Como Jefe de la Mafia, me Niego a ser un Extra - Capítulo 50
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50: Desafío 50: Desafío Justo cuando Damian estaba a punto de moverse hacia los Nobles responsables de herir a Edrin y los demás…
—¡ALTO!
La multitud se abrió como una ola que se divide ante un barco.
Gareth avanzó con paso decidido, y su presencia impuso atención inmediata.
Tras él venía el resto del Consejo Estudiantil: Elizabeth, Liam, Arielle y los demás.
El rostro de Elizabeth se puso mortalmente pálido al contemplar la escena ante ella.
Plebeyos ensangrentados esparcidos por el suelo.
Nobles de pie a un lado, con aire de suficiencia.
Y en el centro…
Sus ojos se posaron en Mara.
La miembro de tercer año del Comité Disciplinario yacía inmóvil en el suelo, con el rostro completamente irreconocible bajo capas de sangre y una grotesca hinchazón.
Un oscuro charco carmesí se extendía sin cesar bajo su cabeza, manchando el pulido suelo del gimnasio.
Las manos de Elizabeth temblaban a sus costados.
—Oh, Dios mío… —susurró.
Liam no perdió ni un segundo.
Se abalanzó hacia adelante y cayó de rodillas junto a Mara, sus manos brillando de inmediato con Aura curativa.
La luz verde envolvió su destrozada figura mientras él trabajaba frenéticamente para estabilizarla.
Su rostro estaba frío… más frío de lo que nadie lo había visto jamás.
Sus ojos se desviaron brevemente hacia Damian antes de volver a su paciente, y en aquella mirada había un juicio inequívoco.
La tensión en el gimnasio era sofocante.
Nadie hablaba.
Nadie se movía.
La mirada de Gareth se clavó en Damian como un depredador que divisa a una presa herida.
Su expresión era sombría.
Peligrosa.
Furiosa.
—Una y otra vez, Damian Valcor… —la voz de Gareth cortó el silencio como una cuchilla—.
Creas un desastre tras otro, desde que te uniste a esta Academia.
Sus palabras resonaron por el enorme espacio.
Todos los estudiantes presentes contuvieron el aliento.
—No ha pasado ni un mes, y aun así sigo escuchando tu nombre más que el mío.
Gareth dio un paso al frente.
Su Aura de rango B comenzó a irradiar hacia afuera: espesa, pesada, opresiva.
La presión se estrelló contra la multitud como una fuerza física.
Varios estudiantes se tambalearon hacia atrás, jadeando en busca de aire.
Algunos cayeron de rodillas, incapaces de soportarla.
—Y ahora… —la voz de Gareth descendió a un retumbo peligrosamente bajo—.
Atacas incluso a un compañero del consejo… hasta el punto de dejarla medio muerta.
Sus ojos dorados ardían con una rabia apenas contenida.
—¿Te crees un pez gordo, Damian?
¿Que nadie puede tocarte?
¿Que nadie puede detenerte?
Hizo un gesto hacia el cuerpo destrozado de Mara.
—Usaste el Brazalete Inhibidor de Aura en tu superior, alguien que te supera en todos los sentidos, y la golpeaste como a un perro delante de toda la Academia.
Gareth apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Realmente te encanta la violencia, ¿a que sí?
Disfrutas machacando a la gente.
Su sonrisa era cruel y burlona.
—¿Por qué no te enseño lo que se siente?
¿Por qué no te enseño la insignificante hormiga que eres en realidad?
La multitud contuvo el aliento de forma colectiva.
Antes de que nadie pudiera reaccionar—
Gareth desapareció.
¡¡BOOM!!
El impacto fue tan fuerte que sonó como el disparo de un cañón.
Damian no tuvo tiempo ni de pestañear antes de que el puño de Gareth se enterrara profundamente en su caja torácica con una fuerza monstruosa.
CRAC.
CRAC.
CRAC.
El sonido de múltiples costillas rompiéndose resonó en el gimnasio como si fueran petardos.
—¡AAAGH!
El cuerpo de Damian se dobló por la mitad violentamente, y todo el aire fue expulsado de sus pulmones en un único y agonizante impulso.
Pero Gareth no había terminado.
Ni de lejos.
