Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 77
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Capítulo 77: Capitulo 77
Las oraciones y los himnos resonaron alrededor de Elios, que con una expresión de sorpresa y curiosidad miraba a los alrededores como si fuera un niño en una feria.
—No te quedes pasmado, mocoso. Querías ver lo que es el Templo Dharma, ahora lo estás viendo —dijo indiferente Mun Han, mientras en los alrededores decenas de personas caminaban cubriéndose el rostro y hablando entre susurros.
En la ciudad de Vitalis, probablemente era uno de los pocos lugares en Ulheim que todavía tenía un templo que adoraba a los Cuatro Cielos Virtuosos.
—Pensé que lo habían prohibido —agregó Elios—, el culto. —Miró a los adoradores y ascetas del templo dedicar ofrendas a estatuas e imágenes de diferentes figuras sagradas de la religión.
—Prohibir algo significa que se sigue practicando —dijo indiferente Mun Han—. El asesinato ha estado prohibido desde hace cientos de miles de años, y mira qué alegremente los mortales se matan entre sí. Y el sacrificio de mortales se prohibió hace cuarenta mil años, en el tiempo del Consulado, y todavía ahora se sacrifican inocentes.
—Entonces, ¿por qué vinimos, Mun Han? —preguntó curioso Elios—. Si está prohibido, ¿por qué me permitiste venir?
Mientras decía esas palabras, miró el objeto en su mano. Era una rueda, la misma rueda que estaba en la mayoría de paredes y símbolos sagrados de este templo. Era una rueda dorada, dividida en ocho segmentos.
Y, de alguna forma, esperaba devolvérsela a su dueña.
El dúo estaba oculto tras la técnica innata de Mun Han. Él era miembro de la raza de yaoguai, del clan Yatagarasu.
Su maestro lo había conocido fuera del continente del este; según sus propias palabras, él provenía de una de las Cuatro Desolaciones, la Desolación de Agua, una de las cuatro tierras fuera del Reino Mortal.
—Aunque está prohibido, algunas cosas es mejor no presionarlas. A pesar de que el Monarca Celestial ha prohibido el Templo Dharma, su política de persecución solo se ha aplicado con fuerza en el continente del sur.
»Tu maestro es indiferente a la persecución, pero Pandamar piensa consagrarse con el Monarca; obviamente fue bastante severo en su persecución de los ascetas.
—¿Acaso mi tío quiere ser Tetrarca? —preguntó curioso Elios, mientras observaba cómo se arrodillaban, sin que pudieran verlo, decenas de personas en un templo humilde.
Era prácticamente un lugar abandonado en las partes más bajas de la ciudad, pero inclusive gente con prendas de seda espiritual y ropas púrpuras se arrodillaba y agradecía.
—No necesariamente. Piensa mover sus fichas poniendo probablemente a parientes como legisladores o prefectos. Aunque un legislador ya no tiene tanto poder como en los tiempos de Donallus, o inclusive en el tiempo del Consulado donde eran prácticamente los más poderosos de Lemuria, siguen teniendo influencia, y muchos hegemones y altos cargos vienen elegidos de ahí. »
Mientras que ser Ministro de Izquierda o Derecha es un honor que unos pocos pueden alcanzar, a diferencia de los tiempos anteriores donde ellos eran prácticamente el Hegemón del Consulado —dijo con una sonrisa burlona Mun Han.
—¿Por qué sabes tanto de la Hegemonía? No me has contado mucho de tu hogar. ¿Es muy diferente la Desolación de Agua? —preguntó Elios, más curioso por las historias personales de Mun Han que por los logros de muertos o historias pasadas.
Pero Mun Han no fue capaz de continuar su historia, porque repentinamente resonaron gritos en el lugar.
Las puertas se abrieron de golpe revelando una multitud de hombres armados; las armaduras de color carmesí los delataron de inmediato: la Cohorte Batavia había llegado.
—No te muevas, Elios. Si te ven, incluso si eres hijo del Tetrarca, estás muerto. —Las palabras de Mun Han eran serias como una sentencia de muerte.
Y fue muerte lo único que vio.
—¡En el nombre del Monarca Celestial, quien ha unificado el Reino Mortal bajo su imperioso nombre! ¡Aquellos que violen el edicto de tolerancia de los cultistas del impío credo del Dharma serán torturados, desnudados y asesinados! ¡Rechacen sus falsos dogmas!
Los hombres gritaron con furia, las mujeres lloraron. Muchos intentaron correr y salir, pero las salidas fueron bloqueadas y cubiertas, y aquellos que se resistieron fueron reducidos a bultos temblorosos en el suelo.
