Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 20
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- Capítulo 20 - 20 Capítulo 20 Zona de Guerra Unipersonal
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20: Capítulo 20: Zona de Guerra Unipersonal 20: Capítulo 20: Zona de Guerra Unipersonal El contador en mi retina marcaba tres horas y cincuenta y ocho minutos.
Los números rojos parpadeaban con una insistencia molesta, superpuestos a la vibrante y caótica noche de Shibuya.
Abajo, la gente reía, bebía y se tomaba fotos, ajenos a que el tejido de su realidad acababa de ser rasgado por la muerte de un solo hombre.
Para ellos, era viernes por la noche.
Para mí, era la víspera de una invasión.
Kitsune tenía razón en una cosa: el vacío de poder es un imán.
Si los Auditores enviaban una “ola de purga”, no buscarían sutileza.
Buscarían destrucción.
Y si yo estaba en casa, en mi habitación de Koto, cenando sopa de miso con Ryoko, esa destrucción llamaría a nuestra puerta.
Imaginé por un segundo a mi madre, con su pistola reglamentaria y su chaleco antibalas de la policía, intentando enfrentarse a lo que sea que el Sistema estuviera a punto de soltar.
Ella era buena, una detective tenaz, pero esto no era crimen organizado.
Esto era darwinismo sobrenatural.
Tenía que moverme.
Lejos.
A un lugar donde el daño colateral fuera cero.
Saqué el móvil y marqué el número de casa.
Ryoko contestó al segundo tono, su voz tensa y cargada de estática de fondo.
—¿Kenji?
¿Estás bien?
Se me ha hecho tardísimo.
—Estoy bien, mamá.
—Mi voz salió suave, perfectamente modulada para transmitir la inocencia de un adolescente ejemplar—.
Estoy con Takeshi.
Teníamos que terminar el proyecto de historia y se nos ha pasado la hora.
¿Te importa si me quedo a dormir en su casa?
Su abuela ya ha preparado el futón.
Hubo una pausa al otro lado.
Oí sirenas de fondo y voces gritando órdenes.
Probablemente seguía en el perímetro de la casa de Arata o coordinando la búsqueda del “Carnicero”.
La ironía era deliciosa y amarga a la vez.
—Está bien, Kenji.
—Suspiró, y noté cómo la culpa aliviaba su tono—.
Me quedo más tranquila sabiendo que no estás solo en casa.
Hay…
ha habido incidentes en la ciudad.
No salgáis a la calle, ¿entendido?
—Lo prometo.
Buenas noches, mamá.
Cuídate.
Colgué.
La mentira había sido fluida, un recurso más en mi inventario.
Ahora, mi madre estaba a salvo en su ignorancia y yo tenía libertad operativa.
Me ajusté la mochila escolar al hombro y me dirigí a la estación, pero no para ir a casa de Takeshi.
Mi destino era Shinjuku, específicamente la azotea del edificio abandonado donde había escondido mi alijo tras la masacre de los Dragones de Neón.
Si iba a enfrentarme a una oleada de purga, el sigilo y un cuchillo no serían suficientes.
Necesitaba potencia de fuego bruta.
El trayecto en tren fue un borrón de luces y rostros cansados.
Mi mente trabajaba a mil revoluciones, trazando mapas mentales de Tokio.
Necesitaba un terreno defendible, aislado, con visibilidad y rutas de escape.
Los parques eran demasiado abiertos.
Los edificios residenciales, demasiado arriesgados.
Entonces lo visualicé: la Terminal de Contenedores Sur, en la zona portuaria de Odaiba.
Un cementerio de acero oxidado y grúas inactivas por la noche.
Nadie oiría los disparos.
Llegué a mi escondite en Shinjuku cuarenta minutos después.
El aire olía a orina y moho.
Levanté las tablas sueltas del suelo de la sala de máquinas del ascensor y allí estaban: las bolsas de deporte negras, cubiertas de polvo pero intactas.
Abrí la cremallera.
El brillo del aceite de armas me saludó.
Cargué los cargadores del AK-47 con movimientos mecánicos, verifiqué la Glock 19 silenciada y conté las granadas caseras.
