Compláceme, Papi - Capítulo 44
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44: CAPÍTULO 44: Me debes 44: CAPÍTULO 44: Me debes Grace
Hay algo que mi madre solía decirme todo el tiempo.
«Chloe, este mundo está dominado por los hombres.
¿Sabes por qué?
Porque si un hombre y una mujer hacen algo malo, la culpa casi siempre recae en la mujer.
Por eso lo mejor en la vida es hacer lo que te dicen, o atenerte a las consecuencias.
Un error, y toda tu reputación se va al traste».
Incluso ahora, de pie en este ascensor con el corazón en un puño, esas palabras resonaban más fuerte que nunca.
No sabía por qué afloraban en este momento, o quizá sí.
Quizá, en el fondo, sabía exactamente por qué.
Porque esto se sentía como ese error.
Moví el pie, intentando acomodar mi peso, y un dolor punzante me subió por el tobillo.
—Ay —siseé antes de poder contenerme, llevándome la mano a la boca.
Mierda.
—¿Qué fue eso?
—dijo una de las chicas—.
¿Hay alguien más aquí?
Me estremecí y me quedé helada en el sitio.
Oh, Dios.
Iban a descubrirlo.
Si me veían, todo el edificio lo sabría antes del almuerzo.
Maldita sea, ¿por qué tuvo que irse de la lengua el guardia de seguridad?
Mi respiración se aceleró.
Aparté la cara, dejando que el pelo me la cubriera mientras le rogaba en silencio al ascensor que se abriera de una vez.
Empezaron a girarse, pero una figura alta se puso delante de mí, ocultándome por completo.
River.
Se interpuso entre las becarias y yo, dándoles la espalda y mirándome a mí.
Incliné la cabeza ligeramente hacia arriba.
Me estaba mirando.
Pero entonces, sus labios se curvaron en una leve sonrisa socarrona.
El corazón me dio un vuelco.
—¿River?
—preguntó Piper, confundida—.
¿Qué está pasando?
Se pasó una mano por su pelo ya de por sí revuelto y se dio la vuelta, tan tranquilo como siempre.
—Solo estaba pensando —dijo—.
¿La invitación sigue en pie?
Una de ellas se animó.
—¿Invitación?
—Sí —dijo, ofreciendo una sonrisa educada—.
¿Puedo acompañarlas a desayunar?
Invito yo.
Sus ojos se iluminaron al instante.
Piper sonrió de oreja a oreja.
—¡Por supuesto!
Por fin, he estado esperando un momento como este.
Ahora que esa empollona no está cerca para revolotear a tu alrededor como un perrito faldero, podemos hablar como es debido.
Otra chica soltó una risita.
—Dios, sí.
Es tan rara.
Era muy obvio que estaba obsesionada contigo.
Ni siquiera sabe que probablemente solo sentías lástima por ella.
Por eso pasas el rato con ella.
Sus palabras me molestaron.
No esperaba nada mejor de ellas, pero, aun así, oírlo en voz alta dolió más de lo que debería.
¿Eso era todo para River?
¿Lástima?
Apreté los puños, clavándome las uñas en las palmas, intentando permanecer invisible o, al menos, fingir que no me importaba.
Debería haberlo sabido.
Fue una estupidez pensar que alguna vez fuimos amigos.
Especialmente con mi falsa apariencia, la mayoría de los hombres no querrían que los vieran con una chica como esa.
River ladeó la cabeza ligeramente.
—Creo que se equivocan —dijo con frialdad.
—¿Qué?
—No es una empollona —continuó él, en voz baja—.
Se llama Grace.
Y no es rara.
Y para que conste, no paso tiempo con ella porque me dé lástima.
De hecho —añadió River, encogiéndose de hombros—, si alguien es el perrito faldero, probablemente sería yo.
Lo miré, sorprendida.
Todas lo miraron fijamente como si no esperaran eso de él.
Las chicas se quedaron en silencio.
A Piper le tembló la mano, y cerró el puño con fuerza.
Apretó la mandíbula, pero aun así forzó una sonrisa.
—¿Ah, sí?
—dijo—.
No sabía que la empo…, quiero decir, Grace, fuera tan interesante.
Hasta consiguió llamar la atención del señor Apolo.
Quizá haya algo más en ella que no estamos viendo.
Las otras chicas murmuraron en señal de acuerdo.
El ascensor tintineó.
River giró la cabeza hacia las puertas.
Se limitó a decir: —Vámonos.
Ellas asintieron y salieron como pequeñas seguidoras obedientes.
River también avanzó, con las manos aún en los bolsillos, pero se detuvo.
Me quedé helada cuando se giró para mirarme de nuevo.
Agaché la cabeza, dejando que mi pelo cayera hacia delante, esperando que siguiera caminando.
Pero, en vez de eso, oí el leve susurro de una tela y luego percibí el aroma familiar de su colonia.
Algo se posó sobre mis hombros.
Bajé la vista y vi su abrigo marrón.
—Me debes una —dijo con pereza.
Parpadeé, mirándolo.
—Y si lo que dicen es verdad —añadió—, seguro que nos volveremos a ver.
Se dio la vuelta y salió.
Me quedé allí, atónita, viendo cómo su figura desaparecía al doblar la esquina.
Me fallaron las rodillas y me deslicé lentamente hasta el suelo, con el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
Me aferré al abrigo que me envolvía y dejé escapar un suspiro tembloroso.
—¿Qué demonios acaba de pasar…?
—susurré.
Me pasé una mano por el pelo, intentando pensar con claridad.
No.
No necesitaba pensar en eso ahora mismo.
Tenía problemas más grandes.
Me recogí el pelo en un moño suelto y miré hacia el ascensor abierto.
Nadie a la vista.
Salí disparada, corriendo por el pasillo hacia la salida como si alguien me persiguiera.
Afuera, llamé a un taxi.
El coche amarillo se detuvo junto a la acera y yo prácticamente me zambullí dentro.
—Por favor, lléveme a esta dirección —dije, soltándola de carrerilla.
—Sí, señora —respondió el conductor antes de incorporarse al tráfico.
Me desplomé en el asiento y por fin dejé que mis músculos se relajaran.
Me llevé una mano a la cabeza y me presioné la sien.
Necesitaba analgésicos.
Necesitaba dormir.
Necesitaba… ya ni siquiera sabía qué necesitaba.
Pero una cosa era segura.
El día de hoy ya se había descontrolado por completo.
Y todavía me quedaban dos días para tomar una decisión sobre mi jefe.
Después de lo que pasó entre nosotros anoche, esa elección se había vuelto diez veces más difícil.
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