Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 49
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Capítulo 49: Capitulo 49
Un techo desconocido.
Ducanor se sintió extrañamente enérgico cuando despertó. Su cuerpo, desde hacía días algo agotado, y no solo su cuerpo sino también su mente, ahora estaba lleno de energía, como si hubiera renacido; incluso se sentía más poderoso y fuerte que antes, aunque este era simplemente un presentimiento y no algo concreto.
Al despertar, encontró que había una figura desnuda apoyada en su hombro, durmiendo plácidamente mientras lo abrazaba. Una figura bastante familiar, por lo menos en estas últimas horas había logrado memorizar prácticamente cada centímetro de su cuerpo.
Aprovechando que estaba durmiendo, pensó en reflexionar un poco mientras fruncía el ceño. La sensación de que algo iba mal en su mente era bastante extraña; era un presentimiento raro, se sentía enérgico pero a la vez sediento.
Extrañamente, el cuerpo desnudo de Ernzu despertaba aún más su sed.
—Así que despertaste, eh —murmuró una voz cálida así como extrañamente cansada.
Girando la cabeza se encontró con la mirada aguda de Ernzu. A diferencia de antes, que le estaba enviando una mirada de deseo y calidez, su mirada era seria y casi fría.
Al parecer, la sobriedad había alcanzado finalmente la mente de Ernzu, aunque el propio Ducanor no sabía si eso era bueno o malo llegado a este punto.
Tal vez una persona diferente en esta situación hubiera temblado de arrepentimiento, o tal vez de miedo; tal vez incluso un Ducanor más maduro y mayor hubiera actuado de forma más comedida ante una existencia tan extraña como lo era Ernzu.
Pero él era Ducanor Kal Arreus.
Y él no era alguien que temblase de miedo ante la mirada de una mujer u hombre, sin importar quién fuera.
Especialmente cuando era de mañana y tenía su virilidad en una mano y a una mujer en la otra.
Una sonrisa se desplazó en los labios de Ducanor mientras simplemente agarraba los brazos de una sorprendida Ernzu y la presionaba debajo de él con una mirada arrogante y su virilidad apuntando a su interior, con la intención de llenar con su semilla su maduro útero.
—Esa no es la forma de hablarle al hombre que llenó tu vientre hasta casi reventar —dijo con una sonrisa arrogante Ducanor.
El rostro de Ernzu cambió mientras mostraba algo de sorpresa y vergüenza, mirando molesta a Ducanor, aunque se dejó inmovilizar por él mientras sus pezones, en sus pechos maduros, estaban erectos y su entrepierna se humedecía nuevamente.
Pasando su lengua por el vientre de Ernzu, haciendo que saliera un gemido agudo de su boca que ella intentó contener mordiéndose los labios, finalmente murmuró luego de un silencio prolongado: —Solo una ronda y no más.
Mientras su sonrisa se ampliaba, acercó su rostro a la oreja de Ernzu, la cual mordió levemente. —Sus deseos son mis órdenes, mi reina.
Lamentablemente para las personas en el exterior, no sería solo una ronda la que tendría el dúo de amantes.
…..
En un gran salón pulcramente decorado, varias figuras estaban reunidas, figuras familiares para Tolrik.
Desde los integrantes del grupo de mercenarios, así como las propias Benia y Ulrika, que luego de unos días habían vuelto con un nuevo invitado.
Así como, claro, su pequeño grupo con Fernand, Gedik y Dracma.
Y por último estaban dos personas llamando la atención de todos. La razón: su apariencia, eran gigantes…
Eran dos mujeres. La primera ya era conocida para él, era la esclava que habían encontrado a las afueras de la ciudad de Edna, llamada Leona.
Y la segunda persona presente era nada menos que su señora, la cual había sido liberada por la acción conjunta tanto de Leona como, sorprendentemente, de Ulrika y Benia, quienes al parecer también estaban infiltradas en la fiesta.
Su nombre era Matilde y estaba enfrente de Tolrik ahora mismo. Su apariencia delataba su raza a pesar de haber ocultado sus rasgos más llamativos a través de una mascarilla y atar su cabello.
Pero los tótems que cubrían su rostro y su altura, que superaba por bastante a Tolrik, la delataban.
Y ahora las conversaciones habían iniciado.
—Señorita Matilde, según tengo entendido, tiene algo de información valiosa que nos puede entregar respecto a la invasión del clan gigante —dijo Dracma, quien actuó como consejero y mediador para Tolrik.
La mujer de cabello cristalino parecía ser del clan gigante de la Tormenta, y sus ojos dorados la delataban, pero no solo eso, sino su voz, que era como un trueno.
—Claro que sí, caballeros. Me presentaré primero para los que no me conozcan —respondió con un tono afable ella—. Soy Matilde, hija del antiguo rey Kyi, antiguo rey de los gigantes, así como hermana del actual rey gigante, Toskhan.
La mirada de todos se congeló en ella. Era realmente la princesa del clan gigante y hermana menor del rey de los mismos; su presencia de por sí era una carta de triunfo para Ulheim como rehén en contra de la rebelión.
Pero Tolrik sabía que no era tan simple.
—Eso no es todo, ¿cierto? Dinos la verdad, Matilde, ¿cuál es la razón de la rebelión y, lo más importante, cómo terminaste capturada en Ulheim y que nadie lo sepa? —Las palabras de Tolrik golpearon el meollo del asunto.
Haciendo que todos finalmente comprendieran que algo iba mal.
La mujer enfrente de ellos estaba en Ulheim como prisionera, pero entonces, ¿por qué el princeps de Ulheim no la usó como rehén para negociar? ¿Por qué al parecer nadie sabía que había sido capturada?
Y lo más importante, ¿por qué repentinamente los gigantes se habían rebelado con tal fuerza?
—Todo esto está planeado desde hace meses, tal vez años —murmuró con un tono cansado Matilde—. Esto comenzó desde la caída del anterior Gran Rey Gigante. Esto provocó una fractura entre los diferentes clanes y debilitó a la población gigante.
—A pesar de que llame a mi hermano rey, podríamos llamarlo Gran Rey, que es el título que reciben los que unifican a los diferentes clanes. Pero la unificación no fue solamente mérito de mi hermano, sino que recibió la ayuda de una persona.
Aquellas palabras hicieron que todos fruncieran el ceño. Ulstrost estaba demasiado lejos de Ulheim y nadie tenía interés en la cordillera helada aparte de los gigantes. ¿Quién querría ayudarlos a unificarse?
—Esas son patrañas, ¿quién lo ayudaría? Todos somos siervos de la Hegemonía, nadie… —dijo repentinamente Sandro, que miró con obvia desconfianza a Matilde.
—Pero no todos en la Hegemonía son leales, ¿o acaso ya no hay tres Hegemones? —dijo con un tono indiferente Matilde.
La expresión de Sandro se puso fea al oír esas palabras, pero aun así, al ver que nadie replicaba, decidió no decir nada.
—¿Entonces estás diciendo que algún hegemón rebelde se está rebelando en Ulheim? —dijo con una expresión severa Dracma.
Tolrik se dio cuenta de que la mayoría de los presentes miraba con cierta hostilidad a Matilde a excepción de Benia y Ulrika, además claro del desconocido con el que habían venido.
—No —respondió con una expresión seria Matilde—, no estoy hablando de un usurpador, estoy hablando de un demagogo.
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