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Ciclo de fresno y hierro - Capítulo 9

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9: Capitulo 9 9: Capitulo 9 …

Si había algo que había inquietado a Korelia desde que había llegado a este mundo, era nada menos que la esclavitud.

Ya de por sí era malo ver la tiranía del poder de los reyes ejecutar con majestuosidad y suntuosidad su voluntad, pero ver cómo hombres libres eran tratados como cosas…

la mente de Korelia no pudo evitar sentir un rechazo instintivo.

Los esclavos pululaban por todo el continente y especialmente en una región tan próspera como era Maeve, la región que gobernaba su padre.

Allí, la gran ciudad de Alessandro servía como núcleo agrícola y vinícola, fungiendo como una región ancestralmente importante tanto para el continente como para la Hegemonía.

Por ello, la rebelión de Tara no fue tan bien aceptada por ella…

—Maestra, aquí están los libros que me pidió —dijo una joven adolescente de aspecto servil, vestida pulcramente con un diseño floreado.

Tenía el cabello rosado claro y un aspecto inocente.

Ella era su esclava y sierva personal, Miércoles.

—Gracias, Miércoles —dijo con una sonrisa inocente Korelia mientras agarraba con gran interés el libro que le había ofrecido.

—¿Qué es, Maestra?

¿Por qué ahora tienes un interés por los libros?

—preguntó curiosa Miércoles a pesar de ser una esclava.

Pero Korelia no se molestó; ella se había esforzado mucho tiempo para que finalmente Miércoles se abriera y actuara con naturalidad a su alrededor.

Obviamente, no iba a enojarse por una pregunta como esa.

—Es un libro que habla de la historia de la Hegemonía hasta su fundación, hecho por Pechenega Jazar —respondió ella mientras rápidamente abría el libro sobre su cama y empezaba a leerlo.

Al mismo tiempo, la propia Miércoles se sentaba a su lado y miraba con curiosidad el contenido del libro.

—Primero solo hubo caos y de él surgieron los Primordiales…

—Mientras seguía leyendo, Korelia no pudo evitar sentir que todo parecía demasiado mítico, como los cuentos o leyendas absurdas de los campesinos que no tenían acceso al conocimiento.

Pero esto era diferente.

Los Primordiales eran un grupo de entes que gobernaron el continente del sur antaño y que fueron los precursores de la actual Hegemonía.

Sus nombres verdaderos se habían perdido, quedando solo títulos y vagas representaciones.

Ellos habían vivido hacía ya más de cien mil años como mínimo, según las fuentes que tenía enfrente de ella.

Probablemente más.

—Esto parece un sueño —murmuró para sí misma Korelia mientras tomaba en consideración los nombres de los Primordiales más importantes del antiguo panteón: Ogohzu, señor del caos y del vacío; Pigna, soberana de la tierra y la naturaleza; y sus dos hijos: la encarnación de la luz de la luna escarchada, Rus, y la encarnación de la oscuridad de la noche, Kiev.

Y mientras más seguía leyendo, más nombres e historias se desenvolvían ante ellas.

Repentinamente, tuvo una cierta epifanía: en el libro ni una vez se había mencionado la palabra Gnosis.

Como si fuera tabú, un misterio desconocido que no podía ser revelado.

Como la misteriosa desaparición de uno de los Primordiales, Sakalibas, el Emperador del Asesinato.

La destrucción de la primera ciudad de los Primordiales, Partenón, construida por la Dama de la Luz, Kimek, y posteriormente la Hija del Día, Karluk…

Decenas de episodios similares se repetían en las fuentes, y Korelia se quedó dormida leyendo aquellas palabras, cada una más vaga que la anterior; los logros de los antepasados engrandecidos y las derrotas y tragedias ocultadas en míseros párrafos o frases.

Pero ella lo sabía, ella podía ver la verdad detrás de las mentiras, podía ver la falsedad del engaño, porque ella era…

Y mientras aquella idea permanecía en su mente como una sentencia definitiva, el sueño la alcanzó.

