Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 31
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- Capítulo 31 - 31 Capítulo 31 Fantasmas en la Red
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31: Capítulo 31: Fantasmas en la Red 31: Capítulo 31: Fantasmas en la Red El letrero de neón del «Cyber-Net Station» parpadeaba con un zumbido eléctrico defectuoso, tiñendo el asfalto mojado de Akihabara de un azul enfermizo.
Eran las 04:20 de la madrugada.
Para la ciudad, era la hora de los borrachos, los insomnes y los camiones de basura.
Para mí, era la hora de las brujas, el momento en que los monstruos volvíamos a ponernos la piel de cordero.
Empujé la puerta de cristal, recibiendo una bofetada de aire acondicionado con olor a tabaco rancio y ramen instantáneo.
El dependiente, un universitario con ojeras profundas y la mirada perdida en un manga, apenas levantó la vista.
—Cabina individual.
Ocho horas —pedí, mi voz sonando más ronca de lo habitual.
Dejé un billete de diez mil yenes arrugado sobre el mostrador.
Pagué en efectivo; las tarjetas de crédito dejan rastros que ni el mejor hacker puede borrar del todo si la investigación es lo suficientemente profunda.
—Cabina 204.
Al fondo a la derecha —murmuró, deslizándome el recibo y una tarjeta llave sin mirarme a los ojos.
Caminé por el pasillo estrecho, flanqueado por puertas correderas que ocultaban a salarymen durmiendo la borrachera o a adolescentes escapando de la realidad.
El suelo estaba pegajoso.
Perfecto.
Nadie aquí haría preguntas.
Nadie aquí quería ser visto.
Entré en la 204, un cubículo de dos metros cuadrados con un sillón reclinable de cuero sintético desgastado y una pantalla de ordenador que zumbaba suavemente.
Cerré el pestillo y solté el aire que había estado conteniendo desde el desagüe.
Mi cuerpo gritó en protesta.
El analgésico tópico había empezado a perder efecto y mis costillas latían al ritmo de mi corazón, un recordatorio constante de que la física de un cuerpo de catorce años tiene límites, por mucho que mi mente recuerde cómo aguantar una paliza.
Lo primero era la higiene.
No podía volver a casa oliendo a aceite hidráulico, sangre coagulada y aguas residuales.
Saqué la muda de ropa limpia de mi mochila y me dirigí a las duchas comunes del final del pasillo.
El agua salió hirviendo.
Dejé que me golpeara la espalda, viendo cómo el remolino en el desagüe se teñía de marrón y rosa pálido.
Me froté la piel con el jabón industrial del local hasta que quedó enrojecida, eliminando cualquier rastro de pólvora o químicos del Leviatán.
Al secarme frente al espejo empañado, evalué los daños.
Un hematoma masivo, de un púrpura casi negro, se extendía desde mi axila derecha hasta la cadera.
—Bonito tatuaje temporal, Javier —susurré a mi reflejo.
El chico del espejo, Kenji, me devolvió una mirada vacía, los ojos demasiado viejos para su rostro suave.
Volví a la cabina, me puse la ropa limpia —unos vaqueros holgados y una camiseta gris— y me senté frente al ordenador.
Ahora empezaba la verdadera cirugía.
El plan original de decir que estuve en casa de Takeshi era sólido, hasta que dejé de contestar sus llamadas.
Ryoko es una detective; si sospechaba algo, llamaría a los padres de Takeshi o, peor, interrogaría al chico.
Takeshi es leal, pero se pone nervioso con facilidad.
Una coartada que depende de un adolescente conspiranoico es una coartada destinada a romperse.
Necesitaba una verdad alternativa.
Una que no involucrara a nadie más.
Toqué la pantalla y mis dedos volaron sobre el teclado mecánico.
Invoqué la **[Interfaz de Hackeo Básico]**.
El sistema operativo del cibercafé era un colador de seguridad, una arquitectura obsoleta de Windows protegida por firewalls gratuitos.
—Acceso de administrador…
concedido —murmuré mientras las líneas de código azul del Sistema se superponían a la realidad.
Entré en el registro de clientes.
Busqué mi entrada actual, las 04:25 AM, y la borré.
Luego, creé una nueva entrada retroactiva.
*Cliente: Anónimo (Pago Efectivo).
Hora de entrada: 21:15 PM del día anterior.* Pero un registro de entrada no era suficiente.
Necesitaba actividad.
Ryoko podría pedir los logs de tráfico si se ponía paranoica.
Abrí un script de simulación y lo inyecté en el historial de la terminal 204.
Generé gigabytes de datos falsos: ocho horas ininterrumpidas de conexión a los servidores de *«Eternal Fantasy Online»*, un MMORPG popular.
Me tomé la molestia de fabricar registros de chat.
*Usuario K_Sato99 [23:45]: Necesito sanación en el tanque, idiotas.* *Usuario K_Sato99 [02:30]: Voy a por otra bebida, no empecéis la raid sin mí.* Construí una narrativa de una noche de vicio y aislamiento adolescente.
La historia perfecta: me peleé con Takeshi o simplemente me aburrí, me fui, y me encerré aquí para ahogar mis penas matando dragones virtuales.
Una rebeldía típica, patética y, sobre todo, inocente.
Una vez que el servidor del café aceptó la mentira como verdad histórica, me recosté en el sillón.
El Sistema parpadeó con una notificación discreta.
**[Habilidad: Hackeo Básico ha subido a Nivel 2]** **[Nueva función desbloqueada: Suplantación de ID Local]** Ignoré la recompensa y saqué mi teléfono.
Tenía que cerrar el último cabo suelto.
Escribí un mensaje a Takeshi.
*«Mi batería murió anoche.
Tuve que irme, tu abuela estaba haciendo demasiadas preguntas y no quería molestar.
Me vine a un café a jugar toda la noche.
Si alguien pregunta, estuvimos juntos hasta las 9 y luego me fui porque me dolía la cabeza.
Te cuento en el insti.
Tengo algo grande.»* El cebo de «tengo algo grande» mantendría a Takeshi callado y cooperativo.
Su curiosidad era su correa.
Finalmente, el silencio.
El zumbido del ordenador era casi hipnótico.
Saqué una barrita energética que había comprado en la máquina expendedora y la comí despacio, sintiendo cómo mi estómago agradecía el combustible tras el desgaste del Módulo de Sobrecarga.
Me quedaban dos horas antes de tener que volver a casa y enfrentarme a Ryoko.
Ella estaría agotada, probablemente oliendo a humo y frustración por haber perdido al «Carnicero» entre sus dedos.
Yo tendría que actuar como el hijo preocupado que se siente culpable por haber pasado la noche fuera jugando videojuegos mientras su madre salvaba la ciudad.
Cerré los ojos, intentando dormir, pero cada vez que lo hacía veía el ojo rojo del Leviatán apagándose y el brillo dorado del botín.
La ciudad despertaba fuera, ajena a que el equilibrio de poder en los bajos fondos acababa de romperse.
Arata estaba muerto.
El Leviatán era chatarra.
Y yo, un niño de catorce años con las costillas rotas y una coartada de papel, estaba sentado en el trono vacío.
La pregunta no era si descubrirían lo que había hecho.
La pregunta era qué o quién vendría a reclamar el trono antes de que yo estuviera listo para defenderlo.
El sueño me venció, un sueño sin sueños, negro y pesado como el agua del puerto.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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