Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 29
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- Capítulo 29 - 29 Capítulo 29 El Corazón de la Máquina
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29: Capítulo 29: El Corazón de la Máquina 29: Capítulo 29: El Corazón de la Máquina La lluvia fría golpeaba mi espalda, mezclándose con el sudor y la sangre que empapaban mi uniforme escolar destrozado.
Bajo mis rodillas, el blindaje del Leviatán aún irradiaba un calor residual, un testamento moribundo de la batalla que acababa de librar.
No había tiempo para el alivio.
La victoria en este mundo no se medía en aplausos, sino en lo que podías llevarte antes de que los buitres llegaran.
Y los buitres, con sus luces azules y rojas giratorias, estaban a menos de dos minutos de distancia.
El resplandor dorado que emanaba de la fisura en el pecho de la bestia biomecánica pulsaba con una cadencia hipnótica.
Ignorando el dolor punzante en mis costillas fisuradas —un recordatorio agudo cada vez que respiraba—, clavé los dedos enguantados en las placas de metal retorcido que protegían el núcleo.
El acero chirrió, resistiéndose, caliente al tacto.
Gruñí, usando mi cuchillo táctico como palanca, forzando la apertura con la poca fuerza que me quedaba.
—Vamos, maldita sea —siseé, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a disiparse, dejando paso a un agotamiento plomizo.
Con un crujido metálico, la placa cedió.
Allí, anidado entre cables de fibra óptica cortados y fluidos hidráulicos que olían a ozono y cobre, descansaba el premio.
No era un simple componente mecánico; parecía un órgano vivo de cristal y luz, del tamaño de un pomelo, latiendo con energía violeta y dorada.
**[DETECTADO: NÚCLEO DE PROCESAMIENTO CUÁNTICO (RANGO B)]** **[ESTADO: INESTABLE.
EXTRACCIÓN REQUERIDA.]** No dudé.
Agarré el núcleo con ambas manos.
Una descarga estática recorrió mis brazos, erizando el vello de mi nuca y enviando un espasmo a través de mi sistema nervioso, pero no lo solté.
Tiré con fuerza, rompiendo las últimas conexiones que lo unían al chasis del Leviatán.
El objeto se liberó con un sonido húmedo, como si estuviera arrancando un corazón real.
Inmediatamente, la luz del mecha se extinguió por completo, convirtiéndolo en una montaña de chatarra inerte bajo la lluvia.
Lo guardé en mi mochila, envolviéndolo apresuradamente en mi chaqueta táctica para amortiguar su brillo.
El peso era reconfortante, una promesa de poder futuro, pero el sonido de las sirenas cortó mi momento de satisfacción.
Tres coches patrulla derraparon en la entrada del muelle, sus faros barriendo la oscuridad como espadas de luz.
Detrás de ellos, un furgón blindado de los S.A.T.
(Special Assault Team) se posicionaba para desplegar tropas.
Tenía que moverme.
Ya.
Me deslicé por el flanco del Leviatán opuesto a la entrada, usando el enorme cuerpo de metal como escudo visual.
Mis botas resbalaron en el aceite derramado y aterricé mal sobre el hormigón, enviando una llamarada de agonía desde mi tobillo hasta la cadera.
Me mordí la lengua para no gritar, saboreando el óxido de mi propia sangre.
—Maldición…
—jadeé, pegándome a las orugas gigantes de la máquina.
Desde mi posición, agazapado en las sombras, vi las siluetas de los agentes desplegarse.
Llevaban rifles automáticos y escudos balísticos.
No eran policías de barrio; Ryoko había movido hilos importantes.
Y allí estaba ella.
La inspectora Ryoko Sato salió del segundo vehículo, ignorando el protocolo de seguridad.
Llevaba su gabardina beige habitual, ahora oscura por la lluvia, y sostenía su arma reglamentaria con una firmeza que conocía demasiado bien.
Su rostro, iluminado por los destellos de las sirenas, era una máscara de determinación y miedo contenido.
Estaba buscando al monstruo, sí, pero en el fondo de sus ojos sabía que temía encontrar el cadáver de un niño.
—¡Perímetro defensivo!
—gritó su voz, clara y autoritaria, cortando el viento—.
¡Quiero luces en esa estructura!
¡Cuidado con posibles explosivos!
Verla allí, a menos de cincuenta metros, dirigiendo una operación para cazarme mientras yo sangraba en la oscuridad, provocó una punzada en mi pecho más dolorosa que las costillas rotas.
La ironía era un chiste cruel que solo yo podía entender.
Ella estaba dispuesta a morir para proteger a la ciudad de mí, y yo acababa de matar a una pesadilla mecánica para que ella no tuviera que enfrentarla.
Un haz de luz táctica barrió la parte superior del Leviatán, justo donde yo había estado hace segundos.
Tenía que salir del muelle antes de que cerraran el cerco o trajeran los perros.
Miré hacia el agua.
La bahía de Tokio era una masa negra y agitada.
Con mis heridas, nadar era un riesgo de hipotermia y ahogamiento, pero el muelle estaba bloqueado.
Entonces, vi una tubería de desagüe industrial, lo suficientemente ancha para una persona, que desembocaba bajo el nivel del muelle, parcialmente sumergida por la marea alta.
Me arrastré, forzando a mi cuerpo a obedecer.
Cada metro era una batalla contra el deseo de tumbarme y cerrar los ojos.
*Solo un poco más, Javier.
No moriste en un callejón de Madrid para ahogarte en la basura de Tokio.* Llegué al borde del muelle y me dejé caer silenciosamente hacia la estructura de mantenimiento inferior.
El agua helada me golpeó las piernas, robándome el aliento.
Me aferré a los soportes oxidados, avanzando hacia la tubería.
El olor era nauseabundo, una mezcla de salitre, combustible y podredumbre, pero era el olor de la libertad.
Justo antes de entrar en el túnel, eché una última mirada atrás.
Ryoko estaba parada frente al cadáver del Leviatán, mirando la herida abierta en su pecho donde yo había arrancado el núcleo.
Parecía pequeña frente a la inmensidad de la destrucción.
Por un segundo, pareció mirar directamente hacia donde yo estaba oculto, como si su instinto materno pudiera perforar la oscuridad y el camuflaje.
—Lo siento, mamá —susurré, un sonido que la tormenta se llevó al instante.
Me interné en la oscuridad de la tubería.
El Sistema parpadeó en mi retina, finalmente procesando el fin del combate.
**[EVENTO FINALIZADO: LA AUDITORÍA]** **[SOBREVIVIENTES: 1]** **[RECOMPENSA DE EXP: 5000]** **[NIVEL SUBIDO: 5 -> 6]** **[BONIFICACIÓN POR ACTUACIÓN: “Ojo del Huracán” (Desbloqueado)]** Ignoré las notificaciones.
Ahora mismo, los números no importaban.
Solo importaba poner distancia entre el “Carnicero” y el hijo ejemplar que debía estar durmiendo en casa de un amigo.
Tenía unas pocas horas para limpiar mis heridas, esconder el núcleo y fabricar una coartada que resistiera el interrogatorio de una de las mejores detectives de Tokio.
Avancé por el túnel, cojeando, solo, con el corazón de un monstruo en mi mochila y el peso de una doble vida hundiéndome los hombros.
El Leviatán había caído, pero la verdadera prueba acababa de empezar.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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