Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 82
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Capítulo 82: Capitulo 82
El sonido de movimiento y voces cubrió la casa, llenándola curiosamente de un ambiente relativamente relajado a pesar de estar en territorio hostil.
Después de todo era de día, y la noche era la hora de la raza de sangre; solo durante el día los mortales ordinarios podían salir de sus casas con relativa seguridad.
Aunque no siempre era así.
—Eres tonto, el adulterio obviamente es ilegal —gruñó Alamut con ira.
—Para la mujer solamente, hasta hace diez generaciones. Yo considero que si van a castigar a ambos por el crimen, mejor que castiguen a ninguno —gruñó Heraclio—. Si se casan con alguien que resulta que le es infiel, es culpa de ambos.
—¿Entonces deberían seguir casados? —preguntó molesta Alamut—. Si mi esposo me hubiera sido infiel, lo hubiera abandonado junto a mis hijos. ¿Acaso una esposa no tiene ese derecho?
—Sí, pero el vínculo sigue existiendo. Incluso si te fue infiel, sigue siendo el padre de tus hijos. El matrimonio debería ser un contrato sagrado e indisoluble por esa razón; no deberían casarse tan ligeramente.
—Sí, pero eso no significa que deba haber un castigo por aquella ofensa. No es comparable a un asesinato, ni siquiera a un robo. Si te casas y tienes la posibilidad de separarte en el futuro, ¿cuál es el peso del matrimonio? ¿Cuál es su solemnidad?
Heraclio, quien bebió un largo trago de vino, agregó:
—No debería existir la posibilidad de anular el matrimonio de forma tan simple e indisoluble. Deben ser casos extraordinarios y de peso. Si puedes divorciarte cuando quieras, ¿cuál es el peso de la institución del matrimonio en la pareja? Si fuera tan simple, ¿por qué no pueden los hijos desconocer a sus padres, o los padres a los hijos?
La conversación entre ambos estaba subiendo de tono, para estupefacción de Korelia, que no se había metido en la conversación en ningún momento, al igual que Sabado, que siguieron guardando las apariencias.
«Qué estupideces están hablando», pensó para sí misma Korelia, mientras miraba al dúo. «Matrimonio… esa institución medieval es inútil».
Pero decidió no echar agua al fuego de la conversación. Después de todo, conocía la historia de Alamut y Heraclio.
Alamut era originaria del Palacio de la Montaña, hogar de la raza ryujin, pero también de la raza yokai. El Palacio de la Montaña estaba habitado por descendientes de la raza demonio, especialmente el clan dragón, pero también de otras razas demonio.
Akeha era una yokai (desconocía de qué clan); ella se había casado con un miembro de la raza ryujin y prácticamente era una dama de alta cuna que había formado una gran y feliz familia. Hasta que fueron asesinados.
El clan fue atacado por la Gnosis, y todo su clan fue exterminado exceptuando a ella misma. Desde entonces se había unido a la Hegemonía como una agente de inteligencia para matar a la Gnosis.
Se había unido a NOMAD.
NOMAD era la policía secreta de la Hegemonía. Actuaba sin piedad, además con poder y recursos infinitos de la Hegemonía. Akeha se había unido a la división Aster Gnosis de NOMAD, la encargada de investigar y detener la actividad de la Gnosis.
Mientras que Heraclio Constanti era un miembro de la raza Sacro del continente del norte. Pero aparte de ello, conocía nada más respecto a su identidad, salvo que había sido parte de la división Aster Belika de NOMAD.
—¿Dónde está el capitán Primus? —preguntó repentinamente Korelia mientras fruncía el ceño, ya que aparte de ella, solo estaban Sabado y Massi, que ya habían terminado de comer. Además, claro, del dúo que seguía discutiendo mientras comían gachas y huevos.
—Ah, ese sujeto se fue junto a su subordinado a investigar. Creo que tiene algunos contactos en la ciudad —dijo encogiéndose de hombros Heraclio, y siguió desayunando despreocupadamente.
—¿Y no están preocupados? —gruñó molesta Korelia, sintiéndose estupefacta. Heraclio era un Señor Imperial, pero aun así había sido derrotado en el enfrentamiento anterior, mientras que Stata Mater y Jalida estaban en una situación desconocida.
—Lo que vendrá, vendrá —respondió Heraclio—. Por ahora, conocer al enemigo es la prioridad, y cada uno debe cumplir su misión según sus capacidades.
Korelia quería estar en desacuerdo, pero él tenía razón. La destreza actual del grupo era baja; no porque fueran débiles, sino porque estaban en la total oscuridad respecto a las capacidades del enemigo.
Lunes estaba en la clandestinidad en medio de la ciudad, y su destreza era inferior incluso a la suya, por lo cual era más seguro para ella seguir oculta como había estado este tiempo. Después de todo, ella era parte de la Orden Terapéutica dentro del Culto de la Bruja, la cual era la organización de inteligencia y asistencia médica dentro del culto.
—Bueno, saldré durante un momento a tomar aire, después de todo no podemos hacer nada si nos quedamos aquí —dijo Korelia con un suspiro.
—Sí, maestra —dijo apresuradamente Sabado mientras abría la puerta del edificio, permitiéndoles a ambas salir del lugar.
