Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 21
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- Capítulo 21 - 21 Capítulo 21 Ascenso Vertical y Fuego Purificador
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21: Capítulo 21: Ascenso Vertical y Fuego Purificador 21: Capítulo 21: Ascenso Vertical y Fuego Purificador El retroceso del AK-47 golpeaba mi hombro con una cadencia brutal, un ritmo sincopado de acero y muerte que ahogaba el sonido de las olas en la bahía.
Abajo, en el pasillo de contenedores convertido en zona de exterminio, la niebla se iluminaba con cada fogonazo, revelando instantáneas de una pesadilla.
Los Carroñeros no caían como humanos.
No había gritos de dolor, solo chillidos de furia mecánica y el sonido húmedo de las balas impactando en carne que ya no sentía nada.
Tres de ellos cayeron en la primera ráfaga, sus cuerpos destrozados por el calibre 7.62, pero la victoria fue efímera.
La distracción de la granada aturdidora se disipó y los supervivientes reaccionaron no con miedo, sino con un frenesí depredador.
Eran rápidos, demasiado rápidos.
Vi a uno esquivar una ráfaga con un movimiento lateral antinatural, sus extremidades alargadas y deformes funcionando como resortes biológicos.
—Mierda —mascullé, ajustando el selector de tiro a semiautomático para conservar munición.
El Sistema parpadeó en mi visión periférica, marcando a los enemigos restantes con bordes rojos que se intensificaban.
Eran cuatro todavía.
Y habían dejado de correr hacia el callejón sin salida.
Ahora miraban hacia arriba.
Hacia mí.
El sonido de sus garras —o lo que fuera que tenían en lugar de uñas— rascando el metal corrugado de los contenedores me heló la sangre.
Comenzaron a escalar.
No lo hacían con la torpeza de una persona intentando subir una pared, sino con la fluidez de insectos gigantes, clavando sus apéndices en el óxido y la pintura, desafiando la gravedad con una velocidad espantosa.
—Mantener la altura —me recordé a mí mismo, forzando a mi mente táctica a suprimir el pánico instintivo de mi cerebro reptiliano—.
La altura es vida.
Me asomé por el borde de mi fortaleza de acero.
Uno de los Carroñeros, una cosa que vestía los jirones de un uniforme de oficina y cuya mandíbula colgaba inerte sobre el pecho, estaba ya a mitad de camino del segundo contenedor.
Me miró con ojos lechosos, vacíos de alma pero llenos de hambre.
Apunté hacia abajo.
El ángulo era malo.
Disparé dos veces.
La primera bala rebotó en el metal con un chispazo; la segunda le atravesó el hombro, haciéndole perder el agarre de una mano, pero la criatura se recuperó al instante, impulsándose con las piernas para saltar hacia el borde donde yo estaba.
No tenía tiempo para disparar a cada uno.
Si llegaban arriba, el combate cuerpo a cuerpo contra cuatro abominaciones de fuerza sobrehumana sería mi fin.
Necesitaba una solución de área.
Necesitaba limpiar el tablero.
Solté el rifle sobre la superficie del contenedor, dejándolo colgar de la correa táctica, y metí la mano en la bolsa de deporte abierta a mis pies.
Mis dedos se cerraron alrededor de la superficie fría y cilíndrica de una de mis creaciones favoritas: la “Lata C”.
A diferencia de las bombas de fragmentación o humo, esta era incendiaria.
Una mezcla inestable de gasolina gelificada y virutas de magnesio dentro de una lata de refresco reforzada.
El primero de los Carroñeros llegó al borde.
Su mano, una garra pálida y huesuda, se aferró al metal a medio metro de mi bota.
No esperé a ver su cara.
Arranqué la anilla con los dientes —un cliché de película que sabía a óxido y adrenalina— y dejé caer el explosivo justo en el centro del grupo que trepaba por la pared vertical del contenedor.
Al mismo tiempo, pateé con todas mis fuerzas la mano del que ya asomaba.
Sentí el crujido de huesos bajo mi suela reforzada.
La criatura emitió un siseo agónico y cayó hacia atrás, chocando contra sus compañeros que venían detrás.
—¡Fuego en el hoyo!
—grité al aire vacío, cubriéndome la cara con el brazo.
La detonación no fue un estruendo seco, sino un rugido profundo, como el de un dragón despertando en una cueva.
El “whump” de la ignición sacudió la estructura de contenedores bajo mis pies.
Una columna de fuego naranja y blanco ascendió por el lateral, lamiendo el cielo nocturno y disipando la niebla en un radio de diez metros.
El calor fue instantáneo y sofocante.
Los chillidos de los Carroñeros cambiaron de tono, volviéndose agudos, casi humanos, lo cual fue mucho peor.
