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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 64

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Capítulo 64: Capitulo 64

-312 después del ascenso del Monarca Celestial-

Reflexiona repetidamente sobre la rapidez de tránsito y alejamiento de los seres existentes y de los acontecimientos. Porque la sustancia es como un río en incesante fluir, las actividades están cambiando de continuo y las causas sufren innumerables alteraciones. Casi nada persiste y muy cerca está este abismo infinito del pasado y del futuro, en el que todo se desvanece. ¿Cómo, pues, no va a estar loco el que en estas circunstancias se enorgullece, se desespera o se queja porque sufrió alguna molestia cierto tiempo o incluso largo tiempo?». —Colonia Adela.

Aquellas palabras llegaron a la mente de Redsu Muradi al momento en el que tenía que juzgar un crimen.

Normalmente, en el continente del este, desde la época de los Danna y los Aesir antes de ellos, los filiad eran los jueces y maestros de leyes. Memorizaban la historia de las tierras a su alrededor, cientos de poemas e historias, miles de tradiciones diferentes, y el actuar de sus antepasados y predecesores en el rol de impartir justicia.

Esa labor rápidamente fue reemplazada por un nuevo magisterio, el Magister Filiad. Curiosamente, no necesariamente tenía que estar ocupado por un filiad; el nombre era simplemente un honorífico a la labor de estos, aunque normalmente el puesto estaba ocupado por tales eruditos.

Ese no era el caso de Muradi, que, como Magister Majoris Filiad, tenía la labor suprema de impartición de justicia en toda la provincia de Ulheim y pocas veces tenía que involucrarse en asuntos concernientes a dictar sentencia, ya que había cientos de filiads y magisters dispuestos a hacer su trabajo en todas las causas. Tanto civiles como penales, tanto públicas como privadas, y tanto aburridas como molestas.

Y, en este caso, había una molesta. Una muy molesta.

—Dices que el hijo del maestro del señor de Ulheim y del sobrino del mismo se han enfrentado a un cazador Elektrym —preguntó estupefacta Redsu, mientras inconscientemente pensaba en Ducanor.

A pesar de que Redsu vivía hacía tiempo en el castillo de Viddar, no se había topado con Ducanor en mucho tiempo. El castillo era grande y evitar a una persona era sencillo, pero tanto ella como Ducanor tenían algo de historia. Demasiada historia.

Su secretaria asintió, también algo estupefacta. Era joven e inocente a diferencia de ella, que había vivido más de cinco siglos en este cruel mundo; aun así, intentaba mantenerse joven y activa, después de todo, se veía en la flor de la juventud.

—Mi señorita, al parecer el hijo del maestro Arreus estuvo involucrado en una riña con un miembro de un clan gigante en un bar. Justamente ese gigante es siervo de un miembro del Magister Elektrym, y ha abogado por él y por el honor de su siervo.

—¿Siervo? ¿Por qué estaría interesado en abogar por un siervo? —preguntó extrañada Redsu. Aunque los siervos de facto eran libres, estaban unidos inseparablemente a un maestro; normalmente eran ex esclavos o hijos de siervos que vivían afiliados de por vida a un clan o a una familia. Por regla general, los maestros no tenían demasiado interés en ellos.

—Es su hijo —agregó su asistente—. Convirtió a una sierva en su concubina y tuvo un hijo con ella; al parecer, le tiene mucho cariño.

Tocándose el entrecejo, Redsu no pudo evitar sentir que ese cazador Elektrym era un tonto. A pesar de que el Magister Elektrym tenía poder e influencia, no solo se había metido con Ducanor, sino también con el propio Pandamar.

—¿Y qué quiere que haga? ¿Que abogue por él para defender la justicia? —respondió con desdén Redsu, sin ningún interés. —Mmm, no lo sé, mi señora. Solo recibí la notificación del Magister Majoris Elektrym de que este caso… —¡Ese viejo bastardo piensa pelearse con Pandamar en este preciso momento! —dijo furiosa Redsu mientras se levantaba de golpe, haciendo temblar el aire.

Reveló un aura absurda, una presión invisible que hizo sudar a su propia secretaria, quien, aunque acostumbrada, no pudo evitar sorprenderse al ver por qué su señora se enojaba repentinamente.

Era una mujer de cabello azul y tez clara, de figura robusta, superando con facilidad los dos metros y medio, con piernas largas y brazos gruesos. Su rostro era una máscara de voluntad férrea que no ocultaba una belleza valiente; parecía una diosa de la guerra con dos cejas fruncidas como espadas.

—No tengo tiempo para esta basura. ¿Cuál es la condición de ambos? —preguntó molesta Redsu. —Ambos están indemnes. Algo magullados y furiosos, pero sin lesiones graves.

