Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 22
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- Capítulo 22 - 22 Capítulo 22 El Laberinto de Óxido y Sombras
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22: Capítulo 22: El Laberinto de Óxido y Sombras 22: Capítulo 22: El Laberinto de Óxido y Sombras El olor a carne quemada y combustible químico se quedó atrás, pero la sensación de peligro inminente se adhería a mi piel como una segunda capa de sudor frío.
Cincuenta minutos.
Ese era el tiempo que el Sistema me concedía antes de desatar el siguiente horror.
No podía quedarme en la zona abierta del muelle; la hoguera que había creado con los cadáveres de la primera oleada era un faro para cualquier cosa que tuviera ojos, humanos o no.
Me ajusté la correa del AK-47, sintiendo el peso reconfortante del acero soviético contra mi chaleco, y me adentré en la verdadera geografía de Odaiba: el laberinto de contenedores.
Cientos de cajas de metal, apiladas en columnas de tres y cuatro alturas, formaban una ciudadela de pasillos estrechos y esquinas ciegas.
Aquí, la visibilidad se reducía a metros, y la ventaja de la superioridad numérica del enemigo se anulaba.
Era el terreno del cazador solitario.
—Bienvenido a casa —susurré, deslizando la mano por la superficie rugosa y fría de un contenedor azul oxidado.
Mi mente, esa amalgama extraña entre un adolescente japonés y un hombre adulto con un pasado sangriento en Madrid, comenzó a trazar vectores de ataque.
Necesitaba embudos.
Puntos de estrangulamiento.
No tenía suficientes explosivos para otra trampa masiva, así que tendría que recurrir a la física y a la brutalidad directa.
Encontré mi lugar en una intersección en forma de T, profunda en el corazón del depósito.
Los contenedores aquí formaban un callejón angosto, apenas lo suficientemente ancho para dos hombres hombro con hombro.
Si querían llegar a mí, tendrían que entrar en fila india.
Perfecto.
Revisé mi inventario mental y físico.
El AK-47 tenía dos cargadores completos y uno a la mitad.
La Glock 19, mi fiel compañera silenciada, estaba lista en la funda de cadera.
El cuchillo táctico, limpiado apresuradamente en mi pantalón, descansaba en el lado izquierdo del chaleco.
Pero en este entorno claustrofóbico, un rifle de asalto podía ser un estorbo si el enemigo lograba cerrar la distancia.
Decidí mantenerlo colgado a la espalda y desenfundar la pistola.
La postura *Center Axis Relock* sería mi mejor amiga aquí: arma cerca del cuerpo, protección de retención, disparos rápidos.
Me senté en cuclillas en la sombra más densa, controlando mi respiración.
El Sistema marcaba el tiempo con una cuenta regresiva roja en la esquina superior derecha de mi visión.
**[Tiempo hasta la Oleada 2: 00:05:00]** Cinco minutos para reflexionar sobre mi locura.
Ryoko, mi madre en esta vida, probablemente estaría revisando informes ahora mismo, frustrada por la incompetencia de su equipo para encontrar al “Carnicero”.
La ironía era amarga.
Estaba luchando contra demonios digitales en un puerto olvidado de la mano de Dios para proteger una vida doméstica que yo mismo estaba erosionando con cada mentira.
Pero no había vuelta atrás.
Arata estaba muerto.
El Juez había caído.
Y ahora, los Auditores querían ver si yo valía la pena.
El contador llegó a cero.
No hubo sirenas.
No hubo explosiones ni niebla sobrenatural esta vez.
El silencio simplemente se profundizó.
El sonido lejano del tráfico de la autopista metropolitana pareció amortiguarse, como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo real para dar paso a la frecuencia del Sistema.
**[OLEADA 2: INICIADA]** **[Tipo de Amenaza: UNIDAD DE RASTREO TÁCTICO]** **[Objetivo: Sobrevivir]** ¿Rastreo táctico?
Mis músculos se tensaron.
La primera oleada había sido salvaje, instintiva.
Esto sonaba a inteligencia.
A coordinación.
Un sonido metálico suave, rítmico, llegó desde el pasillo norte.
*Click, click, click*.
No eran pasos pesados.
