Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 32
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- Capítulo 32 - 32 Capítulo 32 El Precio del Silencio
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32: Capítulo 32: El Precio del Silencio 32: Capítulo 32: El Precio del Silencio La luz de la mañana en Tokio tiene una cualidad clínica, casi quirúrgica, capaz de exponer las grietas en el asfalto y las ojeras en los rostros de los asalariados que se arrastran hacia la estación de metro.
Salí del «Cyber-Net Station» entrecerrando los ojos, ajustándome las gafas sin graduación que, en ese momento, servían más para ocultar mi cansancio que para corregir mi vista perfecta.
Caminaba con la rigidez de un anciano atrapado en el cuerpo de un adolescente; cada paso enviaba una punzada eléctrica a través de mis costillas fisuradas, un recordatorio palpitante de que el Leviatán, aunque reducido a chatarra humeante, me había dejado un regalo de despedida.
El trayecto en tren de regreso a Koto fue un ejercicio de actuación.
Me dejé caer en un asiento prioritario vacío, fingiendo dormir para evitar el contacto visual.
Bajo la sudadera con capucha, mi torso estaba vendado con una precisión militar que ningún chico de catorce años debería conocer, y en mi mochila, envuelto en mi chaqueta táctica sucia, el Núcleo de Procesamiento Cuántico emitía un calor residual tenue que solo yo parecía percibir.
El Sistema parpadeó en mi retina periférica: [Recuperación Pasiva: Salud actual 44%.
Regen: +0.5% / hora].
Mi inversión en Constitución estaba pagando dividendos, pero no los suficientes.
Necesitaba días, quizás una semana, para estar operativo al cien por cien.
Pero el tiempo era un lujo que la «Auditoría» no me había concedido.
Al llegar a mi edificio, la normalidad de la fachada de ladrillo beige me pareció ofensiva.
¿Cómo podía el mundo seguir girando cuando, hace apenas unas horas, un tanque biomecánico había destrozado el muelle de Odaiba?
Subí las escaleras lentamente, preparando mi máscara.
La historia estaba lista: una rabieta adolescente, una noche de videojuegos, un teléfono sin batería.
Simple.
Aburrido.
Inocente.
Introduje la llave en la cerradura, esperando el silencio de un apartamento vacío.
Ryoko debería estar en la comisaría central o, más probablemente, en el lugar de los hechos, coordinando el cerco mediático para encubrir lo que el gobierno clasificaría sin duda como una «fuga de gas industrial» o un «ataque terrorista convencional».
Sin embargo, al abrir la puerta, el olor me golpeó antes de que pudiera dar un paso.
No era el aroma a café tostado o suavizante de ropa habitual.
Era el olor acre y metálico del yodo, mezclado con el hedor inconfundible del ozono quemado y algo más sutil: miedo.
—¿Mamá?
—llamé, mi voz saliendo con un rasguño de preocupación genuina, aunque por razones equivocadas.
No hubo respuesta inmediata.
Me quité los zapatos en el genkan, dejando mis zapatillas junto a las botas tácticas de Ryoko.
Estaban cubiertas de polvo de cemento y una sustancia aceitosa negra.
Manchas oscuras salpicaban el cuero.
Sangre seca.
Avancé hacia el salón.
Las cortinas estaban echadas, sumiendo la habitación en una penumbra grisácea.
Y allí estaba ella.
Ryoko Sato, la inspectora de hierro, la mujer que había criado a un monstruo sin saberlo, estaba sentada en el sofá con la postura de una marioneta a la que le han cortado los hilos.
Llevaba una camiseta de tirantes blanca manchada de hollín y pantalones de chándal.
Su brazo izquierdo estaba en cabestrillo, apretado contra su pecho, y una gasa cuadrada cubría una herida fea en su sien derecha, justo en la línea del cabello.
Sobre la mesa de centro, una botella de whisky medio vacía descansaba junto a su pistola reglamentaria y un kit de primeros auxilios abierto.
Me detuve en seco, y por primera vez en mi segunda vida, no tuve que fingir la conmoción.
El Leviatán no solo había destrozado el muelle; había alcanzado a Ryoko.
—Kenji…
—su voz sonó pastosa, como si tuviera la garganta llena de cristales.
Levantó la vista, y sus ojos, normalmente agudos y analíticos, estaban vidriosos, inyectados en sangre por el humo o el llanto—.
Estás aquí.
—Mamá, ¿qué…?
—Dejé caer la mochila al suelo con un golpe sordo, cuidando de que el núcleo no hiciera un sonido metálico, y corrí hacia ella.
Me arrodillé a su lado, mis propias costillas gritando en protesta por el movimiento brusco—.
¿Qué ha pasado?
¿Quién te ha hecho esto?
Ella soltó una risa breve, sin humor, que terminó en una mueca de dolor.