—¡Nunca! Vuestro monarca es el anatema, él destruye todo lo que toca. Pronto caerá, como también caerá este falso imperio… —Sus palabras murieron cuando la primera sangre fue derramada, cuando el vientre del asceta se abrió.
Las largas lanzas de los soldados atravesaron al primer hereje como si se tratase de un enemigo mortal. Hombres y mujeres corrieron en todas las direcciones, huyendo, arrodillándose y suplicando.
Después de matar al primero, el siguiente era más fácil. Aquellos que no se rindieron de inmediato cayeron ante la espada o el hacha. I
ncluso si se rendían, eran despojados de sus ropas: las mujeres desnudas y humilladas, y los hombres golpeados y obligados a ver cómo separaban a sus familias.
Probablemente para siempre.
…..
La cruz en el centro de la arena era el espectáculo principal, y la figura de Alana atada a ella era la protagonista.
—¿Cómo te sientes, hereje abandonada por tus dioses muertos, ahora a punto de ser castigada por los pecados que has cargado al mancharte con la sangre inocente? —dijo el hombre de mediana edad.
Estaba cubierto con una túnica naranja y portaba en su mano una especie de bastón ceremonial que terminaba en una campana.
Pero la sonrisa de Alana no vaciló a pesar de sus palabras. Estaban en medio de la nada, en los límites del condado de Ulstrost, donde la ley y el orden de la Hegemonía, a pesar de que el Monarca Celestial había afianzado su poder en los cuatro continentes, no era absoluto.
Después de todo, incluso el Monarca Celestial no podía dividirse en cuatro.
Y ahora Alana estaba en medio de una ejecución pública, una venganza del Templo Dharma al mayor de sus ejecutores. Pero el abad, uno de los gobernantes provinciales dentro de lo que era el Templo Dharma, no estaba feliz. La expresión de Alana le causaba una ira irrefrenable, así que habló:
—Maldita pecadora, te atreves a burlarte de los Cuatro Cielos. Estos están juzgándote en este momento y preparando tu castigo para cuando cruces los Manantiales Amarillos.
Pero Alana simplemente mantuvo su sonrisa arrogante y respondió: —Solo encuentro graciosas tus palabras, abad. Anatema, hereje… realmente me da igual tu templo. Si no fuera porque son alborotadores y traidores a la Hegemonía, me tendrían sin cuidado.
—¡Te atreves a decir eso después de los muertos, los inocentes, los cadáveres colgados y quemados! ¡Hijos, esposas, madres y padres que has matado y permitido su muerte! —Los gritos del abad incendiaron a los espectadores dentro de la arena. Como si fueran una tempestad, gritaron desde todas las direcciones.
—¿En qué son diferentes vuestros numas y lares a los agathos y los eudamones que venerábamos y temíamos? —La sonrisa de Alana se amplió, siendo una línea ascendente en su boca que le daba un encanto único y violento—. Habéis bastardizado las oraciones y la fe. Los dioses ahora son nuestros salvadores, pero ahora dependen de ellos. Antes, los agathos y eudamones eran simplemente seres de admiración y bendición, sus dones eran otorgados a los valientes, a los justos, a aquellos que lograban sacrificarse a sí mismos o a los demás por los dioses.
»Pero ahora vuestra salvación ha transformado el sacrificio de uno en la esclavitud de todos. Vuestro bienestar y vida la dedicáis a otros, en vez de a vuestra propia gloria. Vuestra fe ya no es el motor de vuestra vida, sino vuestra cadena a una salvación que depende de otros.
»Vuestro destino ya no es vuestro, porque lo habéis cambiado por un puñado de ofrendas y oraciones.
El silencio se cernió sobre todos los presentes. Lo que parecía ser un espectáculo se había transformado en una bofetada en la cara para todos los creyentes del templo, quienes, aturdidos, solo podían escuchar en silencio aquellas palabras que los insultaban a ellos y a su fe.
—¡Ashokas, destrozadla, pero no la matéis! ¡Que su vida sea peor que la muerte! Tal vez se la entregue a un Kamasur… —Pero sus palabras no terminaron, cuando figuras altas surgieron detrás de él como guardias.
Eran hombres de la raza gigante, pero inclusive así su altura era increíble. Medían más de seis metros, y la figura de Alana elevada sobre la cruz de madera parecía la de un niño en comparación.
Ambos portaban armas diferentes, sus armaduras tenían forma de campana y parecían estar hechas de bronce. El de la derecha tenía el rostro cubierto con una venda y portaba en su mano una gran maza con forma de un cilindro en la punta.
