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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 66

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Capítulo 66: Capitulo 66

30 años antes de la ascensión del Monarca Celestial.

Querido:

Esta es la primera vez que te escribo una carta. Se siente extraño; las palabras, difíciles de decir en voz alta, se sienten más suaves y fáciles de liberar de mi corazón en el papel. Sé que el destino nos ha separado de una forma en la cual probablemente nunca podremos volver a vernos, pero aun así te escribo. Incluso si es una ilusión que te llegue y estás en el río infinito del tiempo, pienso decirte mis sentimientos.

Sentimientos que antes evité, y solo con tu ausencia sentí su peso. Tal vez esa es la condena de nosotros los mortales: cargar el peso de nuestras acciones, nuestros arrepentimientos, nuestro no actuar.

Porque no me arrepiento de nada de lo que hice o dije, pero me arrepiento de tantas cosas que no dije e hice.

Por eso te las dejo en esta carta. Nunca desaparecerás de mis pensamientos; incluso si los cielos caen y la tierra se abre, siempre estarás ahí.

—Alana».

…..

La melancolía cubría la mente de Alana mientras suspiraba. El trío de estudiantes que ahora estaba frente a ella le recordaba a muchas cosas, le recordaba al pasado; y el pasado era doloroso.

Ducanor tenía una expresión de pocos amigos en su rostro, mientras que sus dos nuevos compañeros estaban riéndose y molestándolo mientras intentaban entablar una conversación. Lukan hacía alarde de sus logros, mientras que Anjou hablaba de temas al azar con Voltia.

Mientras tanto, el propio Ducanor, en medio de todo esto, tenía la tez negra y parecía estar a punto de vomitar sangre.

Suspirando, Alana rápidamente se recompuso y habló.

—Rápido, debemos partir al Palacio del Demonio Solar, pero esta vez tenemos un nuevo objetivo —dijo Alana con una sonrisa.

—¿Eh? ¿Un nuevo objetivo? —preguntó esta vez con interés Ducanor, mientras se quitaba de encima a Lukan y la miraba a ella como si fuera su salvavidas.

—Sí, esta vez vamos a ir a una región dentro de la zona del reino de bolsillo que nos solicitó ayuda —respondió.

—¿Ayuda? —dijo estupefacto Lukan. Y no era el único; al parecer, Ducanor también parecía confundido, mientras que Anjou…

—Sí. La Hegemonía tiene un pacto con el reino: este suministra una buena cantidad de contratos con espíritus verdaderos, no solo a guardas, sino también a otros espíritus, a cambio de protección dentro del reino. Para eso tenemos que infiltrarnos en una ciudad de espíritus verdaderos, la ciudad de Giyorgis. El resto de detalles os los daré en el camino. ¿Lo entienden? —finalizó ella con un tono serio.

A lo cual el trío, sin incluir a Voltia que también estaba dando vueltas, partió.

Y en el camino, repentinamente, se cruzaron con un monumento. Ese monumento sutil, pero al mismo tiempo imponente, era un mausoleo en el cual nombres de cientos, si no miles de personas, estaban tallados.

—¿Qué es este mausoleo? —preguntó Anjou, haciendo que se congelara el rostro de Ducanor y también el de Alana.

—Es un monumento para conmemorar el sacrificio de los héroes de la secta —respondió apresuradamente ella, mientras evitaba mirar los nombres.

—¿En serio? ¿De quién? ¿Qué ocurrió? —murmuró Anjou con interés mientras miraba las letras talladas en la piedra.

—Fue el día en que atacaron la secta. El día en que casi todo se pierde. El día del asedio a la Isla del Alba.

…..

La sangre fluyó en el suelo como un charco de tinta azul, alertando y provocando pánico entre los discípulos de la secta.

Pero era demasiado tarde. Lanzas atravesaron los cuerpos de inocentes o culpables por igual, sin distinguir si eran o no combatientes.

—¡Ayuda! ¡Por favor, que alguien ayude! —gritó una niña que no superaba los quince inviernos.

Pero antes de que pudiese decir nada más, un látigo de hueso con espinas desgarró su espalda, partiendo su carne. Su cuerpo agonizante cayó tendido, retorciéndose en el suelo, conociendo solamente el dolor y la desesperación hasta la muerte.

