Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 6
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- Capítulo 6 - 6 Capítulo 6 Espectadores bajo la Lluvia
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6: Capítulo 6: Espectadores bajo la Lluvia 6: Capítulo 6: Espectadores bajo la Lluvia La lluvia en Tokio tiene la peculiar cualidad de lavar los pecados de la ciudad, o al menos, de arrastrarlos hacia las alcantarillas donde nadie se molesta en mirar.
Desde mi posición en la cornisa, con el agua empapando mi uniforme escolar y mezclándose con el hollín del incendio que acababa de provocar, la alerta del Sistema ardía en mi retina como un neón defectuoso.
[Alerta de Proximidad: Observador Hostil.
Distancia: 45 metros.
Azotea Norte.] No había miedo en mi reacción, solo una fría curiosidad mezclada con la irritación de un trabajo que creía limpio.
Abajo, el caos policial era una sinfonía de sirenas y luces estroboscópicas.
Ryoko, mi madre en esta vida, estaba ocupada coordinando el perímetro, dándome una ventana de tiempo minúscula pero suficiente.
Me giré hacia el edificio adyacente, un bloque de oficinas de los años ochenta con la fachada cubierta de andamios y lonas publicitarias.
Si alguien me había estado observando, había visto la ejecución, las bombas, y lo más importante: mi cara.
Eso era inaceptable.
—Sistema, traza ruta de intercepción —ordené mentalmente.
Una línea azul translúcida apareció sobre el vacío que separaba ambos edificios.
Un salto de cuatro metros sobre un callejón oscuro.
En mi vida anterior, con mi cuerpo de treinta años, habría dudado.
Con este cuerpo adolescente, ligero y fibroso, y la estadística de [Agilidad] dopada por la adrenalina, era un trámite.
Tomé carrera.
Mis zapatillas de deporte, baratas y desgastadas, chapotearon en el charco del techo antes de impulsarme al vacío.
El viento aulló en mis oídos durante un segundo de ingravidez.
Aterricé en el otro lado rodando sobre el hombro para dispersar el impacto, manchándome de grasa y musgo húmedo.
Me incorporé en silencio, cuchillo en mano.
La azotea estaba desierta, o eso parecía.
Un bosque de antenas parabólicas y unidades de aire acondicionado oxidadas creaba un laberinto de sombras perfectas para una emboscada.
Caminé agachado, siguiendo el marcador del radar que el Sistema proyectaba en mi visión.
El punto rojo parpadeaba, estático.
Al doblar la esquina de una caseta de mantenimiento, lo vi.
No era un policía, ni un Yakuza.
La figura estaba sentada en el borde del parapeto, con las piernas colgando hacia el vacío, dándome la espalda con una despreocupación insultante.
Llevaba una gabardina técnica negra, demasiado cara para un vagabundo, demasiado táctica para un civil.
La capucha estaba subida, ocultando cualquier rasgo distintivo.
Me acerqué despacio, calculando el ángulo para un corte limpio en la carótida si resultaba ser una amenaza letal.
A tres metros, la figura habló sin girarse.
—Demasiado ruido, Kenji Sato.
O como te hagas llamar ahora.
Me detuve en seco.
Mi nombre real.
No mi alias de vigilante, sino mi identidad civil.
El agarre en mi cuchillo se tensó hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
—¿Quién eres?
—pregunté, mi voz carente de la timidez fingida que usaba en la escuela.
La figura se puso de pie con un movimiento fluido, casi líquido.
Se giró.
Llevaba una máscara balística lisa, de un blanco hueso, sin rasgos faciales, solo dos ranuras oscuras para los ojos.
En su pecho, un símbolo apenas visible bajo la lluvia: una balanza estilizada cruzada por una katana.
—Alguien que aprecia el arte, pero detesta la chapuza —dijo.
La voz estaba distorsionada electrónicamente, imposible de identificar por género o edad—.
Usar explosivos caseros en un distrito industrial…
arriesgado.
Podrías haber matado a civiles si la estructura hubiera colapsado mal.
—No había civiles.
Hice el cálculo —repliqué, evaluando mis opciones.
Atacar era arriesgado; este tipo conocía mi nombre y no parecía intimidado por mi arma.