Era una adolescente; lentamente su cuerpo fatigado cayó en el reino de los sueños, mientras suavemente era cubierta por una manta y acomodada en su cama por Miércoles, que con una mirada cariñosa acarició el cabello de Korelia antes de abandonar la habitación.

Mientras tanto, Korelia solo pudo soñar.

…..

Era una mariposa…

Sus brazos y piernas habían sido reemplazados por patas similares a pinzas, mientras que en su espalda había un par de alas amplias que, usando la fuerza del viento, la impulsaban a través del aire.

Ya no era Korelia, o tal vez siempre había sido la mariposa.

—Los sueños son libertad —murmuró su propia voz en su oído.

Se vio a sí misma en el reflejo de las aguas.

Pero ya no era ella, era algo más.

Podía ser lo que quisiera, era libre, verdaderamente libre.

Era un pájaro ágil, era un hombre feroz, era una serpiente venenosa, pero no necesariamente podía limitarse a ello; podía ser la brisa del mar, la roca imponente, el fuego furioso, el rayo de luz cegador o una llovizna primaveral.

No había límites, en este reino de los sueños se había transformado en algo más que una mortal, era…

—Eres efímera y eterna, un instante y la infinitud, la permanencia e impermanencia.

Ese es nuestro don, Korelia, aunque ahora ya no tienes nombre.

Pero pronto lo tendrás de nuevo; ninguna forma es eterna, tenemos que recordarlo —le dijo su reflejo en el mar.

—¿Quién eres?

—murmuró confundida Korelia.

—Soy tú, a su vez que soy tu futuro.

Así como tú eres mi presente, yo seré tu pasado.

Soy el sueño dentro de un sueño de ti misma, soy la voz dentro de tu alma, el recuerdo de la felicidad y la tristeza.

Soy eso y mucho más, ¿y tú quién de todos eres?

—Yo…

—murmuró ella confundida.

Se dio cuenta de que ya no era una mariposa, ni un pájaro, ni una brisa; volvió a ser ella misma y respondió—: Soy yo misma.

Soy la voluntad suprema que dominará las leyes.

Soy una futura maestra, una futura mujer, así como una futura yo mejor.

La sonrisa en el rostro de su reflejo se amplió.

Su cabello escarlata brillante como las llamas la miraba con un tono feroz.

—Ahora solo debes buscar tu voluntad y transformarla.

Este es el primer paso a la grandeza.

Recuerda tus palabras: las leyes son tu dominio, ahora aplícalo y enséñale a los demás.

Hay muchas más como tú.

» Recuerda: la Gnosis y la muerte rodearán tu camino, pero la muerte no es suficiente como para limitarte a ti y a tu voluntad.

Pero hay destinos peores que la muerte en este reino, y pronto los conocerás.

Con una sonrisa en el rostro agregó: —Como yo fui tu guía, tú guíalas.

Como el Hierofante guía al mago, conviértete en la Sacerdotisa o en la Emperatriz.

Ahí está tu decisión, mientras tú lo desees.

»El mundo será tuyo.

…

La sangre tenía un aroma fuerte y embriagador, casi afrodisíaco; era diferente al olor de la sangre humana, lleno de un olor metálico y cobrizo, y muy diferente al olor a aceites y bálsamos de su hogar, que había abandonado en secreto.

La sangre Fey era mucho más bella, pero el corazón de sus dueños era igual de oscuro que el de la mayoría de humanos.

Un charco de un líquido violáceo, casi de una tonalidad azul profunda, cubría la mayor parte del suelo.

Los cadáveres mutilados de hombres estaban a su alrededor; incluso distinguió a mujeres entre los rebeldes muertos.

Porque sí, estos hombres, mujeres y niños eran desertores, traidores a la Hegemonía y a su señor.

Lamentablemente, los tiempos estaban cambiando; era un tiempo de caos.

Grandes hegemones y monarcas se levantaban en los cuatro continentes como si fueran maleza, pero no pasaría demasiado tiempo para que entre ellos se levantase un verdadero rey.

