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Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 23

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  4. Capítulo 23 - 23 Capítulo 23 Lluvia de Acero desde el Cielo
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23: Capítulo 23: Lluvia de Acero desde el Cielo 23: Capítulo 23: Lluvia de Acero desde el Cielo El metal vibraba bajo mis botas, transmitiendo los pasos rítmicos de la escuadra que se cerraba sobre mi posición.

El callejón de contenedores, que momentos antes parecía un refugio táctico, se había transformado en una tumba de acero oxidado.

Si me quedaba a nivel del suelo, sería flanqueado y acribillado en cuestión de segundos.

Mis perseguidores no eran simples matones callejeros ni abominaciones descerebradas como en la primera oleada; eran profesionales simulados, y los profesionales limpian las esquinas antes de avanzar.

Miré hacia arriba.

Las paredes de los contenedores se alzaban cuatro alturas, unos diez metros de verticalidad que separaban la muerte segura de una oportunidad de supervivencia.

No había escaleras a la vista, solo las barras de cierre y las esquinas reforzadas de las cajas de carga.

—Hora de hacer ejercicio —murmuré, colgándome el AK-47 a la espalda y ajustando la correa para que no oscilara.

Invoqué el impulso de mi atributo de **[Agilidad: 18]**.

No era magia, pero se sentía como tal; mis músculos se contrajeron con una eficiencia explosiva.

Salté, agarrándome al borde superior del primer contenedor con los dedos enguantados.

El dolor en mis hombros fue agudo —mi cuerpo de catorce años todavía protestaba ante el abuso físico—, pero mi mente ignoró la señal de alerta.

Con un gruñido, me izé, buscando apoyo para mis pies en los remaches salientes.

Escalé con la urgencia de una rata huyendo de una inundación.

Primero un nivel, luego dos.

Abajo, las luces tácticas de los subfusiles enemigos barrían la oscuridad donde yo había estado agazapado hacía solo diez segundos.

El haz de luz blanca cortó la niebla, iluminando el vacío.

Habían llegado.

Alcancé la cima de la pila de contenedores justo cuando las primeras balas de supresión empezaron a picar el metal debajo de mí.

Me arrastré sobre la superficie fría y húmeda del techo del contenedor, pegando el cuerpo al acero corrugado.

Desde mi posición elevada, el laberinto de Odaiba se revelaba como un tablero de ajedrez gris y negro.

Activé de nuevo mi visión nocturna.

El mundo se tiñó de fósforo verde.

Abajo, cinco siluetas térmicas avanzaban en formación de cuña invertida.

Se movían en silencio absoluto, comunicándose probablemente por una red interna que mi **[Hackeo Básico]** no podía interceptar sin tiempo de preparación.

—Están buscando en el eje X —pensé, sintiendo la culata de madera del AK-47 contra mi mejilla—.

Vamos a presentarles el eje Y.

Me deslicé hasta el borde, controlando mi respiración para estabilizar la mira.

El líder de la escuadra estaba justo debajo, señalando hacia el cruce anterior.

Tenía un blindaje corporal pesado, pero desde mi ángulo de cuarenta y cinco grados, la unión entre su casco y el chaleco protector del cuello era visible.

Un blanco del tamaño de una moneda de quinientos yenes.

Quité el seguro.

El *clic* metálico fue imperceptible bajo el zumbido del viento en la bahía, pero para mí sonó como un trueno.

Apreté el gatillo.

El AK-47 rugió, escupiendo una lengua de fuego que iluminó brevemente la azotea improvisada.

El retroceso golpeó mi hombro adolescente con violencia, pero la bala calibre 7.62 cumplió su propósito.

El líder se desplomó como un títere al que le hubieran cortado los hilos, su cabeza chasqueando hacia atrás de forma antinatural.

El caos estalló.

Los cuatro operativos restantes reaccionaron con reflejos inhumanos, girando sus armas hacia arriba casi al unísono.

Pero yo ya no estaba allí.

Me levanté y esprinté sobre los techos de los contenedores, saltando el hueco de metro y medio que separaba mi pila de la siguiente.

