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Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 15

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15: Capítulo 15: Una Sombra con Falda Plisada 15: Capítulo 15: Una Sombra con Falda Plisada El viaje en tren de regreso a Koto fue un ejercicio de autocontrol.

A mi alrededor, los asalariados dormitaban con la boca abierta y los estudiantes revisaban sus redes sociales, ajenos a la bomba de relojería biológica que yo acababa de armar en Shinjuku.

Mi mochila pesaba lo mismo que antes, pero el frasco de *Neuro-Calm X* auténtico que llevaba dentro parecía irradiar calor contra mi espalda.

Era mi trofeo y mi póliza de seguro.

El Sistema flotaba en mi visión periférica, un recordatorio constante de que mi realidad estaba gamificada.

El contador regresivo para el colapso mental de Sojiro Arata marcaba 17 horas y 42 minutos.

Mañana, el “Juez” dejaría de ser un vigilante metódico para convertirse en un animal acorralado y alucinógeno.

Y yo sería el cazador que pondría fin a su miseria.

Bajé en la estación de Toyocho.

El sol de la tarde bañaba las calles de un naranja nostálgico que me revolvía el estómago; me recordaba demasiado a las tardes de verano en Madrid, antes de que mi vida se fuera por el desagüe.

Sacudí la cabeza para espantar los fantasmas y tomé un atajo por el parque Kiba, evitando las cámaras de tráfico de la avenida principal.

Fue entonces cuando el aire cambió.

No hubo un sonido, ni un movimiento brusco.

Fue una presión estática en la nuca, como cuando te acercas demasiado a una pantalla de televisión antigua.

Mi instinto, afilado por una vida anterior de delincuencia y una actual de asesinatos, gritó una sola palabra: *corre*.

Pero no corrí.

Me detuve en seco junto a una máquina expendedora solitaria que zumbaba bajo un cerezo pelado.

—Sistema, escaneo de área —ordené mentalmente.

**[ADVERTENCIA: Interferencia detectada.

El radar de proximidad no es fiable.]** Genial.

Una contramedida.

—No hace falta que gastes maná, novato —dijo una voz femenina, divertida y ligera, a mis espaldas.

Me giré despacio, con la mano derecha deslizándose hacia el bolsillo donde guardaba mi navaja táctica.

Pero el movimiento se congeló a mitad de camino.

Allí estaba.

La chica del columpio.

Llevaba el uniforme de una escuela privada de élite —chaqueta azul marino, falda de cuadros grises, mocasines impecables— y chupaba una piruleta con una despreocupación insultante.

El marcador dorado sobre su cabeza, que antes había visto de lejos, ahora brillaba con una intensidad que casi me obligaba a entrecerrar los ojos.

Lo más aterrador no era su presencia, sino que el Sistema no me mostraba su nivel.

Donde debería haber un número, solo había signos de interrogación parpadeantes: **[???]**.

—Tienes agallas, Kenji Sato —dijo, sacando la piruleta de su boca.

Tenía los labios teñidos de rojo artificial—.

O debería decir…

¿Javier?

El nombre golpeó mi pecho como un perdigonazo.

Mi ritmo cardíaco se disparó, pero forcé a mis músculos faciales a mantenerse inertes.

Si ella sabía eso, el juego había cambiado radicalmente.

Ya no era un secreto entre una IA y yo.

—No sé de qué hablas —respondí, adoptando mi tono de estudiante confuso—.

¿Nos conocemos?

Ella soltó una risita cristalina y dio un paso hacia mí.

Fue un movimiento borroso.

En un parpadeo, estaba a cinco metros; al siguiente, estaba invadiendo mi espacio personal, a menos de un brazo de distancia.

Olía a fresas y ozono.

—Ahorra la actuación para tu mamá, la detective —susurró, inclinándose hacia mi oído—.

He visto lo que hiciste en el almacén.

Y lo de las pastillas hoy…

*brillante*.

Cruel, sucio y absolutamente brillante.

Arata se va a freír el cerebro.

Retrocedí un paso, evaluando distancias.

Si atacaba ahora, ¿tendría oportunidad?