Antes de que el cuerpo de Damian pudiera desplomarse en el suelo, Gareth lo agarró del pelo con la otra mano y lo estampó de cara contra el duro suelo del gimnasio.
¡¡CRAC!!
El repugnante crujido de la nariz de Damian al romperse reverberó por todo el lugar.
La sangre salpicó la superficie pulida, extendiéndose en un oscuro charco carmesí.
—Oh, Dios mío…
—¡¿Pero qué demonios está pasando hoy?!
—¡¿Habéis visto esa velocidad?!
Jadeos y gritos brotaron de la multitud.
Algunos estudiantes se taparon la boca, horrorizados.
Otros apartaron la vista, incapaces de mirar.
Pero nadie intervino.
Ni Elizabeth.
Ni Arielle.
Nadie.
Gareth se enderezó, mirando la forma desplomada y sangrante de Damian con fría satisfacción.
Entonces, volvió a levantar el puño.
¡PUM!
Lo estampó contra la espalda de Damian.
¡PUM!
De nuevo contra sus costillas.
¡PUM!
De nuevo contra su hombro.
Cada golpe era preciso, brutal, calculado para el máximo dolor.
Era incluso más cruel que lo que Damian le había hecho a Mara.
La sangre salpicaba con cada impacto, tiñendo el suelo de un color cada vez más oscuro.
La multitud observaba en un silencio atónito y horrorizado.
Elizabeth se quedó paralizada, con sus ojos violetas muy abiertos y cristalinos.
Quería apartar la mirada, pero no podía.
Mara era su amiga.
Una compañera de tercer año.
Uno de sus mayores apoyos en el Consejo Estudiantil.
Y Elizabeth sabía, lógicamente, que Damian había cruzado la línea.
«Esta vez ha ido demasiado lejos.
Tiene que entender… que no importa lo fuerte que te creas, siempre hay alguien más fuerte».
Aunque sabía la verdad, que los Nobles habían empezado esta pelea, que primero habían sido brutales con los plebeyos… no era capaz de decidirse a detener a Gareth.
Giró la cabeza hacia un lado, incapaz de seguir mirando.
Apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en las palmas.
«Lo siento, Damian.
Pero tienes que aprender esta lección».
¡PUM!
¡PUM!
¡PUM!
Los repugnantes golpes sordos continuaron.
Arielle estaba cerca, con sus ojos grises llenos de un conflicto interno.
A todos los efectos, ambas partes implicadas en este incidente eran sus subordinados.
Ella era la Vicepresidenta del Comité Disciplinario.
Debería haber sido ella quien manejara esta situación desde el principio.
Pero había una razón por la que no había intervenido.
Una razón por la que ahora permanecía en silencio.
Damian había insultado a toda una Casa Noble.
No solo a Mara como individuo, sino a la propia familia Kestrel.
Eso no era algo que pudiera pasarse por alto.
No en su mundo.
Aunque Arielle quisiera intervenir, aunque simpatizara con las razones de Damian…
Ella también era una Noble.
«No participamos activamente en el constructo social… pero eso no significa que no formemos parte de él».
Cada Noble estaba conectado al sistema.
Desde el día en que nacieron, se habían beneficiado de él de innumerables maneras.
Así que, cuando el sistema se veía amenazado, tenían que protegerlo.
Aunque no fuera justo.
Aunque estuviera mal.
Así es como funcionaba su mundo.
Gareth agarró a Damian por la cara y tiró de él para ponerlo de pie, obligándole a mirarlo a los ojos.
La cara de Damian era un amasijo de sangre: la nariz completamente destrozada, ambos ojos ya hinchándose hasta cerrarse, y la sangre manando de su boca.
—¿Qué pasa ahora, novato Damian?
—la voz de Gareth estaba llena de un veneno burlón—.
¿Dónde está tu preciado Dispositivo Inhibidor de Aura?
¿Por qué no funciona contra mí?
Sacudió a Damian como a un muñeco de trapo.
—¿Crees que Mara era débil?
¿Te crees muy listo por usar un artilugio para vencerla?
La risa de Gareth fue áspera y cruel.
—Deja que te eduque, pequeña hormiga.
Cualquiera puede usar un dispositivo para obtener una ventaja temporal.
Pero frente al poder de verdad —frente a alguien que realmente merece su rango—, todos tus pequeños trucos no significan nada.
