Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 79
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Capítulo 79: Capitulo 79
29 años antes de la ascensión del Monarca Celestial.
—Los dioses antiguos han peleado por milenios por la atención de los mortales con mentiras y patrañas; sus sacerdotes y chamanes han dividido el mundo entre herejes y creyentes, entre buenos y malos, formando un círculo de fuego donde ellos se ubican en el centro.
Pero esos tiempos han acabado. La era de los cuervos ha llegado. Los dioses han muerto, y los gusanos se han alimentado de su carne. El crepúsculo de los dioses ha terminado; es tiempo de celebrar su muerte.
La carne prevalece, y con sus huesos construiremos nuestros templos de metal y acero.
El tiempo en que la salvación del hombre se halla en los demás ha terminado.
Prepárense, dioses del nuevo mundo, para los placeres eternos de la verdadera y única divinidad.
Regie Gnosis.
Ave Gnosis.
Hail Caín.
…..
El cielo se abrió, y con ello el mundo conoció el miedo una vez más. —Alerta, alerta, alerta de Gnosis.
Los cielos estaban abiertos y se reveló en el aire una monstruosidad, un anatema a la vida mortal ordinaria. Enormes criaturas con formas geométricas innaturales surcaban el aire, bañando de fuego y metralla a los mortales en la tierra. Mientras que en el suelo…
Un vehículo motorizado ordinario se abrió por la mitad, mientras una masa de electricidad etérea se fusionaba con él.
Su ocupante, aterrado, intentó salir del asiento del conductor, pero la máquina no respondió. Ya no era un objeto; era una entidad, una entidad sedienta de sangre que, cuando se dobló sobre sí misma, cada engranaje ocupó un nuevo lugar más óptimo para su nueva forma, mientras se decoraban, como si fueran capas o trofeos, con la piel y los huesos de sus anteriores dueños.
Gigantes metálicos con aspectos siniestros, hechos de las máquinas que se suponía debían servirles, ahora se habían rebelado.
Pero no porque tuvieran voluntad propia, sino porque alguien de otro mundo había entrado a este y se había unido a la máquina. El cielo y la tierra estaban llenos de destrucción, pero no estaban indefensos como podría parecer.
Un enorme robot humanoide de más de seis metros… esta enorme criatura era suficiente como para causar terror y desesperación en cualquier parte del mundo. Y en la ciudad de Giyorgis, el terror era común, pero la muerte no tanto.
—¡Corran, maldita sea, no se queden parados! —gritó alguien, despertando de su estupor a todos los espectadores inocentes, que salieron corriendo.
De las paredes y del subsuelo, decenas de tentáculos metálicos rompían el suelo, formando una amalgama con una vaga forma mortal, haciendo uso de los cables de energía y tuberías bajo sus pies.
—Vamos prendiendo motores —rugió una voz alegre, a pesar de la sangre que cubría el suelo.
Una figura juvenil atravesó el aire como si se tratase de una acróbata, dando volteretas que desconcertaron al motor sangriento.
Y entonces, antes de que el gigante metálico pudiera reaccionar, una espada gigante de diez metros de largo lo empaló directamente en el pecho, antes de elevarse en el aire y desvanecerse como una estrella fugaz.
—Arrivederci —gruñó la figura femenina mientras revelaba su apariencia.
Era una hembra alta, de aspecto sobresaliente y de pelaje rubio. Como un miembro de la raza Kirin, su rostro estaba libre de pelaje, pero dos cuernos con forma de rama brotaban de ambas esquinas de su sien, mientras que en el centro de su frente un cuerno curvo se elevaba apuntando al cielo.
Sus ojos brillantes y nariz pequeña la hacían lucir inesperadamente inocente, mientras sonreía antes de cortar por la mitad a una de las monstruosidades hechas de cables y acero con una de sus espadas voladoras.
—Tsk, maldita sea. Ahí va mi espada Mark X Edición OLED —murmuró con molestia Etio Eritrea, mientras decenas de espadas surgían de la bolsa de almacenamiento que tenía atada a la cintura y apuntaban a las decenas de Gnosis que se habían manifestado frente a ella.
—Deja de jugar y destrúyelos, Etio, si no quieres que tu mesada se reduzca —la voz familiar de su instructora, y también leal ayudante, resonó a través del talismán que tenía forma de auricular en sus oídos.
—Sí, jefa —gruñó, temerosa y con emoción al mismo tiempo, Etio, mientras las espadas rodeaban a las Gnosis que la atacaban—. ¡Vayan! Formación de Cien Espadas.
