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Con solo imaginarte - Capítulo 12

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  4. Capítulo 12 - 12 El momento se hizo realidad
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12: El momento se hizo realidad 12: El momento se hizo realidad Con el corazón latiendo con fuerza, doblo y guardo la nota en el bolsillo derecho del pantalón.

Agarro mi chaqueta, me la coloco y salgo corriendo hacia el parque.

Necesito hablar con Kristin urgentemente.

La encuentro sentada en la cima de una pequeña colina, desde donde se visualiza todo el parque.

Me siento a su lado y comienzo a contarle sobre la llamada desconocida que recibí, y que notificaban sobre el secuestro de dos amigas mías.

—Oye, reconoces este número —susurro y le muestro el teléfono, sin que nadie se dé cuenta.

—No, amigo.

No conozco ese número —responde mientras me entrega el teléfono—.

Aunque los primeros números se asemejan a los que usan los detectives “299”.

Me deja pensando por un buen rato.

¿Qué detective puede ser, si no conozco a nadie así?

Pero Kristin rompe el silencio: —Si estas a punto de atraparlos, quiero ir contigo —me dice con una mirada intensa—.

Quiero acabar con esos bastardos, también.

Y tu cuidadito, porque de ti he escuchado de todo menos cosas buenas.

—Lo sé, pero necesito tu ayuda de investigar quien es la persona que me llamo —le respondo, sintiendo la urgencia del momento.

De repente Kristin me entrega un papel rápidamente, mientras mira para todos lados.

Pero antes de que pudiera echarle un vistazo, un disparo resuena en el aire y el cuerpo de Kristin cae sobre mis piernas.

Le han disparado.

Me levanto de un salto, dejando su cuerpo a un lado.

Salgo corriendo, sintiendo las balas silbar a mí alrededor.

Por suerte, ninguna me alcanza.

En medio del caos y la adrenalina, logro echar un vistazo rápido al papel que Kristin me entregó.

El mensaje, escrito con una letra temblorosa y casi legible, me revela una información crucial: Los Cuervos de Nox, tienen un segundo lugar, allí guardan los cuerpos y a sus prisioneros.

Es el antiguo matadero a las afuera de la ciudad.

—En ese lugar o en el cuarto secreto de Dorian, deben estar las niñas —pienso en voz alta—.

¿Se enterarían que les tengo a Nino y la quisieron pagar agarrando a Hellen y Rosa?

Con la información del papel en mi poder, la urgencia se convierte en una daga clavada en mi pecho.

Cada segundo que pasa es una eternidad, una oportunidad que se desvanece para salvar a Rosa y Hellen de las garras de Los Cuervos de Nox.

La imagen del antiguo matadero un lugar donde la muerte danza libremente, me persigue como una pesadilla, pero la sombra del cuarto secreto de Dorian se alza como un enigma aún más inquietante.

La muerte de Kristin me impulsa a actuar con rapidez.

No puedo permitirme perder el tiempo.

Debo encontrar a Rosa y Hellen, y llevar a los cuervos de Nox a la muerte por todo lo que nos han hecho.

La lógica me grita que debo ir primero al matadero.

Si Los Cuervos de Nox realmente tienen allí a sus prisioneros, cada minuto cuenta.

No puedo permitirme el lujo de perder tiempo descifrando los secretos de Dorian, al menos no por ahora.

Además, si encuentro alguna pista en ese infierno, tal vez pueda desentrañar el verdadero papel de Dorian en esta macabra obra.

El camino hacia el matadero se convierte una tortura.

La noche densa y opresiva, parece conspirar contra mí.

Cada sombre se alarga y retuerce, transformándose en monstruos que acechan en la oscuridad.

Al llegar al lugar, un hedor putrefacto me asalta, un presagio de los horrores que aguardan en su interior.

—Maldita sea, estoy volviendo a mi yo del pasado, yo no quiero ser así y mira lo que me estoy convirtiendo.

—hablo solo, mientras camino—.

Pero prefiero ser el villano o demonio que esta dispuesto a luchar contra cualquiera para tenerte a mi lado, a ser un príncipe que te sacrifica para tener la aprobación de su pueblo.

Con el corazón latiendo como un tambor de guerra, me adentro en el matadero.

Las paredes, cubiertas de una costra sanguinolenta, son testigos silenciosos de intocables atrocidades.

La maquinaria, oxidada y chirriante, parece gemir de dolor.

