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Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 14

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  4. Capítulo 14 - 14 Capítulo 14 Sueños de Plomo y Placebo
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14: Capítulo 14: Sueños de Plomo y Placebo 14: Capítulo 14: Sueños de Plomo y Placebo La chica del columpio seguía sonriendo, con ese dedo índice sellando unos labios que parecían saber demasiado.

Mi ritmo cardíaco subió, pero mi rostro permaneció inmutable, una máscara de porcelana adolescente.

El marcador dorado sobre su cabeza pulsaba como una advertencia de tráfico, un “Ceda el Paso” cósmico que mi instinto gritaba que obedeciera.

Calculé las variables en milisegundos.

Arata era una amenaza confirmada, letal y con fecha de caducidad inminente si interceptaba su medicina.

Ella era una incógnita.

Abrir un segundo frente de batalla ahora mismo, con mis recursos limitados y mi madre husmeando en mi ropa sucia, era un suicidio táctico.

Bajé la mirada, me ajusté la mochila al hombro y seguí caminando.

La ignoré.

No le devolví el saludo, ni el gesto de complicidad.

Simplemente pasé de largo, mezclándome con el flujo de peatones asalariados, dejando que la marea humana me tragara.

Sin embargo, sentí su mirada clavada en mi nuca hasta que doblé la esquina dos manzanas más allá.

—Sistema, marca ubicación del usuario desconocido.

**[ERROR: Usuario fuera de rango o con ocultación activa superior a Nivel 4]** Chasqueé la lengua.

Genial.

Otro fantasma en la máquina.

Pero los fantasmas tendrían que esperar; tenía un demonio al que exorcizar mañana.

Llegué a casa con el cerebro funcionando en tres niveles distintos.

En la superficie, saludé a Ryoko, que estaba desplomada en el sofá con el uniforme desabrochado y una copa de vino tinto en la mano.

En el segundo nivel, repasaba el inventario de mi habitación para fabricar un señuelo.

En el tercero, la chica del columpio seguía riéndose en la oscuridad de mi mente.

—Llegas tarde, Kenji —murmuró Ryoko sin abrir los ojos.

—Estaba estudiando en la biblioteca.

Exámenes parciales —mentí con la fluidez del agua—.

Te he traído *onigiris* del *konbini*.

Ella sonrió débilmente.

—Eres un buen chico.

No sé qué haría sin ti.

La ironía me supo a ceniza.

Si supieras, mamá.

Si supieras que el monstruo que buscas te está calentando la cena.

Me encerré en mi cuarto.

Saqué mi kit de química improvisado.

Tenía que replicar las pastillas de *Neuro-Calm X*.

Eran cápsulas blancas con una banda azul.

Vacié un bote de suplementos de calcio de la abuela de Takeshi —que “tomé prestado” la semana pasada— y empecé a tallar y pintar con colorante alimentario.

No necesitaban ser perfectas, solo debían pasar una inspección visual superficial de un hombre desesperado y medio loco.

El contenido real: tiza y cafeína concentrada.

Lo suficiente para mantenerlo despierto, pero sin el efecto antipsicótico.

Iba a empujarlo al abismo de la abstinencia.

Esa noche, el sueño no trajo descanso.

Trajo a Madrid.

*Estaba lloviendo.

Siempre llueve en mis recuerdos finales.

El asfalto de la calle Montera brillaba bajo las luces de neón de los clubes de alterne.

Yo tenía treinta años, no catorce.

Tenía barba de tres días, una cicatriz en la ceja y un maletín con medio millón de euros que no eran míos.* *—Todo limpio, Javi —dijo la voz a mi espalda.

Una voz que conocía desde el orfanato.* *Me giré para sonreírle a Marcos.

Él me devolvió la sonrisa, pero sus ojos estaban vacíos.

En su mano no había un cigarrillo, sino una 9mm con silenciador.* *—Lo siento, tío.

Negocios son negocios.* *Ni siquiera tuve tiempo de sentir la traición.

Solo vi el fogonazo.

Un destello blanco, un sonido sordo como un corcho al salir de una botella, y luego el frío.

No hubo dolor, solo una desconexión brutal.

Mi cuerpo golpeando el suelo mojado, el olor a pólvora y orina, y la vista de mis propias botas manchándose de sangre mientras la consciencia se apagaba como un televisor viejo.* Desperté con un grito ahogado en la garganta, empapado en sudor frío.

Mis manos temblaban.

Me miré las palmas.

