Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 25
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- Capítulo 25 - 25 Capítulo 25 El Rugido del Metal
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25: Capítulo 25: El Rugido del Metal 25: Capítulo 25: El Rugido del Metal El zumbido agudo de los condensadores de misiles cargándose resonó en mi cráneo, una cuenta atrás sónica que competía con el parpadeo frenético de mi interfaz.
El haz de luz roja que el Leviatán proyectaba sobre mi pecho no temblaba; era una sentencia de muerte pintada con láser.
Mi mente, forjada en dos vidas de violencia, descartó el pánico y entró en ese estado de frialdad clínica que tanto asustaba a mi madre adoptiva, Ryoko.
Correr era inútil.
Los misiles guiados por calor no perdonan a los velocistas.
Necesitaba desaparecer, convertirme en un fantasma, o mejor dicho, en un error del sistema de puntería de esa monstruosidad.
Mis ojos se desviaron una fracción de segundo hacia abajo, hacia el callejón de contenedores que se extendía a los pies de mi posición elevada.
Allí, entre las sombras alargadas y el olor a salitre, brillaba tenuemente el sedal de pesca que había tensado minutos antes.
El cable trampa.
Estaba conectado a la anilla de la granada de fragmentación que había escondido bajo el palé podrido, justo al lado del charco de combustible y disolvente industrial que no había llegado a encender durante la segunda oleada.
Era una apuesta estúpida.
Pero la estupidez era mi única moneda de cambio frente a un tanque con brazos.
Ajusté el selector del MP7 a tiro único.
Respiré, reteniendo el aire viciado de Odaiba en mis pulmones adolescentes.
El Leviatán siseó, sus compuertas de lanzamiento abriéndose completamente con un sonido hidráulico obsceno.
—Cómete esto —murmuré.
Apreté el gatillo.
No apunté a la bestia, sino al suelo, al hilo invisible tensado en la oscuridad.
La bala del 4.6mm cortó el aire y, por un milagro de la física o del Sistema, impactó cerca del anclaje, o quizás la vibración fue suficiente.
No importaba el cómo, sino el resultado.
La granada detonó.
El estallido fue seco y brutal, seguido instantáneamente por un rugido gutural cuando el combustible se inflamó.
Una columna de fuego y humo negro erupcionó desde el callejón, creando una flor térmica masiva que floreció justo debajo de mí.
En ese mismo instante, me lancé al vacío.
No fue un salto heroico.
Fue una caída controlada hacia el caos.
Mientras la gravedad me reclamaba, los misiles del Leviatán abandonaron sus silos con un aullido ensordecedor.
Confundidos por la súbita aparición de una fuente de calor masiva justo frente a mi posición anterior, los proyectiles corrigieron su trayectoria erráticamente.
El contenedor azul donde había estado segundos antes se desintegró.
La onda expansiva me golpeó en el aire como un martillo gigante envuelto en algodón, lanzándome contra la pared de acero corrugado de otro contenedor.
El impacto me sacó el aire de los pulmones y mi barra de salud se tiñó de un rojo alarmante, descendiendo un 15% de golpe.
Caí sobre el asfalto, rodando entre escombros y cristales rotos, tosiendo humo acre.
El mundo era un zumbido constante y dolor.
**[Alerta de Combate: Daño por Conmoción – Agilidad reducida temporalmente un 10%]** Ignoré la notificación.
Me obligué a ponerme en pie, tambaleándome hacia la seguridad relativa del laberinto de acero.
Detrás de mí, el infierno se había desatado.
El fuego de mi trampa rugía, pero por encima del crepitar de las llamas, se escuchaba algo peor: el sonido de metal desgarrándose.
El Leviatán no estaba disparando más.
Estaba avanzando.
Me pegué a la pared fría de un contenedor oxidado, respirando a bocanadas cortas para no tragar demasiado humo.
El suelo vibraba rítmicamente.
*Thump.
Thump.
Crunch.* Cada paso de la criatura aplastaba el hormigón del muelle.
Me asomé con cautela por la esquina.
La visión era aterradora.
La bestia biomecánica había descendido de la plataforma elevada y se abría paso a través de las filas de contenedores como si fueran cajas de cartón.
Sus brazos hidráulicos apartaban toneladas de acero con una facilidad insultante, lanzando contenedores llenos de mercancía al aire para despejar su línea de visión.
Los sensores de su cabeza giratoria barrían el humo, buscando mi firma térmica.
Mi trampa había funcionado, pero solo a medias.
El fuego enmascaraba mi calor corporal por el momento, creando un “ruido” térmico en el que podía esconderme, pero las llamas no durarían para siempre.
Revisé el MP7.
Me quedaban dos cargadores y medio.
Contra esa armadura compuesta, mis balas eran tan efectivas como insultos en un idioma extranjero.
