Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 59
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Capítulo 59: Capitulo 59
La sangre derramada en Viddar se secó con el sol, revelando una cantidad de muerte absurda. La caída del señor de Ulheim había sido silenciosa y los habitantes de Viddar cayeron ante la espada o se arrodillaron ante su nuevo señor. Porque cuando se abrieron las puertas, el que entró no fue el heredero del anciano señor, sino el rey gigante Toskhan.
—Su majestad, hemos eliminado a toda la milicia de la ciudad, mientras que el resto ha sido confinado o capturado —dijo con una sonrisa relajada una figura desaliñada de cabello largo, pero con un porte carismático. Lo único que quitaba aquello era la cicatriz que revelaba algo de hueso en su rostro. Si estuviera en este lugar Ducanor, o Ulrika, lo reconocerían de inmediato.
—Tomen la ciudad; hombres, mujeres y niños ahora son nuestro botín. Junto al castillo, ahora los gigantes volveremos a ser los legítimos señores de Ulheim y los feys nuestros esclavos.
Miles de gigantes habían entrado en el castillo, cada uno de ellos con una presencia que hacía palidecer a la mayoría de feys, y ahora la mayor fortaleza de Ulheim estaba en su poder. ¿Cómo podrían caer ahora?
La sonrisa en el rostro de Toskhan se amplió mientras caminaba frente a su ejército montado en una bestia con la apariencia de un lobo y con un pelaje blanco como la nieve. Detrás de él, su ejército montaba decenas de bestias, todas eran sidhes.
—¿Qué quieres como recompensa, guerrero? Que no digan que Toskhan no recompensa a sus guerreros —dijo.
Y el hombre desaliñado que los había recibido sonrió ligeramente mientras se inclinaba: —Su majestad, solo pido para mí y para mis hombres un pequeño lugar para quedarnos. No tiene que ser el castillo, después de todo este lugar es para un rey, pero el resto de Ulheim necesita un rostro fey amable para ser sometido.
Toskhan miró con sorpresa al hombre y su sonrisa se amplió: —Todo Ulheim es mío para dominar y hacer mi voluntad, mortal. Por esa misma razón, todos ahora son mis siervos. Serás dueño de lo que conquistes bajo la ley suprema del fuerte probando su valía, y ese es tu derecho, pero no tu recompensa. Como recompensa recibirás…
Mientras su mirada caía sobre todo el castillo y sobre los hombres y mujeres arrastrados por los subordinados con aspecto bestial y desaliñado del hombre delante suyo, agregó: —Mis guerreros, todo este castillo es nuestro, al igual que todas estas tierras, desde la Cordillera Sin Fin hasta el Estrecho de Norue. Todo el botín es nuestro, pero se dividirá de forma igual. Se reunirán los esclavos, los prisioneros y los tesoros en el centro de la ciudad donde será subastado su valor en gemas espirituales. Cada guerrero tendrá derecho a la mitad de su peso en metálico, mientras que ustedes, guerreros que tomaron la ciudad, tendrán el doble de su peso en metálico y el primer turno en la subasta.
Sus palabras resonaron con fuerza haciendo contener el aliento a todos los presentes.
—Y ahora id, mis guerreros, y derramad la sangre traidora de los feys en su ciudad de grandes murallas, y mostradle la fuerza de los antiguos gigantes.
Los gigantes se dispersaron con gritos, espadas y armas en mano. Sacaron a las mujeres y niños de sus viviendas, arrojaron sus cosas al exterior mientras empezaban a saquear todo, desde los templos hasta los negocios. No dejaron nada sin remover, pero ese era el mejor de los casos para las personas de Viddar.
Pero en el peor…
—Por favor no, solo son niños, yo… —la cabeza de la anciana fue estampada contra la pared, dejando partes del cráneo incrustadas en el sedimento, mientras el gigante ignoraba el llanto de los niños y otras personas presentes en el hogar.
