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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 81

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Capítulo 81: Capitulo 81

Año 392 antes de la ascensión del Monarca Celestial.

El sonido de la escoba cepillando el suelo resonó en la habitación, mientras la niña de cabello verde, con sus manos pequeñas y aspecto descuidado, limpiaba con gran esfuerzo y dedicación.

Pasaron unos minutos; cuando recogió el polvo y lo echó a un tiesto, volvió a la sala de estar con un barril de agua y empezó a trapear el suelo con un paño.

—¿Por qué dejas que una niña pequeña limpie la casa? —gruñó Korelia con molestia, mientras miraba a Ducanor, quien estaba sentado en la mesa comiendo sin demasiadas preocupaciones.

—La niña quiere ser útil, déjala ser. Tampoco es que sea mucho trabajo —respondió con indiferencia el capitán Elektryum. Su apariencia era digna, pero su aspecto también denotaba bastante cansancio.

Al parecer, los seis meses solos en este lugar habían significado una carga considerable para él.

—Eso lo dice un curiazo —respondió con desdén Korelia.

Ducanor frunció el ceño pero no rebatió sus palabras, mientras la niña pequeña parecía incómoda e intentaba limpiar rápidamente para escabullirse.

—Cariño, ¿cuál es tu nombre? —preguntó repentinamente Korelia mientras se acercaba a ella con una sonrisa.

—Ma… ma… Massi —respondió la niña tímidamente, mientras su cabello verde brillante cubría parcialmente su rostro. Rápidamente retrocedió, llevándose los elementos de limpieza con ella.

—Espera —intentó decirle, pero ya era tarde; ya se había ido.

Entonces escuchó, para su profunda ira, una pequeña risa.

—¿De qué te ríes? —dijo molesta Korelia.

—Me sorprende tu actitud. Para ser la hija de Garou, el señor de Maeve, eres bastante amable. No pareces una princesa mimada —respondió Ducanor.

—Soy la hija mayor. Después de todo, soy extremadamente responsable —gruñó Korelia mientras se levantaba e iba a la mesa.

Ducanor estaba comiendo pan con miel y algunas gachas.

Era un alimento común para la mayoría de los ciudadanos de la Hegemonía, aunque los nobles, o personajes de alta cuna, acostumbraban a comer grandes cantidades de carne y vino. Las frutas también eran consideradas un lujo, entre otros alimentos.

—Y tú no pareces ser el hijo de un Hegemón. ¿Qué razón tendría el hijo de un Hegemón rebelde para venir a las tierras de la Hegemonía? Tu renombre parece recorrer incluso el continente del sur. ¿Acaso tu madre piensa rendirse a Liare?

Korelia estaba indagando. Tenía un mal presentimiento respecto a Ducanor; era un personaje desconocido que había surgido de la nada. Lunes había investigado sobre él, pero la información era limitada. Decían que era hijo de la Hegemón, pero probablemente era adoptado.

Pero entonces, ¿por qué lo adoptaron? Sus antecedentes estaban limpios, y al parecer era un feysir puro. La Hegemón Prima Betrica era una medio feymor y feysir.

—¿Acaso no dijiste que era un curiazo? —preguntó él con una expresión indiferente.

—¿Acaso no lo eres?

—Ni siquiera tengo un Espíritu Martialis, ¿cómo podría ser un curiazo? —respondió él.

Las palabras de Ducanor la sorprendieron considerablemente, porque ella conocía las implicaciones de esas palabras.

La clase gobernante dentro de la Hegemonía podría llamarse aristocracia, pero no funcionaba de una forma tan simple como nacer en una familia noble.

Todos debían poseer un Espíritu Martialis. Este era el don que habían dejado los dioses muertos a sus hijos incluso después de su desaparición.

Los Espíritus Martialis eran dones innatos que ganaba todo hombre que jurase lealtad a la Hegemonía y consiguiese un rango oficial dentro de ella. Es decir, un magistrado.