Una cantidad inferior a cien espadas se formó a su alrededor y empezaron a dispararse como si fueran saetas de cientos de ballestas al mismo tiempo, que esquivaban y cortaban sin piedad a la Gnosis.
Mientras que la propia Etio no se quedaba quieta. Con una espada cubierta de joyas y de color rosado en mano, corrió en dirección a una de las grandes entidades que había surgido gracias a la influencia de la Gnosis.
—¡Malditas bestias sin cerebro, mueran!
Una enorme Gnosis creada a partir de las partes de un generador eléctrico se separó de la tierra y, como una especie de toro, corrió en dirección a ella mientras se bañaba en rayos.
—Deja de jugar, Etio, y activa tu Alma Zodiacal.
—¡Oki doki! —gritó Etio. Usando sus pezuñas para dar un salto, hizo que su mano, donde estaba su espada, brillase con una luz profunda mientras murmuraba
—: Alma Zodiacal: Unidad Celestial.
Decenas de espadas flotaron alrededor de Etio, fusionándose directamente con la espada rosa en su mano, que flotó en el aire delante de ella, multiplicando su tamaño hasta el punto de parecer tan larga como un vehículo.
—¡Ve!
La espada chocó directamente contra la Gnosis cubierta de rayos. Pero no la atravesó. Su bestialidad fue tal que la espada solo impactó violentamente contra la Gnosis antes de ser rechazada, explotando en decenas de pedazos.
Y cada pedazo era una espada. Una lluvia de espadas impactó contra la bestia, rompiendo el metal y deformando su cuerpo, mientras la entidad alienígena que había formado a la criatura era torturada por Etio al no poder contraatacar, a pesar de lograr destrozar varias decenas de espadas luego de unos minutos.
Y cuando parecía que las armas se estaban acabando, Etio simplemente golpeó su bolsa de almacenamiento y gritó: —Tranquila, tengo muchos juguetes para jugar todo el tiempo que quieras.
…..
La Gnosis. El mal primordial. Monstruos, sombras, bestias. Los epítetos eran útiles para despersonalizar a los enemigos, pero eran inútiles si no les afectaba ese título. Si lo aceptaban con orgullo, ¿qué sentido tenía el insulto?
—Ese es uno de los principios del Templo de Caín —dijo con una sonrisa Lobo de Sangre, mientras se ajustaba la máscara metálica de lobo en el rostro.
—¿En serio? —preguntó la prostituta con un tono coqueto, como si aquello le fuera de poco interés. Tenía la apariencia de un zorro.
A los ojos de Lobo de Sangre, a diferencia de los habitantes del Reino Mortal, los habitantes de Aksum son demonios.
La raza demonio, al igual que la raza divina, era una de las tres razas primordiales. Se dice que los dragones y otras bestias legendarias son miembros de la raza demonio, y su aspecto bestial las delata.
—Claro que sí —respondió Lobo de Sangre mientras miraba a la mujer, la cual rellenó su copa con alcohol—. Existen Nueve Declaraciones Cainitas para todo seguidor del templo.
Las orejas peludas de la mujer se movieron, tal vez por miedo a esas palabras, mientras su cola se tensaba, pero el tacto de Lobo de Sangre fue suficiente para calmarla.
Como un animal ante la presencia de una bestia más fuerte, que se tiende en el suelo y muestra su vientre. Se dice incluso que los ryujin o los yokai del Palacio de la Montaña son descendientes de la raza demonio.
Pero su linaje ni de lejos es tan puro como el de los habitantes de Aksum; estos son los verdaderos descendientes de la antigua raza. El último vestigio de esa legendaria especie, la cual existe en paz en este pequeño reino.
Como descendiente del clan demonio zorro, esta mujer tenía apariencia vulpina, un pecho generoso y una postura coqueta, además de un aroma encantador. Sus manos con uñas pintadas y un vestido con un escote ajustado la hacían más deseable, mientras él rodeaba su cintura con su mano derecha, teniendo en la izquierda una jarra con vino.
—Señor, ¿por qué la Gnosis quiere destruir el mundo? ¿Por qué es…? —La mujer había conseguido valentía de una parte desconocida y había hablado. Su pregunta hizo sonreír a Ducanor debajo de su máscara, mientras acariciaba el trasero de la mujer.
Y miró al frente. Podía ver la ciudad por la ventana del club nocturno. La Gnosis había provocado caos en parte de ella, pero era un daño menor.
Los ataques de cultos menores y otras agrupaciones asociadas a la Gnosis eran comunes: una invasión accidental, un ritual exitoso o fallido, dependiendo del propósito.
O la influencia de alguna entidad que se vio atraída por alguien y aprovecha una brecha en el Reino Mortal para cruzar el velo etéreo.
