Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 84
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Capítulo 84: Capitulo 84
El aire explotó cuando la figura colosal de Heraclio, surgiendo de entre los escombros del bar derrumbado, simplemente apuñaló el aire con su alabarda a una velocidad que la hacía parecer un palo de escoba. La figura contra la que se estaba enfrentando en plena calle no palidecía en comparación a él.
Su oponente era la mujer de cabello rojizo, quien ahora, usando sus dos cuchillas, luchaba ferozmente contra Heraclio mientras su cuerpo se cubría de llamas. Esas llamas no eran fuego, sino simplemente las intenciones asesinas y la sed de sangre de ambos que se habían materializado formando un vendaval de fuego gaseoso; cualquier mortal ordinario, al tocarlo, tendría su cuerpo paralizado.
—¡Jajajaja! Te cortaré esa armadura brillante que tienes, maldito sacro —rugió la mujer mientras sus dos cuchillas destrozaban el aire, impactando y rechazando la alabarda de Heraclio.
Al unísono, dos serpientes de sangre surgieron de su espalda. Ambas, como dos lanzas, atravesaron el aire y chocaron directamente contra los hombros de Heraclio, atravesando limpiamente la armadura y regando de sangre blanca el aire.
Heraclio no reaccionó al dolor. Su velocidad había disminuido tras la herida, pero su fuerza aumentó, como si la sangre derramada incrementara aún más su ímpetu.
La alabarda cercenó en un movimiento circular a las serpientes que seguían aferradas a él, pero las cuchillas de la asesina se cubrieron de una capa de miasma carmesí que destrozó el aire enfrente de ella.
Destrozando directamente la alabarda en manos de Heraclio y mandándolo a volar como si fuera una cometa rota.
—¡Jajaja! —rio la mujer. Su cuerpo se hinchaba ferozmente, rebosante de poder. Prácticamente había duplicado su anterior musculatura, y cada movimiento y oscilación suya hacía temblar la tierra.
«¿Acaso esa es la destreza de un Señor Imperial?», pensó para sí misma Korelia, que observaba el enfrentamiento.
Sábado estaba inconsciente detrás de ella; ni siquiera había podido enfrentarse de forma correcta a su oponente antes de ser noqueada y dejada fuera de combate.
Alamut, que había logrado salir de las ruinas junto a Heraclio, no estaba mejor. Su expresión era solemne mientras observaba el enfrentamiento llena de preocupación.
—A menos que fueras un verdadero medio santo, no podrás derrotarme, insignificante espadachín.
La sangre cubría sus cuchillas y la lamió de su borde, mientras cerraba los ojos con una sonrisa amplia.
—Tsk, la sangre sacro sigue siendo mi favorita. —Su risa hizo que Korelia sintiera un escalofrío, mientras la atención de la mujer se desviaba de Heraclio hacia ella—. Me pregunto cómo sabrá tu sangre.
—¡No tocarás a mi maestra! —rugió una voz aguda que repentinamente rompió el aire y aturdió ligeramente a todos. La mujer frunció el ceño cuando una sombra atacó desde arriba con un golpe descendente empuñando una gran espada.
—Novata, ¿acaso no te enseñaron a atacar sin gritar? —dijo con una expresión burlona la mujer mientras bloqueaba fácilmente el ataque.
Pero aun así, una espada atravesó la carne. Aturdida, la mujer vio con sorpresa cómo una sombra sigilosa se colaba por debajo y la apuñalaba directamente, retorciendo su arma para aumentar el tamaño de la herida.
—Gracias por el consejo —dijo con un tono burlón Miércoles, mientras la figura que en un principio había golpeado desde arriba se desvanecía como un espejismo.
—Ilusiones —dijo con una sonrisa sangrienta y cargada de ira la mujer. Detuvo la espada con su mano izquierda, mientras Miércoles seguía haciendo fuerza, intentando cortar completamente el cuerpo de la enemiga.
—¡Miércoles, cuidado, es demasiado fuerte! —rugió Korelia preocupada. Una vez había caído Sábado, inmediatamente había llamado refuerzos a través de Lunes. Y ella había mandado a Miércoles, quien había llegado pocas semanas después que ella a este lugar. Un pequeño charco de sangre se formaba debajo de ella.
