Compláceme, Papi - Capítulo 99
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Capítulo 99: CAPÍTULO 99: ¿Aceptarás tu castigo como una niña buena?
Grace
Abrí los ojos de par en par, con una mano aferrada a su hombro y la otra apretada desesperadamente sobre mi boca mientras intentaba reprimir los sonidos que se me escapaban.
Mi pecho subía y bajaba con respiraciones superficiales. La espalda me dolía contra el duro escritorio, mis piernas estaban separadas sin pudor y Apolo se encontraba entre ellas, con un maldito juguete zumbando sin piedad contra mi clítoris.
Y lo único que podía hacer era mirar fijamente al hombre que me ponía así.
Parecía orgulloso. Esa peligrosa curva en la comisura de sus labios se contrajo, su mirada fija en mí como si yo no fuera más que su obra maestra. Su mano me mantenía inmovilizada, impidiendo que me retorciera para escapar, pero el placer era demasiado y me resultaba imposible quedarme quieta.
Increíble. No podía creer que algo tan pequeño pudiera hacer que una mujer se sintiera así. No era su polla, nada podía compararse con eso, pero, aun así, era buenísimo. Y cuando algo sentaba tan bien, sabía una cosa con certeza: no debería estar haciéndolo en su despacho bajo ningún concepto.
No era una santa, el día anterior ya lo había demostrado. Pero esto era imprudente, incluso para mí. Era demasiado pronto y peligroso. Alguien podía entrar en cualquier momento.
—P-por favor… —. Las palabras se me escaparon antes de que pudiera detenerlas. Apreté con más fuerza la mano en su hombro, mis uñas clavándose en la tela mientras lo miraba con impotencia.
Apolo enarcó una ceja mientras se inclinaba, con el rostro suspendido cerca del mío. De un movimiento rápido, me agarró la mano que me cubría la boca y me la inmovilizó por encima de la cabeza. Mi cuerpo dio una sacudida ante el cambio repentino, sobre todo cuando sus caderas presionaron hacia delante.
Me quedé helada.
La dura longitud de su polla, contenida por el pantalón y el cinturón, presionaba directamente contra mi clítoris ya chorreante. El duro contraste del cuero frío y el vibrador me hizo gritar.
—Oh, Dios mío… —gemí.
Su pulgar encontró mis labios y los presionó hasta que se separaron. Mis labios rosados se estiraron impotentes alrededor de su pulgar, silenciándome.
—¿Por favor? —Su voz era profunda y burlona—. ¿Quieres que pare?
¿Parar? Él sabía de sobra que yo no quería eso.
Su pulgar acarició el interior de mi boca mientras sus ojos ardían en los míos. —¿O aceptarás tu castigo como una niña buena?
Un escalofrío me recorrió la espalda, latiendo hasta mi clítoris.
Podía detenerlo. Solo tenía que negar con la cabeza, decir la palabra, apartarlo de un empujón, pero no lo hice. Porque en el fondo, recordaba lo de ayer. El escozor de su mano. Cómo al principio había odiado la idea, solo para que acabara gustándome demasiado como para admitirlo.
¿Y si esto era lo mismo?
¿Y si esto era el tipo de cosa que solo Apollo Reed podía darme? Era arriesgado y angustiante, pero sabía que merecería la pena.
Negué con la cabeza, sin que me importara parecerle una desesperada. Los ojos de Apolo brillaron, como si saboreara el hecho de que no le tenía miedo.
Se echó hacia atrás y se apartó de mí, como si no hubiera pasado nada en absoluto, y pulsó el botón.
El zumbido cesó.
El repentino silencio me hizo gimotear antes de poder contenerme. Mis piernas se contrajeron, doloridas por la pérdida; mi clítoris aún latía, y la humedad se pegaba a mis bragas. No sabía si estaba decepcionada o aliviada.
Lo miré fijamente. Tenía una mano en el bolsillo y una expresión ausente. —Srta. Grace, se lo dejará puesto durante todo el día.
Me dio un vuelco el estómago y mis muslos se juntaron instintivamente, aunque era inútil con él allí de pie.
—¿Qué? —musité.
Me miró como un hombre que nunca se repetía. Esa mirada inexpresiva me lo dijo todo: lo había oído bien.
¿Quería que llevara el vibrador dentro de mí todo el día?
Tragué saliva con dificultad. No tenía sentido, pero, joder…, la sola idea hizo que mis pezones se endurecieran contra la blusa. Solo con imaginarme en mi escritorio, fingiendo normalidad mientras sabía que él controlaba lo que tenía dentro, se me contraía el coño.
Y lo que es peor, sabía que ni siquiera había usado la máxima potencia. No me fiaba ni un pelo de que no la subiera en mitad del día. Lo haría a propósito.
Me mordí el labio, a la vez frustrada y excitada. Él estaba disfrutando, podía verlo en sus ojos.
—Quiero ver, Srta. Grace.
—…
—Quiero ver lo bien que lo soportas cuando tu cuerpo suplique alivio y no puedas hacer nada. Quiero ver cómo aguantas cuando pongan a prueba tu paciencia. Quiero saber cómo te las arreglas para mantener la compostura delante de los demás. Quiero verte sentada frente a tus compañeros, sonriéndoles, mientras en lo único que piensas es en correrte.
—Yo…
—Quiero oírte retorcerte en silencio. Forzarte a reprimir los gemidos, sabiendo que un solo desliz y todos sabrán que algo va mal. Actuarás como una niña buena, pero por dentro estarás ahí sentada con un juguete en tu interior, controlado por el hombre que es su jefe.
—Y cuando acabe el día… —su voz se volvió más grave, ronca—, volveré a tenerte en mi despacho. Lo subiré hasta que estés chorreando, llorando y suplicándome que te folle.
El corazón me dio un vuelco, y el calor se acumuló en mi interior de una forma que no esperaba. Sus palabras eran demasiado.
Alcé la vista hacia él, con los labios entreabiertos.
Din.
Me estremecí ante el sonido repentino. Bajé la vista hacia mi estúpido móvil. Había estado tan concentrada en las obscenidades que salían de la boca de Apolo que me había olvidado de todo por un momento.
Tosí y aparté la vista rápidamente, desesperada por salir de la neblina en la que me había sumido. Mis dedos se curvaron sobre el escritorio.
—Cógelo —dijo Apolo.
Su voz sonaba tranquila, pero no era una sugerencia.
Cogí el móvil con manos temblorosas. Un único mensaje iluminaba la pantalla.
[¿Seguimos comiendo juntos, no?]
River.
Miré a Apolo por instinto. No preguntó, pero esa mirada de entendimiento me dijo que ya sabía exactamente quién era.
Me mordí el labio. Quería cancelar por los planes de Apolo para mí, pero anularlo por tercera vez sería de mala educación. Y algo en el hombre que tenía delante me decía que quería que aceptara comer con River.
Suspiré, con el pulgar flotando sobre la pantalla antes de teclear por fin una respuesta.
[Por supuesto.]
Cuando levanté la vista, el rostro de Apolo me dio la respuesta. Ese leve brillo en sus ojos me indicó que había elegido bien.
¿Por qué sentía que esto me venía grande?
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