Necesitaba un punto débil.
Todo sistema, por avanzado que fuera, tenía una falla de diseño.
Arata tenía su dependencia química; este Leviatán debía tener algo.
Activé la visión nocturna de mis gafas, alternando al modo térmico.
El mundo se volvió una mezcla de azules fríos y naranjas ardientes.
La criatura era un reactor andante.
Su núcleo, protegido por placas gruesas en el pecho, brillaba con un blanco intenso.
Invulnerable.
Pero mientras observaba, noté algo más.
Las articulaciones.
Cada vez que uno de esos brazos monstruosos golpeaba un obstáculo, unos pequeños pistones secundarios en la base del “hombro” expulsaban un chorro de gas supercaliente para compensar la presión.
Durante una fracción de segundo, el blindaje se separaba milimétricamente para ventilar.
Era un blanco del tamaño de una moneda, en movimiento, sobre una máquina de matar que podía aplastarme como a un insecto.
—Genial —susurré, sintiendo esa sonrisa sociópata curvar mis labios de nuevo.
El miedo había desaparecido, reemplazado por la claridad del rompecabezas táctico—.
El Leviatán rugió, un sonido sintético que imitaba la furia biológica, y embistió una pila de contenedores a mi izquierda.
La estructura colapsó con un estruendo que hizo castañetear mis dientes.
Estaba haciendo barridos aleatorios, tratando de provocar mi movimiento.
Tenía que acercarme.
Disparar desde lejos era imposible con el humo y la precisión requerida.
Necesitaba estar encima de esa cosa, o al menos, a su espalda.
Miré hacia arriba.
Una grúa pórtico inactiva se alzaba sobre el sector B, sus rieles oxidados cruzando por encima de la posición actual del monstruo.
Si lograba llegar a la escalera de mantenimiento de la grúa sin ser detectado, tendría un ángulo de tiro vertical directo hacia las juntas de sus hombros.
Pero el camino estaba bloqueado por escombros y vigilado por los sensores de la bestia.
Rebusqué en mi inventario.
Me quedaba una granada de fragmentación y el **[Módulo de Sobrecarga Sináptica]** que aún no había usado.
El módulo me daría la velocidad necesaria para cruzar el descubierto, pero el daño neural posterior podría dejarme indefenso si fallaba el tiro.
Era demasiado pronto para quemar mi as en la manga.
Decidí usar el entorno.
A unos diez metros, un contenedor rojo estaba etiquetado con rombos de advertencia: “Materiales Corrosivos”.
Si lograba detonar ese contenedor cuando el Leviatán pasara cerca, el ácido podría dañar sus sensores ópticos, comprándome tiempo para subir a la grúa.
Me deslicé en silencio, aprovechando el estruendo de la destrucción que la propia criatura causaba para enmascarar mis pasos.
Mis zapatillas deportivas, ridículamente inapropiadas para este escenario, resbalaban sobre el aceite y el agua sucia.
Me moví de cobertura en cobertura, contando los segundos entre los barridos de su radar.
La bestia se detuvo.
Su cabeza giró 180 grados, los lentes rojos enfocando en la dirección del fuego que se extinguía.
Parecía frustrada, si es que una IA podía sentir frustración.
Levantó un brazo y, con un movimiento brutal, barrió los restos de mi trampa, dispersando el fuego y limpiando su visión térmica.
Ahora estaba expuesto.
Si miraba hacia la derecha, me vería.
No había tiempo para el plan del ácido.
Tenía que moverme ya.
Saliendo de mi cobertura, esprinté hacia la base de la grúa pórtico.
El sonido de mis pasos fue inmediato para los sensores auditivos del Leviatán.
La cabeza de la máquina giró hacia mí con una velocidad aterradora.
El cañón de misiles en su espalda siseó, pero la distancia era demasiado corta para explosivos; usaría sus brazos.
El brazo derecho se alzó como un pilar de ejecución cayendo del cielo.
El suelo bajo mis pies tembló antes del impacto.
Me lancé en un derrape desesperado, pasando justo por debajo de la garra que se cerró donde había estado mi cabeza hacía un microsegundo.
El viento del golpe me azotó la cara, y esquirlas de hormigón me cortaron la mejilla.
Estaba en su zona ciega, justo debajo de su torso, entre los pistones hidráulicos que lo sostenían.
El olor a aceite caliente y ozono era asfixiante.
Arriba, el vientre de la bestia era una maraña de cables y placas.
Tenía dos opciones: intentar trepar por el propio monstruo al estilo *Shadow of the Colossus*, una maniobra suicida dado mi nivel de fuerza actual, o rodar hacia el otro lado y rezar para llegar a la escalera de la grúa antes de que me aplastara.
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