—Los cálculos fallan.
Las variables cambian —El Observador ladeó la cabeza—.
Tienes talento, “niño”.
El Sistema te ha elegido bien.
Pero eres un carnicero, no un cirujano.
¿El Sistema?
El frío se instaló en mi estómago.
Sabía sobre el Sistema.
Eso cambiaba todo.
No era un simple testigo; era un jugador.
—Si sabes lo que soy, sabes que no puedo dejarte ir —dije, flexionando las piernas para lanzarme.
El enmascarado soltó una risa seca, metálica.
Levantó una mano, y por un instante pensé que dispararía.
Pero solo chasqueó los dedos.
Una granada cegadora cayó de su manga al suelo.
—Aún no estamos en el mismo bando, ni somos enemigos.
Considera esto una auditoría.
Cerré los ojos y me cubrí la cara instintivamente justo cuando el flashbang detonó.
El estruendo y la luz blanca perforaron mis párpados, dejándome sordo y desorientado por unos segundos vitales.
Cuando el pitido en mis oídos remitió y mi visión recuperó el contraste, la azotea estaba vacía.
Corrí hacia el borde.
Abajo, en un callejón lateral lejos del cordón policial, vi una moto negra sin matrícula arrancar y desaparecer en la noche lluviosa.
[Misión Secundaria: Investigar al Observador – FALLIDA] [Nueva Entrada en la Base de Datos: “El Juez” (Posible usuario de Sistema rival)] Maldije en español, una retahíla de juramentos que habría hecho sonrojar a un marinero.
Guardé el cuchillo y miré el reloj.
Ryoko volvería a casa en cuanto asegurara la escena y entregara el informe preliminar.
Tenía cuarenta minutos para cruzar medio Tokio, entrar en mi habitación, ducharme y fingir que llevaba horas durmiendo.
El regreso fue un borrón de tejados, escaleras de incendios y callejones traseros.
El Sistema optimizaba mi ruta para evitar cámaras de seguridad y patrullas, convirtiendo la ciudad en un circuito de obstáculos brillante.
La fatiga física empezaba a acumularse; mi cuerpo de catorce años tenía límites que mi mente a veces olvidaba.
Llegué a nuestro bloque de apartamentos en el distrito residencial de Koto.
Escalé la tubería de desagüe trasera, una vía que ya me resultaba familiar, y me deslicé por la ventana de mi habitación, que había dejado sin el seguro echado.
Al cerrar el cristal, el silencio del cuarto me golpeó.
Me quité la ropa mojada y oliendo a pólvora con manos temblorosas.
Escondí el equipo táctico y la Glock bajo las tablas sueltas del suelo del armario, envueltos en plástico sellado al vacío.
Me metí en la ducha, dejando que el agua hirviendo fregara el hollín y la tensión.
Mientras el agua corría, me miré en el espejo empañado.
Un niño delgado, pálido, con ojeras marcadas.
Nadie sospecharía que esas manos acababan de quitar una docena de vidas.
Salí, me puse el pijama y me metí en la cama justo cuando oí el sonido de la cerradura de la puerta principal.
Eran las 3:15 AM.
Pasos pesados en el pasillo.
La puerta de mi habitación se abrió con un chirrido suave.
Mantuve la respiración lenta y rítmica, simulando un sueño profundo.
Sentí la presencia de Ryoko junto a la cama.
Olía a tabaco frío y café rancio, el perfume de los policías honestos.
—Lo siento, Kenji —susurró, acariciando mi pelo con una mano que probablemente había tocado cadáveres hacía menos de una hora—.
Ojalá el mundo fuera más seguro para ti.
La ironía era tan espesa que casi me atraganto.
Ella quería protegerme de los monstruos, sin saber que el monstruo dormía bajo sus sábanas.
Se retiró, cerrando la puerta con delicadeza.
Abrí los ojos en la oscuridad, mirando el techo.
El tal “Juez” sabía mi nombre y conocía el Sistema.
La caza acababa de volverse mucho más complicada.
Ya no era el único depredador en la selva de neón.
[Sistema Actualizado: Nivel 4 Alcanzado.
Puntos de Habilidad Disponibles: 2] REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!
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