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Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 11

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  4. Capítulo 11 - 11 Capítulo 11 Fuego Acero y Humo
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11: Capítulo 11: Fuego, Acero y Humo 11: Capítulo 11: Fuego, Acero y Humo El clic del detonador fue el único aviso.

Una fracción de segundo después, el mundo se rompió.

La “Lata A”, escondida entre la basura a los pies de Neko_Eye88, no tuvo piedad.

La detonación fue seca, brutal.

La metralla improvisada —clavos oxidados y rodamientos— convirtió el cuerpo del hacker y su mochila en una nube grotesca de tela rasgada y vapor carmesí.

No hubo grito, solo la física haciendo su trabajo sucio.

Un cabo suelto menos.

Simultáneamente, la carga sobre el claro detonó.

Pero El Juez no era un peón cualquiera.

En el instante preciso en que mis músculos se tensaron para presionar el botón, él ya se estaba moviendo.

No fue humano.

Fue un borrón espectral que se lanzó lateralmente con una velocidad que desafiaba mi propia estadística de Agilidad.

La lluvia de metal fundido y la onda expansiva golpearon el suelo donde él había estado una décima de segundo antes.

Aún así, no salió ileso.

El impacto lo lanzó contra el costado de una locomotora oxidada con un crujido sordo, y vi cómo su abrigo largo se rasgaba, revelando el brillo de una armadura de kevlar bajo la tela.

Sangre, oscura y real, manchó su hombro.

—Calculaste mal, Carnicero —rugió, su voz distorsionada ahora teñida de dolor y una furia gélida.

Se puso en pie ignorando la gravedad de sus heridas.

Su máscara blanca me buscó en la oscuridad de la grúa.

Me había detectado.

No por vista, sino por instinto puro.

—Mierda —susurré.

Sacó un revólver de cañón largo, un arma que parecía sacada de un western distópico, y disparó.

La bala impactó a centímetros de mi cabeza, arrancando esquirlas de metal de la grúa.

No necesitaba apuntar; sabía dónde estaba.

Salté.

Me dejé caer por el hueco de la estructura, usando mis guantes para frenar el descenso por los cables de acero, quemándome las palmas a pesar de la protección.

Aterricé rodando sobre la grava y corrí.

Corrí como no lo había hecho desde mi muerte en Madrid.

—¡No puedes correr de tu propia sombra!

—gritó El Juez a mis espaldas.

Sus pasos resonaban pesados, pero rápidos, demasiado rápidos para un hombre herido.

Me deslicé bajo un vagón de carga, arrastrándome entre grasa y herrumbre, saliendo por el otro lado justo cuando dos disparos perforaban la chapa metálica donde había estado mi torso.

Este tipo no era un simple vigilante; era un depredador de vértice, igual que yo, pero con más experiencia y mejor equipo.

Activé [Sigilo], forzando al Sistema a amortiguar el sonido de mis botas contra las vías.

Lancé una de mis últimas latas vacías hacia la izquierda, contra un montón de chatarra.

El ruido metálico provocó un disparo inmediato del Juez en esa dirección.

Aproveché ese segundo de distracción.

Escalé una valla de alambre de tres metros, ignorando el dolor en mis músculos y el corte que el alambre de espino hizo en mi antebrazo.

Caí en la calle adyacente, me mezclé con las sombras de un callejón y no paré hasta que el sonido de las sirenas de policía llenó la noche, cubriendo mi retirada.

El Juez no me seguiría con la policía en camino.

Él tenía sus propias reglas.

Llegué a casa temblando, no de miedo, sino de una descarga de adrenalina tóxica.

Ryoko ya no estaba en la cocina.

Me lavé la sangre y la grasa en silencio, mirándome en el espejo.

Mis ojos de catorce años devolvían una mirada de tiburón.

Necesitaba más potencia de fuego.

Mis explosivos caseros y mi pistola de 9mm eran juguetes contra la armadura del Juez.

Al día siguiente, la escuela fue un borrón de voces monótonas y tiza.

Takeshi intentó hablarme sobre la “explosión misteriosa” en Minato, pero lo corté con una mirada que lo hizo tragar saliva y retroceder.

No tenía tiempo para juegos.

La noche cayó sobre Tokio como un sudario.

Tenía un objetivo marcado gracias a la base de datos que había copiado brevemente antes de destruir la tarjeta de Neko.

Los Dragones de Neón no solo traficaban drogas; tenían un piso franco en Kabukicho donde guardaban el “seguro” para sus guerras territoriales.

Me vestí.

Esta vez no había sutileza.

Iba a comprar, y la moneda era la violencia.

El apartamento estaba en un tercer piso, sobre un club de alterne barato.

Forcé la cerradura trasera con una ganzúa improvisada.

El Sistema marcó a tres hostiles dentro.

Estaban jugando a las cartas, con subfusiles sobre la mesa.

Confiados.

Estúpidos.

Entré como una exhalación.

Dos disparos silenciados al pecho del primero antes de que pudiera soltar sus cartas.

El segundo intentó alcanzar su Uzi; mi cuchillo se alojó en su garganta, cortando el grito.

El tercero, un tipo gordo con tatuajes hasta el cuello, levantó las manos.

—Por favor, espera…

—empezó.

Un disparo limpio entre los ojos terminó la súplica.

No dejaba testigos.

No hoy.

Fui a la habitación trasera.

Allí estaba: el paraíso.

Fusiles de asalto AK-47 modificados, escopetas tácticas, granadas de fragmentación y cajas de munición perforante.

Llené dos bolsas de deporte con todo lo que pude cargar sin comprometer mi movilidad.

Esto equilibraría la balanza.

Una ventana azul parpadeó ante mis ojos mientras salía por la escalera de incendios, cargado con la muerte.

**[MISIÓN COMPLETADA: Reabastecimiento Táctico]** **Recompensa:** 300 XP **Nueva Habilidad Desbloqueada:** [Combate CQC en Interiores (Básico) – Nv.

1] *Descripción: El arte de luchar en espacios confinados.

Mejora la eficiencia de movimientos y el uso del entorno en pasillos y habitaciones pequeñas.* Media hora después, estaba en la azotea de un edificio abandonado en Shinjuku, lejos de las luces de neón y del ruido.

Escondí el arsenal en un conducto de ventilación sellado que usaba como uno de mis alijos seguros.

Me senté en el borde del techo, con las piernas colgando sobre el abismo de la ciudad.

El viento nocturno me revolvía el pelo.

Con manos que por fin dejaban de temblar, saqué un paquete de cigarrillos arrugado que había “tomado prestado” del cadáver del gordo en el piso franco.

Encendí uno.

El humo acre llenó mis pulmones, un sabor familiar de mi vida pasada que mi cuerpo adolescente rechazó con una tos seca al principio, pero que mi mente adulta ansiaba.

Miré el humo ascender hacia las estrellas, disipándose como la vida de Neko.

—El Juez sabe quién soy, o al menos, sabe qué soy —murmuré para mí mismo, exhalando una nube gris—.

La próxima vez no habrá trampas ni juegos.

Será él o yo.

El Sistema zumbó suavemente en mi mente, pero lo ignoré.

Por ahora, solo quería terminar mi cigarrillo.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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