Eran inocentes, y habían muerto en manos de bestias y monstruos; algunos con forma humana y otros, monstruos en el sentido literal de la palabra.

La audiencia de los alrededores gritaba con emoción, mientras vociferaban oraciones a los antiguos dioses incluso si no podían oírlos.

—¡Sangre, sangre, sangre!

¡Derramen sangre para saciar la sed de los dioses muertos!

—rugieron varios de los espectadores de la escena.

Después de todo, Korelia no estaba en un lugar cualquiera, sino que estaba en nada menos que una arena de combate.

Estaba en el Circo del Frenesí, una de las pocas arenas de combate que permitían el combate de gladiadores en toda la región de Maeve.

Y que, curiosamente, estaba relativamente cerca de su hogar; después de todo, el antiguo señor de estas tierras, el abuelo de su padre, era bastante adepto a este espectáculo tan sangriento.

Una sonrisa surgió en el rostro de Korelia mientras sentía que la sangre seca endurecía parcialmente su rostro.

Era un rostro hermoso en el mayor de los sentidos, un rostro pálido y seductor como el de una diablesa de los sueños de las historias de demonios de la antigua humanidad; ojos escarlata y finos como medias lunas que resaltaban su encanto seductor.

Estaba vestida con un abrigo largo de color negro que cubría desde sus hombros hasta su cintura como si fuera una capa, mientras una capucha colgaba en su espalda.

Cubierta parcialmente por su cabello escarlata moderadamente largo, estaba oculta detrás de su capucha, denotando que había estado de incógnito en este lugar.

Su apariencia era mucho más madura que la que realmente tenía; ese era uno de los dos talentos que había descubierto que poseía.

Ella lo había llamado “Liberación de Forma”, aunque Miércoles prefería llamarlo “polimorfismo”, como el que los legendarios dioses muertos en sus leyendas poseían.

Aunque en la actualidad, esa habilidad tenía como límite el cambio de aspecto puramente.

Pensando inconscientemente en Miércoles, no pudo evitar sonreír mientras reflexionaba: «Espero estar fingiendo bien.

Después de todo, tengo pocas horas más antes de que mi madre pueda descubrir el engaño».

Cambiando nuevamente su expresión mientras fruncía el ceño, repentinamente la capucha de Korelia cubrió su rostro de forma natural, como si tuviera vida propia, oscureciendo su propia forma y difuminándola más allá de lo que los sentidos ordinarios pudieran detectar.

—Interesante.

¿Quién diría que una bruja sobrevive en este lugar sanguinario?

Espero que logres entretenernos un poco, niña.

Después de todo, ahora estás sola —gruñó una voz grave a la distancia.

Desde los rincones de la arena, la cual estaba construida de una forma laberíntica para sus participantes, con paredes, encrucijadas y trampas (solo los espectadores a la distancia eran capaces de ver el espectáculo a través de una imagen proyectada en el aire), las paredes alrededor de Korelia se movieron revelando nuevas figuras cubiertas de sangre y con un aura funesta a su alrededor.

Estaban cubiertas de armaduras de placas de color gris plomo que tenían una disposición siniestra, tendiendo a una forma redondeada y puntiaguda, mientras estaban equipados con lanzas cónicas, arcos y cuernos gigantes…

Monjes de Hierro.

El líder del grupo no parecía diferente a los demás miembros en la superficie, lo cual no era raro; después de todo, era difícil encontrar a un portador de la marca marcial entre los de su tipo.

—No parece un esclavo, sino más bien un guerrero.

¿Acaso buscas saquear nuestro botín, mocoso meado?

—gruñó uno de los miembros del grupo con un obvio acento sureño, mientras intentaba hablar de forma forzada la lengua común.

A pesar de que Korelia era nativa del continente del este, donde se hablaba normalmente con la mal llamada lengua común (o conocida por los extranjeros como lengua feérica o lengua oriental), la lengua nativa de la Hegemonía, que había permeado en el continente del este desde su conquista, seguía siendo bastante conocida, aunque probablemente la mayoría de nativos ordinarios ni siquiera se dignaría en aprender a hablarla, mucho menos escribirla.