Para luego enfocarse en las mujeres y…
Mientras el horror de toda guerra ocurría en este punto, las mujeres y niños eran marcados como esclavos mientras que los hombres y ancianos eran asesinados. Ya no eran personas, eran esclavos y el botín de guerra de los gigantes. Siglos de represión habían provocado un resentimiento considerable entre ambas razas, los feys y los gigantes. Y en este momento aquel resentimiento había sido vertido como fuego en un bosque, quemando todo a su paso.
Mirando la escena de destrucción enfrente de él, Toskhan perdió el interés rápidamente mientras avanzaba por el camino principal hacia el castillo, pero antes se detuvo al recordar algo.
—Antes de que se me olvide, ¿cuál es tu nombre, guerrero? Mereces ser recordado por este rey —habló él, sorprendiendo a varios de sus hombres.
A lo cual el maltrecho hombre sonrió mostrando sus prominentes colmillos.
—Intermezzo, su majestad. —Inclinándose profundamente agregó—: Intermezzo Omeya.
….
El trono de Viddar, legendario, era enorme; más de doce metros de alto por cinco de ancho. Se dice que el primer rey de Ulheim era tan grande que el castillo de Viddar había sido construido para servir como fortaleza para su raza, después de todo el primer rey era un aesir.
Pero del trono gigante solo quedaban algunos fragmentos, había sido restaurado decenas de veces y ahora solo quedaba un trono de seis metros de alto por dos de ancho. Los fragmentos del original habían sido usados para forjar la puerta del castillo.
Las leyendas decían que solamente el legítimo gobernante de Ulheim sería capaz de abrir la puerta como si de una pluma se tratase. Por lo cual las puertas habían permanecido abiertas desde que había registro y ningún señor o rey había logrado cerrarlas.
Toskhan surgió en el umbral de la puerta, cruzándola sin detenerse a mirarla; desconocía la leyenda, para él simplemente era una puerta. Y encontró en medio del gran salón del trono a una figura pequeña sentada en el mismo.
Un niño de aspecto inocente y cabello azul miraba con obvia diversión a Toskhan, sin ningún guardaespaldas. Y al acercarse al trono en silencio, se arrodilló ante el niño y dijo: —Su santidad, no sabía que estaba aquí, si lo hubiera sabido le hubiera preparado un banquete y una celebración por su llegada.
Inclinándose perezosamente, Avarion desvió la mirada mientras se estiraba en el trono, abandonándolo rápidamente: —Tranquilo, Toskhan, solo estaba calentando el trono para ti, aunque no lo extraño demasiado —riéndose, agregó—. Es muy duro.
Toskhan se levantó con una mirada tosca cuando detectó repentinamente dos figuras de varios metros de altura en las sombras bordeando a Avarion. Eran gigantes de hueso tan grandes que parecían torres por sí mismos; en este enorme salón con un techo de cien metros, estos monstruos solo llegaban a poco más de una décima parte del mismo. Y eso ya de por sí era aterrador.
Pero lo que más le alertó fue otra figura, una figura oculta tras una capucha carmesí la cual, a pesar de estar en la oscuridad, parecía brillar como un dedo adolorido; no solo por su hermosa y despampanante figura. Sino porque el solo hecho de mirarla hacía sentir a Toskhan un dolor absurdo, mientras sus propios ojos lagrimeaban por el calor que emitía al verla.
—Mi señor, el Magister Iaspis se está moviendo al parecer hacia Otranto, las fuerzas que dejé ahí son insuficientes como para manejarlos. ¿Dejo que se retiren y los lleven a la cordillera o…?
—Deja que mueran —dijo indiferente Avarion, como si fuera natural.
Toskhan no se sorprendió, esperaba esa respuesta y sonrió, porque eso significaba que su maestro tenía una sorpresa para él. Y como si leyera su mente, el inocente niño agregó.
—Tara es el premio gordo, Toskhan. La Hegemón no es tonta, si pierde demasiado llamará a todas las fuerzas de los continentes hacia Ulstrost y aplanará las tierras; sus flotas de vacío podrían incluso desolar Viddar si lo quisiera —respondió con indiferencia Avarion.