El de la izquierda portaba un tridente, como si se tratase del arma legendaria del antiguo Rex Sacrorum Lamar.
Ambos las empuñaron y apuntaron en dirección a Alana, quien parecía indiferente a pesar del peligro.
—Ojalá en la próxima vida seas un asceta —gruñó uno de los Ashoka, mientras le apuntaba con el tridente. —O por lo menos alguien libre de malicia —agregó el otro mientras levantaba su maza.
Pero Alana simplemente levantó la mirada y gritó: —¡Ahora, Asara!
Y entonces se hizo la luz, y la música fluyó en el aire. Aturdidos, todos los presentes quedaron estupefactos al darse cuenta de que una figura delgada de cabello rubio brillante y una sonrisa en el rostro estaba cantando.
La música llenó el ambiente como si fuera luz, e inclusive los espectadores quedaron estupefactos ante la alegría de la zona.
—Y dale alegría a mi corazón, no sea que el tuyo explote en dos —canto con una voz armoniosa Asara, mientras tarareaba y danzaba en la arena.
Su aparición fue tan repentina para ambos Ashokas que apenas pudieron reaccionar, resultando en que ambos vomitaron sangre, mientras uno de ellos miraba con sorpresa a Asara.
—Tú… eres una filiad… —gritó con terror.
—Y daré alegría a mi corazón —repitió con un grito agudo Asara—, y afuera se irán la pena y el dolor.
Repentinamente, el tridente que pensaba estaba a punto de atravesarla, simplemente fue desviado y no pudo alcanzarla.
—¡Maldita hereje! —rugió el abad, mientras se retiraba aterrado ante la presencia repentina de un infiltrado en el lugar.
—Querido abad, espere un momento antes de entrar en pánico; después de todo, todavía no llega la mejor parte. —Repentinamente detrás de él apareció la figura aterradoramente familiar de Alana.
Quien ahora estaba totalmente liberada de toda restricción.
—Tú… ¿cuándo…? —Pero antes de que pudiera continuar, la figura de uno de los Ashoka detrás de él había colapsado en el suelo a causa de los ataques de Asara, mientras que el otro estaba retirándose a pesar de su gran tamaño, pareciendo estar convocando el viento y el rayo.
—Deja de lloriquear, abad, ahora es el momento en que conozcas a tus dioses. —Y repentinamente de la mano de Alana surgió una espada. Esa espada no era física, sino que parecía fusionada a la mano de Alana. Como si la espada y la persona fueran uno solo.
—Corte Celestial —gruñó con indiferencia Corelia, mientras su figura se desplazaba en el espacio.
Cada paso era un corte, cada mirada una puñalada y cada palabra un empuje. Toda su existencia se había transformado en un arma. Y él lo vio. El abad lo vio, vio la belleza del ataque y lo sintió. Su vientre, su corazón, sus pulmones y su cuello; todos sintieron el beso de la cuchilla, permitiéndole decir unas últimas palabras con pesar y desesperación.
—Un Espíritu Martialis… pero tú eres… Y su cuerpo se dividió en decenas de pedazos antes de explotar en el aire, mientras la sangre azul era liberada.
—No subestimes —murmuró Alana con una sonrisa— a un Cazador Elektryum hereje.
Elios solo pudo quedarse pasmado en medio del caos, no podía reaccionar. Nunca había visto tanta sangre derramada en un mismo lugar.
El shock fue suficiente como para que inconscientemente se desplazara unos pasos hacia atrás; solo fueron pasos, nada significativo. La habilidad innata de Mun Han debería haberlo cubierto… Pero no lo hizo.
—¡Tú, el mocoso de ahí, ríndete, maldito hereje! ¡Arrodíllate y suplica por la piedad de los dioses muertos! —rugió un legionario Iaspis.
Mun Han se reveló enfrente de los legionarios como si fuera una sombra opresiva oculta tras un manto de oscuridad, mientras rugía:
—¡No se atrevan a tocarle, insensatos! Tal vez la sangre derramada inútilmente sea tolerada por vuestro señor, pero el mío no tiene miedo de castigar cualquier abuso.
La oscuridad tomó forma detrás de él en la forma de un enorme cuervo negro, que miraba fríamente a todos los presentes.
Esa era la primera vez que Elios veía un Espíritu Martialis.
Y era también la primera vez que veía el legendario Espíritu Martialis de Mun Han, el Príncipe de los Cuervos.
Todos guardaron silencio. Los suplicantes ascetas parecían congelarse en su lucha y miedo, mientras que los legionarios dudaron ante el aura y el poder que manifestaba Mun Han. Pero entonces alguien se movió.