Eran botas tácticas moviéndose con disciplina sobre el asfalto húmedo.
No corrían hacia mí gritando; me estaban cazando.
Activé mi [Visión Nocturna].
El mundo se tiñó de verde y gris.
A través de los huecos entre los contenedores, vi las primeras siluetas.
Eran humanoides, pero algo en ellos estaba mal.
Se movían con una fluidez líquida, sin las micro-pausas que un humano normal hace al caminar.
Vestían equipo táctico negro completo, cascos balísticos sin rostro, solo una superficie lisa y negra donde deberían estar los ojos.
Eran tres en la vanguardia.
Avanzaban cubriendo ángulos, apuntando con subfusiles compactos que parecían extensiones de sus brazos.
“Copias”, pensé.
Ecos de operadores de fuerzas especiales, generados por el Sistema para probar mi habilidad en combate urbano.
Me pegué a la esquina del contenedor.
Mi corazón latía lento y fuerte, bombeando hielo en lugar de sangre.
Esperé.
El primero de ellos pasó frente a mi escondite, barriendo el lado opuesto con su arma.
Error.
No revisó la esquina ciega inmediatamente a su izquierda.
Salí del sigilo con la velocidad de una cobra.
Mi mano izquierda agarró el cañón de su subfusil, desviándolo hacia arriba, mientras mi derecha clavaba el cuchillo táctico en la junta blanda de su armadura, justo debajo de la axila.
No hubo grito, solo un gemido de estática digital.
Antes de que el cuerpo cayera, ya estaba disparando la Glock.
Dos disparos al pecho del segundo operador, que se giraba sorprendido.
Las balas *hollow point* impactaron en su chaleco, haciéndolo tambalearse, pero no cayó.
¡Llevaban blindaje corporal de alto nivel!
—¡Cabeza!
—me gritó mi instinto.
Ajusté el ángulo en una fracción de segundo.
El tercer disparo atravesó la visera negra del casco.
El operador se desplomó como un saco de piedras.
El tercer enemigo, más atrás, abrió fuego.
Las balas repiquetearon contra el metal del contenedor a centímetros de mi cara, enviando esquirlas de pintura al aire.
Me lancé hacia atrás, rodando sobre el asfalto para cruzar al otro lado del pasillo mientras una lluvia de plomo barría mi posición anterior.
—¡Mierda, son precisos!
—mascullé, pegando la espalda al metal frío.
Estos no eran zombis descerebrados.
Usaban tácticas de supresión.
Escuché un sonido metálico rodando por el suelo hacia mí.
Una granada.
Sin pensarlo, impulsado por la [Agilidad: 18], corrí hacia adelante, pateando el cilindro metálico de vuelta hacia la esquina de donde había venido, y me lancé cuerpo a tierra cubriéndome la cabeza.
La explosión sacudió el suelo y ensordeció mis oídos por un segundo.
Un destello blanco iluminó el laberinto.
Escuché el sonido de cuerpos chocando contra las paredes metálicas.
Me levanté, pistola en mano, y giré la esquina.
El tercer operador estaba en el suelo, aturdido, intentando alcanzar su arma.
No le di oportunidad.
Dos disparos al casco.
Silencio.
Respiré hondo, el aire sabía a pólvora y ozono.
Tres menos.
Pero el HUD del Sistema parpadeaba con nuevos puntos rojos acercándose desde múltiples direcciones.
Habían escuchado el tiroteo.
La manada se estaba cerrando.
Miré hacia arriba.
Escalar era una opción, pero me dejaría expuesto a sus tiradores si los tenían.
Mi mejor opción seguía siendo el suelo, el barro, las sombras.
Tenía que convertirme en el fantasma que ellos intentaban cazar.
Guardé la Glock y descolgué el AK-47.
En los pasillos un poco más anchos que se avecinaban, la potencia de fuego del calibre 7.62 sería la única forma de atravesar sus blindajes rápidamente.
Me deslicé hacia la oscuridad de nuevo, alejándome del lugar de la escaramuza, trazando un nuevo mapa de muerte en mi cabeza.
Esto ya no era una purga; era una partida de ajedrez con munición real, y yo acababa de mover mi primer peón.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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