Aunque no de cualquier rango: tenía que ser mínimo de rango Princeps, aunque era raro que los Princeps despertasen un Espíritu Martialis. Pero eso era simplemente un requisito mínimo.

Había diferentes rangos de nobleza dentro de la Hegemonía.

En la cima estaban los Legisladores. La Cámara de Legisladores era el consejo personal del Hegemón, compuesto por unos tres mil miembros. Cada uno de ellos representaba a familias gigantescas de cientos de personas que compartían linajes ilustres.

En toda la Hegemonía probablemente había alrededor de mil grandes familias legisladoras, pero los requisitos para convertirse en uno eran complicados, aunque no imposibles.

El Espíritu Martialis debía solidificarse en la Cámara de Legisladores y erigirse una efigie hacia él; si recibía la aprobación de los espíritus de los ancestros y los dioses, sería elegido como legislador. Y si no, su Espíritu Martialis sería roto.

Más abajo estaba la élite entre la élite: los Exánimes.

Debajo de ellos estaban los Curiazos, los protectores de la Hegemonía, la élite dentro de la élite. Solo aquellos que lograran evocar un asiento curial dentro de un templo serían elegibles para ese título.

Dentro de la Hegemonía probablemente no superaban los cien mil.

Y más abajo, la élite ordinaria dentro de la Hegemonía, que se contaba por millones. En este punto, los Curiazos eran aquellos que lograban erigir su nombre en alguno de los templos divinos.

—Entonces no eres un curiazo —preguntó curiosa Korelia. La curiosidad era una maldición que muchas personas intentaban eliminar.

Korelia no era una de esas personas. Su dicho favorito era: «La curiosidad mató al gato, pero la satisfacción lo revivió».

—No —respondió Ducanor—. Realmente no conozco a mis padres, así que no puedo decirte si nacieron libres o esclavos, pero ahora…

Las palabras de Ducanor murieron cuando repentinamente apareció Secunda, o mejor dicho Masha, que junto a Massi estaban cargando platos para comer.

—Eh, ya estaban aquí. Ducanor, el baño está libre, podemos meternos —dijo con una sonrisa coqueta Masha.

A lo cual Ducanor sonrió y dijo:

—Perdón, tendré que dejar la conversación hasta aquí. —Y se fue, siguiendo a Masha.

Mientras ella lo seguía con la mirada, la desvió rápidamente haciendo caer sus ojos nuevamente en Massi, quien tímidamente intentó retirarse. Pero ella no permitiría que se escapara… otra vez

…..

Una visión del pasado se cernió sobre sus ojos.

Ella estaba de pie mirando desde un pequeño templo a la ciudad; esta estaba ardiendo.

Sí que ardía, le dolía verla de esa forma: su ciudad, su hogar, su gente. Ardiendo, quemándose por su culpa.

Recordó un poco más qué había hecho en ese momento. Cierto, había mirado a sus últimos hombres y mujeres leales.

—Mis leales, mis últimos amigos… si alguna vez los tuve. ¿Quién tiene una espada para ayudarme a abrir esta garganta que tantas canciones e himnos ha interpretado?

La mirada en sus ojos era de miedo; no por sus propias vidas, sino por la de ella. Suspirando, comprendió sus preocupaciones: si hubieran sido los sirvientes de alguien más, su vida sería menos miserable. Lamentablemente, tuvieron que haberla conocido en vida.

El fuego se había extendido hasta el templo, podía verlo: cómo las llamas cubrían el sagrado templo de Lemur.

—Como sea, en la siguiente vida, si existe, gobernaré a los muertos en vez de a los vivos. Tal vez sean más fáciles de manejar —dijo con una sonrisa.

—Siempre tan poética… —Las palabras distorsionadas por el recuerdo murieron en su mente mientras observaba a su oponente con frialdad.

Era un hombre alto de cabello plateado y con cuatro brazos, la mitad cruzados detrás de la espalda y los otros dos portando dos lanzas en sus manos.

—No pensé verte tan pronto, gobernador —dijo con sorna ella.