El gigante quedó un poco aturdido ante esas palabras y sintió un escalofrío al pensar en la flota de naves de vacío de la Hegemonía sobrevolando Viddar.
—Entonces supongo que su majestad tendrá un plan —comentó algo temeroso Toskhan.
—Claro que tengo un plan, Toskhan, pero primero tengo que robar algo —dijo con una sonrisa el demagogo mientras se iba alejando del gran salón seguido de los enormes gigantes de hueso y esa misteriosa mujer.
—Su voluntad se hará, santidad —respondió mientras se inclinaba el rey.
—Ah, y se me olvidaba —girando la cabeza con una sonrisa inocente, agregó—, diviértete.
….
Los rumores se extienden como un incendio; lo primero que ves es el humo y cuando ves el fuego ya es muy tarde, estás atrapado.
Los mensajes eran contradictorios. La presencia sorpresiva de los gigantes fuera del territorio de Ulstrost era difícil de creer. Los rumores que oían eran cada vez más aterradores mientras iban a la ciudad de Cnut, desde que habían destruido al ejército del joven señor de Ulheim, hasta que habían triunfado e iban en camino a Viddar.
Hasta rumores que decían que Viddar había caído en manos de los gigantes o que la Hegemonía había invadido Ulheim forjando un camino de sangre sin piedad. Nadie sabía qué creer, ni siquiera Tolrik…
—Dracma, ¿qué piensas de los rumores? —dijo Tolrik mientras miraba al anciano con una mirada dudosa.
—¿Quieres oír mi consejo o mi opinión, joven maestro? —preguntó Dracma. La comitiva de Tolrik había aumentado en número, pero eso no significaba que fueran invencibles; una tropa de una veintena de gigantes, si los emboscaran, podrían masacrarlos con facilidad.
Por esa razón, Tolrik de forma muy cautelosa había hecho que los mercenarios sirvieran como exploradores para recolectar información, además de vigilar el camino.
—Quiero tu opinión, Dracma —respondió Tolrik luego de reflexionar—. Tu consejo puede ser necesario, pero quiero saber qué realmente piensas de esta situación y no lo que quieres decirme en base a lo que pienso.
Dracma asintió y guardó silencio. Y finalmente dijo: —Siento que son puras patrañas. Rumores creados para desorientar y confundir a la población, o tal vez la propia gente ignorante los creó por miedo, pero a pesar de ello no puedo evitar querer decirte que seas cauteloso, Tolrik. Nunca seas incrédulo, porque la verdad puede ser siempre peor a lo que podríamos imaginar.
Las palabras de Dracma hicieron cavilar a Tolrik, quien miró al grupo. Aparte de Fernand y Gedik, también los acompañaba Ducanor, quien se había recuperado de sus heridas. Además de que, curiosamente, su maestra había mandado a acompañarlos a Benia y Ulrika, agregando también a la ecuación a Ek Thor, que servía de informante ya que tenía contactos con varios cultos. Y claro, no podía olvidar también a… Matilde, y su esclava Leona.
Y mientras más se acercaban a la ciudad, más sentía Tolrik un mal presentimiento.
La ciudad de Cnut, a diferencia de Edna que parecía más bien un asentamiento desordenado alrededor de una atalaya, era bastante más impresionante. Y a los ojos de Ducanor era enorme. Edificios tan grandes como montañas y caminos y calles en las cuales podían pasar cinco carretas de lado a lado. Era de por sí una vista impresionante para un campesino como Ducanor.
—Anonadado, paleto —se burló Benia, quien en un momento desconocido había llegado a su lado.
—Un poco —admitió Ducanor mientras miraba con fascinación las calles de la ciudad a la distancia, aunque…
—Se siente un poco vacío —murmuró confundido Ducanor.
No había poca gente exactamente, pero había un flujo bajo. Los pequeños puntos a la distancia se movían de forma ordenada y no era una masa informe como la mayoría de veces había visto en Edna.
