Comenzando el Registro desde un Dios Multimillonario - Capítulo 820
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Capítulo 820: Capítulo 820: La vieja sinvergüenza
Lin Fan había aparcado con normalidad al borde de la carretera, sin bloquear la entrada ni el paso a nadie; no había hecho nada malo. Sin embargo, la Tía, que iba en bicicleta mirando el móvil en vez de al camino, casi se estrella contra él.
La Tía no consideró que fuera culpa suya y se puso a regañar a Lin Fan.
Lin Fan era bastante tolerante y no de los que se quejan por nimiedades. Si alguien le pisaba un pie por accidente en la calle y se disculpaba sinceramente, él se limitaba a sonreír y decir que no pasaba nada. Incluso si no se disculpaban y simplemente se marchaban, no se molestaba en guardarles rencor.
Pero si la otra persona se daba la vuelta y lo culpaba por obstaculizar el paso, entonces, lo sentía, pero ahí sí que iba a protestar.
Igual que esta Tía, que había empezado a quejarse de Lin Fan sin motivo. Parecía el tipo de anciana que se amparaba en su edad para darse aires de superioridad. Esas ancianas suelen tener cara de amargadas, una expresión amenazante, son cotillas, escandalosas, con una voz que sube ocho octavas y no atienden a razones…
Incluso Lin Fan, un joven amable que cedía voluntariamente su asiento a los ancianos y a los niños en el autobús, no podía soportar semejante comportamiento. Esas personas son las que se conoce como «la gente mala que ha envejecido», y una mala persona, aunque envejezca, no deja de serlo.
¿Y qué les da a esos vejestorios el valor para ampararse en su edad y darse aires de superioridad? Se debe a los valores tradicionales de Huaxia, que abogan por respetar a los mayores y querer a los jóvenes. La mayoría de la gente tiende a ceder el paso a los ancianos y a los niños, e incluso si son ellos los perjudicados, por consideración a la edad del otro, no suelen armar mucho jaleo.
En resumen: están mal acostumbrados.
Y Lin Fan no era de los que consentían esas cosas.
En la época en que Lin Fan solía coger el autobús para ir a trabajar, había un parque cerca de donde vivía, y cada día muchos ancianos iban allí a hacer su gimnasia matutina. Cuando los jóvenes empezaban a dirigirse al trabajo, estos mayores acababan de terminar su ejercicio y se unían a ellos para meterse en el autobús.
Cuando llegaba el autobús, los ancianos entraban en tropel como si fueran lobos y tigres. Los jóvenes no tenían ninguna posibilidad de ganarles a empujones.
Si había asientos vacíos en el autobús, los mayores se apoderaban de ellos al instante. Su agilidad y flexibilidad dejaban en evidencia a los jóvenes.
Pero si no había asientos vacíos, su actitud cambiaba de repente. Adoptaban un aire débil y frágil, insinuando sutilmente a los demás que les cedieran el asiento. Algunos incluso exigían directamente a los jóvenes que se levantaran y, si no obedecían, se ponían a regañarles…
La escena más memorable para Lin Fan fue una vez en el autobús en la que una joven, que sufría dolores menstruales, estaba sentada. Una Tía, que acababa de terminar su gimnasia matutina, subió enérgicamente al autobús. Al ver que no había asientos libres, fijó su objetivo en la joven, suponiendo que sería la más fácil de intimidar.
—Los jóvenes de hoy en día, qué falta de valores. Ni siquiera ceden el asiento cuando ven a un mayor. ¿Acaso no saben lo que nos cuesta movernos a nuestra edad? ¿Es que no les enseñaron nada sus profesores o sus padres? —dijo la anciana con sarcasmo, mirando de reojo a la joven.
La joven supo que se refería a ella y, con el rostro pálido, dijo avergonzada: —Lo siento, Tía. Tengo la regla y no me encuentro bien.
La vieja puso los ojos en blanco: —Si no quieres ceder el asiento, dilo y ya está, para qué pones excusas…
La vieja se puso a despotricar y a quejarse.
Lin Fan, que estaba de pie cerca, frunció el ceño y dijo: —Tía, puede ver que tiene la cara pálida, no le está mintiendo.
La joven le lanzó una mirada de agradecimiento a Lin Fan, aliviada de que alguien diera la cara por ella. Se sentía presionada por no ceder el asiento, pero de verdad le dolía el vientre; a veces la regla puede bajar sin previo aviso.
La vieja, sin embargo, se disgustó de inmediato y, poniendo los ojos en blanco hacia Lin Fan, dijo: —¿Quién te ha pedido que te metas? ¿Es que todos los jóvenes os confabuláis para acosar a los mayores…?
La vieja empezó a arremeter contra Lin Fan.
A Lin Fan le hirvió la sangre; sintió unas ganas tremendas de abofetear a esa vieja.