—Lamentablemente, no eres lo suficientemente fuerte —rio ligeramente la mujer. Sus ojos brillaron con una fuerza abrumadora mientras su brazo, que había soltado ambas espadas, se hinchaba con poder.
—Después de todo, yo no soy una espadachina, soy una pugilista.
Repentinamente, el puño de la mujer impactó en dirección a Miércoles, quien vio con horror cómo el aire crujía ante el poder absurdo que surgía del golpe de la asesina.
—¡Ahora, Carias! —La figura de Miércoles desapareció, reemplazada por la figura de una pantera negra. Medía más de tres metros de alto y su cuerpo, negro como si estuviera hecho de humo, se coló al lado de la asesina y cerró sus enormes mandíbulas en contra del antebrazo de la mujer.
—¡Maldita bestia inmunda, muere! —Una ira sincera surgía en este momento de la asesina de la raza de sangre. Había sido engañada dos veces por Miércoles y ahora había sido bloqueada por el animal frente a ella.
—Primer estilo: Puño de Martillo. Puño que Templa el Hierro.
Las manos de la asesina destellaron con un brillo metálico mientras se dirigían hacia la parte posterior del enorme cráneo de la bestia, que sintió un peligro mortal ante el ataque.
Pero a su vez, la asesina sintió el mismo peligro detrás suyo. El polvo se levantó en la calle mientras las casas y edificios alrededor temblaban. Los sedimentos se habían alzado, mientras que cualquier espectador probablemente ya había huido ante el terror.
Y solo habían pasado menos de diez minutos desde que había comenzado el ataque.
—Tuviste que haber comprobado que me mataste antes, mujer —gruñó una voz detrás de ella.
Y entonces el viento silbó y la tierra retumbó en la música de la naturaleza, porque una espada había sido desenvainada. La expresión de la asesina cambió cuando su cuerpo explotó en una neblina de sangre y volvió a su apariencia delgada y tonificada original; aunque su tez era más pálida, no mostraba ningún signo de heridas.
Frente a ella, Heraclio estaba de pie, con su cabello carmesí suelto, mientras encima de su nuca surgía una corona de plumas de colores, como si fuera un pavo real. Cada pluma estaba decorada con un ojo en el centro que daba la ilusión de ver cada secreto y cambio en el mundo.
En ese punto, la expresión de Heraclio había pasado de un estado de frenesí de combate a la calma absoluta, mientras su alabarda había sido reemplazada por una espada corta.
—Así que finalmente vas a luchar en serio —dijo con una expresión emocionada la asesina, mientras su cuerpo empezaba literalmente a desprender brasas y su cabello se prendía en llamas. Al igual que la sangre que goteaba de sus puños.
Las dos presencias, dos guerreros al nivel de un Señor Altísimo —existencias que podían despachar decenas de Señores Mortales con facilidad—, ahora estaban luchando a través de su intención de batalla, para ver quién se imponía a quién en cuanto a ímpetu.
Korelia pensó en intervenir en ese momento, pensó en qué autoridad podría usar para interrumpir la batalla; pero revelar sus habilidades ahora sería inútil. Apenas era una Señor Mortal; si se equivocaba, un movimiento en falso y perdería la vida.
Mientras la tensión parecía crecer hasta el punto que podía cortarse con un cuchillo, alguien intervino, y no como aliado.
—Corene, detente. Ya es suficiente, no vas a ganar la batalla en contra de un Señor Imperial, incluso si está debilitado.
La figura que surgió estaba vestida de rojo. Parecía elegante y bastante digna; su cabello castaño se veía revitalizante y su expresión era fría como un témpano al mirarla.
—¡Decimus! —dijo sorprendida Korelia, mientras que, para su sorpresa, tanto Alamut como Heraclio no reaccionaron demasiado a esta revelación, a diferencia de ella misma, que sentía la traición en carne viva.
—¡Tú! ¡Nos has traicionado! —gruñó con ira Korelia. Miércoles, al ver la reacción de su compañera, se puso en guardia mientras su pantera mostraba los dientes, mirando con intenciones asesinas a Decimus.
Pero este no reaccionó a la provocación. Desvió la mirada hacia Korelia y dijo:
—No intervengan en los asuntos de la ciudad. Está más allá de sus capacidades, esto ya es un asunto interno de la Hegemonía. Ocúltense; cuando todo pase, podrán irse.