Ulrika, quien había aparecido a su lado, también agregó: —No lo molestes, Benia. ¿Quién quedó con la boca tan abierta que podría poner un huevo cuando fuimos a Tara por primera vez?
Sonrojándose furiosamente, Benia gruñó: —Oye, tú también lanzaste un grito de sorpresa cuando fuimos a Tara.
—Pero yo no molesto a las personas por sorprenderse de… —y mientras el dúo discutía cálidamente, Ducanor detectó a la distancia a la figura familiar de Ek Thor.
O como él lo llamaba para sus adentros: el enano gruñón. A pesar de su tamaño tenía una buena cantidad de ira acumulada y siempre respondía mordazmente a cualquier palabra que le dijeran, pero a pesar de ello era bastante inteligente en su trabajo y, lo más sorprendente, era un alquimista.
—¿Qué sucede? —preguntó Ducanor mientras se adelantaba, ignorando a Benia y a Ulrika.
—Hay problemas, eso es lo que sucede —respondió secamente Ek Thor mientras tomaba un aliento. Su rostro parecía pálido y nervioso, haciendo levantar la guardia a Ducanor.
Y al mismo tiempo, Benia y Ulrika ya habían dejado de discutir y estaban mirando con cautela a Ek Thor, tomando nota de lo que estaba a punto de decir.
—¿Qué sucede, Ek Thor? ¿Acaso la ciudad ha sido tomada? —preguntó Ulrika.
—No exactamente —respondió Ek Thor con un tono sombrío—. Es más complicado que eso.
—Explícate rápido —le instó sin tapujos Benia.
A sus palabras Ek Thor parecía molesto, pero aun así contestó con una pregunta. —¿Han oído hablar de la raza de sangre?
La expresión de Ducanor se congeló ligeramente, mientras recordaba vagamente su tiempo como lobo de sangre. Había oído de Ernzu que la corrupción de los lupercos por la raza de sangre los había transformado en licanos. La raza de los lupercos era una raza de mortales con apariencia de lobo, de gran renombre por su honor y fuerza, pero la corrupción de sangre había transformado a los lupercos en monstruos.
Los licanos, criaturas sedientas de sangre y carne mortal que podían extender su maldición a otros mortales a través de la mordida o la sangre. Ducanor no había purgado la maldición por completo, simplemente estaba en un estado de hibernación. Después de todo, nunca había abierto su segundo dantian con el poder de linaje de un licano, lo cual había hecho retroceder la maldición gracias a su runa dhármica.
Aunque siempre tenía la preocupación de que el lobo de sangre volviese. Después de todo, también era él.
—Sí —respondió ante su silencio Ulrika.
—Bueno, al parecer, está ocurriendo una reunión entre los diferentes templos de sangre.
Esas palabras provocaron un escalofrío en Ducanor a pesar de no saber qué significaba exactamente.
Viendo su duda, Ulrika rápidamente explicó: —Los templos de sangre son el método que usa la raza de sangre para llamar a sus diferentes ramas fuera del continente del norte. Prácticamente cada templo de sangre está controlado por un miembro de alto rango de la raza de sangre. Según he oído de la maestra, solo hay seis templos en todo el continente del este.
—Sí —respondió Ek Thor—, y tres de ellos ahora están reunidos en la ciudad de Cnut.
—¿Por qué? —preguntó confundida Benia.
—No lo sé, pero me parece mala idea ingresar a la ciudad ahora mismo. Sin importar lo que estén planeando, la presencia de un templo de sangre de por sí es bastante mala.
Ducanor frunció el ceño: —¿Acaso el culto que destruyeron de licanos no era parte del templo? ¿Por qué esto sería diferente?
—Es muy diferente, Ducanor —comentó Ulrika con una sonrisa afable—. Lo que destruimos era simplemente un culto independiente creado por un miembro de la raza de sangre. Los templos funcionan prácticamente como embajadores de las dinastías de sangre y su presencia es considerable en todo el continente.