Elios la vio en la esquina de su visión: era ella y estaba huyendo aterrada. Su movimiento fue lo que destrozó el equilibrio.
—¡No te muevas, hereje! —rugió uno de los legionarios Iaspis.
Su lanza se movió a una velocidad a la cual un mortal ordinario no sería capaz de reaccionar.
Elios no era un mortal ordinario, pero era simplemente un noble, un feynir. Su fuerza física era inferior a la mayoría de nobles y su velocidad no era suficiente para moverse decenas de metros en un instante.
Había extendido su mano hacia ella; la desesperación había llenado su mirada, mientras que Mun Han estaba enfrentándose a decenas de legionarios que se habían movido en su contra, movidos por la intención de batalla y la sed de sangre acumulada en la masacre.
El frenesí había contagiado a todos los presentes, incluso a los ascetas, que con uñas y dientes, cegados por la ira y el frenesí violento, mordían y rasguñaban a sus captores, inclusive si rompían sus dientes al desgarrar su carne.
Un hombre con la muñeca rota, con el hueso sobresaliendo, apuñaló con el borde del hueso al legionario en la unión de la axila, atravesando directamente la carne y penetrando el pulmón.
Antes de tener su cabeza aplastada por un escudo.
Todo esto pasó en menos de un segundo. La lanza se estaba acercando cada vez más a la espalda de la chica. Estaba tan lejos, y tan cerca de morir.
No podría conocerla, hablar con ella, ver su rostro, incluso si nunca más hablaban. Solo una conversación, unas palabras.
Eso era lo único que pedía.
«¿Era tan difícil?», pensó.
Lamentablemente, así lo era. Cuando su mano se extendió hacia ella, estaba a decenas de metros; ni siquiera un Señor Mortal podría moverse tan rápido… A menos que fuera un rayo.
La punta del dedo de Elios tembló, revelando repentinamente un brote. Era un brote extraño, una rama, pero no era una rama ordinaria; era una rama de bambú de un brillante color violeta.
Aquel repentino florecimiento aturdió en sobremanera a Elios, pero sus pensamientos parecían acelerarse.
Lo vio todo lento: los gritos, las súplicas, la sangre cayendo al suelo. Podía verlo todo con un escalofrío en todo su cuerpo.
Y entonces repentinamente murmuró:
—Espíritu Martialis: Bambú Atrapador de Tribulación.
Y la tribulación que atrapó fue la muerte. La sangre floreció en el aire, pero no era la de la chica.
La lanza atravesó el hombro de Elios, quien, rodeado de una multitud de rayos, parecía un enviado de la tormenta. Y entonces abrazó a la chica, quien, aturdida y abrazada por Elios que la protegía mientras escupía sangre, sonrió.
La chica había perdido su capucha por el ataque, revelando su rostro. Era un rostro tierno, era tan joven, y su cabello blanco como la nieve cubría con mechones pálidos su frente, mientras su tez enfermiza le daba un aspecto delicado.
—¿Por qué…? —murmuró ella aturdida, sin comprender, mientras se perdía en la resolución atroz de Elios.
—No lo sé —murmuró Elios—. Solo sé que te salvaré, porque soy Elios, hijo de Gengis, hijo de Uisuk, y no permitiré que una inocente muera en mi presencia, incluso si aquello destruye mi vida.
Y entonces, como si esas palabras hubieran despertado un conocimiento en él, gritó:
—Devotio. Ofrezco mi vida, y la vida de aquellos que quieran matarnos, para que ella salve su vida.
Sus palabras no eran un juramento a los dioses, no había dioses. Solo su propio Espíritu Martialis, que se materializó detrás de él. La forma que se reveló suprimió a todos los presentes.
Incluso Mun Han se sorprendió y fue suprimido por el aura del enorme árbol de bambú que, como una torre que unía el cielo y la tierra, desaparecía en el cielo, siendo tan ancho que cinco personas podrían abrazarlo, mientras era cubierto de rayos.
—¡Demonio! —rugió alguien que intentó atacar a Elios.
Mun Han no se movió para salvarlo, porque el peligro no venía de los legionarios, sino del propio Elios, que repentinamente sangraba y abrazaba a la chica de cabello blanco.
Y entonces los rayos cayeron sobre los atacantes. A todo aquel que tocaron los rayos, sin importar si eran nobles o Señores Mortales, se convirtieron en una neblina de sangre que fue absorbida por el árbol de bambú, que brilló cubierto de rayos carmesí.
—Elios, detente. Si continúas, te… —Pero sus palabras fueron inútiles. Con una expresión indiferente en el rostro, miró a Mun Han y sonrió.
Y entonces golpeó el trueno.
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