Eran pequeñas, suaves, sin callos de pistola.

Manos de niño.

—Joder —susurré en español, frotándome la cara.

El reloj marcaba las 6:00 AM.

La sensación de la bala en el cráneo era tan real que me toqué la cabeza instintivamente.

Ese recuerdo era mi combustible.

En esta vida, yo sería el que apretara el gatillo.

Nadie volvería a estar a mi espalda.

Me duché con agua helada para quitarme el fantasma de Marcos de encima.

Me vestí, cogí el bote de pastillas falsas y salí antes de que Ryoko despertara.

Hice acto de presencia en la escuela solo para el pase de lista.

A las 10:30, fingí un dolor de estómago agudo.

La enfermera escolar, una mujer amable y crédula, me firmó el permiso de salida.

—Descansa, Sato-kun.

Te ves pálido.

—Gracias, sensei.

Una hora después, estaba en Shinjuku.

El lugar de entrega era una oficina de correos privada en un callejón trasero, un negocio que hacía pocas preguntas y cobraba muchas tarifas.

Me puse una gorra de béisbol, una mascarilla negra y activé mi habilidad de [Sigilo].

El mensajero de la Clínica Aojiro llegó a las 13:45.

Puntual.

Dejó un paquete pequeño en el casillero 404 y se marchó.

Esperé dos minutos.

El callejón estaba despejado.

Me acerqué al casillero.

Era una cerradura mecánica simple, de las antiguas.

—Sistema, asistencia de forzado.

**[HABILIDAD ACTIVA: Ingeniería Improvisada (Nv.

2)]** Introduje dos ganzúas finas que llevaba escondidas en mi estuche de lápices.

Sentí los pernos ceder bajo la presión calculada de mis dedos.

*Click*.

La puerta se abrió.

Saqué el paquete real, rasgué el precinto con cuidado quirúrgico, cambié el frasco de medicación real por el mío, y volví a sellarlo con pegamento industrial de secado rápido.

Devolví el paquete al casillero y cerré la puerta.

Me retiré a la azotea de un edificio de karaoke al otro lado de la calle.

Saqué mis binoculares y esperé.

A las 14:20, apareció él.

Sojiro Arata no parecía el monstruo que Takeshi había dibujado.

Parecía un abuelo cansado, con una gabardina beige dos tallas más grande y una postura encorvada.

Caminaba arrastrando los pies, mirando a todos lados con un tic nervioso en el ojo izquierdo.

La paranoia irradiaba de él como un mal olor.

Abrió el casillero con manos temblorosas.

Agarró el paquete como si fuera un salvavidas en medio del océano.

Lo abrió allí mismo, sacó el frasco y comprobó la etiqueta.

Sus hombros se relajaron visiblemente.

Se metió una cápsula en la boca en seco, tragando con ansiedad.

Sonreí desde mi percha.

Acababa de tragar tiza.

En veinticuatro horas, los niveles de antipsicóticos en su sangre caerían por debajo del umbral crítico.

El “Juez” dejaría de ser un ejecutor frío y calculador para convertirse en una tormenta de caos.

Sus alucinaciones volverían.

Su precisión disminuiría.

Cometería errores.

Y cuando lo hiciera, yo estaría allí para cobrar la deuda.

Arata se marchó, abrazando su frasco de mentiras.

Yo guardé el frasco real de *Neuro-Calm X* en mi mochila.

Podría serme útil; en el mercado negro valía una fortuna, o quizás podría analizarlo para entender mejor qué clase de demonios habitaban en su cabeza.

Mi teléfono vibró.

Era una notificación del Sistema.

**[MISIÓN ACTUALIZADA: Juicio Final]** **[Objetivo: Sobrevivir al desenlace de la psicosis de Arata]** **[Tiempo estimado para colapso mental: 18 horas]** Bajé del edificio, mezclándome de nuevo con la multitud de Shinjuku.

Me sentía poderoso, intocable.

Había ganado la primera ronda sin disparar una sola bala.

Pero entonces, al pasar frente a un escaparate de televisores, vi mi reflejo.

Por una fracción de segundo, no vi a Kenji Sato, el estudiante modelo.

Vi a Javier, el hombre muerto de Madrid, guiñándome un ojo con un agujero de bala en la frente.

El miedo frío me recorrió la espina dorsal.

No por Arata, ni por la chica misteriosa.

Sino por la certeza de que, en este juego, el Sistema siempre gana, y yo solo era otro peón creyéndose rey.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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