El silencio, interrumpido solo por el goteo constante de agua y el sigiloso correteo de las ratas, es más aterrador para una mujer que cualquier grito.

Pero en lo personal es una melodía de muerte y venganza.

De repente un sonido tenue casi imperceptible, rompe el silencio sepulcral.

Un gemido ahogado, proviene de una de las habitaciones.

La sangre se me hiela en las venas, pero no por miedo, sino por la anticipación.

¿Será Rosa?

¿O Hellen?

Me acerco a la habitación y con la mano firme, empujo la puerta y la abro lentamente revelando una oscuridad que palpita con la maldad.

Al encender mi linterna, un haz de luz espectral ilumina la habitación.

Lo que veo me confirma que he llegado al corazón de: Los Cuervos de Nox.

Esto es lo que he venido buscando desde hace mucho tiempo.

La escena es una obra maestra de una casería perfecta.

En el centro de la habitación, suspendida del techo por cadenas oxidadas, se encuentra una figura mutilada, con la piel colgando como harapos y los ojos vacios mirando al infinito.

No es Rosa mi Hellen, pero esto me recuerda lo que les pueden hacer si no actuó con rapidez.

—Los Cuervos de Nox, se hacen los lobos, los mejores cazadores por su porte feroz, pero en el bosque, no saben el atroz.

Ignoran las reglas, se pierden en su andar, pretenden ser peligrosos sin saber donde están.

—grito desde mi interior, lo hago para que me escuchen y se arme la guerra que quiero.

Pero lo que realmente, me hizo volver a mi pasado en esa habitación es el olor.

Un hedor dulce y nauseabundo para unas personas, pero para mí; es una vitamina que me llena de fuerza, me renueva.

Ese olor a carne podrida y desesperación.

Un olor que se adhiere a mi piel, que se mete en mis pulmones, que me corrompe desde adentro.

Un olor que me dice que aun mi pasado esta en mi presente y que mi demonio interno necesita salir a mostrar su verdadera identidad.

Salgo de la habitación, renovado, revitalizado.

La oscuridad no me asusta, si no que me abraza, me guía.

Mis sentidos se agudizan, mi fuerza se multiplica.

Mi demonio despierta y esta listo para cazar a eso hijos de puta.

Me dirijo hacia otra habitación guiado por un instinto primario.

La puerta cede ante mi toque, revelando una escena que me hiela la sangre…

pero no de miedo.

De rabia.

Hellen y Rosa están allí, amarradas a la pared, casi colgadas.

Su rostros están cubiertos de moretones y sangre seca, sus cuerpos temblorosos por el terror.

Pero en sus ojos, aun brilla una chispa de esperanza.

Cuando me vieron, su ánimo subió.

El resto de “Los cuervos de Nox”, esos payasos, están allí custodiándola.

Sé giran al verme, con una mezcla de sorpresa y pánico en sus rostros.

Creen que pueden detenerme por ser cantidad, que pueden asustarme.

Pero no saben que acaban de despertar a su peor pesadilla.

Ellos con su cara de burla, vienen hacia a mí con su dagas preparadas.

Esta noche va a ser la mejor que me va a pasar en toda mi vida, saco mi daga del interior de mi pantalón con furia.

—Hola, payasos —digo con voz ronca¾ ¿Listos para jugar?

—sonrío, una sonrisa que no es humana.

Una sonrisa que promete dolor, sufrimiento y muerte.

La daga en mi mano tiembla, no por miedo, sino por la sed de sangre que comparte conmigo.

Aprieto el mango con fuerza, sintiendo cómo las venas se inflaman, palpitando con una furia que creía enterrada.

La atrocidad que estoy a punto de cometer ya no me asusta, sino que me excita.

Con un movimiento rápido, saco de mi bolsillo una piedra y la lanzo hacia la bombilla que ilumina la habitación.

El impacto es certero, el cristal se hace añicos y la oscuridad nos envuelve.

Un silencio sepulcral se instala, roto solo por las respiraciones agitadas de mis victimas y el latido frenético de mi propio corazón.

—Ahora, sí —Sale de mi una voz gutural, una voz que ya no reconozco como mía.

Ahora el que manda aquí, soy yo, el rey de la oscuridad y nadie, absolutamente nadie me ganara.

En la oscuridad, mis sentidos se agudizan.

Puedo oler el miedo, sentir el pánico, escuchar los latidos acelerados de sus corazones.

Son presas fáciles, juguetes en mis manos.