Pero, por supuesto, Lin Fan no lo hizo. Se limitó a sonreír levemente y a decir: —Si los jóvenes ni siquiera podemos ganarles a empujones para subir al autobús, ¿cómo vamos a atrevernos a intimidarla? Solo intentamos razonar.
Esto hizo que los jóvenes del autobús se rieran por lo bajo.
La vieja se sintió insultada, se enfureció aún más y casi dio un brinco: —¡No cedes el asiento y encima protestas! ¿Acaso sabes lo que es respetar a los mayores y querer a los jóvenes? ¡Ningún civismo!
Entonces, un joven que estaba sentado cerca no pudo más, se levantó por iniciativa propia y dijo, sonriendo: —Bueno, bueno, calmémonos todos. Veo que la señorita de verdad no se encuentra bien. Tía, puede sentarse aquí.
La anciana ni siquiera dijo una palabra de agradecimiento; se dirigió arrogantemente a sentarse, como si aquel asiento fuera suyo por derecho.
—Así está mejor, no como otros, que no ceden el asiento y encima contestan… —la vieja le lanzó una mirada de desprecio a Lin Fan y continuó con su perorata.
Y entonces vino lo más gracioso: el autobús no tardó en llegar a la siguiente parada y, en cuanto se detuvo, la anciana, que ni siquiera había tenido tiempo de calentar el asiento, se levantó de un salto y salió disparada del vehículo.
Un señor que estaba de pie al lado ocupó el asiento al instante.
El joven que le había cedido el asiento: …
Había pedido el asiento para una sola parada. Aquel joven que se había levantado quizá tendría que ir de pie durante una hora hasta llegar a su empresa.
Lin Fan aún recordaba la cara que se le quedó al joven. Le encantaría saber qué secuelas psicológicas le quedaron…
Volviendo al presente.
Al ver la expresión de la Tía que tenía delante, Lin Fan recordó a la anciana del autobús. Sus expresiones y su comportamiento eran básicamente los mismos: ampararse en la edad para darse aires de superioridad, con esa cara de amargada…
Lin Fan seguía siendo el mismo de siempre; no iba a consentirle esas cosas a nadie, y sintió que era necesario darle una lección.
—Tía, debería prestar más atención al montar en bicicleta y mirar al frente. Si llega a atropellar a un joven tan sano como yo, ¿no tendría que indemnizarme? —dijo Lin Fan con una risita.
La Tía se quedó claramente atónita por un momento.
Sí, se quedó atónita por un momento.
Seguramente estaba acostumbrada a ser déspota, a ser siempre ella la que regañaba a los demás, y a que los regañados o bien aguantaran en silencio o bien se disculparan con una sonrisa forzada.
Que alguien se atreviera a contestarle era algo nuevo para ella; tardó un instante en asimilarlo.
Cuando la Tía asimiló lo que había pasado, casi explotó de rabia y su voz se elevó: —¿Qué has dicho? ¿No sabes respetar a los mayores? ¡Con la edad que tengo y te atreves a hablarme así…!
Lin Fan se rio. —¿Pues sí, hablo de usted, y qué? Es una anciana, ¿se cree que es la Emperatriz Viuda Cixi y que no me atrevo a responderle?
La Tía, echando humo y a punto de pegar un brinco, buscó a toda velocidad en su mente las palabras más hirientes para contraatacar a Lin Fan.
Y las encontró, mirando con desdén el atuendo barato de Lin Fan, sentado en una cutre moto eléctrica.
—Vaya un niñato maleducado y sin un duro. Se ve que eres un muerto de hambre. ¡Los chicos de tu edad van en Mercedes o en BMWs y tú aquí, con una moto eléctrica de mala muerte! ¡Por algo será que eres pobre! —se mofó la Tía.
En opinión de la Tía, burlarse de la pobreza de Lin Fan era el ataque más hiriente posible. Su intención era humillarlo.
Lin Fan se limitó a sonreír levemente y dijo: —Tía, ¿a quién llama pobre? Mi moto eléctrica cutre no es más barata que su bicicleta cutre. Y además, mucha gente de su edad ya ha fallecido, ¿por qué usted no se ha muerto todavía?
Dicho esto, Lin Fan arrancó su moto eléctrica y se marchó.
A su espalda, la Tía estaba que trinaba por las palabras de Lin Fan, dando botes de rabia mientras su voz subía ocho octavas: —¡No te vayas!
Por supuesto, Lin Fan no se detuvo; se marchó después de soltar su pulla, sintiéndose la mar de satisfecho.
La forma perfecta de tratar con tías como esa es hacer que se suban por las paredes de la rabia, pero que no puedan hacerte nada. Ya que tienen tan mal genio, lo mejor es dejarlas que se ahoguen en su propia bilis. ¡Total, de rabia no se va a morir!
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