Redsu asintió y empezó a escribir una carta con la pluma, cargando con tal fuerza el papel que parecía casi romper la mesa con el trazado. Pero, al parecer, esta estaba intacta.

Entre los papeles en su escritorio había firmas para proyectos de gran tamaño y con un costo por el que hasta la Hegemonía sangraba: tres millones de gemas espirituales para la construcción de un acueducto en Otranto, diez millones en un teatro en el propio Viddar… Tomando en cuenta que un miembro Magister Iaspis ganaba aproximadamente mil doscientas gemas espirituales al año… podía verse la cantidad absurda de dinero que se gastaba solo en Ulheim, por no decir el resto del continente, y en Tara especialmente.

—Entrégale esto a los guardas Onyx. Dejen que ambos alborotadores pasen una noche retenidos y luego liberadlos. Si quieren seguir jodiendo, que lo hagan en privado. Me niego a hacer nada más; ya tengo suficientes problemas con la malversación de los malditos de la ciudad de Edna, además de la elección del nuevo tetrarca del continente y la comitiva que va apartir ahora , como quieren yo organice la salida de mas de…

—Sí, señora —dijo inclinándose su secretaria mientras se retiraba silenciosamente, dejando que su señora se desahogara en su oficina.

Después de todo, a pesar de ser una existencia que podía destruir una ciudad con la palma de una mano, la burocracia podría romperle la espalda si seguía con tanto trabajo. Suspirando, la muchacha de cabello negro y aspecto diligente murmuró:

—Espero que no pase nada grave en el futuro cercano.

Luego de medio día, la caravana había recorrido más de quinientos kilómetros. Llevaban tres días y quedaban más de quince semanas de viaje.

Las provisiones se mantenían en cajas y contenedores gigantes que transportaban los carros más grandes.

Los hombres de Ulheim ya habían empezado a armar el cargamento nocturno mientras esperaban a que al día siguiente los motores espirituales de los carruajes se enfriaran para funcionar al máximo en los riscos y las ciénagas del sur.

—¿Qué piensas? —dijo una voz a su espalda. Era Pandro. Ducanor lo había sentido a más de veinte metros de distancia mientras se acercaba. Ducanor estaba en la oscuridad, observando a la distancia el río congelado que apenas había empezado a fluir en pequeñas grietas del tamaño de un dedo.

—En la guerra —gruñó Ducanor mientras golpeaba con la punta del dedo el pomo de su hacha de guerra que descansaba en su cinturón.

—¿En cuál de todas? —preguntó Pandro nuevamente.

—Todas, ninguna… no lo sé. Soy viejo, ¿sabes? —gruñó Ducanor, sintiéndose algo reconfortado por la presencia de su viejo amigo.

—Sabes, esto me hace recordar cuando nos conocimos. ¿Cuánto tiempo ha pasado? —terminó otra vez con una pregunta.

—Fue como hace trescientos años, cuando el anterior Hegemón había muerto. El monarca invadió el continente. Solo tuvimos una batalla… una batalla y vimos la superioridad del Monarca Celestial.

—Sintió una emoción desconocida en su pecho al recordar ese momento, la vieja emoción del combate—. Nos rendimos y le juramos lealtad. Tú y yo estuvimos entre ellos; una nueva era, un solo gobernante sobre todas las razas.

—Sí, lo recuerdo bien —dijo Pandro con una sonrisa de autoburla—. Realmente pensé que podría matar al monarca. Ay, qué arrogante fui. ¿Sabes que choqué espadas con él? Solo fue un intercambio y perdí dos dedos de mi mano derecha y quedé inconsciente. Mientras decía esas palabras, retorció sus dedos, que habían sido regenerados probablemente mediante alquimia u otra magia.

—Sí, recuerdo lo que pasó entonces. Estabas delirando, viste imágenes, batallas que había librado y… —Ducanor dudó y finalmente susurró— el fin de la hegemonía que conocemos hoy en día.

Pandro lo miró con una expresión misteriosa. —No temerías tanto al futuro si aceptaras el cambio, Ducanor, pero supongo que es algo que necesitamos. La visión que tuve ese día sigue siendo igual de fuerte ahora y no cambiaré de opinión.

Ducanor no dijo nada, simplemente miró cómo, en el pecho de Pandro, un collar asomaba oculto debajo de la ropa. —¿Por qué me llamaste? —preguntó entonces Ducanor. Se conocía bien; sabía lo que iba a decir Pandro, aunque no conocía las palabras exactas, y un sentimiento de cansancio y fatalidad ante el cambio inundaba su pecho.

—Sí que eres perceptivo para las cosas importantes, eh, capitán —dijo Pandro con una sonrisa—. Bueno, supongo que sabes que nombrar a Lagnesh como tetrarca va a dejar descontenta a bastante gente, especialmente a dos personas: una en el norte y otra en el sur. Ducanor no respondió. Recordó las palabras de Elios y no pudo evitar pensar que había sido un tonto por su falta de previsión.