—La secta ha intentado eliminarlos por siglos pero ha sido imposible y simplemente se ha tolerado su existencia, pero siempre que rompen un límite son perseguidos sin piedad, por lo cual normalmente toman un perfil bajo y simplemente convierten miembros de forma voluntaria a través de selecciones secretas.
Escuchando la explicación de Ulrika, rápidamente entendió por qué el caso de Intermezzo era diferente; después de todo, había secuestrado y esclavizado a todo un pequeño grupo de aldeas en Otranto.
—Entonces, ¿qué hacemos? ¿Vamos a espiarlos? —preguntó Benia con una sonrisa confiada.
Haciendo que Ulrika y Ek Thor se tocaran el entrecejo mientras miraban con obvia molestia a Benia. Mientras que el propio Ducanor asentía ligeramente.
—Debemos investigar, no podemos dejar que esto se desarrolle. Tal vez esté relacionado con la invasión gigante —comentó Ducanor.
Haciendo que la mirada de Ulrika brillase con algo de curiosidad mientras reflexionaba, mientras que el propio Ek Thor fruncía el ceño.
—No recomiendo esto, es demasiado peligroso. No estamos hablando de infiltrar un culto, estamos hablando de un templo. Tal vez haya miles de miembros en la ciudad; no sería extraño que un señor mortal o existencias más aterradoras estén reunidas.
Todo el grupo lo pensó y no pudieron evitar estar de acuerdo parcialmente con Ek Thor. Pero aun así.
—Somos Guardas. La muerte es inevitable, pero la seguridad del continente es la prioridad —dijo Ulrika con decisión.
A lo cual Ducanor, a pesar de no ser Guarda, asintió y murmuró: —Tranquilo, esto será rápido, solo será ir y volver.
—Sí, qué tan difícil puede ser —comentó con una sonrisa Benia.
Ek Thor, mirando al trío, no pudo evitar tener el presentimiento de que todo podría salir mal.
…..
La ciudad estaba tranquila, tan tranquila que inclusive un grupo como el de Tolrik sería demasiado vistoso, por lo cual, luego de enviar a Ek Thor a notificar a Tolrik, los tres: Ducanor, Benia y Ulrika, ingresaron a la ciudad.
Los guardias de la entrada los revisaron exhaustivamente, pero no hicieron muchas preguntas y pudieron ingresar luego de una espera más o menos larga.
—¿Dónde investigamos? —preguntó Ducanor, curioso.
—Ek Thor dijo que probablemente se estén reuniendo en las alcantarillas de la ciudad —respondió ella.
Benia parecía estar en sus propios pensamientos, mientras que Ducanor parecía alerta. Estaban caminando ya que montar a caballo llamaría demasiado la atención, por lo cual simplemente avanzaron y se internaron en la ciudad. Y lo primero que siguieron para investigar este lugar, en medio del atardecer, fue una pequeña multitud.
Una pequeña multitud que se internaba entre los pasadizos de la ciudad, en fila uno detrás del otro, mientras avanzaban sin ver el camino.
—¿A dónde irán? —preguntó Ducanor en voz baja, al mirar con duda la extraña conducta de esas personas.
—Sigámosles, tal vez haya un motín, o se estén ocultando del templo de sangre —comentó Benia.
Y mientras los seguían, buscaban comprender la trama dentro de la ciudad. Sin saber que en ella algo siniestro se estaba gestando, más allá de lo que pudiesen comprender.
….
Los mortales eran criaturas fáciles de corromper; simplemente satisface una necesidad, o crea una necesidad. Podía ser la búsqueda de la felicidad, la libertad, liberarse de la soledad, o inclusive el amor. Pero la que más le gustaba y su favorita era, nada menos, que la comida.
¿Qué persona puede vivir sin alimentos? ¿Quién puede soportar no comer y disfrutar de una buena comida? No era simplemente una necesidad, era un placer. Una buena comida podía llenar el estómago y el corazón al mismo tiempo.
Entre todos los placeres de la carne, probablemente la comida era el que más amaba y el que más odiaba al mismo tiempo. El placer de comer era incomparable, pero el dolor del hambre y el sufrimiento de un alimento mediocre era una tortura.
