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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 80

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Capítulo 80: Capitulo 80

El caos era difícil de contener, aunque también las personas intentaban vivir su vida en medio de este. Después de todo, en la ciudad de Giyorgis vivían veinte millones de personas; un pequeño ataque de Gnosis era insignificante mientras se contuviera rápido.

Y para eso estaban los jueces.

—Maldita sea, voy a llegar tarde a la misión —gruñó Etio mientras volaba por las calles de la ciudad como una tormenta. La espada voladora debajo de ella, como si fuera una nave de combate, la llevaba a velocidades ultrasónicas mientras esquivaba edificios y rascacielos.

Decenas de naves y vehículos voladores surcaban el cielo al igual que ella, pero la mayoría prefería ir por tierra.

Después de todo, la restricción de vuelo para vehículos no oficiales sobre los quinientos metros de altura había sido dictada por uno de los ancestros de la dinastía Eritrea fundada por Latino.

A la que ella misma pertenecía.

—Vamos, vamos, tengo que llegar antes que esa mocosa —gruñó para sí misma Etio, mientras inyectaba más energía en la espada espiritual.

La ciudad era pacífica y uno de los soles que alumbraba el cielo estaba descendiendo, siendo la señal del atardecer. Las seis lunas se alzarían en el cielo pronto, pero por ahora la oscuridad sería total, y eso era lo que buscaba Etio.

—¿Has llegado? —preguntó una voz molesta en el auricular de su talismán de sonido. —¡Eh, claro que sí, Meroe! Yo nunca llego tarde.

Esa mentira tan obvia no convenció a la persona al otro lado de la línea. Pero mientras decía esas palabras, la espada voladora debajo de ella aumentó la velocidad, convirtiendo su cuerpo en una estela blanca en el cielo.

Se detuvo a una distancia segura de un edificio extremadamente alto, el cual, en medio de la oscuridad creciente del atardecer, todavía no estaba iluminado.

Estaba enfrente del puerto. Era prácticamente una zona oscura, si no fuera por el faro y el constante desembarco de barcos y cargas en medio del muelle. El enorme edificio de más de ochenta metros destacaba considerablemente en el lugar, pero no era el único; varios edificios, aunque no tan grandes, estaban dispuestos alrededor del puerto como una especie de área comercial improvisada.

El muelle le daba la espalda a la ciudad, formando una playa en forma de herradura, donde solo el centro era una zona abierta y el resto estaba rodeado de acantilados y una larga montaña.

—Maldita sea, Etio, ¿qué haces aquí? Te dije que no vinieras a interrumpir a la guardia —dijo la voz molesta de Meroe. Pero Etio insistió.

—Vamos, quiero verla. Es la primera vez que veo a alguien fuera de Aksum, ¿no puedes ser un poquito más flexible? —dijo con un tono suplicante la juez, mientras se depositaba en el techo del edificio con gran sigilo, murmurando—: ¿Y dónde están los chicos malos? Quiero patearles el trasero.

—Esto no es un juego, Etio. Estamos hablando de peces gordos del Templo de Caín —gruñó con ira Meroe—. Ahora los tengo en la mira. Los guardias se están posicionando en los alrededores del edificio para atacar al unísono una vez los hayamos rodeado.

—Voy, voy —dijo Etio mientras guardaba su espada y miraba los alrededores con una expresión severa.

El traje de combate de un juez era prácticamente un traje ajustado de látex, como si fuera de un piloto. La tela era azul, pero rápidamente se tiñó de negro, fundiéndose con la oscuridad del cielo y haciéndose invisible para los ojos mortales, e inclusive para los más atentos.

Emocionada y con una sonrisa tan amplia que amenazaba con desencajar su mandíbula, Etio saltó. No cayó de golpe; como si su cuerpo fuera tan liviano como una pluma, corrió a través de las ventanas y paredes del edificio mientras lo cruzaba a gran velocidad hacia abajo.

—Alana, espérame, pronto estaré contigo —murmuró con una fuerte mirada llena de devoción y amor, para desconocimiento de todo el mundo en tierra.

….

Si había algo que agradecer a los ancestros de Aksum, era que habían protegido muy bien a sus habitantes. Tan bien, que sus descendientes eran tan débiles y fáciles de manipular que resultaba penoso.

Una figura paupérrima estaba tendida en el suelo, mientras se arrastraba patéticamente ante la voluntad de su nuevo maestro como si se tratase de un esclavo.

—Ay, qué problema. Realmente me causas demasiados inconvenientes, Saba. A veces pienso que no tuve que haberte elegido en esos años. En serio, provocaste una invasión de la Gnosis por el simple capricho de venganza —dijo el hombre enmascarado. Su máscara reflejaba la imagen de un lobo.

El hombre que estaba arrodillado tenía la cabeza calva y cubierta de escamas, con un hocico ligeramente alargado; era prácticamente un hombre serpiente.

—Maestro, yo… —intentó disculparse Saba, mientras su cuerpo se retorcía en el suelo, humillándose aún más ante él.

Su nombre era Lobo de Sangre, el mayor Señor de Sangre de los últimos doscientos años y el más joven de todos, así como también uno de los nueve aspirantes a Santo de Sangre.

Los Santos de Sangre eran existencias tan extraordinarias que solamente había una oportunidad de convertirse en uno cada quinientos años, y faltaban veinte para la siguiente oportunidad. Y entre los candidatos, aunque el Lobo de Sangre no era el más destacado, sí era el más joven y la mayor promesa entre estos.

Pero aquello era desconocido para Saba. Él solo lo conocía como Lobo de Sangre, el nuevo líder del Templo de Caín luego de que matara al anterior a sangre fría.

Sacudiendo la cabeza con desdén, el Lobo de Sangre rio levemente para gran alivio de Saba mientras se levantaba. Portaba una capa negra bordada en oro y azul, a juego con un terno azul, corbata roja y una camisa negra, dándole un aspecto bastante elegante.

—Maestro, perdóneme por favor, no involucré al templo. Simplemente hice una invocación, y los dioses me escucharon, ellos… Sus palabras murieron cuando el puño de Lobo de Sangre se cerró alrededor de su garganta.

—A veces pienso que todos son estúpidos. ¿Cuántas veces lo he dicho? No hay dioses, solo malditas entidades extradimensionales con las que puedes ganar una cantidad absurda de dinero.

—Mirando a uno de sus subordinados, preguntó—: ¿Acaso es tan difícil de entender?

—No, señor —respondió el guardaespaldas con una expresión indiferente—. Los dioses no pagan buenos sueldos.

A lo cual Lobo de Sangre sonrió debajo de la máscara mientras hacía ademán de soltar a Saba. —Cuidado, líder, algo…

Repentinamente, una flor de sangre surgió en el aire, mientras la cabeza del cultista simplemente explotaba como una sandía.

—¡Francotirador! —rugió Lobo de Sangre, mientras veía cómo la mitad de los dedos de su mano simplemente desaparecían, destrozados por el disparo.

—¡Maldita sea! ¡Jueces! ¿Quién carajos los invitó? —bramó Lobo de Sangre mientras retrocedía a pesar de su herida y tomaba cobertura, dando instrucciones

Y en ese momento, desde el aire, una figura llegó al suelo destrozando el concreto, inaugurando el combate y diciendo:

—¿Dónde está mi querida Alana?».

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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