—Es caos. La Gnosis no es un poder incontrolable y sin conciencia como piensan muchos. Es incomprensible, tal vez, pero me he dedicado varias décadas a comprenderlo. El Templo de Caín tiene Nueve Declaraciones. Las Nueve Declaraciones no son vacías, sino que explican la naturaleza de nuestra concepción de lo que es la Gnosis y cómo utilizarla:
»Uno: La Gnosis representa la dualidad, en lugar del caos.
»Dos: La Gnosis existe porque existen los seres sintientes.
»Tres: La Gnosis es la sabiduría, pero a su vez es una sabiduría inútil e incomprensible en el mundo material.
»Cuatro: La Gnosis transforma la carne a cualquier forma deseable; la imaginación es el límite.
»Cinco: La Gnosis odia y ama, pero no bajo los conceptos mortales. Ten miedo de su odio, teme más su aprecio.
»Seis: Ten cuidado de entes que se comunican a través del velo. Nada es verdad, todo es engaño.
»Siete: La Gnosis aprecia a los mortales; son el mejor vehículo para su existencia, pero como cualquier juguete, se aburre de ellos. No tiene verdaderos elegidos.
»Ocho: No caigas en el arquetipo.
»Nueve: Sé el mal que el mundo necesita, porque la salvación por la Gnosis es imposible.
Las palabras de Lobo de Sangre provocaron un temblor en el cuerpo de la prostituta. Eran palabras simples, nada prohibido, nada místico, solo la verdad… P
ero fue peor que hablar en lenguas para la pobre mujer, que repentinamente retrocedió y convulsionó en el suelo, mientras la sangre brotaba de sus siete orificios, teñiendo su pelaje.
Ducanor la miró con indiferencia y murmuró: —Me pregunto cómo irá el partido. Espero que ganen los Fénix Azules. —Mientras tomaba un último sorbo al vaso, reflexionó—: Después de todo, pagué para que así fuera.
El caos era difícil de contener, aunque también las personas intentaban vivir su vida en medio de este. Después de todo, en la ciudad de Giyorgis vivían veinte millones de personas; un pequeño ataque de Gnosis era insignificante mientras se contuviera rápido.
Y para eso estaban los jueces.
—Maldita sea, voy a llegar tarde a la misión —gruñó Etio mientras volaba por las calles de la ciudad como una tormenta. La espada voladora debajo de ella, como si fuera una nave de combate, la llevaba a velocidades ultrasónicas mientras esquivaba edificios y rascacielos.
Decenas de naves y vehículos voladores surcaban el cielo al igual que ella, pero la mayoría prefería ir por tierra.
Después de todo, la restricción de vuelo para vehículos no oficiales sobre los quinientos metros de altura había sido dictada por uno de los ancestros de la dinastía Eritrea fundada por Latino.
A la que ella misma pertenecía.
—Vamos, vamos, tengo que llegar antes que esa mocosa —gruñó para sí misma Etio, mientras inyectaba más energía en la espada espiritual.
La ciudad era pacífica y uno de los soles que alumbraba el cielo estaba descendiendo, siendo la señal del atardecer. Las seis lunas se alzarían en el cielo pronto, pero por ahora la oscuridad sería total, y eso era lo que buscaba Etio.
—¿Has llegado? —preguntó una voz molesta en el auricular de su talismán de sonido. —¡Eh, claro que sí, Meroe! Yo nunca llego tarde.
Esa mentira tan obvia no convenció a la persona al otro lado de la línea. Pero mientras decía esas palabras, la espada voladora debajo de ella aumentó la velocidad, convirtiendo su cuerpo en una estela blanca en el cielo.
Se detuvo a una distancia segura de un edificio extremadamente alto, el cual, en medio de la oscuridad creciente del atardecer, todavía no estaba iluminado.
Estaba enfrente del puerto. Era prácticamente una zona oscura, si no fuera por el faro y el constante desembarco de barcos y cargas en medio del muelle. El enorme edificio de más de ochenta metros destacaba considerablemente en el lugar, pero no era el único; varios edificios, aunque no tan grandes, estaban dispuestos alrededor del puerto como una especie de área comercial improvisada.
El muelle le daba la espalda a la ciudad, formando una playa en forma de herradura, donde solo el centro era una zona abierta y el resto estaba rodeado de acantilados y una larga montaña.
—Maldita sea, Etio, ¿qué haces aquí? Te dije que no vinieras a interrumpir a la guardia —dijo la voz molesta de Meroe. Pero Etio insistió.