Figuras vestidas con armaduras de placas y rostros cubiertos con máscaras demoníacas masacraban a los miembros de la Secta de la Rama Sombría. Como si de una carnicería se tratase, no hubo resistencia ni piedad. Como lobos liberados en un corral lleno de ovejas, la única esperanza era una muerte rápida e indolora.

Lamentablemente, ese no era el destino que se habían ganado la mayoría de los discípulos; sus cuerpos eran arrastrados para ser desollados por sus captores y su sangre drenada para rituales impíos, más allá de la sana contemplación.

En este instante, decenas, si no cientos de drakais ignoraban la vida o muerte de sus víctimas. Como perros rabiosos montando bestias similares a sabuesos monstruosos, estaban los férreos, los monjes de hierro, que con martillos y vajras de hierro negro destrozaban los cráneos de sus víctimas y empezaban el saqueo.

En las cimas de la secta, en una montaña aplanada hacía ya milenios desde su fundación, la Formación del Cielo Oscuro se suponía que ocultaba el lugar bajo un velo negro que impedía cualquier intrusión; si alguien pasaba a la fuerza, su destino era una muerte horrible, siendo destrozado por las fuerzas de un espacio comprimido de miles de kilómetros en pocos metros de área.

Pero ese tesoro legendario, que era la protección milenaria de la secta, había desaparecido, dejando el lugar indefenso ante las flotas aéreas y terrestres de las tropas drakoi y góticas.

En el lugar donde estaba la cima de la montaña, la figura diabólica y corrupta de Celia miraba con una sonrisa aparentemente victoriosa a su último oponente.

—Maestro de la Secta de la Rama Sombría, Alfonz Vesperia. Esperaba más de una existencia tan anciana como tú; realmente me decepcionas —dijo Celia con una expresión llena de desdén, mientras enfocaba su mirada en la masacre que se estaba gestando debajo de ella. Una sonrisa amplísima se manifestó en su rostro como consecuencia de la escena a cientos de metros bajo sus pies.

La Formación del Cielo Oscuro había sido desactivada por ella al haberse infiltrado dentro de la propia secta. Justo ahora, más de la mitad de los guardas estaban en el continente, mientras que la mayoría de los estudiantes, a su vez, estaban en el interior. En este punto, el maestro de la secta tenía una expresión cansada mientras escuchaba cada grito de dolor y sufrimiento de sus miembros.

Era un anciano de rostro envejecido y marcado por la edad, más allá de lo normal para sus pares. Cicatrices viejas de guerras en su frente y cuello eran manchas oscurecidas en su piel que se habían difuminado como medallas de gloria. Tenía el cabello blanco con un toque grisáceo y, a pesar de su aspecto envejecido, este caía largamente por su espalda dándole un aspecto mucho más vigoroso. No poseía bigote ni barba, aparte de una tenue capa blanca debajo de su barbilla.

El anciano maestro, Alfonz Vesperia, había perdido ambos brazos por el ataque sorpresa de Celia y su cuerpo se apoyaba en un pilar de piedra mientras su sangre azul se derramaba en el suelo.

—¿Qué quieres, abominación? —gruñó Alfonz mientras se erguía usando todas sus fuerzas, observando con frialdad a Celia—. Nada de lo que propongas tendrá éxito.

—Jajajaaja —la risa de Celia resonó en el lugar mientras observaba cómo un drakaishen destrozaba con facilidad a decenas de estudiantes, simplemente con el viento de su sable cortando la carne y lacerando a sus víctimas—. Es gracioso que digas eso a pesar de que todo tu mundo se está viniendo abajo. Para alguien como yo, el tiempo es fútil. Incluso si fallo, tarde o temprano ganaré; tengo la eternidad a mi favor —dijo con desdén mientras avanzaba hacia el anciano con una sonrisa provocativa.

Aunque parecía arrogante, todavía mantenía su guardia levantada hacia él.

Pero el anciano no se movió; cerró los ojos con una expresión pacífica mientras escuchaba atentamente la masacre. Entonces escuchó algo y observó a la distancia.