Y sin esperar respuesta, agarró la mano de la mujer llamada Corene, quien, aunque molesta ante el hecho de retirarse, parecía dócil a su agarre. Ambos desaparecieron con el viento, dejando tras de sí dolor e ira.
…..
En lo que quedaba del bar de Ducanor, ahora solo había ruinas y cadáveres de muertos vivientes, por lo cual en principio Korelia y el resto no tenían lugar en el cual descansar ante la amenaza de la noche y la posibilidad de que llegaran miembros de la raza de sangre. Hasta que llegó Ducanor.
Él, acompañado de una mujer desconocida, los llevó rápidamente a una ubicación secundaria.
—Primero era un bar y ahora un cabaret —gruñó Korelia mientras miraba la nueva ubicación en la que estaban, la cual era una residencia cubierta de terciopelo, muselinas e incienso.
Las paredes teñidas de colores rojizos y las puertas reemplazadas por cortinas de seda púrpura le daban un aspecto bastante especial al lugar.
—Si quieres decir algo, por favor dilo —dijo Ducanor con una expresión cansada.
—Decimus nos traicionó —dijo sin tapujos Korelia, mientras que, cerca de ella, Alamut estaba tratando las heridas de Heraclio, quien se había excedido anteriormente.
—Ya veo —murmuró con una expresión pesada Ducanor mientras fruncía el ceño—. Eso significa que hemos ganado un enemigo nuevo, supongo que es bastante malo.
—¿Malo? Dime por qué no debería cortarte la garganta en este preciso momento —gruñó Sábado con ira, mientras desenfundaba su espada.
La frustración cubría su expresión; no había podido proteger a Korelia, y prácticamente había sido derrotada al principio. Eso de por sí era bastante malo.
Massi, quien estaba con una expresión desolada en el rostro desde que había escapado del bar, tembló ligeramente ante esas palabras mientras su rostro se cubría de lágrimas, haciendo que Sábado contuviera su ira.
—Comprendo su ira. La traición de Decimus me sorprende tanto como a ustedes, pero no es algo que pueda solucionar con palabras. Es mi subordinado y amigo antes que eso, pero sin importar sus razones, si se alía con enemigos de la Hegemonía me veré forzado a eliminarlo.
La tristeza de decir esas palabras cubrió toda la estancia, haciendo que todos guardaran silencio…
—¡Mierda! Deja de presionar tan fuerte, ¿no puedes ser un poco más delicada? —gruñó con molestia Heraclio mientras Alamut usaba acupuntura para curar los meridianos y arterias de su cuerpo, mientras que al mismo tiempo usaba medicina para curar sus heridas más superficiales.
—Y por si acaso, ¿por qué Heraclio no pudo derrotar a esa mujer? Parecía ser más débil que un Señor Imperial —gruñó Miércoles mientras miraba al herido.
La presentación de Miércoles fue rápida, pero nadie tuvo objeciones a una nueva incorporación. Después de todo, ella era conocida por Alamut y Heraclio, así que Ducanor no tenía ninguna razón para quejarse. Aunque él también había traído a un nuevo invitado al lugar.
Pero la mujer de cuatro brazos había sido la que había proporcionado el escondite, por lo cual nadie tenía la intención de pelear con ella.
Sin embargo, la desconfianza seguía creciendo en el grupo.
—La razón es bastante sencilla: ella no era un Señor Imperial, era un Gran Señor, pero su destreza era comparable a un Señor Altísimo.
La persona que habló esta vez fue Alamut, que explicó rápidamente la diferencia de destreza después de superar el poder de un Señor Mortal.
El siguiente paso, luego de abrir los tres dantian, era convertirse en un Señor Espiritual. Pero la dificultad de convertirse era tan grande que había tres elementos que debían cumplirse para ser considerado una existencia de ese nivel. Tres requisitos que, al cumplirse, te permitían considerarte un Señor Espiritual, una existencia con la capacidad de romper el vacío.
Los requisitos eran: primero, obtener una Intención o Dominio. El segundo era fortalecer el alma lo suficiente como para separarla del cuerpo. Y el tercer y más difícil paso era dominar la Ley del Espacio.
Esos tres requisitos eran necesarios para todo Señor Espiritual. Por esa razón, ellos recibían otro nombre: Destructores de Vacío.
…
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