—¿Qué necesita Su Excelencia de mí? —preguntó Ducanor con una expresión tensa. —Tu lealtad. Eres el legítimo gobernante de Ulheim, pero rechazaste tu puesto por el amor que le tienes a tu esposa y a Pandamar. Garou es viejo y no tiene hijos varones, y dos de sus cuatro hijas están casadas con Pandamar. Ahora la pregunta es, Ducanor: para mantener la estabilidad de la tetrarquía y evitar la muerte de millones, ¿qué estarías dispuesto a hacer?

Ducanor miró el cielo. Era alguien arrogante, altanero y, sobre todo, alguien con honor. Un honor que no era para consigo mismo, ni para los demás, sino para con su familia. Sabía que algún día llegaría un momento en el que su familia se vería fragmentada; no sabía cómo, no sabía cuándo. Pero lo que sí sabía era que haría lo que fuera para evitarlo.

Y si esos vínculos que había forjado a su alrededor iban a romperse de alguna forma… Él debía morir primero.

—Yo, Ducanor Kal Arreus, juro por mi Dao y por mi corazón mi lealtad a la tetrarca Lagnesh —dijo Ducanor mientras se arrodillaba, mirando directamente a los ojos de Pandro. Quien también le devolvió la mirada.

—Enhorabuena, Ducanor. A partir de ahora eres el finn ollam erehn del reino de Tara. Desde este momento tu lealtad no será con tu señor, sino con tu monarca; hoy te conviertes en los ojos, los oídos y la voz de la tetrarca. Obviamente, este título se te entregará oficialmente en su coronación. Espero que tengas un deber largo y próspero, Ducanor.

«Y yo…», pensó para sí mismo Ducanor, sin levantar la vista del suelo ante las palabras de Pandro. «Y yo…».

…..

El río estaba congelado. A pesar de que ya había terminado el invierno y había comenzado la primavera, el clima helado seguía siendo tan agresivo como siempre en el norte del continente del este. Pero, a pesar de todo, había comenzado el deshielo. Sin embargo, incluso un río congelado no era lo suficientemente grueso como para permitir que pasara el enorme ejército de Pandamar, el señor de Ulheim.

Tres mil magisters Iaspis y cien filiads conformaban la comitiva real de Pandamar, muchos de ellos héroes y guardias de renombre de los tiempos en los que la campaña de conquista del Monarca Celestial estaba terminando.

Todos eran miembros de la Cohorte Aquitona. La característica especial de esta cohorte eran sus armas: a diferencia de las lanzas y jabalinas de energía de las fuerzas del magister, ellos usaban espadas. Era una fuerza de infantería pesada equipada con espadas Kun Peng —tesoros dhármicos que tenían propiedades espaciales, ya que podían romper el vacío—.

Sus armaduras de un azul oscuro con negro tenían un diseño entre escamas y plumas, la cota de malla era en sí una armadura de escamas y el yelmo tenía la forma de un pájaro azor.

Tenían una fama brutal. Antes de estar estacionados en Ulheim de forma permanente, habían servido como fuerza auxiliar en el continente del norte, donde destrozaron las tres rebeliones de la raza necro durante el gobierno del Hegemón de la Rosa Sangrienta primero, y luego bajo los Hegemones del Sol Ascendente y del Amanecer Dorado.

Antes de la ascensión del Monarca Celestial, muchos alcanzaban la apoteosis a través de títulos, siendo el primero el sucesor de Donallus, el primer Hegemón: el Hegemón de la Puerta de Mármol y su hijo adoptivo. Por lo cual, decir el nombre de algunos de aquellos hegemones era considerado sacrilegio, y Ducanor no pensaba romper esos tabúes.

Liderando la comitiva estaba, obviamente, Pandamar. Un hombre alto y robusto, de piel pálida como el mármol y cabello azul como si fuera fuego fatuo. Este aspecto denotaba su albinismo, ya que a pesar de que era un Feymor, había nacido con esa condición que le daba esa palidez y ese cabello vibrante.

Siguiéndole de cerca estaban sus dos esposas, bellezas sublimes que, según la tradición, cubrían su rostro en señal de respeto a su esposo —aunque todos conocían los rumores sobre la verdadera razón del velo—. No obstante, se lograban ver sus orejas largas y puntiagudas y su cabello de un verde dorado y esmeralda cayendo por sus espaldas, mostrando su linaje Feynir.

Tras ellas cabalgaba también el filiad ollam personal de Pandamar, Galvan Kal Ele, quien también era un Feymor. A diferencia de Pandamar, que era esbelto y atractivo a la vista, él era tosco y forzudo, de cejas gruesas, labios aún más gruesos y cara cuadrada, con la mitad del rostro de piel ébano moteada con una gran mancha rojiza.

