Cirujano de Rango SSS en Otro Mundo: ¡El Sanador Es Realmente Superpoderoso! - Capítulo 55
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- Capítulo 55 - 55 ¡La ley de lo salvaje
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55: ¡La ley de lo salvaje 55: ¡La ley de lo salvaje —Aunque matarnos entre nosotros prematuramente no da puntos, incluso con los riesgos, ¿se nos permite formar equipos?
¿Alianzas temporales, al menos?
Una chica de aspecto adorable que empuñaba dos dagas levantó la mano tímidamente.
Su voz temblaba un poco.
—Señor… ¿no son mil puntos… eh, demasiado?
A esas tres les siguieron más preguntas, pero en su mayoría eran repeticiones de las mismas, con el miedo y la incertidumbre resonando en diferentes voces.
Bale escuchó sin un atisbo de emoción.
Su expresión permanecía estoica, tallada en piedra, como si se dirigiera a una multitud de niños en lugar de a reclutas a punto de entrar en una prueba mortal.
Era difícil creer que este fuera el mismo hombre que había aceptado un soborno hacía solo unos momentos.
Pero a Bale no le importaba.
Tenía sus razones y sus órdenes.
Comenzó a caminar de un lado a otro lentamente mientras hablaba, y sus botas crujían suavemente contra el suelo simulado.
—A este mundo, las Tierras Exteriores, no le importan sus amistades, su lealtad ni sus valores morales.
Una vez que salen de las murallas de la ciudad, la codicia, la desesperación y el miedo cambian a la gente.
Hasta los rostros más amables pueden convertirse en monstruos cuando la supervivencia está en juego; en tal caso, el contrato no es suficiente.
Se detuvo y se giró bruscamente para encararlos.
—Tienen que aprender eso.
Allá afuera, hasta un aventurero puede volver su espada contra su compañero por unas cuantas monedas de oro o un botín raro.
El Gremio hace cumplir las reglas dentro de la ciudad, sí…, pero las tierras salvajes no reconocen contratos.
Y una vez que están afuera…, están por su cuenta.
Los reclutas permanecieron en silencio, varios de ellos bajando la mirada, dándose cuenta de lo despiadado que era este mundo en realidad.
—Las Tierras Exteriores los pondrán a prueba —dijo Bale con voz firme—.
Se verán arrojados a situaciones que no pueden predecir, se enfrentarán a horrores que no pueden imaginar.
Esta prueba está diseñada para prepararlos para eso.
Volvió a cruzarse de brazos.
—No estoy diciendo que todo el mundo allá afuera sea un traidor, pero recuerden esto: la mayoría de las muertes de aventureros fuera de las murallas no son causadas por bestias.
Son causadas por emboscadas, traiciones y trampas; por humanos, por otros despertados, por quienes alguna vez se llamaron a sí mismos aliados.
Tomó aire, y su tono se tornó de una calma sepulcral.
—Esta prueba evaluará cada habilidad que un aventurero necesita.
Pero, sobre todo, deben ser cautelosos.
Juiciosos.
Estar alerta.
Sin esas tres cualidades, no durarán más de dos días en las tierras salvajes.
El silencio era pesado.
—Y en cuanto a su última pregunta… —los labios de Bale apenas se curvaron—.
Mil puntos no son nada.
Los reclutas parpadearon, atónitos.
—Considerando —añadió Bale— que estarán cazando durante cinco días completos.
Soltó una breve exhalación, casi como un suspiro, pero fue más una advertencia que un consuelo.
—Y bien —dijo finalmente—, ¿más preguntas?
Nadie habló.
El silencio que siguió fue absoluto.
La mirada afilada en los ojos de Bale fue más que suficiente para suprimir cualquier pensamiento que les quedara.
Su sola mirada los domó: una advertencia de que cualquiera lo suficientemente necio como para hablar se arrepentiría.
Cuando finalmente continuó, su tono era más bajo, pero de alguna manera aún más frío.
