Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 28
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- Capítulo 28 - 28 Capítulo 28 El Corazón de la Bestia
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28: Capítulo 28: El Corazón de la Bestia 28: Capítulo 28: El Corazón de la Bestia La gravedad es una amante cruel, pero la inercia es un verdugo que no perdona.
Mientras la pasarela de la grúa se desintegraba bajo mis pies, el mundo se convirtió en una mancha borrosa de lluvia, acero y oscuridad.
No había tiempo para el miedo, solo para la aritmética de la supervivencia.
Saltar hacia los contenedores significaba romperme las piernas y convertirme en un blanco estático para los misiles.
Saltar hacia el vacío era la muerte.
Solo quedaba una variable en la ecuación: la propia bestia.
—¡Muere de una vez!
—grité, no por heroísmo, sino para forzar a mis pulmones a expulsar el aire y preparar mi cuerpo para el impacto.
Me impulsé desde el último fragmento de metal estable, lanzándome directamente hacia el chasis blindado del Leviatán.
El aire silbó en mis oídos durante un segundo que pareció eterno, suspendido sobre la maquinaria de muerte que rugía debajo.
Abajo, el ojo rojo del mecha me siguió, pero su sistema de armas no estaba diseñado para combatir una plaga que le caía directamente encima.
El impacto me sacó el aire de los pulmones con la violencia de un accidente de tráfico.
Aterricé sobre la coraza dorsal, justo detrás de la cabeza llena de sensores.
Mis botas resbalaron en el blindaje mojado, y mi pecho chocó contra una protuberancia metálica.
**[ALERTA: Daño por Impacto.
Salud: 42%.
Costillas fisuradas detectadas.]** El dolor estalló en mi costado, agudo y caliente, pero la adrenalina actuó como un anestésico sucio.
A mi alrededor, el infierno se desató.
La estructura de la grúa que acababa de abandonar se desplomó sobre el muelle con el estruendo del fin del mundo, levantando una cortina de polvo, chispas y agua de mar que nos envolvió a ambos.
Una viga de acero del tamaño de un tren rebotó contra el suelo y golpeó el flanco del Leviatán, haciendo que la máquina de cincuenta toneladas se tambaleara como un borracho.
Me aferré a los cables hidráulicos expuestos en el cuello de la máquina, mis dedos enguantados buscando desesperadamente tracción.
El Leviatán, consciente de que el parásito estaba sobre él, comenzó a sacudirse violentamente.
Los servomotores gemían bajo mis pies, y el calor que emanaba de su reactor central quemaba a través de mi uniforme escolar empapado.
—No te lo pondré fácil —siseé, escupiendo sangre mezclada con lluvia.
La batería de misiles en su espalda, a solo dos metros de mi posición, comenzó a zumbar con un tono ascendente.
Las compuertas se abrieron, revelando las cabezas de guerra listas para el lanzamiento.
Si disparaba ahora, la explosión nos vaporizaría a ambos.
La IA de la bestia había calculado que su destrucción era aceptable si garantizaba la mía.
No podía permitirlo.
Me arrastré sobre el blindaje resbaladizo, luchando contra las sacudidas sísmicas de la máquina.
El MP7 colgaba de mi correa táctica, golpeando mi costado herido con cada movimiento.
Lo agarré, apuntando hacia el mecanismo de apertura de los misiles, pero el Leviatán giró su torso bruscamente, lanzándome hacia el borde.
Quedé colgando de una mano, mis pies pataleando en el vacío sobre las orugas trituradoras que masticaban el hormigón del muelle.
**[Fuerza Insuficiente.
Resistencia al límite.]** —Cállate —gruñí al Sistema.
Con un rugido de esfuerzo, usé el impulso del siguiente giro para volver a subirme al lomo de la bestia.
Esta vez no busqué estabilidad.
Busqué letalidad.