Pero su educación privilegiada le dio la oportunidad de aprender más de un lenguaje del reino mortal.

Korelia no había venido a este lugar con una identidad normal; había venido como una prisionera.

Después de todo, para ser un gladiador debía entrar en el templo de la guerra y convertirse en un monje.

—¿Acaso pensáis vender la carne y huesos de los muertos?

¿No tienen nada más, bárbaros?

—gruñó Korelia en la lengua nativa de los Férreos.

Un gruñido de sorpresa salió de la multitud del grupo de monjes, que en este punto había rodeado el pasadizo, superando la docena de personas.

—Una mujer —gruñó uno de ellos con un tono algo emocionado y sediento.

Pero el líder de los guerreros movió su arma, que era una alabarda gigante que terminaba en una cuchilla afilada, golpeando el suelo y silenciando a sus subordinados.

Riéndose, el líder del grupo se sacó el casco revelando su rostro, sorprendiendo levemente a Korelia mientras veía por primera vez los rasgos típicos de un miembro de la raza de hierro.

Piel de una tonalidad negra pálida, extrañamente enfermiza, pero que no por eso le restaba vitalidad al hombre enfrente de ella.

Su cabello era de un blanco amarillento, el cual llevaba atado en múltiples trenzas, mientras marcas y tatuajes de diferentes formas que recordaban a pictogramas cubrían su piel.

Y en su frente, sorprendentemente, destacaba un símbolo que simulaba la figura de una llama ardiendo, que curiosamente brillaba con una tonalidad amarillenta bordeando el rojo, mientras sus ojos pálidos brillaban con una luz sobrenatural.

—¡Por la sangre de los muertos y de los vivos, que los daemon guíen mi mano!

—gruñó en un canto de guerra agudo.

Ignorando completamente la diferencia obvia de fuerza y destreza, corrió hacia ella con la obvia intención de matarla; ni siquiera pensó humillarla o capturarla.

La sed antinatural de sangre de los Monjes de Hierro impregnaba su cultura y linaje.

«Una marca marcial», pensó curiosa Korelia.

Nunca había pensado que en esta salida al exterior se encontraría a un espécimen tan particular.

Los Monjes de Hierro, o Férreos mejor dicho, eran una raza con dones diferentes a los Feys y a sus ramas.

Funcionaban como mercenarios de la Hegemonía y se movían en pequeños grupos liderados por decuriones, pero la razón principal por la que eran llamados “Monjes de Hierro” era nada menos que por su fuerte tradición gladiatoria.

Como monjes guerreros, veían los combates gladiatorios con fuertes elementos rituales; según había oído, consideraban los combates a muerte dentro de estos edificios nada menos que enormes rituales de sacrificio donde, en vez de ofrecer prisioneros o animales, ofrecían su vida o las de sus enemigos.

La jerarquía para los Férreos era importante y el talento natural lo era más; en su sangre fluían los restos de la sangre de las razas antiguas de bronce y plata, por lo cual eran conocidos como la élite entre los guerreros montados de la Hegemonía.

Aunque su tiempo ya había terminado.

Habían terminado sus armas obsoletas y su talento natural había quedado debilitado y empequeñecido ante las nuevas formas de guerra que surgían en el mundo.

La marca marcial de los Férreos les permitía manifestar poderes sobrenaturales dependiendo del tipo de marca que fuera.

La marca en forma de llama en la cara del hombre era una obvia muestra de su habilidad para manipular el fuego.

La razón por la que se había sacado el casco había sido, aparte de un signo de arrogancia, también de mostrar debilidad a su oponente a propósito; un insulto sutil, por así decirlo.

Había cuatro habilidades comunes que podían manipular las marcas: fuego, aire, tierra y agua.

La alabarda parecía prender el aire que atravesaba cuando, repentinamente, el metal del arma empezó a arder simplemente.

