Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 51
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Capítulo 51: Capitulo 51
El silencio amenazó esta vez la oficina personal de Ernzu, mientras esta observaba con indiferencia las notas en su escritorio y delante de ella había cuatro personas las cuales estaban de pie esperando a que ella hablara.
Ernzu sonrió mientras miraba a sus invitados: Ulrika, Tolrik, Matilde y Ducanor…
—La información que nos ha dado la señorita Matilde es valiosa, muy valiosa —dijo con una expresión revitalizada Ernzu mientras lanzaba una ojeada superficial a los papeles.
—La información que tenemos sobre Avarion el Demagogo es vaga, su identidad de por sí es un misterio —comentó con un tono cansado—, pero sospechamos que es un asceta.
—¿Asceta? —preguntó una voz con una expresión confundida.
Ernzu sonrió al ver que Ducanor era el que había hablado, y con una sonrisa amable dijo: —Ascetas son el nombre que reciben los seguidores de un culto específico: los Cuatro Templos Dhármicos.
Este culto, a pesar de no estar prohibido totalmente al igual que los Cultos de Sangre y los Cultos de la Tempestad, ha sido perseguido durante algún tiempo, por lo cual sus creyentes tienen mala fama además de que, claro, odian bastante a la Hegemonía.
—Según he entendido, el demagogo tiene tres lugartenientes —dijo mirando a Matilde—. Tu hermano es uno de ellos, el segundo es una mujer llamada Canossa, de quien se rumorea está liderando una rebelión en Balo, lo cual estaba desviando a las tropas del Hegemón fuera de Tara y es la razón por la que no ha vuelto a la gran ciudad. Y el tercero… es desconocido.
Todos quedaron en silencio, pero entonces habló Matilde. —¿Piensan que está planeando derrocar al Hegemón? —preguntó ella.
—Yo pienso sinceramente que piensa destruir en su totalidad el sistema impuesto por la Hegemonía. No estoy segura de si propone nombrarse Hegemón o usar el título de Gran Rey de Tara como en la antigüedad; lo que sé es que está dividiendo la fuerza de la Hegemonía como ningún rebelde antes lo hizo.
—Y supongo que no podemos esperar refuerzos del continente del sur —dijo Tolrik con una expresión hastiada.
Ernzu pudo ver que, luego de su experiencia en batalla, había ganado un cierto resentimiento o desdén hacia la Hegemonía, un sentimiento que no pensaba suprimir por ahora; después de todo, tener una voz contraria podía ser beneficioso.
—Claro que no —respondió Ernzu con indiferencia—. Es deber de la Secta de la Rama Sombría proteger Ulheim, recuérdalo Tolrik, sin importar lo que suceda. Además, ahora hay un nuevo plan —dijo con una sonrisa Ernzu—. Tenemos que ir al castillo de Viddar, donde vive el actual señor de Ulheim…
….
—Guuu, uhhhh, uhhg. —Un gemido cálido, casi gutural, salió de la boca de la belleza de piel pálida y cabello de un blanco cristalino como si fuera hielo.
Esa belleza estaba tendida en una cama totalmente desnuda; enfrente de ella había otra persona disfrutando de sus gemidos mientras su mano presionaba un consolador cristalino, el cual estaba siendo insertado violentamente en su vagina.
Y esa persona era nada menos que su maestra, Matilde, quien con una expresión indiferente estaba introduciendo el consolador en su cuerpo.
—¿Te gusta, perra? —murmuró con un tono amable Matilde, a pesar de sus palabras, mientras sonreía cálidamente, acercando su rostro al de una Leona totalmente desnuda y con la boca entreabierta mientras gemía.
—Mmm, uhh, ahh, ahh. —Los gemidos y la respiración pesada de Leona se acrecentaron cuando las manos de su maestra pasaron por sus pechos y erectos pezones, pellizcándolos en consecuencia.
—¿Acaso estás pensando en ser rellenada como un pavo por ese siervo? Cierto, sé cómo lo miras, Leona —dijo con una mirada llena de lástima—. Si fuera un siervo ordinario tal vez te lo podría entregar como recompensa por tu servicio, lamentablemente no es para nada ordinario.
Leona no pudo responder, pero las palabras de su maestra provocaron que recordara ciertamente a Ducanor…
Pero aquel pensamiento fue ahogado cuando sintió algo llenando su interior, y no era el consolador en su vagina.
Para su sorpresa, Matilde estaba insertando otro consolador en su segundo agujero, es decir, su ano, provocando que los gemidos y las súplicas sin razón de Leona fueran cada vez más sin sentido y agudas.
