Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 27
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- Capítulo 27 - 27 Capítulo 27 Danza en el Alambre
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27: Capítulo 27: Danza en el Alambre 27: Capítulo 27: Danza en el Alambre El dolor en mi cabeza no remitía; se sentía como si alguien estuviera inflando un globo de plomo dentro de mi cráneo.
La sangre que goteaba de mi nariz dibujaba pequeños círculos rojos en el metal oxidado de la pasarela, pero no tenía tiempo para limpiarla.
Abajo, el Leviatán se revolvía como un escarabajo herido, arrastrando su brazo derecho inutilizado con un rechinar de metal que me erizaba la piel.
Su comportamiento había cambiado: la arrogancia mecánica de sus primeros movimientos había dado paso a una furia errática y defensiva.
—Sistema, estado del Módulo de Sobrecarga —susurré, mi voz apenas audible sobre la lluvia y el estruendo.
**[ENFRIAMIENTO: 280 segundos.
RIESGO DE HEMORRAGIA CEREBRAL SI SE REACTIVA ANTES.]** Genial.
Estaba solo con mis reflejos naturales y mi puntería.
El MP7 en mis manos se sentía reconfortante, pero solo me quedaba un cargador y medio.
Suficiente para matar a un pelotón de hombres, pero ridículo contra una fortaleza andante.
El Leviatán, al no poder alcanzarme con su extremidad muerta, pivotó sobre su chasis.
Su “cabeza” llena de sensores giró hacia arriba, brillando con un ojo rojo ciclópeo que atravesó la oscuridad.
Un zumbido agudo emanó de su espalda.
—Misiles —identifiqué al instante, mis instintos gritando antes que el HUD.
No apuntó a mí directamente; la IA de la bestia sabía que la estructura de la grúa me ofrecía demasiada cobertura.
En su lugar, disparó una salva de tres cohetes contra la base de las patas de apoyo de la grúa pórtico, en el extremo opuesto al que yo ocupaba.
Las explosiones sacudieron el mundo.
El acero gritó, un lamento agudo y torturado, mientras la grúa perdía su estabilidad.
La pasarela bajo mis pies se inclinó violentamente quince grados a la izquierda.
Me aferré a la barandilla con una mano, mis pies resbalando en el metal mojado, mientras veía caer al vacío mi última granada de fragmentación, que rodó fuera de mi alcance.
—¡Mierda!
—gruñí, viendo cómo la estructura comenzaba a ceder lentamente.
La grúa no caería de golpe, pero se había convertido en una trampa mortal en cámara lenta.
Sin embargo, en medio del caos, mi mente de jugador analizó la nueva geometría del campo de batalla.
La inclinación.
La posición del Leviatán.
Al destruir el soporte izquierdo, el Leviatán se había posicionado debajo de ese lado para rematar la estructura con su brazo funcional, el izquierdo.
Estaba protegiendo su núcleo, pero para golpear la columna de la grúa, tendría que levantar el brazo y extender el codo hidráulico, exponiendo la articulación interna hacia arriba.
Hacia mí.
Tenía que llegar al otro extremo de la pasarela inclinada.
Era un sprint de cuarenta metros sobre una superficie resbaladiza que se hundía por segundos.
—Vamos, Javier.
Haz que los videos de parkour valgan la pena —me dije, canalizando una bravuconería que no sentía.
Eché a correr.
La gravedad tiraba de mí hacia el vacío lateral.
Cada paso era una apuesta contra la física.
El Sistema bombardeaba mi visión con alertas de equilibrio y vectores de caída, pero las ignoré, fijando mi vista en el extremo descendente de la grúa.
Abajo, el Leviatán preparaba su golpe final.
Su brazo izquierdo, una masa de pistones y placas de blindaje reactivo, se retrajo como el percutor de un arma gigante.
El viento aullaba en mis oídos.
La lluvia golpeaba mi cara como perdigones helados.
Diez metros.
La grúa crujió y descendió otro metro de golpe, haciéndome tropezar.
Me recuperé rodando sobre el hombro y volviendo a ponerme de pie sin perder el impulso, gracias a mi estadística de Agilidad.
Veinte metros.
El brazo del Leviatán salió disparado hacia la columna de acero.
—¡Ahora!
—grité, aunque nadie podía oírme.
Al impactar contra la base, la vibración fue sísmica.
Casi salgo despedido, pero el impacto obligó a la máquina a mantener el brazo extendido un microsegundo más de lo necesario para ejercer la fuerza de aplastamiento.
Desde mi posición elevada y ahora mucho más cercana, el ángulo era perfecto.
Podía ver el brillo azulado de los cables de transmisión de potencia en el interior del “codo” de la bestia, desprotegidos por la extensión máxima.
Me deslicé por los últimos metros de la pasarela como si fuera un tobogán, usando la inclinación a mi favor.
Sin frenar, levanté el MP7, encajé la culata en mi hombro y dejé que el mundo se enfocara en ese pequeño punto de luz azul.
No tenía tiempo bala esta vez.
Solo respiración controlada y memoria muscular.
Vacié medio cargador en una ráfaga sostenida y quirúrgica.
El retroceso del subfusil vibró contra mi clavícula.
Las balas perforantes masticaron el cableado expuesto y destrozaron los sensores de presión.
Hubo un chispazo brillante, un arco eléctrico que iluminó la noche como un relámpago en miniatura, seguido por un chorro de fluido hidráulico a alta presión que salió disparado como un géiser.
El brazo izquierdo del Leviatán se quedó rígido de repente, con los dedos de la garra abiertos en un espasmo, antes de caer inerte contra el costado de la máquina.
**[Puntos Vitales Destruidos: 2/2 Brazos.
Movilidad del Enemigo Reducida al 40%.]** La bestia aulló de nuevo, un sonido digital distorsionado que sonaba extrañamente a miedo.
Sin sus brazos para equilibrarse o atacar, el Leviatán era ahora un torso blindado sobre orugas inestables, cargado de misiles pero vulnerable en el cuerpo a cuerpo.
Pero mi victoria duró poco.
El daño estructural a la grúa era terminal.
Con un estruendo final, los remaches principales cedieron.
La pasarela bajo mis pies se partió, y la sección en la que me encontraba comenzó a caer en picado hacia el muelle, directamente sobre la cabeza del monstruo.
El suelo se acercaba rápido.
Demasiado rápido.
Miré hacia abajo.
El Leviatán, ciego de ira, estaba cargando sus baterías de misiles traseros para un disparo suicida a quemarropa, incapaz de apuntar con precisión.
Tenía una fracción de segundo para decidir: intentar saltar hacia los contenedores adyacentes y arriesgarme a romperme las piernas, o usar la caída de la viga como un ascensor al infierno y saltar directamente sobre el chasis de la bestia.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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