Por el otro lado, liderando las fuerzas visitantes, destacaba una persona flanqueada por guardias de armadura color ámbar. Eran bastante familiares para Ducanor, quien estaba avanzando a su encuentro. La persona que lideraba la comitiva —que iba en dirección a Tara para jurar lealtad al tetrarca oriental— había sido recibida y escoltada a mitad de camino por la guardia personal Lagnesh. Se trataba del mayor guardia del continente, según algunas personas, y de un hombre que él no veía desde sus días como guardia.

Ver al hombre ante sus ojos —con los cabellos ahora grises donde antes habían sido de un violeta que parpadeaba relámpagos, y de aspecto envejecido donde antes había sido jovial— hizo suspirar a Ducanor, mientras pensaba lo mismo de su propio reflejo.

El hombre montaba un caballo de viento. Le sonrió de manera adusta mientras sus ojos brillaban con la misma fiereza que había tenido antaño en la batalla.

—Capitán —dijo con una sonrisa amplia Pandro mientras le estrechaba el brazo, antes de rodearle el cuello con el otro en un gesto de afecto genuino, a pesar del tiempo que había pasado desde la última vez que se habían visto—. Bien hallado. Ya decía yo que faltaba algo en este maldito lugar. Sabes que la única razón por la que vine a esta zona del infierno fue para verte.

Ducanor sonrió amargamente ante esas palabras, mientras se alegraba internamente de que Pandamar estuviera ocupado complaciendo a sus dos esposas y no lo escuchara.

—Al parecer goza de buena salud, mi señor. El tiempo le ha beneficiado más que a mí, por lo visto —dijo Ducanor mostrando una media sonrisa.

—Jaja, deberías verte, de verdad. Casarte te ha cambiado; ahora vistes de seda en vez de acero. Realmente es curioso —dijo con una sonrisa Pandro mientras le hacía una señal a sus hombres para que dieran la orden de avanzar.

—Tess y los niños están en la parte de atrás, por eso tardé en responder a su llamado, Pandro —respondió Ducanor mientras miraba el largo camino que les esperaba.

Llegar a Tara tardaría bastante. La comitiva era de tres mil guerreros, pero, en verdad, entre asistentes, doncellas y siervos, además de los cien hombres de Pandro, bordeaban las diez mil personas. Tardarían por lo menos cuatro meses en llegar a la región de Tara, y a la ciudad de las Diez Mil Colinas de Tara tardarían dos semanas más.

—Pandro, espero que vuestros carros y caballos sean rápidos; después de todo, no quiero llegar tarde a la coronación de Su Majestad —dijo repentinamente la voz demasiado familiar de Pandamar, quien se había acercado al galope en su caballo astral, seguido de cerca, curiosamente, por su media hermana Miami.

—Jajaja, joven señor. A pesar de que estos huesos son viejos, estos caballos son de primera calidad; después de todo, son sidhes —dijo con una sonrisa Pandro.

Le dedicó una pequeña reverencia a Pandamar y a Miami en señal de respeto, pero a pesar de ello no pudo ocultar su desdén, que fue obvio a los ojos de ambos.

—Espero que su excelencia Lagnesh dé una buena fiesta por su coronación, después de todo es una ocasión importante —gruñó Miami mientras se retiraba. A diferencia de su hermano que era albino, ella había nacido con la típica piel ébano y el cabello carmesí ardiente de los Feymor, lo que aumentaba su belleza más allá de lo que cualquiera podría haber imaginado.

—Padre adoptivo, espero que estés a mi disposición. No quiero perder el tiempo con nimiedades —terminó Pandamar mientras se retiraba junto a su hermana hacia la larga fila de carruajes, que eran tan grandes como casas y se movían a una velocidad que bordeaba la de un caballo mortal a galope.

—Sí, mi señor —alcanzó a decir apenas Ducanor para cuando su hijo adoptivo ya había desaparecido de su vista.

—Sigue siendo un mocoso, eh —gruñó Pandro con una expresión llena de reproche.

—Es joven, ya aprenderá por las malas. Pero es talentoso, es más talentoso que cualquiera de su generación —dijo Ducanor con la mirada fija en la persona que, en el fondo de su corazón, consideraba su hijo, a pesar de que un sentimiento de decepción y cansancio lo inundaba.

—Parece que ese mocoso te hizo envejecer más que cualquier guerra, Capitan —gruñó Pandro.

—Tal vez, pero para eso están los padres. Para soportar la carga de los hijos sin importar lo duro que sea. —Mirando fijamente a Pandro, Ducanor sonrió, aunque en el interior sentía el amargor de esa sonrisa—. Oh, no.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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