Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 Capítulo 19 El Vacío en el Hormiguero
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19: Capítulo 19: El Vacío en el Hormiguero 19: Capítulo 19: El Vacío en el Hormiguero La pantalla de mi móvil seguía mostrando aquel mensaje, brillando con una luz fría que parecía quemarme la retina: *”El equilibrio ha sido alterado.
El vacío debe llenarse”*.
Lo había leído unas cincuenta veces desde la noche anterior, buscando algún código oculto, alguna pista en la sintaxis, pero la simplicidad de la amenaza era lo que la hacía verdaderamente aterradora.
Auditor_01.
El nombre sonaba a burocracia, a papeleo final, a ejecución sumaria.
En el aula 3-B, la voz del profesor de historia zumbaba como una mosca atrapada contra el cristal.
A mi lado, Takeshi Yamada vibraba con esa energía nerviosa que le caracterizaba cada vez que los foros de conspiración ardían.
—Kenji, tío, ¿has visto las noticias?
—susurró, inclinándose hacia mí y tapando su boca con el libro de texto—.
Dicen que fue un ajuste de cuentas de la Yakuza en Setagaya, pero *Neko_Eye88*…
bueno, su cuenta fantasma, posteó anoche que se oyeron ruidos “no humanos”.
Y luego está lo del apagón en el sistema de seguridad.
—Sus ojos brillaban tras las gafas—.
El Carnicero ha matado a un pez gordo.
Lo llaman “El Juez”.
Dicen que tenía un arsenal en casa.
Asentí lentamente, ajustándome las gafas sin graduación.
Takeshi no tenía ni idea de que el “ruido no humano” había sido un simple hackeo de su aburrido amigo de pupitre.
—Da miedo, Takeshi.
Deberías tener cuidado con lo que lees —dije con mi mejor tono de preocupación fingida.
Por dentro, mi mente estaba a kilómetros de allí, en Shibuya.
Kitsune.
La chica del columpio.
Ella sabía lo que era esto.
Ella me había advertido sobre los “Jefes de Zona” y el equilibrio.
Si Arata era una pieza estructural de este macabro juego de rol superpuesto a la realidad, yo acababa de demoler un muro de carga sin permiso de obra.
Y ahora, los inspectores habían venido a revisar los escombros.
En cuanto sonó la campana final, me despedí de Takeshi con una excusa sobre ayudar a mi madre con la compra y me dirigí a la estación.
El tren hacia Shibuya estaba abarrotado.
Me dejé mecer por el traqueteo metálico, rodeado de oficinistas cansados y estudiantes ruidosos.
Para ellos, el mundo era simple: trabajar, estudiar, consumir.
Para mí, cada persona con un teléfono era un posible nodo de vigilancia; cada sombra, un escondite.
Llegué al cruce de Shibuya justo cuando el atardecer teñía el cielo de un violeta amoratado.
Las pantallas gigantes bombardeaban a la multitud con anuncios de bebidas energéticas y grupos de J-Pop.
Miles de personas cruzaban la intersección cada vez que el semáforo se ponía en verde, una marea humana de caos organizado.
El lugar perfecto para esconderse a plena vista.
Saqué del bolsillo el envoltorio de la piruleta que Kitsune me había dejado en nuestro primer encuentro.
Era de una marca barata, sabor fresa sintética.
No había dirección, pero mi *Sistema* reaccionó levemente al objeto, como si retuviera una firma residual de energía.
No era un GPS, era un rastro de migas de pan digital.
Elevé la vista.
Mi visión mejorada escaneó las azoteas.
Nada.
Demasiado obvio.
Kitsune no era un gárgola; era una jugadora.
¿Dónde estaría alguien que busca entretenimiento en el lugar más concurrido de Tokio?
Mis ojos se posaron en la enorme pantalla de *Q-Front*.
Justo encima de la estructura de vídeo, en una pequeña plataforma de mantenimiento que debería estar vacía, vi un par de piernas colgando, balanceándose al ritmo de una música que solo ellas oían.
Llevaba una falda de cuadros rojos y calcetines negros altos.
—Te tengo —murmuré.
Acceder al edificio fue trivial.
Una puerta de servicio mal cerrada en el callejón trasero, tres tramos de escaleras de incendios y un salto vertical asistido por mi **[Agilidad: 18]** para superar la valla de seguridad de la azotea.
El viento allí arriba era fuerte, cargado de olor a ozono y fritanga urbana.
Ella estaba sentada en el borde, de espaldas a mí, mirando hacia el hormiguero humano de abajo.
Su pelo castaño ondeaba violentamente, pero ella parecía inamovible, como un clavo anclado en la realidad.
—Llegas tarde, Carnicero-kun —dijo sin girarse.
Su voz sonó clara, cortando el ruido del viento como si estuviera a mi lado—.
