Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 26
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- Capítulo 26 - 26 Capítulo 26 Disección Vertical
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26: Capítulo 26: Disección Vertical 26: Capítulo 26: Disección Vertical El calor bajo el vientre de la bestia era infernal, un microclima de radiación térmica y aceite hirviendo que amenazaba con derretir la suela de mis zapatillas.
No había tiempo para dudar.
Me dejé caer al suelo, ignorando los cristales que se clavaban en mis palmas a través de los guantes tácticos, y rodé con la desesperación de quien sabe que un segundo de retraso significa convertirse en una mancha permanente en el asfalto.
El pistón hidráulico de la pierna derecha descendió a centímetros de mi cadera, un pilar de acero cromado que hizo temblar mis propios huesos al impactar contra el hormigón.
El sonido fue nauseabundo, una mezcla de crujido mineral y siseo neumático.
Aproveché el impulso del impacto, que levantó una nube de polvo y esquirlas, para escabullirme por el lado ciego de la criatura.
—Corre, maldita sea, corre —me siseé a mí mismo, forzando mis piernas adolescentes a obedecer a una mente que exigía un rendimiento de élite.
Salí de debajo del Leviatán como una rata escapando de una prensa hidráulica, con la visión borrosa por la conmoción anterior y el HUD parpadeando en ámbar.
Delante de mí, a unos treinta metros de distancia, la estructura oxidada de la grúa pórtico se alzaba hacia el cielo nocturno como el esqueleto de un gigante olvidado.
La escalera de mantenimiento, pintada de un amarillo seguridad ya descolorido, era mi único billete de salida.
Escuché el gemido metálico detrás de mí.
El Leviatán se estaba girando.
No era rápido al rotar sobre su propio eje —una debilidad clásica de los tanques bípedos en cualquier videojuego mal diseñado—, pero su alcance era letal.
Sentí el desplazamiento de aire antes de oír el impacto; uno de sus brazos barrió la zona donde yo había estado segundos antes, pulverizando una pila de palés de madera.
Llegué a la base de la grúa y me lancé hacia los primeros peldaños.
El metal estaba frío y resbaladizo por la llovizna.
Empecé a trepar, saltándome escalones, usando mis manos para impulsarme más que mis piernas.
Mi barra de resistencia descendía a un ritmo alarmante, penalizada por el daño de la caída anterior.
—¡Detectado!
—gritó el Sistema en mi oído, redundante y molesto.
Un foco de luz roja barrió la estructura de la grúa, iluminándome como a un actor en un escenario macabro.
El Leviatán rugió y, en lugar de disparar sus misiles —probablemente demasiado cerca para no dañarse a sí mismo—, embistió la base de la grúa con su hombro blindado.
Todo el mundo se inclinó.
La estructura de acero gimió, los remaches saltaron como balas perdidas y la escalera vibró con tal violencia que mis pies resbalaron.
Quedé colgando de una mano, suspendido a diez metros del suelo, balanceándome sobre el abismo mientras la bestia preparaba otro golpe.
Mi hombro protestó con un dolor agudo, pero mi mente adulta suprimió el pánico instintivo del cuerpo de catorce años.
—Cálculo de integridad estructural: Crítico —murmuré, recuperando el agarre con un gruñido—.
Solo necesito llegar a la pasarela.
Volví a subir, esta vez con una urgencia frenética.
Abajo, el Leviatán retrocedió un paso, preparando el ángulo para disparar su cañón principal o volver a embestir.
No podía permitirle ninguna de las dos cosas.
Alcancé la pasarela superior, a unos veinte metros de altura, jadeando, con el sabor metálico de la sangre en la boca.
Me giré, encarando al monstruo.
Desde esta altura, la perspectiva cambiaba.
Ya no era una montaña inexpugnable, sino una máquina compleja, llena de partes móviles y vulnerabilidades ocultas.
El Leviatán alzó su brazo derecho hacia mí, preparando un golpe descendente para aplastar la pasarela y a mí con ella.
Y entonces lo vi.
Tal como había predicho, los pistones compensadores en la junta del hombro se dilataron.
Una nube de vapor presurizado siseó a través de la apertura en el blindaje.
El núcleo brillante, expuesto por una fracción de segundo.
Era un blanco de apenas quince centímetros de diámetro.
En movimiento.
A veinte metros.
Y yo estaba temblando por el esfuerzo y la adrenalina.
—Sistema, activa el Módulo de Sobrecarga Sináptica —ordené mentalmente.
**[ADVERTENCIA: Daño neural inminente.
¿Confirmar?]** —¡Hazlo!
El mundo se detuvo.
Fue como sumergirse en agua helada.
El sonido del viento, el rugido de la máquina, el latido de mi propio corazón; todo se ralentizó hasta convertirse en un zumbido grave y distorsionado.
El dolor de mis músculos desapareció, reemplazado por una claridad eléctrica que quemaba detrás de mis ojos.
Mis percepciones se aceleraron hasta el punto de que las gotas de lluvia parecían diamantes suspendidos en el aire.
Levanté el MP7.
En este estado alterado, el arma pesaba como una pluma.
Podía ver las estrías en el metal del cañón, podía calcular la trayectoria del viento, la vibración de la grúa bajo mis pies.
El brazo del Leviatán se movía en cámara lenta, acercándose inexorablemente, pero para mí era tan lento como el crecimiento de una planta.
Alineé la mira holográfica con la ventila expuesta.
No disparé una ráfaga.
No era necesario el desperdicio.
Apreté el gatillo tres veces.
*Pum.
Pum.
Pum.* Vi los casquillos salir expulsados de la recámara, girando perezosamente en el aire.
Las balas trazaron líneas invisibles a través de la lluvia estática y se colaron por la apertura del blindaje justo antes de que el pistón se cerrara.
El efecto terminó de golpe.
La realidad se estrelló contra mí a velocidad normal.
El sonido regresó con la fuerza de un estampido sónico.
Mi cabeza estalló en un dolor cegador, como si alguien hubiera clavado un picahielos en mi lóbulo frontal.
Caí de rodillas, la sangre brotando profusamente de mi nariz, manchando la pasarela de rejilla.
Pero abajo, el Leviatán aulló.
No fue un rugido de ataque, sino de fallo catastrófico.
Una serie de explosiones sordas resonaron dentro de su chasis.
El brazo derecho, que estaba a punto de aplastarme, se convulsionó violentamente y luego cayó inerte, colgando de cables destrozados y chorreando fluido hidráulico negro sobre el muelle.
**[Daño Crítico Confirmado: Servomotores Principales (Brazo Derecho) – INUTILIZADOS]** La bestia se tambaleó, perdiendo el equilibrio por el peso muerto de su extremidad.
Aproveché su momento de confusión, luchando contra las náuseas que me provocaba la sobrecarga neural.
No había terminado.
Aún le quedaba un brazo, un lanzamisiles y un odio programado hacia mí.
Me limpié la sangre de la nariz con el dorso del guante y sonreí, una mueca salvaje y sangrienta bajo la luz de la luna y el fuego.
—Ahora estamos hablando el mismo idioma —susurré, observando cómo la criatura intentaba recalibrar su postura con movimientos erráticos.
El “Juez de las Profundidades” acababa de perder su mazo.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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