRO DE AUDIO— —Magister Amethystos Iuris Civilis— —Fecha de registro: Desconocida. —Ubicación: Ciudad de Edna.

(Sonido de respiración agitada).

Iuris: Mierda, mierda, mierda, hay alguien aquí, mierda, se están acercando.

(Sonido de pasos apresurados).

(Largo silencio).

(Interferencia).

Maestra, si le llega esto o a cualquiera de los nuestros, debe saberlo, esto no es tan simple como una iniciación, ellos buscan…

(Explosión).

(Sonido de algo ardiendo).

(Voces inentendibles).

(Gritos).

(Sonido agudo).

(Silencio).

(Fin de la transmisión).

…..

El bullicio mundano cubría cada rincón de la ciudad de Edna, hasta el punto de que, probablemente, aquellos campesinos y feys desacostumbrados a aquello se vieran abrumados.

La ciudad de Edna había sido nombrada recientemente de esa forma en honor a la hija de un antiguo general; esta misma ciudad no existía hacía tres generaciones, sino que antes era un puesto de avanzada.

Un campamento militar ubicado en un punto estratégico en el paso del río Florencia, uno de los afluentes más importantes de Ulheim.

Y en ese mismo lugar, Tolrik se separó de su hermana y de Benia.

—Pareces bastante melancólico, joven señor. ¿Acaso algo está en tu mente? —preguntó Dracma con una mirada divertida, mientras su rostro mostraba la más absoluta indiferencia.

Gruñendo molesto, Tolrik miró con ira al viejo mayordomo de su padre.

—No es nada, solo estaba pensando por qué nos estás acompañando, tío. Después de todo, es raro que te separes de padre.

—Jajaja, no es raro, joven maestro; después de todo, con la enfermedad que lo aqueja, yo soy el mensajero y consejero de vuestro padre, y por esa misma razón ahora estoy en Edna.

Tolrik frunció el ceño. No había pensado mucho en la presencia de Dracma al principio, pero, pensándolo bien, no debía ser tan simple como acompañarlo.

—¿Qué sucede, tío? ¿Acaso la guerra con los gigantes se está…?

—Recrudeciendo, sí —respondió sin tapujos Dracma mientras se mostraba apático—. Probablemente mueran más este año que en los últimos diez en Ulheim.

—¿Tan grave es? —dijo estupefacto.

—Sí, tan grave es, por eso tu padre contrató unos mercenarios para proteger las tierras y su intención era que él los liderara, pero…

Ambos guardaron silencio.

En ese momento, Tolrik tenía enfrente de él una elección.

Aunque Dracma no lo había dicho de esa forma, sabía que era verdad. Tenía dos opciones: volver a la Isla del Alba y continuar su entrenamiento filial, o continuar en Ulheim para defender las tierras de su clan y a su gente.

La elección estaba ahí, solo debía seguir con ella hasta el final, mirando hacia atrás en la ahora delgada comitiva liderada por el carruaje que lo llevaba a él y a Dracma.

Estaban Fernand y Gedik, dos guardas que habían venido hasta aquí por su invitación. La muerte de Adrait había afectado al grupo; después de todo, era el más joven de aquí, quitándolo a él de la ecuación.

Pero aun así, a pesar de que no era su lucha, se quedaron con él. Su mirada cayó en el siervo que llevaba el último carruaje al final de la línea; él tenía una expresión cansada, pero aun así las heridas se habían curado y estaba trabajando duro por ellos.

Si un mero esclavo podía esforzarse por Ulheim, ¿cómo no podía hacerlo él, uno de sus futuros señores?

—¿Quiénes son? —preguntó.

Dracma lo miró con una leve sorpresa, pero con un mayor orgullo. Su envejecido rostro sonrió mientras murmuraba: —El nombre del grupo es los Hermanos Grifo, al parecer son un grupo de ex…

Sus palabras finales fueron ahogadas repentinamente por el ruido. Estaban a menos de dos horas de Edna, ya que podían verla a la distancia, y en ese momento vieron, para su sorpresa, algo dirigirse hacia ellos desde el camino.

Y no era para nada un caballo.

….

El ruido más estruendoso, que había escuchado en su vida ahora estaba siendo emitido a la distancia, acercándose cada vez más para sorpresa de Ducanor.

Quien aturdido intentó mirar más allá de la línea de caballos y carromatos en el camino para ver el origen del ruido.

—Eso es… —Para su sorpresa, la figura alta y digna de un hombre de mediana edad se presentó ante él. A pesar de los signos de la edad, la dignidad y el poderío innato de los feysier era emitido por él mientras observaba a la distancia el objeto que se estaba acercando, como si lo pudiera ver con claridad.

Según recordaba bien, su nombre era Gedik.

Y era un guarda.

—Maestro —dijo algo incómodo, después de todo su posición de siervo era bastante nueva para él—, ¿qué es eso?

—Eso, chico —respondió con un tono severo pero sorprendentemente amable, a pesar de su aspecto de pocos amigos—, son problemas.

Gedik, apenas terminó de hablar, ya había sacado su arma, una lanza que tenía atada al caballo, mientras arreaba hacia el frente, dejando a Ducanor con la duda existencial.

