Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 43
- Inicio
- Todas las novelas
- Código Cero: El Justiciero de Tokio
- Capítulo 43 - 43 Capítulo 43 Fisuras en el Espejo
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
43: Capítulo 43: Fisuras en el Espejo 43: Capítulo 43: Fisuras en el Espejo Llegué a casa cuando los primeros rayos de sol atravesaban las cortinas del apartamento.
Había tomado una ruta circular, verificando tres veces que nadie me seguía, deteniéndome en callejones para escuchar pasos que nunca llegaron.
Mi paranoia había alcanzado niveles clínicos, pero después de lo que Saki me mostró, parecía justificada.
La puerta se abrió sin sonido.
Ryoko estaba dormida en el sofá, aún con su traje de trabajo arrugado, un expediente abierto sobre su pecho subiendo y bajando con su respiración.
Su pistola descansaba en la mesita de café, junto a una taza de té frío.
Me quedé quieto en la entrada, observándola.
La mujer que me había adoptado.
La que verificaba mi temperatura cuando tosía.
La que dejaba notas con dinero para el almuerzo.
¿Unidad Sato?
El Sistema proyectó datos sobre mi campo visual: frecuencia cardíaca de Ryoko estable, patrón de sueño profundo, sin signos de alerta consciente.
Probabilidad de despertar en los próximos quince minutos: 8%.
Tenía una ventana.
Estrecha, peligrosa, pero necesaria.
Me moví hacia su habitación con pasos que años de entrenamiento habían vuelto fantasmales.
La puerta estaba entreabierta.
Dentro, su espacio personal era espartano: cama sin hacer, escritorio ordenado, estantería con manuales policiales y una fotografía enmarcada de nosotros dos en un festival de verano del año pasado.
Mis manos temblaron.
Las obligué a detenerse.
Comencé con lo obvio: su computadora portátil.
Estaba apagada pero no bloqueada físicamente.
Inserté una unidad USB que Saki me había dado, programada para clonar archivos sin dejar rastros de acceso.
La pantalla se iluminó débilmente mientras el programa trabajaba.
Cinco minutos.
El Sistema contaba cada segundo.
Mientras la transferencia corría, revisé su escritorio.
Facturas pagadas.
Reportes de casos archivados.
Una carta a medio escribir para el departamento solicitando recursos adicionales para la investigación de Kusanagi.
Todo parecía…
normal.
Demasiado normal.
Abrí el cajón inferior, el que siempre mantenía cerrado con llave.
La ganzúa que llevaba en mi bolsillo —heredada de mi arsenal— hizo el trabajo en dieciocho segundos.
Dentro encontré su arma de respaldo, documentos personales, y una carpeta manila sin etiquetar.
La saqué con cuidado.
Dentro había fotografías.
De mí.
No las fotos familiares normales.
Estas eran capturas de vigilancia.
Saliendo de la escuela.
Caminando por Shibuya.
Entrando a un edificio en Nakano —el edificio de Saki— tomada hace apenas seis horas desde un ángulo elevado.
Mi sangre se convirtió en hielo.
Había más.
Notas escritas a mano en la caligrafía precisa de Ryoko: *14 de marzo – Kenji regresó 02:35 AM, ropa manchada (¿aceite?).* *18 de marzo – Ausente durante incidente Odaiba.
Coartada: cibercafé (verificar).* *22 de marzo – Comportamiento ansioso.
Evita contacto visual.* Cada observación era clínica, desapasionada.
Como si estuviera documentando a un sospechoso, no a su hijo.
La última nota estaba fechada ayer: *Necesito estar segura.
Por favor, que esté equivocada.* Esa única línea me destrozó más que todas las demás juntas.
La USB emitió un pitido suave.
Transferencia completa.
La retiré con manos que ya no podía controlar, guardando la carpeta exactamente como la encontré, cerrando el cajón.
Salí de su habitación y me obligué a caminar hacia la mía, cada paso medido, calculado.
Cerré la puerta y me desplomé contra ella, respirando por primera vez en lo que parecieron horas.
El Sistema procesó los archivos clonados, mostrando resultados en mi visión: *[Archivos personales de R.
Sato – 847 documentos]* *[Escaneando palabras clave: Arquitectos, Sistema, Carnicero, Kusanagi]* *[Coincidencias encontradas: 23]* Abrí el primer archivo.
Era un correo electrónico de hace dos semanas, enviado desde una dirección anónima a la cuenta personal de Ryoko: *Inspectora Sato: Hemos notado su interés en los recientes incidentes.
Su proximidad al Sujeto K-14 la convierte en un activo valioso.
Contactaremos pronto para discutir cooperación mutua.
– Coordinador Primario* Ella nunca respondió.
En su lugar, había una nota adjunta en un documento separado: *¿Quién es K-14?
¿Por qué me vigilan?
¿Tiene esto que ver con Kenji?* Seguí leyendo.
Más correos.
Más presión.
Ofertas de información sobre el Carnicero a cambio de reportes sobre mis movimientos.
Amenazas veladas sobre “consecuencias de no cooperar”.
Y en cada uno, las respuestas de Ryoko eran las mismas: ignorados o rechazados.
Hasta hace tres días.
El correo era breve: *Necesito saber qué es mi hijo.
Si cooperar con ustedes me da esa respuesta, acepto sus términos.
Pero si le hacen daño, los destruiré a todos.* No hubo respuesta de Los Arquitectos.
Solo otra nota personal de Ryoko: *Dios, perdóname.
No sé qué más hacer.* El archivo final era un registro de audio, grabado hace doce horas.
Apenas podía escucharlo por el sonido de mi propio corazón.
La voz de Ryoko, cansada y rota: “Observador Cero, aquí Unidad Sato.
Confirmo que el sujeto regresó a las 23:47.
Sin heridas visibles.
Comportamiento…
normal.
Demasiado normal.” Una pausa larga.
“Necesito saber si mi hijo es un monstruo.
Y si lo es…
necesito saber si todavía puedo salvarlo.” La grabación terminó.
Me quedé sentado en la oscuridad de mi habitación, procesando todo.
Ryoko no era cómplice.
Era una madre desesperada, manipulada por Los Arquitectos, usando su miedo y amor contra ella.
La habían convertido en su herramienta sin que ella comprendiera completamente el juego.
Pero eso no cambiaba el hecho de que me estaba vigilando.
Reportando.
Reuniendo evidencia.
El Sistema actualizó su evaluación: *[Ryoko Sato – Estado: Amenaza Involuntaria / Víctima Manipulada]* *[Recomendación: Neutralización emocional o extracción de influencia hostil]* Miré hacia la pared que separaba nuestras habitaciones.
Al otro lado, la mujer que me crio dormía en un sofá, agotada de investigar si su hijo era el asesino que cazaba.
Y lo peor era que tenía razón.
Tenía dos opciones imposibles: contarle la verdad y destruir todo lo que creía sobre mí, o seguir mintiendo y dejar que Los Arquitectos la consumieran lentamente.
Ambas la destrozarían.
Ambas me destrozarían a mí.
El sol terminó de salir, llenando mi habitación de luz que no sentía ningún calor.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com