—Ya que he terminado con esta parte, permítanme recordarles algo importante —dijo Bale—.
Sentirán el dolor aquí exactamente como lo harían en el mundo real.
Cada corte, cada quemadura, cada hueso roto.
Y cuando mueran…
Hizo una pausa deliberada, dejando que su imaginación hiciera el resto.
—… el dolor de la muerte será la experiencia más traumatizante de su vida.
Algunos reclutas se pusieron visiblemente rígidos.
—Así que —dijo Bale, con voz baja y terminante—, tómense esto en serio.
Si mueren aquí una vez, revivirán más tarde, pero el trauma se queda.
Los seguirá a las siguientes etapas.
Y créanme… —sus ojos brillaron débilmente—.
… después de sentirlo una vez, no querrán volver a sentirlo jamás.
Mientras las palabras de Bale se desvanecían en el pesado silencio, Bruce giró ligeramente la cabeza, y su aguda mirada recorrió a los reclutas reunidos.
Rostros nerviosos.
Manos que apretaban con fuerza las armas.
Miradas inquietas que saltaban de uno a otro.
Todos estaban tensos, inseguros, esperando lo inevitable.
No los miró por mucho tiempo.
Estaba buscando a alguien.
Y después de unos instantes, sus ojos la encontraron.
Sophie.
Estaba de pie a poca distancia, enmarcada por la luz resplandeciente del sol simulado.
Su postura era tranquila, su expresión despreocupada, casi serena.
Pero algo en ella captó su atención al instante.
Estaba desarmada.
Ni guanteletes.
Ni espada.
Ni báculo.
Nada.
Era extraño; todos los demás habían venido equipados, incluso los de clases de mago.
La academia les grababa a fuego en la mente a todos los estudiantes: nunca confíes únicamente en las habilidades de tu clase.
No importaba lo poderosa que fuera tu magia, quedarse sin maná significaba la muerte.
Un arma, incluso una básica, podía significar la diferencia entre la supervivencia y la desesperación.
No era solo por cuestiones prácticas.
Luchar tanto con habilidad como con un arma añadía imprevisibilidad.
Un mago que blandiera una espada podía pillar a un enemigo con la guardia baja; un guerrero que de repente lanzara una bola de fuego podía terminar una batalla en un solo movimiento.
La academia enseñaba la adaptabilidad por encima de todo.
Pero para Sophie, ninguna de esas reglas parecía aplicarse.
Es por su clase, Maestra de Espadas Arcanas…
Y Bruce lo sabía mejor que nadie.
Sus miradas se encontraron.
Por un instante, todo lo demás a su alrededor se desvaneció: la tensión, el ruido, el calor de las llanuras.
Los ojos carmesí de Sophie brillaron como rubíes pulidos, suaves y burlones.
Luego, con ese encanto natural que solo ella podía desplegar, le guiñó un ojo… y le lanzó un beso juguetón por el aire seco.
Los labios de Bruce se crisparon.
Una pequeña sonrisa impotente se dibujó en la comisura de sus labios antes de que apartara rápidamente la mirada, fingiendo concentrarse en otra cosa.
Sophie lo notó al instante.
Su sonrisa se acentuó y rio para sus adentros.
«Sigue igual», pensó con cariño.
«Tan sereno por fuera… y, sin embargo, demasiado tímido para mirarme a los ojos».
Mientras tanto, tras ese breve intercambio, Bruce comenzó a observar las armas de los reclutas que lo rodeaban.
Cada arma era distinta, refinada, poderosa y adaptada a la clase de su portador.
Algunos llevaban enormes mandobles grabados con runas brillantes, otros empuñaban dagas curvas, báculos que zumbaban débilmente con maná e incluso guanteletes mecánicos imbuidos de encantamientos.
Pero entonces, algo le llamó la atención.
Un arma tan singular que lo hizo detenerse en mitad de un pensamiento.
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