—Vamos, quiero verla. Es la primera vez que veo a alguien fuera de Aksum, ¿no puedes ser un poquito más flexible? —dijo con un tono suplicante la juez, mientras se depositaba en el techo del edificio con gran sigilo, murmurando—: ¿Y dónde están los chicos malos? Quiero patearles el trasero.
—Esto no es un juego, Etio. Estamos hablando de peces gordos del Templo de Caín —gruñó con ira Meroe—. Ahora los tengo en la mira. Los guardias se están posicionando en los alrededores del edificio para atacar al unísono una vez los hayamos rodeado.
—Voy, voy —dijo Etio mientras guardaba su espada y miraba los alrededores con una expresión severa.
El traje de combate de un juez era prácticamente un traje ajustado de látex, como si fuera de un piloto. La tela era azul, pero rápidamente se tiñó de negro, fundiéndose con la oscuridad del cielo y haciéndose invisible para los ojos mortales, e inclusive para los más atentos.
Emocionada y con una sonrisa tan amplia que amenazaba con desencajar su mandíbula, Etio saltó. No cayó de golpe; como si su cuerpo fuera tan liviano como una pluma, corrió a través de las ventanas y paredes del edificio mientras lo cruzaba a gran velocidad hacia abajo.
—Alana, espérame, pronto estaré contigo —murmuró con una fuerte mirada llena de devoción y amor, para desconocimiento de todo el mundo en tierra.
….
Si había algo que agradecer a los ancestros de Aksum, era que habían protegido muy bien a sus habitantes. Tan bien, que sus descendientes eran tan débiles y fáciles de manipular que resultaba penoso.
Una figura paupérrima estaba tendida en el suelo, mientras se arrastraba patéticamente ante la voluntad de su nuevo maestro como si se tratase de un esclavo.
—Ay, qué problema. Realmente me causas demasiados inconvenientes, Saba. A veces pienso que no tuve que haberte elegido en esos años. En serio, provocaste una invasión de la Gnosis por el simple capricho de venganza —dijo el hombre enmascarado. Su máscara reflejaba la imagen de un lobo.
El hombre que estaba arrodillado tenía la cabeza calva y cubierta de escamas, con un hocico ligeramente alargado; era prácticamente un hombre serpiente.
—Maestro, yo… —intentó disculparse Saba, mientras su cuerpo se retorcía en el suelo, humillándose aún más ante él.
Su nombre era Lobo de Sangre, el mayor Señor de Sangre de los últimos doscientos años y el más joven de todos, así como también uno de los nueve aspirantes a Santo de Sangre.
Los Santos de Sangre eran existencias tan extraordinarias que solamente había una oportunidad de convertirse en uno cada quinientos años, y faltaban veinte para la siguiente oportunidad. Y entre los candidatos, aunque el Lobo de Sangre no era el más destacado, sí era el más joven y la mayor promesa entre estos.
Pero aquello era desconocido para Saba. Él solo lo conocía como Lobo de Sangre, el nuevo líder del Templo de Caín luego de que matara al anterior a sangre fría.
Sacudiendo la cabeza con desdén, el Lobo de Sangre rio levemente para gran alivio de Saba mientras se levantaba. Portaba una capa negra bordada en oro y azul, a juego con un terno azul, corbata roja y una camisa negra, dándole un aspecto bastante elegante.
—Maestro, perdóneme por favor, no involucré al templo. Simplemente hice una invocación, y los dioses me escucharon, ellos… Sus palabras murieron cuando el puño de Lobo de Sangre se cerró alrededor de su garganta.
—A veces pienso que todos son estúpidos. ¿Cuántas veces lo he dicho? No hay dioses, solo malditas entidades extradimensionales con las que puedes ganar una cantidad absurda de dinero.
—Mirando a uno de sus subordinados, preguntó—: ¿Acaso es tan difícil de entender?
—No, señor —respondió el guardaespaldas con una expresión indiferente—. Los dioses no pagan buenos sueldos.
A lo cual Lobo de Sangre sonrió debajo de la máscara mientras hacía ademán de soltar a Saba. —Cuidado, líder, algo…
Repentinamente, una flor de sangre surgió en el aire, mientras la cabeza del cultista simplemente explotaba como una sandía.
—¡Francotirador! —rugió Lobo de Sangre, mientras veía cómo la mitad de los dedos de su mano simplemente desaparecían, destrozados por el disparo.
—¡Maldita sea! ¡Jueces! ¿Quién carajos los invitó? —bramó Lobo de Sangre mientras retrocedía a pesar de su herida y tomaba cobertura, dando instrucciones
Y en ese momento, desde el aire, una figura llegó al suelo destrozando el concreto, inaugurando el combate y diciendo:
—¿Dónde está mi querida Alana?».
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