Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 58
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- Capítulo 58 - 58 Capítulo 58 Ecos de un Nombre Olvidado
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58: Capítulo 58: Ecos de un Nombre Olvidado 58: Capítulo 58: Ecos de un Nombre Olvidado Bajé lentamente mi arma.
El gesto hizo que Kitsune girara hacia mí con expresión incrédula, pero levanté mi otra mano pidiéndole silencio.
Akari observó el movimiento con esos ojos vacíos, la cabeza inclinada como un depredador estudiando presa inusual.
“Akari,” dije su nombre con deliberación.
No K-01.
No Entidad Alfa.
Su nombre humano.
“Antes de que te convirtieran.
¿Qué edad tenías?” El Núcleo pulsó irregular en sus manos por primera vez.
Un breve parpadeo en su ritmo perfecto.
“Información irrelevante,” respondió, pero su voz había perdido una fracción de esa resonancia metálica.
“Esa entidad ya no existe.” “Diez años,” continué, recordando los datos del Sistema.
“Fuiste la primera.
Kamchatka, 2019.
El sitio de excavación donde encontraron a Alfa-Siete.” Di otro paso adelante, ignorando las advertencias rojas en mi visión.
“No te ofreciste voluntaria.
Nadie a esa edad lo haría.” Las vetas luminiscentes bajo su piel parpadearon erráticamente.
“Los Arquitectos me salvaron.
Estaba muriendo.
Exposición a radiación cuántica.
Tenía horas, quizás menos.” “Te usaron,” dije con voz firme.
“Tenías diez años y te convirtieron en un experimento.
No te salvaron, Akari.
Te robaron.” “¡Me ELEVARON!” La voz emergió distorsionada, demasiado grave, demasiado aguda, múltiples tonos simultáneos.
El edificio tembló.
Vigas oxidadas llovieron polvo.
“Me liberaron del dolor.
De la debilidad.
De la mortalidad insignificante.” “¿Liberaron?” Kitsune habló por primera vez, su voz suave pero cargada.
“¿O borraron todo lo que eras para reemplazarte con algo útil?” Akari se volvió hacia ella con velocidad antinatural.
“Tú no comprendes.
Ninguno de ustedes comprende.
Puedo ver patrones en el caos.
Escucho las matemáticas del universo cantando.
Existo en cuatro dimensiones simultáneamente.” “¿Y tu madre?” pregunté abruptamente.
“¿También existía en cuatro dimensiones?” El silencio que siguió fue absoluto.
Incluso el zumbido constante del Núcleo pareció atenuarse.
Akari se quedó completamente inmóvil, una estatua de carne luminiscente y circuitería alienígena.
“No tengo madre,” susurró finalmente.
“Todos tenemos madre,” repliqué.
El Sistema proyectó datos que había extraído de los archivos de Tanaka durante nuestra última sesión.
“Himura Yuki.
Técnica de campo en la excavación.
Te llevó con ella porque no tenía con quién dejarte.
El día del incidente, estabas dibujando en su tienda de campaña mientras ella trabajaba.” Las manos de Akari temblaron.
El Núcleo resbaló levemente antes de que lo atrapara.
“Dibujabas pájaros,” continué, sintiendo que algo cedía en su armadura perfecta.
“Petirrojos específicamente.
Porque había uno que visitaba la ventana de tu apartamento en Sapporo cada mañana.
Lo llamabas Akahige por su pecho rojo.” “Basta.” La palabra salió plana, vacía.
“Tu madre murió protegiéndote,” dije, y esta verdad la había encontrado en los registros más profundos, los que Tanaka ocultó mejor.
“Cuando el contenedor de Alfa-Siete se fracturó y la radiación cuántica inundó el sector, ella te cubrió con su cuerpo.
Absorbió la dosis letal para darte minutos extra.” Akari retrocedió un paso.
Otro.
Las vetas bajo su piel comenzaron a parpadear caóticamente, algunas apagándose completamente.
“Los Arquitectos te encontraron agonizando junto a su cadáver,” continué, implacable ahora.
“Y en lugar de dejar que murieras con dignidad junto a ella, te conectaron a sus máquinas.
Te hicieron esto.
Te quitaron incluso el derecho a llorarla.” “Ella me lo habría pedido,” murmuró Akari, pero su voz era ahora pequeña, infantil.
“Habría querido que sobreviviera.
A cualquier costo.” “No a este costo,” dijo Kitsune suavemente.
“Ninguna madre querría que su hija se convirtiera en esto.
En un arma sin pasado.
Sin nombre real.
Sin lágrimas.” Akari levantó una mano hacia su rostro, tocando su mejilla con dedos temblorosos.
Cuando los retiró, algo brillante y plateado manchaba su piel.
“No puedo llorar,” susurró, observando el líquido metálico en su mano como si fuera algo alienígena.
“Ya ni siquiera puedo llorar.” El Núcleo cayó de sus manos, rebotando en el concreto con un sonido hueco.
Las vetas luminiscentes bajo su piel comenzaron a apagarse una por una, como luces muriendo en una ciudad durante un apagón.
“Akari Himura,” dije su nombre completo.
“Diez años.
Le gustaban los pájaros y el helado de fresa.
Dibujaba en los márgenes de sus cuadernos durante las clases.
Tenía una madre que la amó lo suficiente como para morir por ella.” “Esa niña está muerta,” pero ahora había quebranto en esas palabras.
“No,” contradije.
“Está enterrada.
Aprisionada.
Gritando bajo todo ese metal y circuitería.
Los Arquitectos no te elevaron, Akari.
Te silenciaron.” Sus piernas cedieron.
Cayó de rodillas, y el impacto agrietó el concreto en patrones radiales.
Sus manos cubrieron su rostro, y entre sus dedos, más lágrimas plateadas se deslizaron.
“Duele,” jadeó.
“Recordar duele.
Por eso lo bloquearon.
Por eso sellaron todo.
El dolor era insoportable.” Me arrodillé frente a ella, manteniendo distancia prudente pero cerca.
“El dolor significa que todavía eres humana.
Significa que algo en ti sigue luchando.” Akari alzó la mirada.
Por un instante, solo un instante, sus ojos negros parpadearon y vi marrón.
Marrón cálido y humano.
“No sé si puedo regresar,” susurró.
“He ido tan lejos.
He cambiado tanto.” “Entonces no regreses completamente,” dije.
“Pero tampoco te pierdas del todo.
Elige un punto medio.
Elige recordar.” El Sistema rugió advertencias.
El Núcleo comenzó a brillar erráticamente.
Y Akari, K-01, la Primera Despertada, lloró lágrimas de mercurio mientras el mundo decidía su siguiente movimiento.
REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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