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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 8

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8: Capitulo 8 8: Capitulo 8 Rayos cubrieron el cielo sobre el señorío de Congard.

Los gritos de una mujer resonaron por el castillo donde se suponía que el gran amo y señor de estas tierras residía, y en este lugar él tendría finalmente el nacimiento del séptimo hijo del señor de estas tierras.

El gran Jarl Garou Aime, señor de todas estas tierras, así como gran archidruida de los Feynir y el gran señor espiritual de su raza.

El castillo, a diferencia de su apariencia superficial, no era para nada un tosco castillo de piedra y madera, sino que cada edificio y muralla a su alrededor estaba cubierto de runas plateadas y doradas, así como de extraños símbolos y oraciones en sánscrito que, como rezos de adoración a los espíritus verdaderos, buscaban su bendición.

Las paredes pulcras de piedra estaban limpias por las propiedades inmaculadas del poder ancestral que manejaban los Feynir.

Ella tardaría un tiempo en acostumbrarse a toda esta información y adaptarse también a su nuevo estilo de vida, pero a pesar de ello no podía haberse sentido más excitada en toda su vida; nunca antes había sentido tal sentimiento de alegría y libertad.

«Había muerto», pensó aturdida ella mientras observaba confundida su entorno.

Curiosamente, a pesar de haber nacido hacía pocos instantes, sus ojos no estaban ciegos o tardaron en adaptarse a la luz como un bebé ordinario, sino que, como si fuera natural, se sintió cómoda recibiendo los colores vibrantes del escenario ante ella.

No pudo evitar sentir que todo era incluso más claro que antes; espectros de la luz que ella ni siquiera podía vislumbrar estaban ante sus ojos, y sonidos que nunca antes habían llegado a sus oídos ahora penetraban sus tímpanos inundándola de dicha.

Estaba viva.

Y en un grito de triunfo ante estos acontecimientos, empezó a llorar.

….

El tiempo era una concepción extraña en este nuevo mundo; un año fue un parpadeo ante su conciencia inmadura.

Al parecer, su mente adulta no podía procesar correctamente todo conocimiento pasado de forma instantánea; había lagunas en su memoria, pero a pesar de ello seguía pudiendo, en términos generales, expresarse de forma normal para su edad.

Al menos eso parecía.

Hasta que detectó, de alguna forma bastante natural, que en este punto ya no podía considerarse humana.

A los cinco años de edad, su altura ya era superior a la de la mayoría de niños de diez años que conocía, superando con facilidad el metro treinta; una concepción extraña para ella, quien también logró ver eventos innaturales alrededor de ella, anormalidades que torcían la realidad normal de su mundo anterior.

—Mira, Eli, lo que puedo hacer.

Desperté hace poco mi raíz espiritual —dijo una de sus hermanas mayores, quien era por unos pocos años mayor a ella, manifestando lo que parecía ser un pequeño relámpago púrpura desde la punta de su dedo, crispando el aire a su alrededor mientras una sensación de estática tocaba sutilmente su cuerpo.

—Oye, mira, yo también desperté mi raíz espiritual y es de fuego, además —dijo chasqueando el dedo su segunda hermana mayor, manifestando lo que parecía ser una llama desde la punta de su pulgar.

Intentando no quedarse atrás, la más tímida de las tres hermanas que estaban enfrente de ella se adelantó cavilante: —Yo…

yo también desperté mi raíz espiritual, aunque no es tan fuerte.

Mira, Korelia.

Mientras decía su nombre, repentinamente en la palma extendida de la pequeña niña, que no parecía superar los doce años (por lo menos en madurez comparada a la de un humano de su vida pasada), manifestó lo que parecía ser un copo de nieve en su mano.

Las líneas perfectas, rectas y simétricas de un copo de nieve que tenía una vaga forma hexagonal, mientras las ramas de sus brazos se extendían como si fuera una escultura de cristal, se manifestaron a los ojos de las tres niñas mientras lo miraban embelesadas.

—Es hermoso —susurraron todas, olvidándose de competir mientras disfrutaban la belleza natural de esa formación.

Mientras que la propia Korelia no pudo evitar sentir una alegría inconcebible.

El poder que siempre había estado buscando durante toda su vida, más allá de la belleza, más allá de la fuerza o la riqueza, estaba ante sus ojos; un poder más allá de cualquier cosa que hubiera conocido en su vida.

La verdadera trascendencia estaba a su alcance.

….

Canciones y música.

Ella normalmente las disfrutaría como una niña ordinaria Feynir; los Feynir eran una raza que disfrutaba de las artes y el trabajo, así como los Feysir disfrutaban de la batalla y la guerra.

Pero aquello le parecía una invención a Korelia.

Después de todo, había visto cómo hombres aparentemente sabios de la raza Feynir se golpeaban entre sí en discusiones sin sentido, como bestias rabiosas, al igual que los Feysir de los cuales se burlaban por su aparente barbarie.

Y ahora estaba viendo un enfrentamiento entre hombres, o mejor dicho, lo más similar posible.

—Señor de estas tierras, me alegro que reciba con gran hospitalidad a este humilde siervo de la Hegemonía —dijo con una expresión arrogante, a pesar de sus palabras, el hombre calvo con barba de chivo y bigote, quien se estaba enfrentando a su padre.

Garou Aime, que normalmente tenía un aura de muerte y severidad a su alrededor, parecía indiferente al aparente sarcasmo del hombre desconocido.

Su apariencia solo podía llamarse como la más regia entre los Feynir: un hombre de piel blanquecina como la nieve, pero ojos y cabello color ámbar.