Mi *CQC* era básico.

Ella se movía como si la gravedad fuera una sugerencia opcional.

—¿Qué quieres?

—pregunté, abandonando la fachada.

Mi voz se volvió fría, la voz del hombre de treinta años que había muerto en un callejón.

—Curiosidad.

—Se encogió de hombros, volviendo a su posición relajada—.

No es común ver a un “Despertado” tan joven actuando con tanta…

malicia.

La mayoría de los novatos intentan ser superhéroes.

Tú vas directo a la yugular.

—¿”Despertado”?

—repetí.

—Usuarios del Sistema, tonto.

—Hizo un gesto vago con la mano—.

No eres el único con una interfaz en la retina.

Aunque sí eres el único en este distrito con un nivel tan bajo haciendo tanto ruido.

Su mirada se endureció por una fracción de segundo, y el aire alrededor se sintió más pesado, cargado de una intención asesina que me puso la piel de gallina.

—Escucha bien, *Carnicero*.

Estás a punto de matar a un “Jefe de Zona”.

Arata no es un usuario, pero es una pieza importante en el tablero de este sector.

Cuando caiga, el vacío de poder va a atraer a cosas peores que la policía.

Y peor aún…

va a atraer a los Auditores.

—¿Auditores?

—La palabra me sonaba a burocracia, pero en su boca sonaba a sentencia de muerte.

—Digamos que son los que se aseguran de que no rompamos el juego demasiado rápido.

—Ella mordió su piruleta, triturándola con un crujido sonoro—.

Tienes talento, Javier.

Pero juegas sucio.

Me gusta eso.

Por eso te voy a dar un consejo gratis: No te fíes de las recompensas del Sistema.

Nada es gratis.

Todo lo que te da, te lo cobra en humanidad.

Me quedé mirándola, procesando la información.

Había una jerarquía.

Había reglas que desconocía.

Y había otros jugadores observando mi partida.

—¿Por qué me dices esto?

—pregunté.

Ella sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos oscuros.

—Porque estoy aburrida.

Y porque quiero ver si sobrevives a lo que viene después de Arata.

Si lo haces…

búscame en Shibuya.

Pregunta por “Kitsune”.

Antes de que pudiera responder, su silueta parpadeó.

No fue invisibilidad tecnológica, fue velocidad pura.

Una racha de viento levantó las hojas secas del suelo y, cuando volvieron a caer, ella ya no estaba.

Solo quedaba el envoltorio de la piruleta girando en el asfalto y una notificación en mi retina.

**[NUEVO CONTACTO REGISTRADO: Kitsune (Rango: Desconocido)]** **[LOGRO DESBLOQUEADO: El Primer Encuentro – 50 XP]** Me quedé allí de pie, con el corazón martilleando contra las costillas.

La victoria sobre Arata, que hace unos minutos me parecía absoluta, ahora se sentía insignificante.

Era un pez pequeño en un estanque lleno de tiburones invisibles.

Miré mi mano.

Temblaba ligeramente.

No de miedo, sino de una extraña mezcla de pánico y excitación.

No estaba solo.

Y eso significaba que tenía competencia.

Retomé el camino a casa, con los sentidos al límite.

Cada sombra parecía esconder una falda de colegiala o una máscara de hueso.

Al llegar a la puerta de mi apartamento, escuché la voz de Ryoko al teléfono.

Sonaba tensa.

—…Sí, comisario.

Lo entiendo.

Pero Arata ha sido visto en Shinjuku.

Si el *Carnicero* va tras él, será una guerra.

Necesito autorización para movilizar al equipo táctico esta noche.

Me detuve con la llave en la cerradura.

Ryoko iba a estar allí.

Iba a estar en medio del fuego cruzado cuando la mente de Arata se rompiera.

El tablero se complicaba por segundos.

Tenía que eliminar a Arata antes de que mi madre llegara a él, o antes de que él la matara en su delirio.

Entré en casa con una sonrisa inocente en el rostro, mientras mi mente calculaba trayectorias de bala y rutas de escape.

La partida acababa de empezar de verdad.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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