Su figura emitía un aura opresiva, pero lo que destacaba era que no estaba solo. A su lado surgieron las figuras de varios azogues, todos con apariencias bastante miserables y con signos obvios de degeneración y deformaciones.

—Dame tu cabeza. Tu muerte traerá prosperidad a la Hegemonía, una vez que gobierne —dijo él.

—Querrás decir gobiernen por ti, ¿no es cierto, Soranus? —dijo con una sonrisa ella. Sacudiendo la cabeza, murmuró mientras le daba la espalda—: Pero da igual, mi muerte es inevitable. Pero como último acto, intentaré salvar a la Hegemonía una última vez más.

Y con esas palabras avanzó hacia el templo, ignorando el ejército detrás de ella. El pequeño templo ya estaba ardiendo más allá de toda consideración.

El calor era indiferente para una existencia como ella, pero este no era un fuego ordinario; incluso la piedra sagrada del templo de Lemur estaba siendo quemada y carbonizada. Mucho menos su propia carne.

—¡No te atrevas! —El sonido detrás de ella era confuso.

El ruido del combate de sus últimos sirvientes y amigos, que estaban dando la vida por ella, sonaba mientras se internaba en las llamas.

Como si fuera una pira funeraria. Una gigantesca.

Y mientras las llamas cubrían su cuerpo, ella miró el centro del templo, donde la escultura de Lamar, extendiendo sus manos hacia los lados, parecía mirarla mientras ardía, mientras su casco legendario brillaba silenciosamente y reflejaba su figura en él…

Y despertó.

El sonido de movimiento y voces cubrió la casa, llenándola curiosamente de un ambiente relativamente relajado a pesar de estar en territorio hostil.

Después de todo era de día, y la noche era la hora de la raza de sangre; solo durante el día los mortales ordinarios podían salir de sus casas con relativa seguridad.

Aunque no siempre era así.

—Eres tonto, el adulterio obviamente es ilegal —gruñó Alamut con ira.

—Para la mujer solamente, hasta hace diez generaciones. Yo considero que si van a castigar a ambos por el crimen, mejor que castiguen a ninguno —gruñó Heraclio—. Si se casan con alguien que resulta que le es infiel, es culpa de ambos.

—¿Entonces deberían seguir casados? —preguntó molesta Alamut—. Si mi esposo me hubiera sido infiel, lo hubiera abandonado junto a mis hijos. ¿Acaso una esposa no tiene ese derecho?

—Sí, pero el vínculo sigue existiendo. Incluso si te fue infiel, sigue siendo el padre de tus hijos. El matrimonio debería ser un contrato sagrado e indisoluble por esa razón; no deberían casarse tan ligeramente.

—Sí, pero eso no significa que deba haber un castigo por aquella ofensa. No es comparable a un asesinato, ni siquiera a un robo. Si te casas y tienes la posibilidad de separarte en el futuro, ¿cuál es el peso del matrimonio? ¿Cuál es su solemnidad?

Heraclio, quien bebió un largo trago de vino, agregó:

—No debería existir la posibilidad de anular el matrimonio de forma tan simple e indisoluble. Deben ser casos extraordinarios y de peso. Si puedes divorciarte cuando quieras, ¿cuál es el peso de la institución del matrimonio en la pareja? Si fuera tan simple, ¿por qué no pueden los hijos desconocer a sus padres, o los padres a los hijos?

La conversación entre ambos estaba subiendo de tono, para estupefacción de Korelia, que no se había metido en la conversación en ningún momento, al igual que Sabado, que siguieron guardando las apariencias.

«Qué estupideces están hablando», pensó para sí misma Korelia, mientras miraba al dúo. «Matrimonio… esa institución medieval es inútil».

Pero decidió no echar agua al fuego de la conversación. Después de todo, conocía la historia de Alamut y Heraclio.

Alamut era originaria del Palacio de la Montaña, hogar de la raza ryujin, pero también de la raza yokai. El Palacio de la Montaña estaba habitado por descendientes de la raza demonio, especialmente el clan dragón, pero también de otras razas demonio.