Dejaron atrás a Heraclio y a Alamut, quienes siguieron hablando y discutiendo de ese tema.
—Espero que se concentren luego en la situación actual. No entiendo cómo pueden estar tan tranquilos —gruñó Korelia.
Las calles no estaban vacías, pero se veían figuras cubiertas moverse de forma precavida. El ambiente era opresivo y sombrío a pesar de que el sol bañaba la ciudad; la enorme sombra de los edificios opacos impedía el movimiento de la luz.
Por lo cual no le sorprendió el sentimiento constante de ser observadas con miedo y precaución por los habitantes de la ciudad.
—¿Qué habrá pasado con los habitantes de la ciudad original? ¿Habrán desaparecido? ¿Cómo funciona ese ritual? —murmuró para sí misma Korelia.
—Probablemente sus recuerdos hayan sido reescritos. Solo existencias sobre el rango mortal probablemente hayan logrado conservar sus recuerdos —murmuró Sabado.
—Lo cual es bastante conveniente.
Y mientras avanzaban revisando los puestos de las calles y las casas que rodeaban el bar de Ducanor, encontraron cada vez menos gente, hasta que finalmente solo una persona estaba enfrente de ellas.
Oculta bajo la sombra gigante de un edificio, ni las luces de neón de colores eléctricos brillantes pudieron revelar su rostro, pero su presencia opresiva ya era lo suficientemente sospechosa para Korelia.
Mucho menos para Sabado, que ya había desenfundado no una, sino dos espadas. Era una mujer de aspecto robusto y fornido, de piel pálida y cabello rojizo corto. Su expresión estaba oculta a través de una mascarilla metálica, pero sus ojos brillaban con una insana cantidad de intenciones asesinas.
—¿Quién de ustedes es la mujer con dominio? —preguntó con una voz que arrastraba las palabras de forma lenta y desagradable.
La expresión de Korelia cambió. Sintió que la mirada de la mujer fue directamente en su dirección, como si sintiera algo.
—Eres tú.
Y entonces ambas espadas, como dos guillotinas alrededor de su cuello, se movieron a una velocidad a la que ella no pudo siquiera reaccionar.
…..
En el bar de Ducanor, donde momentos antes tanto Heraclio como Alamut estaban discutiendo.
Heraclio frunció el ceño.
—¿No crees que se están demorando mucho? —preguntó él.
Alamut asintió mientras se ponía de pie y observaba los alrededores con una obvia expresión de molestia.
—Al parecer subestimamos otra vez al enemigo.
Heraclio no portaba su armadura ni arma en ese momento, pero aun así sonrió ferozmente. Y entonces la puerta se rompió, revelando varias figuras pálidas cubiertas de armaduras de hueso y con rostros cadavéricos.
—Vengan, malditos cadáveres —gruñó Heraclio. En un parpadeo su figura se movió frente al necromortis como si fuera una sombra y envió a volar su figura de un manotazo a través de la ventana.
Pero no era el único. Del suelo, figuras espectrales atravesaron las paredes mientras se precipitaban a un distraído Heraclio, que ya estaba despachando a decenas de necromortis.
—Un sacerdote de sangre se atreve a usar trucos —dijo con desdén Alamut, mientras enviaba talismanes que cubrieron de llamas a los fantasmas, los cuales se desintegraron al instante.
Las palabras «sacerdote de sangre» alertaron a Heraclio momentáneamente, quien rápidamente identificó al fantasma como un Espectro Maldito, un fantasma equivalente a un noble que refinaban algunos sacerdotes de sangre.
—¡Dónde estará ese maldito cobarde! ¡Pelea honorablemente, mierda! —gritó Heraclio.
Repentinamente su mano sostenía algo, pero era invisible. Formando la ilusión de que estaba sosteniendo una lanza, apuñaló al necromortis monstruoso cubierto de una armadura de hueso negra frente a él.
El aire dentro de la residencia se vació repentinamente y las figuras de todos los necromortis fueron expulsadas por la presión por los agujeros de las paredes y las ventanas.
Mientras que la propia Alamut corrió rápidamente a proteger a Massi, quien estaba temblando mientras observaba con horror y miedo los estragos de la batalla.
—¡Maldita sea, Heraclio, hay una niña aquí! —rugió Alamut furiosa, mientras decenas de talismanes de papel flotaban a su alrededor formando una barrera que la protegía de los ataques de los espectros y fantasmas que estaban surgiendo como una ola furiosa de almas.
Los nigromantes eran famosos en el último tiempo como existencias que podían refinar cadáveres y almas creando así abominaciones, una corrupción más allá de los comunes necromortis. Usaban técnicas secretas alquímicas para refinar cadáveres de bestias peligrosas o de antiguas razas.
Mientras pensaba aquello, repentinamente el sentimiento de peligro en el ambiente aumentó aún más, haciendo que inconscientemente ampliara el espacio existente entre ella y el exterior.
Y entonces…
El maldito techo colapsó, dejando enterrada la figura de Heraclio entre los cuerpos monstruosos de los no muertos, y a la propia Alamut indefensa entre los escombros.
Pero esto todavía no había terminado.
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