Encontró a tres jóvenes haciéndose camino entre los guerreros mientras los derrotaban. Uno de ellos portaba una tecnoespada y dividió a un monje de hierro con facilidad. El otro guerrero usó sus puños para destrozar la armadura de uno de sus atacantes antes de incapacitarlo. De repente, otro monje de hierro surgió detrás de ellos; portando un cañón de pólvora negra en el brazo, disparó hacia la cabeza de la joven.

Celia, que también había desplazado la atención hacia el lugar, sonrió ante la visión de lo que parecía ser la cabeza sanguinolenta de la chica, que moriría al instante a causa del arma de fuego.

Lamentablemente se había equivocado. Una barrera de luz transparente bloqueó el disparo y, para sorpresa del monje, repentinamente encima de él se materializó una enorme roca que simplemente lo aplastó como si fuera una mosca.

La defensora había sido otra mujer que portaba en su mano un arpa, la cual sacudió para materializar barreras tanto ilusorias como físicas de roca, concreto e inclusive aire.

—Jejeje —rio el anciano agonizante. Sabía que no viviría mucho más; probablemente la muerte lo alcanzaría ahora mismo. Pero antes de llegar a ese punto deseaba hacer algo más, un último esfuerzo para salvar la última esperanza de la secta.

—¿De qué te ríes, viejo maldito? —gruñó furiosa Celia mientras una corriente de viento rosado cercenaba la pierna izquierda de Alfonz.

A pesar de ello, el anciano no flaqueó. Su mirada, como un cuchillo, se fijó en Celia a pesar de estar forzado a arrodillarse.

—La muerte es natural. Yo la sufriré y todo habrá terminado: mis preocupaciones, mi vida, mi destino… todo habrá terminado. Eso es karma. —Su mirada aguda se fijó en Celia con una expresión dura como el acero, dándole a ella la ilusión de que estaba mirando a una montaña y no a una persona—. Pero tú no tienes vida ni muerte. Tú estás condenada a repetir el mismo ciclo una y otra vez, hasta el final de la mismísima existencia, o hasta que olvides tu propio nombre y hayas cambiado tanto que no podrás distinguir la persona que eres ahora de tu yo del pasado.

La expresión de Celia se agrió. Las palabras atravesaban su pecho como balas, mezcladas con la ira y la frustración por no conseguir la desesperación de su oponente.

—Tú estás condenada. No hoy, tal vez no mañana, pero lo que te espera es una eternidad. Una eternidad de fracasos y desesperación. —Una sonrisa se materializó en el rostro del anciano—. Mi misión ha terminado. Formación del Cielo Oscuro: Sueño Inverso —susurró repentinamente, para sorpresa de Celia.

Aturdida, vio cómo la formación que se suponía había destruido se materializaba nuevamente, formando una cúpula negra alrededor del lugar.

—Imposible. La formación fue destruida, ¿cómo pudiste…?

Pero antes de que pudiese continuar, sintió cómo toda la gravedad en el interior de la secta empezaba a desaparecer. En un instante, para sorpresa y estupor tanto de estudiantes como de los sanguinarios drakoi y monjes de hierro, vieron cómo el terreno a su alrededor empezó a elevarse lentamente.

La escena era surrealista para todos los presentes; incluso para la propia Celia era un giro que no había esperado.

—Tú… ¿qué mierda hiciste? —La baja gravedad hizo que el cuerpo de Alfonz flotara levemente, pero su cuerpo estaba deshaciéndose lentamente frente a la mirada furiosa de Celia.

—Esto, abominación… —Mientras observaba por última vez el lugar que había sido su hogar por más vida de la que cualquiera hubiera esperado vivir, murmuró—: es karma.

Y entonces todos los atacantes de la secta y parte de los defensores desaparecieron en el aire, dejando en el interior de la isla a unos pocos aturdidos supervivientes, entre los cuales destacaban claramente tres.

Una chica a la cabeza, de cabello negro y tez pálida, tenía una espada en las manos mientras la sangre fluía por su muñeca.

—Hermana, la secta se ha ido —preguntó una mujer rubia de aspecto delgado pero con un aura marcial, la cual portaba un arpa en la mano.

—No —respondió Alana apretando aún más el agarre sobre su espada—. La secta renacerá de las cenizas mientras un guarda quede en esta tierra, y los dioses no sean sordos a nuestros gritos.

Y con esas palabras se hizo una promesa. Una promesa que no pensaba romper.

…..

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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