Soltó la cara de Damian, dejándolo que se tambaleara sobre sus pies.
—Ni siquiera necesito usar mis habilidades contra ti.
No necesito artes de armas.
No necesito nada.
Tú, un insecto de rango E, no podrías herirme ni aunque me quedara aquí sin hacer absolutamente nada.
Gareth levantó el puño, preparándose para otro golpe devastador.
Los músculos de su brazo se ondularon con poder contenido.
—Déjame mostrarte cómo es la verdadera fuerza—
—¡DETENTE!
Un grito desesperado y angustiado rasgó el aire del gimnasio.
Gareth se detuvo, con el puño congelado en el aire.
Todos se giraron.
Ronan avanzó tambaleándose desde la multitud de plebeyos heridos, sujetándose las costillas rotas con una mano.
Su rostro estaba contraído por el dolor, pero sus ojos ardían con determinación.
La sangre goteaba de su boca mientras hablaba.
—¡Fue culpa nuestra!
¡Nosotros lo empezamos todo!
¡Si quieres darle una paliza a alguien, dánosla a nosotros!
Su voz se quebró por la pura emoción.
—¡No le hagas más daño!
¡Él solo intentaba ayudarnos!
¡No hizo nada malo!
—¡Es verdad!
—gritó otro plebeyo desde el suelo, luchando por incorporarse a pesar de sus heridas—.
¡Damian no fue el culpable!
—¡Fueron esos malditos Nobles!
—gritó una chica, con las lágrimas cayendo por su cara hinchada—.
¡Siempre son injustos con nosotros!
¡Ellos empezaron esta pelea!
—¡Pégueme a mí, superior!
—Un chico con un brazo roto se puso en pie a duras penas—.
¡Damian solo nos estaba defendiendo!
¡No se merece esto!
—¡Esto es tan injusto!
¡¿No veis lo que ha pasado aquí de verdad?!
Una a una, las voces se alzaron de entre los plebeyos ensangrentados y malheridos esparcidos por el suelo del gimnasio.
No podían quedarse de brazos cruzados mirando.
Damian había acudido cuando más lo necesitaban.
Había dado la cara por ellos cuando nadie más lo haría.
Se había jugado el pellejo para protegerlos.
No podían abandonarlo ahora.
Edrin se limpió la sangre de sus gafas agrietadas y se obligó a ponerse en pie; cada movimiento era una agonía.
Lysa se incorporó a pesar de sus heridas, con las lágrimas fluyendo libremente por su rostro.
Todos los plebeyos que aún podían moverse empezaron a ponerse en pie tambaleándose.
Sus amigos que habían llegado antes corrieron a apoyarlos, ayudándolos a levantarse, formando un muro humano entre Gareth y Damian.
La multitud a su alrededor se hizo más densa.
Más y más estudiantes dieron un paso al frente.
No solo los heridos, sino también otros.
Plebeyos de diferentes secciones que habían oído el alboroto.
De primer año, de segundo, e incluso unos cuantos valientes de tercero.
Docenas de ellos estaban ahora juntos, con sus cuerpos maltrechos y destrozados, pero sus ojos ardían con algo que no había estado allí antes.
Desafío.
Los ojos de Gareth se entrecerraron peligrosamente mientras contemplaba la escena que tenía delante.
El gimnasio había vuelto a quedar en completo silencio.
Todos miraban.
Esperaban.
Por primera vez en toda la historia de la Academia Stormhold…
Los Plebeyos se alzaban unidos contra los Nobles.
No dispersos.
No divididos.
No solos.
Juntos.
La trascendencia del momento no pasó desapercibida para ninguno de los presentes.
Los ojos de Elizabeth se abrieron de par en par por la conmoción.
La boca de Arielle se entreabrió ligeramente.
Incluso Liam detuvo su curación por un breve instante, alzando la vista hacia la escena sin precedentes.
Los Nobles que antes habían golpeado a los plebeyos estaban ahora arrinconados contra la pared del fondo, su confianza anterior completamente evaporada.
El rostro de Leonard se había vuelto ceniciento.
Y en el centro de todo, estaba Damian: ensangrentado, destrozado, apenas capaz de mantenerse en pie.
Pero todavía en pie.
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