Me puse el chaleco de kevlar bajo la chaqueta del uniforme escolar, que ahora me apretaba incómodamente, y guardé el pasamontañas balístico en el bolsillo.
—Sistema —susurré—, muestra estado.
**[Kenji Sato – Nivel 5]** **[Tiempo para la Oleada 1: 02:15:00]** **[Ubicación del Objetivo: En movimiento]** Bien.
El Sistema sabía que me movía.
Esperaba que mis cazadores también.
Robé una bicicleta de montaña mal candada cerca de la estación y pedaleé hacia el sur.
El esfuerzo físico me ayudó a quemar la adrenalina sobrante.
Cruzar el Puente Rainbow de noche, con el viento golpeándome la cara y las luces de la ciudad reflejándose en la bahía, habría sido poético si no fuera porque me dirigía a mi propia ejecución potencial.
La Terminal Sur era un laberinto de sombras rectangulares.
Contenedores apilados como piezas de Lego de gigantes formaban pasillos estrechos y callejones ciegos.
El silencio era absoluto, roto solo por el lejano graznido de una gaviota y el chapoteo del agua negra contra el muelle.
—Aquí será —dije para mis adentros.
Tenía una hora y media.
Manos a la obra.
Usé mi habilidad de **[Ingeniería Improvisada Nv.
2]** para convertir el entorno en una trampa mortal.
Conecté cables trampa hechos de sedal de pesca a las anillas de las granadas flashbang, colocándolas en las intersecciones clave entre los contenedores.
Vacié dos botes de spray inflamable en un charco de aceite cerca de la entrada principal del pasillo que elegí como “embudo”, y dejé una bengala lista para ser encendida.
Subí a lo alto de una pila de tres contenedores, obteniendo una posición de francotirador perfecta que dominaba el acceso único a mi posición.
Me senté en el metal frío, con el AK-47 descansando sobre mis rodillas y la ciudad brillando al otro lado del agua.
Saqué una botella de agua y bebí un trago largo.
Mi corazón latía lento, pesado.
No era miedo.
Era la fría anticipación del jugador que espera a que cargue la partida.
**[Tiempo para la Oleada 1: 00:00:10]** El aire cambió.
La temperatura bajó unos grados de golpe, y una niebla antinatural comenzó a rodar desde el mar, lamiendo la base de los contenedores.
No era meteorología; era escenografía.
**[00:00:00]** **[INICIO DE LA AUDITORÍA – OLEADA 1: CARROÑEROS]** El mensaje rojo ocupó todo mi campo de visión y luego se desvaneció.
Activé mi **[Visión Nocturna]**.
El mundo se tiñó de verde y gris.
Al principio, no vi nada.
Luego, los percibí.
Firmas de calor débiles, erráticas, moviéndose rápido por el perímetro del muelle.
No eran policías.
No eran yakuzas.
Se movían a cuatro patas, saltando entre los contenedores con una agilidad espeluznante.
El Sistema los etiquetó: **[Aspirante Fallido – Nv.
3]** **[Estado: Hambriento]** Eran tres.
No, cuatro.
Figuras humanoides, vestidas con harapos que parecían restos de ropa táctica, pero con extremidades ligeramente alargadas y movimientos espasmódicos.
¿Eran otros jugadores que perdieron su humanidad?
¿O simples construcciones del Sistema para limpiar la basura?
Uno de ellos se detuvo olfateando el aire.
Giró la cabeza hacia mi posición.
A través de la mira, vi que llevaba una máscara de teatro noh rota, revelando una mandíbula desencajada.
—Venid a por mí —murmuré, quitando el seguro del rifle.
El primero soltó un chillido agudo, inhumano, y cargó hacia el pasillo donde había puesto el cebo.
Sus compañeros lo siguieron en una marea de extremidades y gruñidos.
Corrieron directamente hacia el cable trampa.
El estallido de la flashbang fue cegador incluso a través de mis lentes filtradas.
Los gritos de las criaturas se tornaron en aullidos de confusión.
Me levanté, apoyé la culata en mi hombro y exhalé todo el aire de mis pulmones.
El retroceso del AK-47 golpeó mi hombro con un ritmo familiar y reconfortante mientras las balas trazadoras rasgaban la niebla, buscando carne corrupta.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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