Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 30
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- Capítulo 30 - 30 Capítulo 30 Heridas de Guerra y Coartadas de Papel
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30: Capítulo 30: Heridas de Guerra y Coartadas de Papel 30: Capítulo 30: Heridas de Guerra y Coartadas de Papel El hedor del túnel de desagüe era una entidad física, una mezcla densa de moho, desperdicios industriales y agua estancada que se adhería a la piel como una segunda capa de suciedad.
Sin embargo, para mí, aquel olor era el perfume de la supervivencia.
Avancé cojeando por la pasarela de mantenimiento, con el agua oscura corriendo a escasos centímetros de mis botas tácticas.
Cada paso enviaba una descarga eléctrica de dolor desde mis costillas fisuradas hasta la base del cráneo, nublándome la vista por instantes.
—No te desmayes ahora, idiota —murmuré, mi voz resonando hueca en el cilindro de hormigón.
El eco me devolvió un gruñido gutural que apenas reconocí como mío.
El Sistema flotaba en mi visión periférica, una serie de textos azules translúcidos que iluminaban la oscuridad mejor que cualquier linterna.
La barra de salud parpadeaba en un rojo alarmante: **[Estado: Crítico.
Salud: 38%.
Fracturas costales múltiples detectadas.
Hemorragia interna leve]**.
Ignoré la advertencia con la práctica indiferencia de quien ha muerto una vez y no tiene prisa por repetir la experiencia.
Lo urgente no eran los huesos rotos, sino salir del radio de búsqueda de la policía.
Caminé durante veinte minutos que parecieron horas, guiado por mi mapa mental del subsuelo de Tokio.
Mi destino no era mi casa en Koto, ni mucho menos el apartamento de Takeshi.
Necesitaba un lugar estéril de emociones, un punto ciego en la vigilancia de la ciudad.
Finalmente, vi una rejilla de ventilación oxidada que daba a un callejón trasero en el distrito de Minato, cerca de las viejas vías del monorraíl.
Empujé la rejilla con el hombro bueno; cedió con un chirrido metálico que me hizo apretar los dientes.
Salí arrastrándome a la superficie, tosiendo y escupiendo el sabor metálico de la sangre y el alcantarillado.
La lluvia había cesado, dejando un Tokio húmedo y silencioso bajo la luz anaranjada de las farolas de vapor de sodio.
A dos calles de distancia, encontré lo que buscaba: una subestación eléctrica abandonada, un relicario de ladrillo y cables cortados que había marcado en mis exploraciones semanas atrás como “Punto Seguro C”.
Forcé la cerradura de la puerta lateral con mi ganzúa —mis manos temblaban por la bajada de adrenalina— y me deslicé al interior.
El aire dentro estaba viciado, oliendo a ozono y polvo, pero estaba seco.
Cerré la puerta y me dejé caer contra la pared fría, deslizando la mochila de mis hombros con un gemido de alivio.
Primero, el botín.
Abrí la cremallera con cuidado.
El núcleo del Leviatán brillaba con una luz violeta pulsante, proyectando sombras danzantes en las paredes desnudas.
Era hermoso y aterrador; una pieza de tecnología que no debería existir en 2025.
**[Núcleo de Procesamiento Cuántico]**.
No podía llevar esto a casa.
Ryoko tenía un instinto casi sobrenatural para detectar cuando algo estaba fuera de lugar, y un reactor en miniatura bajo mi cama sería difícil de explicar.
Busqué en el rincón de la subestación donde había una caja de disyuntores vacía.
Envolví el núcleo en una lona aislante que encontré tirada y lo introduje en el hueco, cubriéndolo después con escombros y una placa de metal suelta.
—Duerme bien, pequeña bestia —susurré.
Ahora, yo.
Me quité la chaqueta táctica destrozada y la camisa del uniforme escolar, que ahora era poco más que jirones empapados en sangre y aceite.
Al mirar mi torso en el reflejo de un panel de vidrio roto, hice una mueca.
Mi piel era un mapa de hematomas violáceos y negros; el lado derecho de mi caja torácica estaba inflamado y deforme.