Me muevo entre ellos como un espectro, con mi daga trazo líneas en sus cuerpos al azar sin piedad alguna.

No son cortes profundos, solo rasguños que arden, pero algo como que despertó entre ellos, los escucho gritar, desesperados, apuñalando en el aire como locos, hiriéndose entre ellos en su ciego pánico.

Mientras tanto, que ellos están que se matan, libero a Hellen y Rosa.

—Ya estoy aquí chicas, mas nadie le hará daño.

Conmigo estarán a salvo.

Sus rostros iluminados por una mezcla de horror y gratitud.

Les indico que se aparten y que se cubran para que no vean lo que esta por venir.

Con cadenas oxidadas, voy atando a cada uno a la pared con los brazos y piernas hacia atrás.

Inmovilizándolos por completo.

Llego la hora de la tortura.

Pero antes de desatar mi furia física, me acerco a Dorian para saborear su desesperación, su dolor.

Con su mirada intenta penetrar miedo, de su boca sale unas palabras que ni se le entiende por el dolor de las cortadas que recibió, pero con toda su fuerza dice: —Rosita, a ese detective lo mate junto a tu madre.

Ya te quedaste sola, no tienes a nadie —con una sonrisa macabra, y al escuchar el llanto de rosa, en un impulso arranque su oreja con mi daga.

No deja de gritar, cae al suelo, revolcándose.

El sudor frío me empapa las manos mientras contemplo a Dorian, atado e indefenso.

Su mirada, antes arrogante, ahora es un pozo de terror.

Una sonrisa helada se dibuja en mis labios.

Hoy, la justicia se sirve con saña.

Me acerco más a él para terminar lo que empecé.

Comienzo por sus dedos.

Uno a uno, los voy quebrando, cortando con mi daga, con una precisión metódica.

Cada crujido es una nota en la sinfonía de su sufrimiento.

Dorian grita, suplica, pero sus palabras son música para mis odios.

Luego, me dirijo a su nariz.

Un golpe seco, y la sangre brota a borbotones.

El hedor metálico inunda el aire, mezclándose con el aroma del miedo.

Dorian gime, tratando de respirar, pero solo encuentra dolor.

Siento el calor de la sangre salpicando mi rostro, el cosquilleo de las gotas al resbalar por mi piel.

Continúo con sus brazos.

Los disloco, los tuerzo, los rompo.

Sus huesos ceden con un chasquido macabro.

La agonía de Dorian y los muchachos es palpable, casi tangible.

Siento su desesperación, su impotencia, su redición.

Finalmente, llego a su estómago.

Con mi daga afilada, trazo una línea sobre su piel.

Al abrirlo, sus órganos se derraman, una masa sanguinolenta.

Dorian se retuerce, vomita, implora clemencia.

El olor a bilis y sangre inunda la habitación.

Observo su sufrimiento con una frialdad glacial.

No siento lástima, ni remordimiento, ni compasión.

Solo satisfacción, Dorian ha cosechado lo que ha sembrado.

Y hoy, yo soy el demonio.

La respiración de Dorian es un hilo, su cuerpo un temblor constante.

Sus ojos, antes de llenos de terror, ahora solo reflejan vacio.

La vida se le escapa a borbotones.

Tomo mi daga con más fuerza, sintiendo su peso, su poder.

Lo levanto en el aire, la hoja brillando bajo la tenue luz.

Es el momento final, el clímax de mi venganza.

Con un movimiento rápido y preciso, deslizo el cuchillo a través de su cuello.

No hay resistencia, solo un gemido ahogado y un torrente de sangre.

Su cabeza cae con una expresión de sufrimiento.

El cuerpo de Dorian yacía inerte, la vida extinta en sus ojos.

Aun con el pulso acelerado por la adrenalina, me voy hacia Royner Valera.

Una sonrisa se dibuja en mis labios al contemplar su terror.

—Por todo el daño que les has hecho a esas jóvenes.

Lo arrastro hasta el centro de la habitación, donde la luz revela cada detalle de su pánico.

Con saña, saco la caja de fósforos.

La primera llama lame su ropa, prendiéndose con avidez.

El olor a quemado llena el aire mientras el fuego consume su carne, retorciéndolo en una danza macabra de dolor.

Sus gritos son música para mis odios.

Luego, tomo mi daga.

La hoja afilada refleja la luz mientras la hundo en sus ojos, uno tras otro.

La sangre brota, tiñendo mis manos de rojo.

