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Código Cero: El Justiciero de Tokio - Capítulo 7

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  4. Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 Fantasmas de Tiza y Píxeles
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7: Capítulo 7: Fantasmas de Tiza y Píxeles 7: Capítulo 7: Fantasmas de Tiza y Píxeles La mañana siguiente al incendio, el sol se coló por las persianas de mi habitación con una insolencia que me provocó dolor de cabeza.

Mi cuerpo de catorce años se sentía como si hubiera sido atropellado por un camión y luego vuelto a ensamblar con cinta adhesiva barata.

Los moratones de la caída en el almacén comenzaban a florecer en mi costado, un mapa púrpura y amarillo de mis decisiones de anoche.

Sin embargo, mi mente estaba clara, afilada por la adrenalina residual y la notificación azul flotando ante mis ojos.

[Puntos de Habilidad Disponibles: 2] Me senté en el borde de la cama, ignorando el crujido de las sábanas.

La noche anterior, el encuentro con aquel “Observador”, ese tal Juez, había expuesto una debilidad crítica: mi capacidad para desaparecer no era absoluta.

Había confiado demasiado en la oscuridad y en la incompetencia de los matones de bajo nivel.

Un rival con entrenamiento real me había detectado.

Eso no podía volver a ocurrir.

—Sistema —pensé, visualizando el árbol de habilidades—, asigna los dos puntos a [Sigilo].

[Procesando…

Asignación confirmada.] [Habilidad: Sigilo Nv.

1 -> Nv.

3] [Descripción: Tus pasos son un 30% más silenciosos.

La respiración se regula automáticamente bajo estrés.

Probabilidad de detección visual reducida en entornos de baja luminosidad.] La sensación fue inmediata y vertiginosa, como si me hubieran inyectado agua helada en la columna vertebral.

No sentí un aumento de fuerza muscular, sino una reconfiguración de mi propio esquema corporal.

De repente, sabía exactamente cómo distribuir mi peso para que el suelo no crujiera.

Sabía instintivamente cómo mover los hombros para minimizar la fricción de la ropa.

Me puse de pie y caminé hacia la puerta.

Mis pies desnudos tocaron el parqué viejo del pasillo, y donde antes habría habido un ruido sordo, ahora solo hubo silencio.

Era como convertirme en una sombra física.

Salí al pasillo.

La puerta de la habitación de mi madre estaba entreabierta.

Me asomé con cuidado.

Ryoko dormía vestida, con la pistola en la mesilla de noche y una carpeta de evidencias desparramada sobre el edredón.

Su rostro estaba tenso incluso en sueños.

Me sentí una fracción de segundo culpable —una emoción humana molesta que el sociópata en mí solía suprimir— por ser la causa de sus ojeras.

Pero la culpa es un lujo que los soldados no pueden permitirse.

Cerré la puerta sin producir ni un susurro, gracias a mi nueva habilidad, y me dirigí a la cocina para preparar un desayuno de estudiante modelo.

*** El instituto era el camuflaje perfecto, pero también mi tortura personal.

Tener la mente de un hombre de treinta años atrapada en discusiones sobre ídolos pop y exámenes de álgebra requería una paciencia que a menudo se agotaba.

Me ajusté las gafas sin graduación y encorvé los hombros, adoptando mi postura habitual de “no me mires, soy invisible”.

Durante el almuerzo, busqué a Takeshi Yamada.

Lo encontré donde siempre: en la esquina más alejada del patio, sentado sobre una caja de equipos de gimnasia, garabateando furiosamente en su cuaderno de bocetos.

Takeshi era mi única conexión fiable con el submundo de los rumores sin tener que sumergirme yo mismo en la Deep Web y dejar rastros digitales.

Me acerqué, proyectando mi sombra sobre su dibujo.

Estaba bosquejando una figura grotesca con múltiples brazos.

—Buenos días, Takeshi-kun —dije, usando mi tono suave y vacilante.

El chico dio un respingo y casi tiró el lápiz.

Al verme, sus ojos brillaron con esa fiebre conspiranoica que lo caracterizaba.

—¡Kenji!

¿Viste las noticias?

—susurró, mirando a los lados como si el director del colegio fuera un agente de la CIA—.

¡El Distrito 4!

¡Un almacén entero de los Dragones de Neón, reducido a cenizas!

Me senté a su lado, abriendo mi bento con desgana.

—Mi madre mencionó algo…

Dijo que fue una fuga de gas —mentí, observando su reacción.

Takeshi soltó una risa despectiva.

—¿Gas?

¡Por favor!

Eso es lo que quieren que creas.

Los foros de *Under-Tokyo* están ardiendo.

—Bajó la voz, inclinándose hacia mí—.

Dicen que fue “El Carnicero”.

Así llaman al nuevo vigilante.

Dicen que no deja a nadie vivo.

Sentí una punzada de orgullo y preocupación.

“El Carnicero”.

Un nombre crudo, carente de la elegancia que yo intentaba proyectar, pero efectivo para el miedo.