Me asomé con precaución.
El callejón bajo mi posición se había convertido en un horno.
El combustible gelificado se había adherido a sus cuerpos y a las paredes del contenedor, creando una barrera de fuego que ningún ser biológico podía cruzar.
Dos de las criaturas se retorcían en el suelo, envueltas en llamas, sus barras de vida bajando a una velocidad vertiginosa en mi HUD.
Otra intentaba rodar para apagar el fuego, pero el magnesio ardía con una intensidad furiosa que el agua no apagaría, mucho menos el suelo sucio del puerto.
El cuarto, el que había pateado, intentó levantarse.
Estaba chamuscado, le faltaba media oreja y su piel burbujeaba, pero el Sistema indicaba que aún tenía un 40% de salud.
Se preparó para saltar de nuevo, ignorando el dolor con esa determinación psicótica de los Despertados fallidos.
Recuperé el AK-47.
Ajusté la mira.
Respiré hondo, llenando mis pulmones de aire caliente y olor a carne quemada.
El punto de mira se posó en su frente.
—Descansa —susurré.
Apreté el gatillo.
Un solo disparo.
La cabeza de la criatura se sacudió hacia atrás y su cuerpo se desplomó como un títere al que le cortan los hilos.
El silencio regresó al puerto de Odaiba, roto solo por el crepitar del fuego que se extinguía lentamente y el sonido de mi propia respiración agitada dentro del pasamontañas.
Mis manos temblaban ligeramente, no por miedo, sino por la descarga química de la supervivencia.
Una ventana azul apareció flotando frente a mí, iluminando la oscuridad con su luz fría.
**[EVENTO MUNDIAL: LA AUDITORÍA]** **[OLEADA 1: COMPLETADA]** **[Enemigos eliminados: 7/7]** **[Recompensa: 700 XP]** **[Tiempo hasta la Oleada 2: 00:59:59]** Me dejé caer sentado sobre el contenedor, con la espalda apoyada contra una caja de carga oxidada.
Una hora.
Tenía una hora antes de que el Sistema enviara algo peor.
Miré los cuerpos humeantes abajo.
¿Habían sido personas alguna vez?
¿Jugadores como yo que tomaron una mala decisión, que fallaron una misión, que confiaron en quien no debían?
Kitsune había dicho que eran “carroñeros”, aspirantes fallidos.
Eso significaba que el Sistema no solo mataba a los que perdían; los reciclaba.
Los convertía en herramientas para probar a los siguientes.
Sentí una náusea repentina, una mezcla de asco moral y agotamiento físico.
Saqué una botella de agua y bebí con avidez, limpiando el sabor a bilis de mi garganta.
No podía permitirme el lujo de la filosofía ahora.
Tenía que moverme.
El fuego habría alertado a cualquiera en kilómetros a la redonda, aunque en esta zona industrial abandonada dudaba que hubiera testigos.
Pero lo más importante era que mi posición actual estaba comprometida y llena de residuos químicos.
Me puse de pie, comprobando el cargador.
Quedaban doce balas.
Tenía dos cargadores más llenos.
Suficiente para una escaramuza, pero si la segunda oleada traía blindaje o números superiores, estaría en problemas.
Mi mirada se desvió hacia uno de los cadáveres calcinados.
Algo brillaba entre las cenizas de su ropa.
Un resplandor violeta tenue, pulsando con un ritmo lento.
¿Botín?
En los juegos, los enemigos soltaban objetos.
En la vida real, soltaban sangre y carteras.
Pero esto…
esto era el Sistema.
Bajé por la escalera de metal del lado opuesto, lejos del fuego remanente, y me acerqué con el cuchillo en la mano izquierda y la pistola en la derecha.
El objeto era un pequeño cubo metálico, del tamaño de un dado, incrustado en lo que quedaba del pecho del líder de la manada.
Lo recogí.
Estaba frío al tacto, a pesar del incendio.
**[Núcleo de Datos Fragmentado (Rango E)]** **[Descripción: Memoria residual de un usuario eliminado.
Puede contener habilidades parciales o información corrupta.]** **[¿Deseas intentar desencriptarlo?
(Requiere Hackeo Nv.
2)]** Mi corazón dio un vuelco.
Información.
Podía saber quiénes eran, o mejor aún, qué buscaban los Auditores.
Pero mi nivel de hackeo era solo 1.
Maldije por lo bajo y guardé el cubo en mi bolsillo.
Otra razón para sobrevivir.
El contador en mi retina marcaba 55 minutos.
Tenía que buscar una nueva posición defensiva, reponer mis trampas y prepararme.
Porque si la primera oleada había sido la infantería prescindible, la segunda seguramente traería a los especialistas.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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