Akeha era una yokai (desconocía de qué clan); ella se había casado con un miembro de la raza ryujin y prácticamente era una dama de alta cuna que había formado una gran y feliz familia. Hasta que fueron asesinados.

El clan fue atacado por la Gnosis, y todo su clan fue exterminado exceptuando a ella misma. Desde entonces se había unido a la Hegemonía como una agente de inteligencia para matar a la Gnosis.

Se había unido a NOMAD.

NOMAD era la policía secreta de la Hegemonía. Actuaba sin piedad, además con poder y recursos infinitos de la Hegemonía. Akeha se había unido a la división Aster Gnosis de NOMAD, la encargada de investigar y detener la actividad de la Gnosis.

Mientras que Heraclio Constanti era un miembro de la raza Sacro del continente del norte. Pero aparte de ello, conocía nada más respecto a su identidad, salvo que había sido parte de la división Aster Belika de NOMAD.

—¿Dónde está el capitán Primus? —preguntó repentinamente Korelia mientras fruncía el ceño, ya que aparte de ella, solo estaban Sabado y Massi, que ya habían terminado de comer. Además, claro, del dúo que seguía discutiendo mientras comían gachas y huevos.

—Ah, ese sujeto se fue junto a su subordinado a investigar. Creo que tiene algunos contactos en la ciudad —dijo encogiéndose de hombros Heraclio, y siguió desayunando despreocupadamente.

—¿Y no están preocupados? —gruñó molesta Korelia, sintiéndose estupefacta. Heraclio era un Señor Imperial, pero aun así había sido derrotado en el enfrentamiento anterior, mientras que Stata Mater y Jalida estaban en una situación desconocida.

—Lo que vendrá, vendrá —respondió Heraclio—. Por ahora, conocer al enemigo es la prioridad, y cada uno debe cumplir su misión según sus capacidades.

Korelia quería estar en desacuerdo, pero él tenía razón. La destreza actual del grupo era baja; no porque fueran débiles, sino porque estaban en la total oscuridad respecto a las capacidades del enemigo.

Lunes estaba en la clandestinidad en medio de la ciudad, y su destreza era inferior incluso a la suya, por lo cual era más seguro para ella seguir oculta como había estado este tiempo. Después de todo, ella era parte de la Orden Terapéutica dentro del Culto de la Bruja, la cual era la organización de inteligencia y asistencia médica dentro del culto.

—Bueno, saldré durante un momento a tomar aire, después de todo no podemos hacer nada si nos quedamos aquí —dijo Korelia con un suspiro.

—Sí, maestra —dijo apresuradamente Sabado mientras abría la puerta del edificio, permitiéndoles a ambas salir del lugar.

Dejaron atrás a Heraclio y a Alamut, quienes siguieron hablando y discutiendo de ese tema.

—Espero que se concentren luego en la situación actual. No entiendo cómo pueden estar tan tranquilos —gruñó Korelia.

Las calles no estaban vacías, pero se veían figuras cubiertas moverse de forma precavida. El ambiente era opresivo y sombrío a pesar de que el sol bañaba la ciudad; la enorme sombra de los edificios opacos impedía el movimiento de la luz.

Por lo cual no le sorprendió el sentimiento constante de ser observadas con miedo y precaución por los habitantes de la ciudad.

—¿Qué habrá pasado con los habitantes de la ciudad original? ¿Habrán desaparecido? ¿Cómo funciona ese ritual? —murmuró para sí misma Korelia.

—Probablemente sus recuerdos hayan sido reescritos. Solo existencias sobre el rango mortal probablemente hayan logrado conservar sus recuerdos —murmuró Sabado.

—Lo cual es bastante conveniente.

Y mientras avanzaban revisando los puestos de las calles y las casas que rodeaban el bar de Ducanor, encontraron cada vez menos gente, hasta que finalmente solo una persona estaba enfrente de ellas.