Si pudiera ver la reacción química, probablemente Korelia podría ver cómo, cual si fuera un catalizador, la lanza entraba en combustión instantánea concentrando y quemando todo el aire a varios metros a su alrededor mientras lo reunía alrededor de su hoja.

El pirómano obviamente no era consciente del proceso que estaba realizando; simplemente manifestaba las llamas como si fuera la flexión de un músculo, su poder.

La alabarda llegó a un par de metros de distancia de la figura de Korelia, cuando repentinamente su cuerpo, como si fuera una burbuja, explotó en una nube de humedad y vapor.

El rostro del monje cambió en un instante, pero para cuando pudo reaccionar ya era demasiado tarde.

En un instante, una gota de agua del tamaño de la punta de un dedo atravesó su ojo, haciendo estallar su globo ocular mientras un tercio de su masa encefálica se escurría por el agujero.

Estupefactos, los Monjes de Hierro no lograron reaccionar de ninguna manera a la inesperada situación que estaban enfrentando.

Antes de que siquiera pudieran decir una palabra, la figura translúcida de Korelia surgía de encima de uno de ellos, colgando encima del cuello y los hombros de uno de ellos, a la vez que su cabeza se deslizaba hacia el suelo chorreando sangre negra hacia la tierra húmeda.

Pero no había terminado: como si del cielo surgieran, decenas de agujas y cuchillas de agua del tamaño de un bisturí caían con la intención de atravesar y matar de una vez a los Monjes de Hierro.

Lamentablemente, la propia Korelia subestimó la realidad de la situación.

La velocidad de la gota de agua era sorprendentemente alta, superando la velocidad del sonido; en términos simples, era tres veces más rápida que la velocidad del sonido.

Pero a pesar de aquello, no atravesó la armadura de metal desconocido de los Monjes de Hierro, resistiendo completamente la fuerza del corte con facilidad y dispersando la mayoría de la fuerza de impacto a pesar de la poca superficie.

Por lo cual no tuvo más opción que ir por la opción B.

—Cuidado, es una maldita Dísir —gruñó uno de ellos mientras intentaba dirigir su espada, tan larga como la mitad de una puerta, hacia la sombra difusa que era Korelia.

Curiosamente, lo que les faltaba de destreza a estos Monjes de Hierro lo tenían de experiencia e instinto.

La espada golpeó directamente su cuerpo, empujándola hacia atrás mientras un sentimiento de dolor suave inundaba su hombro.

Su cuerpo estaba cubierto de una suave capa de vapor de agua que se había acumulado en instantes, convirtiéndose en una armadura de vapor de agua a presión que sirvió como contragolpe hacia la espada.

Pero a pesar de todo, recibió el impacto.

La sangre no floreció en el aire como una flor verde amarillenta, sino que más bien, a diferencia de sus expectativas fantasiosas, un sentimiento de fatiga e incomodidad inundó su cuerpo.

Curiosamente, su cuerpo ya estaba en los límites; a diferencia de muchos enfrentamientos simulados que había tenido, nunca había usado todas sus reservas de energía espiritual, y el sentimiento de cómo se vaciaban repentinamente sus reservas era como la pérdida de oxígeno en su sangre, hasta el punto de que sospechaba que, en una situación equivalente, su sangre ya sería amarillenta en vez del rojo brillante a causa de la pérdida de hierro y oxígeno.

«Son catorce más, cuatro heridos con contusiones leves y el resto algo asustados y confundidos», analizó rápidamente Korelia mientras intentaba recuperar el ímpetu.

Necesitaba terminar esto rápido; cada segundo era esencial y en este punto ya no jugaría más.

Eso sería, después de todo, contraproducente.

En ese momento decidió usar el máximo potencial de su segundo talento: Dominio de Leyes.

En la superficie solo podía manipular el agua y líquidos, pero simplemente era una pantalla; cualquier ley estaba bajo su dominio, pero este dominio solo podía extenderse a cosas que podía tocar o que estuvieran en un área de dos metros de distancia de ella.