—Una noche larga, Kenji.
Muy larga —murmuró, evitando mi mirada—.
Hubo…
un incidente en los muelles de Odaiba.
Una operación conjunta con los S.A.T.
que salió mal.
Muy mal.
—¿Te dispararon?
—pregunté, escaneando sus heridas con mi visión periférica.
El brazo parecía una fractura limpia o una dislocación severa; la cabeza, un impacto por escombros.
—No…
fue un derrumbe.
Una grúa pórtico colapsó —dijo, y mi estómago se heló.
Yo había estado en esa grúa.
Yo había provocado ese colapso—.
Tuvimos suerte de que no nos cayera encima.
El sargento Miller…
él no tuvo tanta suerte.
Cerró los ojos un momento, respirando con dificultad.
La culpa, una emoción que creía haber extirpado de mi sistema nervioso junto con mi antigua identidad, reptó por mi columna vertebral.
Yo había matado a la bestia, sí, pero los daños colaterales estaban sentados frente a mí, sangrando.
—¿Dónde estabas?
—preguntó de repente, abriendo los ojos y clavándolos en los míos.
El instinto policial se abría paso a través del trauma y los analgésicos—.
Te llamé.
Una docena de veces.
Takeshi no sabía dónde estabas.
Era el momento.
La coartada de porcelana.
—Lo siento —bajé la cabeza, adoptando la postura de un niño avergonzado—.
Estaba enfadado.
Por lo de ayer, por el colegio…
Fui a un cibercafé en Akihabara.
Me pasé la noche jugando a *Eternal Fantasy*.
Apagué el teléfono porque no quería que nadie me molestara.
Fui un idiota.
Ryoko me estudió durante unos segundos interminables.
Podía ver los engranajes de su mente girando, buscando inconsistencias.
Pero mi ropa olía a tabaco rancio del cibercafé, mis ojos estaban rojos de cansancio real, y mi historia era patéticamente mundana.
Era exactamente lo que una madre quería oír: que su hijo estaba perdiendo el tiempo, no salvando la ciudad o destruyéndola.
—Un cibercafé…
—suspiró, y la tensión en sus hombros se disipó ligeramente—.
Eres un idiota, Kenji.
Un idiota con suerte.
Entonces, hizo algo para lo que no estaba preparado.
Se inclinó hacia adelante y me abrazó con su brazo bueno.
Me atrajo hacia ella con una fuerza desesperada, enterrando su cara en mi hombro.
—Pensé…
con todo lo que estaba pasando en el muelle…
tenía miedo de que estuvieras cerca.
De que te hubiera pasado algo —susurró contra mi camiseta.
Su abrazo comprimió mis costillas fracturas.
El dolor estalló en mi tórax como una granada de fragmentación, un fuego blanco que me nubló la vista.
Apreté los dientes tan fuerte que temí romperme una muela, forzando a mis músculos a no tensarse, a no reaccionar defensivamente.
Mi respiración se detuvo.
Tenía que aguantar.
Si me quejaba, si mostraba dolor, ella preguntaría.
Y si preguntaba, vería los vendajes.
—Estoy bien, mamá.
Estoy aquí —logré decir, mi voz estrangulada, acariciando su espalda con una mano mientras la otra se aferraba al sofá para no colapsar.
Ella se apartó después de unos segundos, limpiándose una lágrima furiosa con el dorso de la mano.
Volvió a ser la detective Sato, o al menos, una versión remendada de ella.
—Vete a tu cuarto.
Descansa.
Y no vuelvas a apagar ese maldito teléfono —ordenó, aunque su voz carecía de la autoridad habitual.
—Sí, mamá.
¿Necesitas algo?
¿Agua?
¿Más hielo?
—Solo necesito dormir un año entero.
Vete.
Recogí mi mochila, sintiendo el peso del Núcleo Cuántico como si fuera plomo radiactivo.
Caminé hacia mi habitación, cada paso una agonía calculada.
Al cerrar la puerta y echar el pestillo, me apoyé contra la madera, deslizándome hasta el suelo mientras soltaba el aire que había contenido.
El Sistema brilló en la oscuridad de mi cuarto, indiferente a mi dolor o al de Ryoko.
**[Nueva Misión Disponible: Consecuencias del Caos]** **[Objetivo: Investigar el destino del Núcleo y evitar que la policía conecte los puntos.]** Miré mis manos.
No temblaban.
Eso era lo peor.
A pesar de ver a la única persona que me importaba herida por mi guerra, mis manos no temblaban.
Saqué el Núcleo de la mochila.
Brillaba con una luz violeta hipnótica, pulsando como un corazón artificial.
Ryoko buscaba monstruos fuera, en la oscuridad de Tokio.
No tenía ni idea de que el verdadero monstruo estaba al otro lado del pasillo, curándose las heridas para volver a salir a cazar.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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