Una corona de olivos dorada cubría su cabello; se decía que provenía del árbol sagrado de olivo consagrado a la matriarca Mátiles, signo máximo de autoridad desde los tiempos en que la ciudad de Lemur era el núcleo de la Hegemonía Lemuriana, y la razón de su nombre.

Acompañando a su padre estaban, aparte de sus parientes y amigos, obviamente sus hijas e hijos, quienes se sentaban en los laterales de la larga mesa con vastos alimentos que estaban siendo devorados con hambre por sus comensales.

El salón estaba decorado con múltiples imágenes de los antiguos dioses, así como de los ancestros de la raza Fey, los Dannan, y específicamente los ancestros de la raza Feynir: los Vanir.

«Dioses», pensó para sí misma Korelia con incredulidad mientras miraba las pinturas con fascinación, aunque en lo más profundo de su mirada brillaba la codicia por su poder.

—Me alegro que este banquete sea del agrado de sus refinados gustos, Magister Elektrium —respondió su padre mientras comía una hogaza de pan aparentemente ordinario y la untaba en mantequilla, mientras en su otra mano sostenía un cáliz de vino mezclado con miel.

Obviamente, cada uno de estos eran lujos y, aunque similares a sus contrapartes en su anterior mundo, para Korelia sus sabores y apariencia no podían ser más diferentes.

Cada alimento emitía una fragancia tranquilizante y embriagadora, y la mayoría de estos alimentos tardaban días, si no semanas, en caducar.

La preocupación por conservar alimentos para los Feynir era vana; ellos eran maestros en crecimiento y poseían la bendición de la naturaleza, desde lo vegetal hasta lo animal.

Ninguna otra raza probablemente podía compararse.

«Elektrium», pensó para sí misma Korelia, quien juntó los restos de la conversación de su padre con una expresión indiferente mientras se concentraba en devorar el delicioso queso enfrente de ella.

Elektrium, no parecía un nombre personal , parecía él un tipo de magister un cargo de poder dentro de la burocracia de la hegemonía, uno del cual nunca había oido.

—Tiene razón, Gran Jarl.

Se ajusta perfecto a mi paladar; me recuerda a mi dulce hogar en Lemur.

Pero no vine hacia este lugar a aburrirlo con diatribas y palabras inútiles, ni a ser agasajado con regalos y halagos.

No vengo a probar su lealtad a la Hegemonía, Garou —dijo con una sonrisa seria y sin alegría el hombre desconocido—.

A lo que vengo es a darle una misión.

La palabra “misión” hizo que todos los presentes se congelaran y dejaran lo que estaban haciendo en un instante, concentrando sus miradas tanto en Garou como en el Magister.

—Magister Varega, tenga la libertad de hablar en este lugar.

Todos los oídos y lenguas en esta sala responden a mi autoridad —respondió su padre con una expresión indiferente, pero con un dejo de interés que Korelia reconoció luego de una larga mirada.

Mirada que su padre detectó mientras desviaba la mirada y, con una sonrisa tan rápida que parecía una ilusión, le guiñó un ojo.

—La misión que tengo planeada para usted, su señoría, es nada menos que encontrar a alguien.

—Su mirada cayó repentinamente en la escena de las imágenes de batallas y dioses en la sala—.

Qué hermoso espectáculo.

No puedo evitar admirar con mayor fuerza a mis ancestros al ver estas imágenes; que solo imaginarlas hace que se me llenen los ojos de lágrimas —dijo el Magister.

Con una expresión aburrida en el rostro por el cambio de tema, su padre parecía tener el impulso repentino de arrojarle su cáliz en la cara a Varega.

Pero no lo hizo.

—Los Feys tienen su encanto también, después de todo.

Ambos somos hijos de las razas divinas, aunque algunos más que otros, obviamente —dijo mientras miraba con recelo a algunos siervos y clientes al servicio del clan de su padre; eran Feymor.

—¿Y cuál es la misión que nos pide, Magister?

¿Acaso el Hegemón desea restaurar la gloria de los dioses?

—preguntó con un tono neutro el Gran Jarl, mientras que sus palabras denotaban más burla que su tono.

Korelia miró las imágenes de los héroes de las diferentes razas progenitoras de los Feys y no pudo evitar sentir cierta curiosidad.

La civilización Fey era bastante similar a la civilización humana según lo que había visto, solamente había algo diferente: la escala.

Bestias de cinco a ocho metros en vez de dos; a su vez, los peligros de la guerra y la peste al parecer tenían un origen más místico que racional.

Plagas que se contagiaban a través de palabras, enfermedades que afectan el alma y corrompen el cuerpo, la perfidia de la carne y la locura de los mortales al conocer a trascendentes.

El mundo era un caos, pero en este mismo caos existía un orden.

Campesinos que usaban bueyes y araban campos del tamaño de ciudades, esclavos que eran usados para todas las labores imaginables, ciudades tan grandes y con entretenimientos tan variados, desde cantos hasta duelos de honor, así como una literatura rica en sangre y muerte.

Así era el mundo que había llegado a conocer durante estos trece años Korelia.

—La misión es la siguiente, hijos de los Danan —dijo con un aire misterioso Varega—.

Estoy cazando amenazas para la Hegemonía.

Aunque mejor dicho, podría llamarla amenaza, aunque nunca está sola.

—¿De qué amenaza estamos hablando?

—preguntó su padre.

—De la misma amenaza que ha destruido tantas razas y asolado el reino mortal desde que la gran sabia Comnena Pechenega Jazar habló de ellos en los primeros Liber.

—Gnosis.

—Su sonrisa había desaparecido y, con esas palabras que hicieron que todos palidecieran ante aquel tabú, agregó—: Y un posible Arquetipo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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