Repentinamente, los guerreros intentaron apuntar sus armas en su contra, pero ya en este punto era demasiado tarde.

—Muere, maldita puta —gruñó uno de ellos.

Antes de terminar la frase, repentinamente del suelo surgieron decenas de lanzas solidificadas de sangre que atravesaron directamente la parte inferior, empalándolo directamente por la ingle y sobresaliendo la espiga metálica por su mandíbula destrozada.

La sangre de sus víctimas, que en este punto se había coagulado, estaba llena de metales pesados, los cuales se reunieron y solidificaron bajo la manipulación del propio líquido vital por parte de Korelia.

—¡Eviten la sangre!

—alcanzó a gritar uno mientras rompía una de las lanzas de sangre con su hacha de guerra.

Pero antes de que pudiera pensar en una nueva estrategia, el cadáver de uno de sus compañeros explotó en una enorme multitud de lanzas que rompieron su armadura, empujándolo hacia atrás antes de perder completamente la vida luego de agonizar desangrado en el suelo unos instantes.

Quedaban seis; la mayoría estaban desarmados y con varios huesos fracturados a causa de los ataques más pesados de Korelia.

Uno de ellos, que todavía poseía un martillo de guerra, rugió con fiereza mientras rompía varias lanzas de sangre de un solo movimiento de su arma contundente.

—¡Muere por el hierro!

—rugió él mientras corría en su dirección a una velocidad superior a cualquier humano entrenado, a pesar de ser mucho más alto que cualquiera.

—Es hora de terminar esto —susurró Korelia mientras concentraba la circulación de la energía espiritual a través de su órgano espiritual.

En un instante, las partículas de humedad a su alrededor se aglomeraron en su mano, específicamente de la sangre de los múltiples Férreos que tenían una densidad de titanio en su sangre, que era más útil que las pequeñas cantidades de cobre y oro en la sangre de los Feysir y Feynir, lo cual le daba esa tonalidad característica a la sangre de estas especies.

La lanza de titanio se materializó en la mano de Korelia con una gracilidad sobrenatural, mientras que su oponente levantaba la guardia para prepararse para un combate duro.

Lamentablemente, sería bastante decepcionante.

Repentinamente, empezó a torcerse y, como si de un taladro se tratase, empezó a rotar; antes de que pudiera reaccionar, atravesó el pecho del hombre como si fuera mantequilla, cayendo al suelo aturdido mientras veía cómo su vida era obliterada por completo.

El resto de los supervivientes intentaron huir, pero fueron incapacitados y posteriormente asesinados por Korelia.

Korelia observó en silencio cada uno de los cadáveres que estaban a su alrededor como si intentara comprender algo, o sentir algo más bien…

«A pesar de todo, no siento demasiado», pensó para sí misma.

El matar era algo natural; sentir culpa por matar sin propósito es natural en los seres inteligentes, pero los seres vivos habían nacido para matarse entre sí, no tenía sentido más allá de ello.

—Aunque es una pena —concluyó para sí misma mientras pensaba en abandonar el lugar.

Cuando repentinamente el aire a su alrededor empezó a distorsionarse mientras la tierra se retorcía.

Ella sintió a través de su agotado órgano espiritual que, desesperadamente, la energía espiritual del ambiente que estaba absorbiendo se estaba reuniendo alrededor suyo, pero este fenómeno no tenía relación con ella.

Mientras pensaba en aquello, repentinamente abrió los ojos estupefacta cuando de la multitud de cadáveres muertos surgió repentinamente una hermosa mariposa.

Surgió de la carne de uno de los cadáveres y, para su sorpresa, reposó en una pequeña gota de sangre que, para su sorpresa, en este punto se dio cuenta de que era suya.

La mariposa, como un espejismo, se acercó cada vez más a ella, volando mientras agitaba sus grandes y hermosas alas.

Sin importar lo extraño o aterrador de la situación, Korelia lo ignoró mientras extendía la punta de su dedo, posándose en él como si se tratase de un toque familiar y ameno.

Y en ese momento la aplastó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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