Saqué el botiquín de primeros auxilios que había robado en la oleada anterior.
No había morfina, solo vendajes, antiséptico y un spray analgésico que apenas haría cosquillas a este nivel de daño.
—Esto va a doler —me dije a mí mismo, mordiendo un trozo de cuero de mi cinturón.
Me rocié el costado con el spray frío y, antes de que el entumecimiento desapareciera, comencé a vendarme el torso con fuerza, comprimiendo las costillas para inmovilizarlas.
El dolor fue cegador.
Un grito ahogado murió en mi garganta, transformándose en un sollozo seco.
Puntos blancos estallaron en mi visión.
Me obligué a respirar superficialmente, controlando el pánico fisiológico con la frialdad mental de Javier.
Una vez vendado, me senté en el suelo, temblando incontrolablemente.
El Sistema emitió un suave *ping*.
**[Misión Oculta Completada: Primeros Auxilios de Campo (Nv.
2)]** **[Recompensa: +50 XP.
Regeneración de Salud aumentada en reposo (+10%)]** —Gracias por el consuelo —espeté al aire vacío.
Saqué mi teléfono.
03:45 AM.
Tenía cinco llamadas perdidas de Takeshi y un mensaje de texto de Ryoko, enviado hace treinta minutos: *”Kenji, perdona que no llegue a dormir.
Hubo un incidente grave en el puerto.
Cierra bien las puertas.
Te quiero.”* La culpa me pinchó, más aguda que mis costillas.
Ella estaba allí fuera, bajo la lluvia, lidiando con el caos que yo había creado, preocupada por si yo había cenado bien, sin saber que su “niño” era la causa de su insomnio.
Borré la notificación y abrí mi mochila para sacar la muda de ropa que siempre llevaba para emergencias: unos vaqueros desgastados y una sudadera gris con capucha, anónima y holgada, perfecta para ocultar vendajes voluminosos.
Me cambié con movimientos lentos y agonizantes.
Guardé el equipo táctico y los restos del uniforme en una bolsa de plástico negra que escondí junto al núcleo.
Tendría que volver para deshacerme de ello o limpiarlo, pero hoy no.
Me apoyé contra la pared, cerrando los ojos por un momento.
El agotamiento me golpeó como un mazo.
Había matado a un Jefe de Zona, destruido un prototipo militar y sobrevivido a una purga del Sistema.
Era el rey de la colina de cadáveres.
Pero aquí, en la oscuridad, temblando de frío y dolor, me sentía patéticamente humano.
El Sistema se desplegó de nuevo ante mis ojos cerrados, mostrando el árbol de habilidades.
Tenía un punto de habilidad disponible por subir al nivel 6.
Mi mente estratégica analizó las opciones.
Podía aumentar mi fuerza para soportar mejor el retroceso de armas pesadas, o mejorar mi sigilo para ser un fantasma aún más efectivo.
Pero el dolor en mi costado dictó la sentencia.
Invertí el punto en **[Constitución]**.
Sentí un calor sutil recorrer mis huesos, un alivio casi imperceptible en la inflamación de mis tejidos.
No era una cura mágica, pero me ayudaría a sanar antes de que Ryoko pudiera sospechar por qué caminaba como un anciano.
Me puse en pie, mareado.
Tenía que ir a un cibercafé o a una sauna 24 horas, lavarme la suciedad del puerto y fingir que había pasado la noche fuera por una razón adolescente estúpida pero creíble.
Rebelión.
Una chica.
Videojuegos.
Cualquier mentira serviría, siempre que fuera lo suficientemente banal para no despertar el instinto de detective de mi madre.
Salí de la subestación al aire fresco de la madrugada.
Tokio empezaba a despertar, ajena a los monstruos que caminaban entre sus ciudadanos.
Me ajusté la capucha, ocultando mi rostro y mis ojos, que ya no pertenecían a un niño de catorce años.
El juego había cambiado.
Ya no era solo un participante; era una amenaza.
Y las amenazas en este mundo tenían dos destinos: dominar o ser eliminadas.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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