Pero él alimentaba muy bien a sus animales.
….
Las alcantarillas eran un logro transmitido por parte de la Hegemonía a los feys. Ducanor recordaba bastante claramente cómo Uisuk alababa el logro arquitectónico y tecnológico que eran las cloacas instauradas por la Hegemonía. Y probablemente era lo que más añoraba de su vida como noble.
—Esto huele a mierda —gruñó con molestia Ducanor mientras caminaba por los pasillos laterales de las alcantarillas, donde en el medio un enorme canal transportaba las aguas negras de los desechos de la ciudad.
—¿Qué esperabas? Estamos en las alcantarillas, ¿que oliera a flores? —le respondió con enojo Benia, quien no parecía muy contenta tampoco con el hecho de estar en este lugar.
—Oye, no me grites, ¿quieres que nos escuchen? —le reclamó Ducanor.
—Que me calle… tú cállate, tu voz suena como un pitido molesto, se puede escuchar desde…
—Cállense los dos —gritó furiosa Ulrika, haciendo temblar ligeramente al dúo, quienes sorprendidos se miraron con duda y molestia antes de desviar la mirada, desviando su ira.
—¿Qué creen que es esto, un paseo? Estamos en un territorio desconocido, además perdimos el rastro de las personas que seguíamos —reclamó molesta Ulrika.
—No los hemos perdido —agregó Ducanor mientras avanzaba en dirección a una canaleta; frunció el ceño, tocó las paredes de piedra y frunció el ceño.
—Los siento arriba —murmuró Ducanor mientras caminaba pegado a la pared, como si olfateando algo.
—¿Qué estás haciendo? ¿Acaso eres un sabueso ahora? —preguntó molesta Benia—. Deberíamos irnos, no vamos a encontrar nada por ahora, pero si tenemos la ayuda de…
—Lo encontré. —Repentinamente, como si de un extraño mecanismo se tratase, Ducanor había presionado una especie de escalón en la pared, lo cual había formado una pequeña escalera hacia arriba donde parecía existir una especie de trampilla.
—Eso es…
—Te dije que era bueno —dijo con una expresión arrogante Ducanor mientras, sin dejar que Benia se quejara, subió la escalera de manos, escalando rápidamente hasta la trampilla y cruzando más allá de su umbral.
—Bastardo arrogante —gruñó Benia mientras lo seguía.
—Pero tiene razón —respondió con una sonrisa pícara Ulrika detrás de ella.
Y entonces se encontraron en un territorio desconocido. No estaban en las alcantarillas, sino en una especie de catacumbas.
Cráneos y huesos apilados los unos con los otros y unidos con roca y piedra, formaban una cámara siniestra donde la única fuente de luz eran las débiles llamas de las antorchas repartidas. Que solo permitían ver las débiles sombras de figuras ocultas en la oscuridad.
—Esas son personas —murmuró aturdida Benia.
Y entonces Ulrika comprendió a dónde habían ido las personas de la ciudad al desaparecer.
Cientos, si no miles de huesos apilados y cadáveres harapientos de hombres y mujeres estaban repartidos en toda la enorme cámara. Donde en el centro de la misma, donde la única fuente de luz era claramente visible, había un altar con velas.
Figuras ennegrecidas se arrodillaban a su alrededor, mientras devoraban en el altar carne sanguinolenta y una masa negra desagradable, además de beber una especie de brea negra de un cáliz.
Guardaron silencio intentando pasar desapercibidos. Pero entonces, extrañamente, se sintió algo incómodo.
«No hay salidas», pensó con el corazón pendiendo de un hilo. «Ni malditas entradas.»
Las entradas habían desaparecido en un momento desconocido. Extrañamente, ninguno de los presentes parecía preocupado, mientras se hundían en el placer extrañamente.
Sintió cómo el ambiente de la cámara cambiaba a uno sofocante y destructivo. El baño de sangre había comenzado.
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