Pero aun no es suficiente.

La furia me impulsa a más.

Con cada apuñalada en sus piernas y brazos, siento como su sufrimiento alimenta mi sed de venganza.

Miles de cortes, cada uno infligiendo un dolor insoportable.

Finalmente, con la daga en alto, la clavo en su pecho.

El último aliento escapa de sus labios, y el silencio sepulcral reina en la habitación.

—Es tu turno Damon Nox y aquí tengo tu más preciado y amado hijo —sonriendo y tomando dos especulo fríos y metálicos, sin dudarlo.

Los espéculos en mi mano son fríos, despiadados.

Abro los parpados de Damon, revelando sus ojos aterrorizados, colocándole un especulo en cada ojo para que vea la siguiente escena que esta por pasar.

Coloco al frente de él a su familiar tembloroso, atado e indefenso.

Una sonrisa cruel se dibuja en mis labios.

Tomo la daga, sintiendo el filo contra mi piel.

Es una extensión, de mi voluntad, una herramienta para esculpir el horror.

Comienzo a trazar líneas sobre la piel de su familiar, haciendo que Damon observe como la sangre brota y tiñe la tela.

Cada corte es una palabra, una silaba en la sinfonía de dolor que estoy componiendo.

Escucho los gritos de Damon, mientras ejecuto a su familiar.

Sus gritos agónicos y desesperados.

Su sufrimiento es mi combustible, su miedo mi recompensa.

Me acerco a su oído y le susurro palabras de tormentos, recordándole todos sus pecados, sus fracasos, sus pesadillas.

Cada paso que él pensaba que daba bien, pero en realidad falseaba.

Recordándole como todas esas personas sufrieron en manos de él.

—¿Recuerdas de todo esos fracasos que creías que tenias todo bajo control?

Damon Nox.

Nunca imaginaste que todas tus decisiones te traería a este abismo —con risa burlona, humillante, jalandolo del pelo—.

Tu familiar muerto, ahora de ver eso, recuerdas a Valeria.

Tu primera víctima, sus gritos resonaran en tu mente.

Veo cómo su mente se quiebra como la cordura lo abandona.

Sus ojos se llenan de un terror primario, un miedo que transciende lo humano.

En este momento, ya no es un enemigo, sino una marioneta en mi macabro teatro.

Soy el dueño de su dolor, el arquitecto de su pesadilla.

Damon comienza a temblar, mi risa burlona lo lleva al borde de la locura.

En un arrebato de desesperación.

Se revuelca con todas sus fuerzas, gritando de dolor, mientras las imágenes de todo lo que hizo lo consumen.

Se mueve hasta la pared con una cabilla puntiaguda que sobresale, y en el último instante de locura, se la enterró al tirarse, buscando liberar su alma atormentada.

El silencio se instala, denso y opresivo.

La tormenta ha pasado.

La justicia ha sido servida.

Observo mi obra con una satisfacción fría y distante.

No hay alegría, ni triunfo, ni alivio.

Solo un vacio profundo y una certeza: mi venganza esta completa.

—Ya estás libre, Elián.

¿Podemos finalmente estar juntos?

recuerda, que quiero todo contigo —susurra una voz femenina desde las sombras, cargada de un anhelo que estremece el alma.

Es la misma voz que escuche cuando estaba con Maicol, pero ahora, ella revela su verdad, una verdad que me desgarra y me atrae a la vez.

De repente, las luces se encienden, iluminando a nada más y nada menos que…

a Liara, una mujer que irradia pureza, tranquilidad, sin un pasado que la manche.

Su presencia aquí es un misterio, un faro en mi tormenta.

—¿Tú eres la que llevo a…?

—pregunto, la confusión y la incredulidad, están luchando en mi interior, pero mi frase queda interrumpida antes de completarla.

—Si, Elián, fui yo.

Yo fui quien llevó a Maicol a ese lugar, y también la voz que oíste —responde Liara, su tono serio pero a la vez impregnado de una delicadeza que desarma—.

Lo hice para encajar en tu mundo de maldad, para ver si así logro que me veas como miras a Aislinn, y que te enamores de mí.

La miro a los ojos, y por primera vez, veo más allá de la oscuridad que me consume.

Veo su valentía, su amor incondicional, su luz.

En ese instante, siento una conexión que trasciende lo físico.

Lentamente, levanto la mano derecha y acaricio su rostro, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos.