Su expresión estaba destrozada por el placer mientras pensaba en la figura de Ducanor penetrándola directamente; recordaba claramente los sonidos de los gemidos de la líder de la secta.
A pesar de que no podía experimentar ese mismo placer, podía imaginarlo, y era lo único que podía hacer en este punto para sentirse mejor al ser usada como un juguete por Matilde.
La inserción del consolador fue aumentando de velocidad y ritmo mientras ella seguía gimiendo, para desconocimiento de cualquiera de las personas presentes en la mansión.
Mientras simulaba en su mente, a un nivel extremadamente realista (por lo menos a nivel de estímulo), que su vagina estaba siendo penetrada al unísono que el consuelo se insertaba en ella, y la persona que la estaba penetrando por detrás tenía el rostro y facciones duras y cuadradas de Ducanor.
Podía recordar cada detalle de él, su olor, incluso la sensación de su piel tocando la suya cuando la curó con su propia sangre y el sabor de la misma.
Tenía ojos suaves, casi pequeños en comparación a su rostro, cabello corto y un rostro masculino y cuadrado con una quijada grande y nariz afilada, labios un poco gruesos de una tonalidad pálida, casi rosada.
—Sinceramente, también lo codicio un poco —logró escuchar la voz de Matilde detrás de ella, mientras jugaba con su cuerpo acariciándola y besándola con su lengua áspera—, pero supongo que es un siervo, no es digno de mí. Además de que no sería un buen juguete sumiso como tú, en ese aspecto prefiero al inocente joven maestro del Clan Kongqueror.
Y mientras la fantasía de Matilde era llevada a cabo, la de Leona solo ocurría en su mente.
….
Ducanor se quedó mirando la escena enfrente de él con una mirada extraña y algo cansada. Habían pasado un par de días desde que él había dormido con Ernzu; según sus propias palabras, pensaba convertirlo en un cultivador.
No comprendía mucho a qué se referían aquellas palabras, pero al parecer no pensaba hacerlo unirse a la Secta de la Rama Sombría.
Sino que tenía otros planes para él. En ese sentido, la persona que al final había resultado funcionar como una especie de guía para Ducanor fue nada menos que Leona, que bajó bajo su propia voluntad.
En ese punto comprendió de cierta forma el alcance del poder de Ernzu y el resto también empezó a admirarla aún más por eso.
—Dao —murmuró para sí mismo repitiendo esa palabra familiar y extraña mientras fruncía el ceño ligeramente, como si algo en su cabeza o en su memoria no estuviera ahí.
Y entonces recordó lo que había dicho Ernzu.
—Nosotras, yo y Benia, somos taoístas, cultivadoras del Dao. Practicamos el camino a la eternidad a través de la iluminación y el chakra con la acumulación de energía espiritual —comentó Ernzu con un tono profundo que incluso atrajo a Leona, a pesar de su aparente molestia con ella.
—A diferencia de las personas normales, los mortales como ustedes que simplemente dependen de su fuerza física y habilidades innatas para defenderse en este mundo y además tienen su longevidad fijada, por aquello los cultivadores acumulan la energía espiritual y trascienden, y evolucionan su físico mortal con la intención de alcanzar la trascendencia. En mi caso soy una existencia que está en la etapa Núcleo Espiritual, mientras que Benia está en la etapa Condensación Espiritual.
—Mientras que lo que te ocurrió fue que tu cuerpo inconscientemente consiguió entrar en contacto con tu propio Dao. Podría decirse que ganaste cierta iluminación en la fiesta y por aquello mismo tu mente entró en un estado de frenesí en el cual buscaba más de aquello, por lo cual tu libido aumentó considerablemente.
Lanzando un fuerte suspiro, Ducanor no pudo evitar sentir que la situación era un poco demasiado ridícula en varios sentidos, pero a pesar de todo lo tomó con bastante tranquilidad.
Mientras observaba con atención el libro que le había entregado Ernzu antes de partir junto a Benia y Ulrika, además del pequeño Ek Thor, como llamaban al tipo de pequeña estatua que los acompañaba.
—El Camino Amarillo —murmuró Ducanor mientras leía el título del libro con detenimiento. Sus habilidades de lectura eran pobres en el mejor de los casos, por lo cual había estado repasando el libro, que no tenía más de treinta páginas, durante varias horas para su propia irritación.
El cultivo era un arte que iba de pasos; como un aprendiz que se convierte en maestro, uno no puede desear ser un experto luego de unos instantes, aunque el talento también era una parte esencial. Talento que Ducanor poseía, pero no la mentalidad.
Según lo que había comprendido Ducanor, la primera etapa del cultivo del Dao se llamaba Puerta Dao.
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