Me deslicé hasta la base de la “cabeza”, donde el blindaje era más grueso, pero donde las juntas de ventilación se habían abierto para disipar el calor crítico del núcleo tras la pérdida de los brazos.
Allí estaba.
Una rejilla hexagonal brillando con una luz violeta pulsante, el color de la energía corrompida.
El calor era insoportable, deformando el aire a mi alrededor.
Levanté el MP7 y apreté el gatillo.
El arma escupió plomo directamente hacia la rejilla.
*Click.* El percutor golpeó el vacío.
Cargador seco.
Maldije en español, una retahíla de obscenidades que Javier había aprendido en los callejones de Madrid.
El zumbido de los misiles alcanzó su clímax.
Iba a detonar en tres segundos.
Solté el subfusil inútil y desenfundé mi cuchillo táctico de acero al carbono.
No era un arma legendaria, ni un objeto de nivel alto.
Era solo una hoja de doce centímetros afilada como una navaja de afeitar.
Pero tenía algo que las balas no tenían: mi peso y mi rabia detrás.
—**[Golpe Crítico]** —susurré, activando la habilidad pasiva que el Sistema me había otorgado niveles atrás.
Agarré la empuñadura con ambas manos, invertí la hoja y, con un grito que se perdió en la tormenta, clavé el cuchillo en la fisura entre las placas de ventilación.
El acero chirrió contra el acero, las chispas saltaron quemándome la cara, pero la hoja entró.
No me detuve ahí.
Giré el cuchillo, buscando el cableado, buscando la vida artificial que latía debajo.
El Leviatán emitió un sonido que no era mecánico.
Fue un alarido digital, una cacofonía de estática y error que reventó los altavoces de su chasis.
La luz violeta del núcleo parpadeó violentamente, pasando a un rojo alarmante.
**[ADVERTENCIA: Fusión del Núcleo inminente.]** —Bien —dije, empujando el cuchillo más profundo, sintiendo cómo cortaba conductos de refrigerante y fibra óptica.
La máquina se convulsionó una última vez, una sacudida tan violenta que casi me descoyunta el hombro.
Y entonces, como si le hubieran cortado los hilos a una marioneta, se desplomó.
Las orugas se detuvieron.
El zumbido de los misiles murió con un gemido descendente.
La luz del ojo ciclópeo parpadeó y se apagó, sumiéndonos en la oscuridad.
Me quedé allí, jadeando sobre el cadáver de metal humeante, con la lluvia lavando el hollín de mi cara.
Mi mano seguía aferrada al cuchillo, mis nudillos blancos bajo los guantes tácticos.
El silencio que siguió fue ensordecedor, solo roto por el sonido de las sirenas de policía acercándose en la distancia, mucho más cerca de lo que deberían estar.
Entonces, el texto azul apareció flotando en mi retina, brillante y hermoso.
**[OBJETIVO ELIMINADO: LEVIATÁN (PROTOTIPO MK-IV)]** **[AUDITORÍA COMPLETADA.
OLEADA 3/3: SUPERADA.]** **[CALIFICACIÓN DE DESEMPEÑO: S]** Sentí una risa histérica burbujear en mi garganta, pero la reprimí.
No era momento de celebrar.
Mi cuerpo estaba roto, mi equipo agotado y la policía de Tokio estaba a punto de cerrar el cerco sobre Odaiba.
Pero había ganado.
El jugador había vencido a la casa.
Me dejé caer de espaldas sobre el chasis frío, mirando el cielo nublado de Tokio.
Por un momento, vi el rostro de mi madre, Ryoko, y me pregunté si ella sería la que encontraría los restos de esta masacre.
Si ella vería el cuchillo clavado en el cerebro de la bestia y reconocería la técnica.
Una luz dorada comenzó a emanar del pecho del Leviatán, justo donde había clavado el cuchillo.
No era fuego.
Era botín.
Me incorporé con un gemido de dolor.
El juego nunca terminaba, solo subía de nivel.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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