Pensé que vendrías anoche, justo después de matar al viejo Arata.
Tienes sangre fría, eh.
Irte a dormir después de eso.
Me acerqué despacio, con las manos visibles pero los músculos tensos, listo para invocar mi Glock del inventario en un parpadeo.
—Recibí un mensaje —dije, yendo al grano.
No estaba aquí para jugar—.
“Auditor_01”.
¿Qué son?
Kitsune se giró.
Llevaba una máscara de zorro tradicional ladeada sobre la cabeza, dejando ver su rostro juvenil y una sonrisa divertida que no llegaba a sus ojos ámbar.
Dio una palmadita al cemento a su lado.
—Siéntate, Javier.
O Kenji.
Como prefieras hoy.
Ignoré la invitación.
—Explícame.
Arata está muerto.
Cumplí la misión.
¿Por qué el Sistema me amenaza ahora?
Kitsune suspiró exageradamente, sacando otra piruleta del bolsillo de su blazer y desenvolviéndola con parsimonia.
—Imagina que esto es un videojuego, ¿vale?
—dijo, señalando la ciudad con el dulce—.
Hay reglas.
Arata no era un simple NPC (Personaje No Jugador).
Era un Administrador Regional, un “Jefe de Zona”.
Su trabajo era mantener a la escoria bajo control en su territorio.
Al matarlo, has dejado un vacío de poder.
Se metió la piruleta en la boca y me miró fijamente.
—El Sistema odia el vacío.
Y odia el desequilibrio.
Los Auditores no son jugadores como tú o como yo.
Son…
el sistema inmunológico.
Vienen a ver si el virus —te señaló con el dulce— es benigno y puede integrarse, o si necesita ser borrado para restaurar la versión anterior.
Sentí un frío en el estómago que no tenía nada que ver con el viento de octubre.
—¿Me estás diciendo que van a venir a matarme por jugar el juego que ellos mismos me dieron?
—Te van a *auditar* —corrigió ella, balanceando las piernas sobre el abismo—.
Van a ponerte a prueba.
Arata mantenía a raya a cosas peores que él mismo.
Ahora que no está, esas cosas van a querer su territorio.
Y los Auditores observarán cómo lo manejas.
Si fallas, si mueres, o si simplemente no eres lo bastante…
entretenido, te eliminarán.
Y créeme, un Auditor es nivel 50 para arriba.
No puedes matarlos con tus trucos de petardos caseros.
Me acerqué un paso más, la ira bullendo bajo mi fachada de calma.
—¿Por qué me ayudas?
¿Qué ganas tú con esto?
Kitsune se puso de pie de un salto, desafiando la gravedad al borde del precipicio.
Su nivel seguía apareciendo como **[???]** sobre su cabeza.
—¿Ayudarte?
—Rio, un sonido cristalino y cruel—.
No te confundas.
Me aburro mucho, Kenji.
Y tú eres el primer “Despertado” en años que tiene el instinto de un asesino de verdad y no de un niño asustado con superpoderes.
Quiero ver cuánto duras.
Su expresión se tornó seria por una fracción de segundo.
—El Auditor ya ha asignado el caso.
No vendrán a por ti directamente, no todavía.
Primero enviarán a los aspirantes.
A los carroñeros.
Si sobrevives a la primera oleada, tal vez el Auditor decida presentarse en persona para firmar tu sentencia.
Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal con una velocidad que apenas pude registrar.
Su dedo índice tocó mi pecho, justo donde escondía mi tatuaje.
—Mi consejo: no confíes en el Sistema.
Te da armas, te da misiones, pero no es tu amigo.
Es tu dueño.
Y ahora mismo, te está mirando con lupa.
El móvil en mi bolsillo vibró de nuevo.
No necesitaba mirarlo para saber que era una actualización de misión.
—Bienvenido al Acto 2, Carnicero —susurró Kitsune, guiñándome un ojo—.
Procura no manchar demasiado el pavimento.
Sería difícil de explicar a tu madre.
Antes de que pudiera responder o agarrarla para exigir más respuestas, ella se dejó caer de espaldas hacia el vacío de Shibuya.
Corrí al borde y miré hacia abajo.
No había cuerpo destrozado, solo la multitud fluyendo como agua y un destello de una falda roja desapareciendo entre las luces de neón.
Saqué el móvil.
Efectivamente, el Sistema había actualizado mi estado.
**[Evento Mundial Iniciado: La Auditoría]** **[Objetivo: Sobrevivir a las 3 Oleadas de Purga]** **[Oleada 1: Inminente (24:00h)]** Miré la hora.
Eran las 19:45.
Tenía poco más de cuatro horas antes de que Tokio se convirtiera en un campo de caza abierto con mi nombre escrito en todas las paredes.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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