Las balas trazadoras rasgaron el aire donde había estado mi cabeza una fracción de segundo antes, chisporroteando contra el metal y enviando esquirlas calientes a la noche.

—¡Muévanse, malditos bots!

—grité, más para liberar adrenalina que para intimidarlos.

Aterricé rodando sobre el siguiente contenedor y me asomé por el flanco opuesto.

Habían roto la formación, buscando cobertura pegados a las paredes del pasillo que yo acababa de abandonar.

Error.

Al pegarse a los contenedores, habían limitado su ángulo de visión vertical.

Saqué una de las granadas cegadoras que había robado del alijo en Shinjuku.

Le quité la anilla con los dientes —un cliché de película que sabía a aceite y metal, pero que era necesario ya que tenía el rifle en la mano derecha— y la dejé caer por el hueco entre dos filas de contenedores, justo encima de dos de ellos.

*¡BUM!* El destello fue cegador incluso desde arriba, y el estruendo reverberó en el cañón de acero como una campana gigante.

Los dos operativos se tambalearon, llevándose las manos a los cascos sensoriales sobrecargados.

No dudé.

Me asomé y barrí el pasillo con una ráfaga controlada.

El AK-47 bailaba en mis manos, difícil de domar, pero letal a esta distancia.

Las balas perforaron la parte superior de sus chalecos, destrozando hombros y clavículas.

Cayeron uno tras otro bajo la lluvia de plomo.

Quedaban dos.

Habían retrocedido hacia una zona más abierta, usando un montacargas abandonado como cobertura.

Disparaban con precisión quirúrgica; una bala rozó mi mejilla, dejando un rastro de ardor y sangre.

Me agaché, maldiciendo.

Mi barra de salud en el HUD bajó un 5%.

—Bien, queréis jugar al escondite —mascullé, limpiándome la sangre con la manga del uniforme escolar.

No podía asomarme de nuevo por el mismo sitio; me volarían la cabeza.

Miré a mi alrededor.

A unos diez metros, una grúa puente inactiva cruzaba por encima de los contenedores, ofreciendo una pasarela precaria hacia su flanco.

Envainé el rifle y corrí.

El sonido de mis botas resonaba como tambores de guerra.

Salté hacia la escalerilla de mantenimiento de la grúa, mis dedos aferrándose al metal frío y grasiento.

Me impulsé hacia arriba, ganando aún más altura.

Ahora estaba a quince metros del suelo, colgado en la estructura de la grúa.

Desde allí, su cobertura era inútil.

Los veía perfectamente acurrucados tras el montacargas, esperando que yo volviera a asomar por los contenedores.

Apoyé el AK-47 en la barandilla de la pasarela, exhalé todo el aire de mis pulmones para estabilizar mi pulso acelerado y alineé las miras.

Dos disparos en semi-automático.

*Pam.

Pam.* El primero impactó en la espalda del operador de la izquierda.

El segundo atravesó el casco del último enemigo cuando intentaba girarse.

El silencio regresó a Odaiba, más pesado y denso que antes.

Solo se escuchaba el pitido agudo en mis oídos y el siseo del humo saliendo del cañón de mi arma.

**[OLEADA 2: COMPLETADA]** **[Enemigos eliminados: 5/5]** **[Recompensa: 1000 XP]** **[Tiempo hasta la Oleada Final: 00:30:00]** Me dejé caer sentado en la pasarela de la grúa, las piernas colgando sobre el abismo.

Mis manos temblaban ligeramente, no por miedo, sino por la secuela química de la adrenalina abandonando mi sistema.

Miré el contador.

Treinta minutos.

La última oleada sería la peor.

Siempre lo era.

Desde mi atalaya, observé los cuerpos inmóviles abajo.

Uno de ellos emitía un brillo tenue, similar al Núcleo de Datos que había encontrado antes, pero este era de un color azul eléctrico.

¿Botín de guerra o trampa?

El viento sopló, disipando parte de la niebla, y por un momento, me pareció ver algo enorme moviéndose en el agua oscura de la bahía, más allá del muelle.

Una sombra que no correspondía a ningún barco.

Me puse en pie, recargando el AK con mi último cargador completo.

La noche aún no había terminado con Kenji Sato.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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