Oculta bajo la sombra gigante de un edificio, ni las luces de neón de colores eléctricos brillantes pudieron revelar su rostro, pero su presencia opresiva ya era lo suficientemente sospechosa para Korelia.

Mucho menos para Sabado, que ya había desenfundado no una, sino dos espadas. Era una mujer de aspecto robusto y fornido, de piel pálida y cabello rojizo corto. Su expresión estaba oculta a través de una mascarilla metálica, pero sus ojos brillaban con una insana cantidad de intenciones asesinas.

—¿Quién de ustedes es la mujer con dominio? —preguntó con una voz que arrastraba las palabras de forma lenta y desagradable.

La expresión de Korelia cambió. Sintió que la mirada de la mujer fue directamente en su dirección, como si sintiera algo.

—Eres tú.

Y entonces ambas espadas, como dos guillotinas alrededor de su cuello, se movieron a una velocidad a la que ella no pudo siquiera reaccionar.

…..

En el bar de Ducanor, donde momentos antes tanto Heraclio como Alamut estaban discutiendo.

Heraclio frunció el ceño.

—¿No crees que se están demorando mucho? —preguntó él.

Alamut asintió mientras se ponía de pie y observaba los alrededores con una obvia expresión de molestia.

—Al parecer subestimamos otra vez al enemigo.

Heraclio no portaba su armadura ni arma en ese momento, pero aun así sonrió ferozmente. Y entonces la puerta se rompió, revelando varias figuras pálidas cubiertas de armaduras de hueso y con rostros cadavéricos.

—Vengan, malditos cadáveres —gruñó Heraclio. En un parpadeo su figura se movió frente al necromortis como si fuera una sombra y envió a volar su figura de un manotazo a través de la ventana.

Pero no era el único. Del suelo, figuras espectrales atravesaron las paredes mientras se precipitaban a un distraído Heraclio, que ya estaba despachando a decenas de necromortis.

—Un sacerdote de sangre se atreve a usar trucos —dijo con desdén Alamut, mientras enviaba talismanes que cubrieron de llamas a los fantasmas, los cuales se desintegraron al instante.

Las palabras «sacerdote de sangre» alertaron a Heraclio momentáneamente, quien rápidamente identificó al fantasma como un Espectro Maldito, un fantasma equivalente a un noble que refinaban algunos sacerdotes de sangre.

—¡Dónde estará ese maldito cobarde! ¡Pelea honorablemente, mierda! —gritó Heraclio.

Repentinamente su mano sostenía algo, pero era invisible. Formando la ilusión de que estaba sosteniendo una lanza, apuñaló al necromortis monstruoso cubierto de una armadura de hueso negra frente a él.

El aire dentro de la residencia se vació repentinamente y las figuras de todos los necromortis fueron expulsadas por la presión por los agujeros de las paredes y las ventanas.

Mientras que la propia Alamut corrió rápidamente a proteger a Massi, quien estaba temblando mientras observaba con horror y miedo los estragos de la batalla.

—¡Maldita sea, Heraclio, hay una niña aquí! —rugió Alamut furiosa, mientras decenas de talismanes de papel flotaban a su alrededor formando una barrera que la protegía de los ataques de los espectros y fantasmas que estaban surgiendo como una ola furiosa de almas.

Los nigromantes eran famosos en el último tiempo como existencias que podían refinar cadáveres y almas creando así abominaciones, una corrupción más allá de los comunes necromortis. Usaban técnicas secretas alquímicas para refinar cadáveres de bestias peligrosas o de antiguas razas.

Mientras pensaba aquello, repentinamente el sentimiento de peligro en el ambiente aumentó aún más, haciendo que inconscientemente ampliara el espacio existente entre ella y el exterior.

Y entonces…

El maldito techo colapsó, dejando enterrada la figura de Heraclio entre los cuerpos monstruosos de los no muertos, y a la propia Alamut indefensa entre los escombros.

Pero esto todavía no había terminado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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