—Suena…

aterrador —murmuré, mordiendo una bola de arroz—.

Pero supongo que es el único, ¿no?

Esos locos no suelen durar.

Takeshi negó con la cabeza frenéticamente, deteniendo su lápiz en el aire.

—Ahí es donde te equivocas, Kenji.

Hay movimiento.

Mucho movimiento.

—Pasó las páginas de su cuaderno hacia atrás hasta llegar a un dibujo reciente.

No era un monstruo.

Era un boceto sorprendentemente detallado de una máscara blanca, lisa, con una balanza y una espada en el pecho—.

Mi sangre se heló.

El dibujo era casi idéntico a lo que vi en la azotea anoche.

—¿Qué es esto?

—pregunté, olvidando fingir desinterés por un segundo.

—Lo llaman “El Juez” —explicó Takeshi, encantado con mi atención—.

No es como el Carnicero.

El Carnicero es caos, fuego y muerte.

El Juez…

dicen que es precisión.

Ha estado activo en Shinjuku, pero muy discreto.

Solo ataca a criminales de cuello blanco o líderes corruptos.

Deja una carta de tarot en los cuerpos.

La Justicia.

—¿Tarot?

—repetí.

El tipo de la azotea no me dejó ninguna carta, solo una granada cegadora.

Quizás porque no me consideró una víctima, sino una competencia.

—Sí.

Y escucha esto…

—Takeshi miró alrededor de nuevo y acercó su rostro al mío—.

Hay un rumor en el hilo de “Avistamientos”.

Dicen que El Juez está buscando algo.

O a alguien.

Un usuario de los foros, *Neko_Eye88*, posteó anoche que vio una figura de blanco cerca del almacén quemado.

Dijo que parecía estar evaluando el trabajo del Carnicero.

—¿Evaluando?

—La palabra resonó en mi cabeza.

El Juez me llamó “carnicero” y “niño”.

Me estaba auditando.

—Exacto.

Como si fuera un examen.

—Takeshi volvió a su dibujo, sombreando las cuencas vacías de la máscara—.

Mi teoría es que hay una guerra en camino, Kenji.

Una guerra no entre bandas, sino entre estos…

superhéroes oscuros.

Y nosotros estamos en medio.

Miré el dibujo.

Takeshi tenía un talento inquietante para captar detalles que no debería saber.

Si *Neko_Eye88* había visto al Juez, tal vez había visto también mi huida.

Necesitaba saber quién era ese usuario y qué más sabía.

—Takeshi, ¿ese foro es público?

—pregunté inocentemente.

—Es privado, necesitas invitación.

Pero…

—sonrió con orgullo, sacando su teléfono— yo tengo una cuenta veterana.

¿Quieres ver las fotos que subieron?

Asentí, sintiendo cómo el Sistema zumbaba en mi nuca, anticipando nueva información.

Takeshi abrió la galería.

Entre fotos borrosas de coches de policía y humo, había una imagen granulada tomada desde una ventana alta.

Se veía el callejón trasero del almacén.

Y allí, apenas una mancha pixelada saltando entre dos edificios, estaba mi silueta.

No se veía mi cara, gracias a la distancia y la lluvia, pero mi uniforme escolar era vagamente reconocible si uno sabía qué buscar.

Y peor aún, la figura de blanco estaba en la otra azotea, mirando.

—Increíble, ¿verdad?

—dijo Takeshi—.

Parece un niño.

Un niño matando yakuzas.

Tragué saliva, forzando una sonrisa de incredulidad.

—Parece un efecto óptico, Takeshi.

Seguro es un hombre bajo.

—Tal vez…

—Takeshi guardó el móvil al sonar la campana—.

Oye, si te interesan estas historias, deberías acompañarme esta tarde.

Voy a ir a Akihabara.

*Neko_Eye88* dijo que suele conectarse desde un cibercafé de allí, el “Cyber-Eden”.

Quiero ver si puedo…

ya sabes, “tropezarme” con él y preguntarle más cosas.

La oportunidad era perfecta.

Y peligrosa.

Si Takeshi empezaba a indagar sobre el testigo, podría ponerse en el punto de mira del Juez.

O peor, de la policía.

—Tengo mucha tarea —dije, levantándome y sacudiendo las migas de mi pantalón—.

Pero ten cuidado, Takeshi.

Esa gente no juega.

—¡Siempre eres tan aburrido, Kenji!

—se quejó él, riendo mientras recogía sus cosas.

Mientras caminábamos de vuelta a clase, mi mente trazaba un nuevo plan táctico.

*Cyber-Eden* en Akihabara.

Tenía que llegar a ese usuario antes que Takeshi, o antes que el Juez decidiera borrar cabos sueltos.

El sigilo mejorado sería útil, pero Akihabara era un laberinto de luces y cámaras.

Sería mi primera operación a plena luz del día, o al menos, bajo el neón artificial de la tarde.

REFLEXIONES DE LOS CREADORES DaniJCP_134 No es fácil crear una obra, ¡deme un voto por favor!

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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