—Tsk, no me respondió —maldijo Ducanor mientras se sentía extrañamente solo. Después de todo, Julia, como había dicho, se había ido, dejándole a él completamente solo en un ambiente de señores y nobles.

Y mientras pensaba en aquello, recordó curiosamente una última cosa, algo que le había dado Ulrika, la hermana de su actual señor, antes de partir.

Que apenas llegara a la ciudad abriera la carta que le había dado y que ahí estarían sus últimas instrucciones; luego de ello, sería libre.

«Libertad», pensó Ducanor con tristeza. «Qué ilusa».

….

En las afueras de la ciudad de Edna estaba ocurriendo una persecución, pero no una persecución ordinaria.

Eran vehículos extraños para los estándares de los mortales ordinarios. Era un vehículo alargado y metálico, con un aspecto similar a una carreta, pero como si estuviera partida a la mitad.

Y a pesar de que era casi el doble de largo que un carruaje, su velocidad era absurda, comparable a la carrera máxima de un caballo ferghana.

Y detrás de ella venían vehículos similares en su persecución.

Entonces los disparos iniciaron.

En la parte superior de los vehículos había una especie de cañones que disparaban proyectiles de metralla pesada que tenían la fuerza de abrir el vientre de un mortal por la mitad.

Y ahora estaban chocando directamente contra el primer vehículo en una persecución violenta.

—No, no, no, no puedo —gruñó con ira la mujer, cubierta de pies a cabeza con una especie de traje térmico, mientras intentaba acelerar aún más, mientras inyectaba más energía dentro del motor del vehículo.

Pero otro disparo chocó directamente contra un punto vital del vehículo, haciendo que su velocidad disminuyera considerablemente mientras ella se veía forzada a mantener el control del vehículo para no chocar contra el suelo.

La explosión de fuego y calor cubrió parte del vehículo mientras giraba caóticamente al costado del camino varias decenas de metros antes de detenerse.

La energía espiritual volátil que alimentaba en un principio al vehículo ahora estaba escapando en forma de luz y calor, provocando que parte de la carrocería del vehículo colapsara y se separase del resto.

Revelando a una figura malherida que a duras penas logró salir del mismo lugar.

—Maldita sea, no puedo morir, tengo que salir de aquí. —Parte de su traje de protección había sido destrozado y apenas podía respirar a causa del humo causado por el fuego.

Podía oírlos, podía oír perfectamente cómo se acercaban ellos.

—Bastardos de la Heg… —pero antes de que pudiese terminar, sintió un ruido diferente, un ruido de cascos.

Un ruido de…

—Ayuda, por favor, ayúdenme. —Desesperada y herida, simplemente se rindió al destino.

Y a la voluntad de los dioses.

….

Cuando escuchó los disparos y vio el fuego, Tolrik tardó unos instantes en reaccionar. Cuando vio el velocípedo perdiéndose sin control en el bosque perseguido por otras decenas de vehículos, quedó estupefacto.

—Joven maestro —se apresuró a decir Dracma mientras veía cómo la expresión de Tolrik se llenaba de diferentes emociones—, esos son soldados de la Hegemonía, son parte del Magisterio Iaspis. No son simples fuerzas del orden, son la milicia de la Hegemonía.

Tolrik frunció el ceño y se congeló. No dudaba de las palabras de Dracma; después de todo, tenía mucha más experiencia que él.

El Magisterio Iaspis era raro de ver, podría decirse que extremadamente raro. Normalmente, solo en las grandes ciudades de la Hegemonía estaban presentes, y Edna no era una de ellas.

Por lo cual su presencia de por sí era sospechosa, pero…

—No es nuestro problema —afirmó con frialdad Tolrik. No sabía quién estaba en el velocípedo; podría ser un criminal o un desertor. Saltar al rescate de una total desconocida no era lo má…

Repentinamente un grito femenino resonó a la distancia, era un grito de ayuda.

Tolrik tembló mientras su mente vacilaba.

Una mujer, y joven probablemente.

—Mierda —gruñó mientras pensaba en ir—, tío Dracma.

—Joven maestro, seguiré su voluntad sin importar lo que elija, sé que está en lo correcto —dijo con firmeza el anciano, con una expresión afable.

En ese momento, Tolrik sintió que todo lo que le había enseñado su padre sobre las virtudes de los hombres llenó su mente.

Y como si fuera una señal, una figura montando un caballo a gran velocidad simplemente atravesó la espesura y se internó en la oscuridad en dirección a la voz.

—Jajaja, al parecer alguien se ha adelantado a nosotros —gritó Tolrik con una sonrisa, sintiéndose más relajado mientras empuñaba su espada y rápidamente montaba uno de los caballos atados al carromato, separándolo del mismo.

—Sí, joven maestro, ¿querrá reprenderlo? —dijo con una sonrisa Dracma, mientras miraba a la distancia con intención de batalla al grupo de legionarios Iaspis acercándose a la distancia.

—Bueno, tío, si el siervo es valiente, el maestro no puede quedarse atrás —dijo con una sonrisa mientras cabalgaba hacia la batalla y la gloria que esta traería.

….

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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