Recorro con mis yemas sus mejillas, deteniéndome en sus labios, tentándolos con un roce apenas perceptible.

Tomo sus manos entre las mías, entrelazando nuestros dedos, sintiendo el calor que emana de ella.

—No necesito que tus hermosas manos se manchen de sangre para agradar, princesita —digo con voz grave, apenas un susurro que roza su oído—.

No quiero que dejes de ser tú, porque tú eres mi luz en medio de toda mi oscuridad.

Liara alza la mirada, y en sus ojos veo una luz que nunca antes había visto, una chispa de esperanza y amor que me atraviesa el alma.

De repente, escucho las voces de Rosa y Hellen que gritan desesperadas: —¡Elián, ayúdanos!

Miro hacia Liara, que también parece alarmada.

Sin dudarlo, me acerco a Hellen, la tomo suavemente en mis brazos y la tomo suavemente en mis brazos y la levanto notando que esta pálida y débil.

Liara me ayuda con Rosa, sacándola a la calle, buscando un lugar donde puedan respirar y recuperarse.

—Elián…

—me llama suavemente¾.

Yo hice algo más, aparte de lo que viste.

—¿Qué hiciste Liara?

—pregunto con impaciencia, pero ella evita mi mirada.

—Es algo que no querías que hiciera, pero ya lo hice —Su tono de voz me inquieta.

—¿De qué estás hablando?

—Antes de que Liara pueda responder, las voces de Rosa y Hellen se hacen más fuertes.

Una vez afuera, Liara, aún con dificultad, toma una botella de agua y les ofrece a Rosa y Hellen para que se reanimen.

En ese instante, Aislinn aparece de la nada, con el rostro desencajado por la ira y lagrimas en los ojos.

Se planta frente a mí, sus ojos inyectados en sangre, y sin mediar palabra me da una cachetada.

El golpe resuena en mis oídos, y siento el ardor en mi mejilla.

Aislinn me mira con desprecio y escupe al suelo antes de hablar: —¿Cómo pudiste?

¿Cómo pudiste traicionarme así, Elián?

Te pasaste de verdad —Sin darme tiempo a responder, Aislinn me empuja con fuerza, gritándome con furia¾.

¡Eres un traidor, un mentiroso!

¡No eres más que un egoísta que solo piensa en sí mismo!

—Sus lágrimas resbalan sus mejillas mientras me sigue insultando.

—Pero dime qué coño hice —grito con impotencia.

Un silencio sepulcral invade el ambiente.

Todas las miradas se dirigen a Aislinn, quien, consumida por el dolor y la desesperación, se desploma en la acera, donde rompe en un llanto inconsolable.

Mi mente da vueltas.

La acusación de Aislinn me golpea como un trueno.

Miro a mí alrededor buscando alguna señal de incredulidad o apoyo en los rostros de los demás, pero solo encuentro confusión y sorpresa.

Liara, por su parte, parece como si ya supiera que esto iba a pasar.

Rosa y Hellen, recuperándose del susto, intercambian miradas nerviosas.

Intento decir algo, negar la acusación, pero las palabras se atoran en mi garganta.

Yo, aturdido por el golpe y sus palabras, intento acercarme a ella, pero me detiene con otro empujón.

—¡No te me acerques, imbécil!

¡No quiero verte!

¿Estás consciente de lo que hiciste?

—Aislinn se levanta de un salto, con los ojos inyectados en furia.

Se acerca a mí, temblando de rabia, y me apunta con el dedo índice, casi clavándolo en mi pecho—.

¿Quieres que llames a la policía?

¡Eres un psicópata, un asesino, un mentiroso de mierda!

¡Mataste a mi novio, hijo de puta!

—Su voz es un siseo cargado de veneno—.

Ah, y otra cosa, ¡no existe un tu y yo, ni existirá jamás!

¡Deja de creerte el cuento de que algún día me enamorare de ti!

—¡Aislinn!

—Intento tomarla de la mano, pero ella me la arrebata con asco.

—¡Aislinn nada!

¡Me das asco, me repugnas!

¡No entiendes que jamás, jamás te voy a mirar como sueñas!

¡Eres un imbécil, un atorrante, un pobre diablo!

¡Dime qué tengo que hacer para que no me vuelvas a hablar ni a mirar por el resto de tu maldita vida!

—Las lagrimas corren por su rostro mientras grita con un odio visceral, un odio que parece consumirla por dentro—.

¿Qué esperas?

Vete de aquí.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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