Comenzando Con un Talento de Esgrima de Rango SSS - Capítulo 511
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Capítulo 511: Alaric visita el taller
—¿Quieres echarme todo este lío encima? ¡¿Crees que soy tu recadero o algo?! —se burló Giovanni con los brazos cruzados.
—No eres mi recadero, pero yo soy tu superior —soltó Leighnard con una sonrisa despreocupada.
—¡Tú! —Giovanni no pudo replicar, así que solo pudo fulminar con la mirada a su hermano mayor.
—Giovanni, puede que a ti no te asusten las consecuencias, pero piensa en tus subordinados. Por tu decisión, serían acusados de insubordinación. Estoy seguro de que eres consciente de cuáles serán sus castigos. —El rostro de Leighnard se puso serio al decir esto.
Mi querido hermano, si quieres ser un buen líder, necesitas aprender a valorar a la gente que te rodea. Un líder debe pensar en el bienestar de su gente antes que en el suyo propio.
Giovanni se quedó en silencio ante sus palabras, con el ceño profundamente fruncido.
Tras medio minuto de silencio, abrió la boca. —Está bien. Me encargaré de los asuntos aquí en Noyam, pero necesitaré más soldados para mantener a raya a los lugareños.
Había venido de incógnito, por lo que dejó a la mayoría de sus tropas en Midgard.
Leighnard aceptó sin dudar. —Sin problema. Dejaré diez mil soldados aquí, incluyendo a Lord Christon Evander y a mil Caballeros Grifo.
Todavía quedaban treinta mil soldados en las fuerzas de defensa de la ciudad de Noyam. Sin mencionar los ejércitos privados de los aristócratas locales.
Al oír sus palabras, Giovanni negó con la cabeza.
—¿Diez mil guerreros? No es suficiente.
—Todavía hay muchos aristócratas locales que no han enviado a sus ejércitos privados. Si decidieran colaborar, diez mil guerreros no serían suficientes para detenerlos.
Christon Evander y su Orden de Caballeros Grifo podían ser poderosos, pero solo eran mil. Si fueran asediados por miles de enemigos, incluso un ejército tan fuerte como la Orden de Caballeros Grifo pasaría apuros.
Leighnard se encogió de hombros. —De eso ya te preocupas tú.
Si le doy más tropas, no se tomará esta tarea en serio.
Giovanni, tienes que empezar a aprender a pensar de forma crítica.
—¿Hablas en serio? Las cosas podrían salir mal al más mínimo descuido… —dijo Giovanni, insatisfecho.
—Entonces no te descuides —dijo Leighnard, mirándolo fijamente.
—Tú… Hay que ver contigo. ¡Maldita sea! ¡Está bien! —Molesto, Giovanni se masajeó la frente.
Leighnard se puso de pie y rio entre dientes. —Sabía que podía contar contigo, mi querido hermano.
—¡Que te jodan! —le espetó Giovanni mientras le hacía una peineta.
Leighnard enarcó una ceja ante el gesto inusual.
—¿De dónde has aprendido eso?
—De nuestro primo pequeño, Alaric. ¿Quién más iba a enseñarme algo tan raro?
Giovanni le hizo un gesto para que se fuera, con cara de pocos amigos.
—¡Cierra la boca y lárgate ya! Si no, puede que no sea capaz de contenerme y te dé un puñetazo.
Leighnard negó con la cabeza.
Antes de irse, le dio una última advertencia. —No subestimes a esos aristócratas. Se te echarán encima si muestras el más mínimo atisbo de debilidad.
—Me voy, mi querido hermano —se despidió Leighnard y se marchó.
Giovanni estaba fastidiado.
—Ese cabrón, es un plasta. Es incluso peor que Alaric.
Derrek, que había estado en silencio todo el tiempo, soltó una risita al oír esto.
Giovanni lo fulminó con la mirada. —Todavía no he terminado contigo. ¡Ven aquí! ¡Siéntate en el aire y pon los brazos hacia delante!
La sonrisa de Derrek se heló, pero aun así acató el castigo. —Sí, Su Alteza.
***
Dos días después, en Midgard.
Alaric acababa de completar su misión diaria y decidió visitar el taller para observar a los herreros en su trabajo.
No fue solo. Llevó a Mathilda consigo bajo la mirada recelosa de Yvanna.
—Su Alteza, ¿adónde nos dirigimos? —preguntó Mathilda con curiosidad.
Iba vestida con el uniforme estándar de guerrero astaniano, el que llevaban los soldados de caballería ligera.
Mathilda era una Novata del Alma Bestia de 1 Anillo, por lo que era un poco más fuerte que una persona promedio. Llevar ese tipo de armadura no era un problema para ella.
—Al taller. Observaremos a los herreros forjar mi escudo —replicó Alaric.
Tras descubrir la aguda mente de Mathilda, decidió entrenarla para que fuera una asistente capaz.
Confiaba en su fuerza, pero flojeaba en lo que respectaba a estrategias y tácticas. Mathilda complementaría sus carencias.
Le costó un gran esfuerzo convencer a Yvanna de que aceptara su decisión.
El taller no estaba lejos de la mansión de Alaric.
Tras unos quince minutos de caminata, encontraron el lugar.
El edificio era bastante antiguo, con algunas grietas en la pared, pero el equipo de forja era sorprendentemente nuevo.
Desde fuera del taller, ya se oían sonidos de martilleo.
«Esto me trae recuerdos».
Alaric sonrió inconscientemente al recordar algo lejano.
—Entremos —murmuró.
Los dos entraron en el taller. Detrás de ellos, Galanar y Caecus permanecieron fuera del edificio.
—Aquí hace mucho calor —dijo Mathilda, abanicándose el rostro, que estaba cubierto de gruesas gotas de sudor.
Alaric giró la cabeza y vio que el rostro de ella enrojecía debido a la alta temperatura.
Apartó la mirada y dijo: —Aguanta. El calor será más fuerte una vez que estemos allí.
—¿Puedo al menos quitarme este peto? De verdad que no soporto este tipo de calor, Su Alteza —suplicó Mathilda con coquetería.
—Está bien —aceptó Alaric a regañadientes.
Tras obtener su aprobación, Mathilda se quitó rápidamente la armadura, dejando solo su camisa interior, que estaba empapada en sudor.
—Así está mejor. Ah~ —soltó un gemido intencionadamente.
Alaric se frotó las sienes.
«Me había olvidado de su rasgo».
«¿Podrán esos pobres herreros y aprendices mantener la concentración con ella cerca?».
Ya se imaginaba la escena.
—Creo que es mejor que te pongas la armadura.
Empapada en sudor, su camisa interior se le ceñía al cuerpo, mostrando por completo su curvilínea figura.
Mathilda refunfuñó, pero aun así obedeció su orden. —Su sirviente obedece.
—Así está mejor —dijo Alaric, satisfecho después de que ella se pusiera la armadura.
Aunque no podía ocultar su hermoso rostro, gran parte de su encanto quedaba escondido bajo la armadura.
Pronto, llegaron a la sala de la forja.
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