Con solo imaginarte - Capítulo 14
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- Capítulo 14 - 14 La nueva vida comienza
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14: La nueva vida comienza 14: La nueva vida comienza Abro los ojos ante el primer trazo de luz que hiere al suelo de pino.
El aire de la cabaña es un aliento helado, pero el espacio a mi lado irradia un calor que es mi propiedad exclusiva.
Liara duerme, no con la inocencia del descanso, sino con la entrega del vencido.
Me quedo inmóvil, observándola.
Es una verificación táctil: cada curva, cada delicada línea de su rostro, es un activo que he reclamado.
El control es un arte, y ella es mi obra maestra más apreciada.
Me levanto.
Solo mis shorts me cubren.
La piel expuesta al frio es una afirmación de mi fuerza.
El despertar de la mañana de Liara, debe ser perfecto, voy a la cocina a hacerle algo a ella.
Preparo el café en la estufa de hierro, el aroma oscuro se eleva como juramento.
Tuesto el pan rustico, lo uno con mantequilla espesa y mermelada de cerezas negras.
No es solo sustento; es la provisión meticulosa de su captor.
Lo dispongo todo en una bandeja de madera, un pedestal para esta ofrenda.
Me deslizo hasta el borde de la cama.
Liara aun esta sumida en un sueño placido.
Mi mano roza su mejilla, una caricia calculada, suave como un guante de terciopelo sobre un puño de hierro.
Me detengo un momento, observando la escultura de la mujer que en realidad es.
Me siento como un estúpido al perder tanto tiempo, sin haberle hecho caso, pero esto, es una nueva oportunidad de la vida para empezar hacer las cosas bien.
—Despierta, Liara —la llamo, mi voz es un grave susurro que solo existe para ella—.
El alba espera a su reina.
Sus ojos se abren con la lentitud de quien emerge de un trance.
La primera visión que capta soy yo: sin camisa, la silueta definida por el contraluz, y el desayuno.
Su sonrisa es inmediata, una luz automática que confirma mi éxito.
—Elián, eres…
la única razón para despertarme en esta hermosa mañana —susurra, aún presa de la somnolencia.
—Soy tu necesidad —respondo, y mi mano desciende y se cierra sobre su cintura, con una precisión firme y definitiva—.
Y tú eres mi más hermosa obsesión.
Chispita.
Come.
Necesitas ser fuerte para lo que te tengo preparado hoy.
La observo mientras ella bebe café, cada sorbo es un acto de sumisión que me nutre más que a ella.
La satisfacción es una posesión: estoy alimentando la vida que controlo.
Hoy no hay camino que no esté marcado por mi voluntad.
Cuando la bandeja queda vacía, la levanto y la dejo a un lado.
La miro, y mi deseo es una orden silenciosa: —Suficiente por ahora —digo, mi voz ronca —Primero, hay que limpiar las impurezas del viaje.
La guío hacia el pequeño baño de ónix y cristal: una ducha de lluvia inmensa y, en el centro, una bañera de inmersión esculpida en una sola pieza de piedra oscura.
La lleno con agua que humea, el vapor empaña el cristal de la ventana.
—Quítate la ropa —ordeno, mi voz baja, sin dejar de mirarla.
Ella no duda.
Cada prenda cae al suelo como una ofrenda a mi altar.
Me desvisto con la misma calma y nos metemos en la bañera.
El agua caliente nos envuelve, un abrazo denso y sedante.
Ella se reclina contra mi pecho, su respiración agitada se calma con el calor.
Mi mano comienza a trazar líneas húmedas sobre su clavícula, un patrón de propiedad.
—Este es el tipo de vida que mereces —susurro en su oído, aspiro el aroma al cedro que emana su piel—.
El lujo.
El silencio.
Y mi total atención.
—No merezco nada, Elián —Gira la cabeza y me mira a los ojos—.
Solo quiero estar contigo.
Esa simple declaración, esa sumisión tan pura, es un golpe eléctrico.
Me inclino y capturo su boca en un beso que es tanto afecto como reafirmación de mi poder.
Su cuerpo se ablanda contra el mío, confiado.
Mientras mis manos recorren, trazando la curva de su espalda, la suavidad de su vientre, la intensidad del momento se rompe.
El vapor se hace más espeso, la temperatura sube demasiado rápido.
Mi mente, que ha estado enfocada en la piel de Liara, hace un giro violento.
No es un recuerdo completo, sino un flash.
El sonido seco de golpes fuertes en un lugar frio y nauseabundo.
El rostro de un hombre, los ojos abiertos en una súplica silenciada.
La mano con la que acaricio a Liara, la detengo de la nada.
Tensándose en un puño sumergido.
Mi respiración se corta.
¿Qué pasa si…
unos de los Cuervos de Nox, quedo vivo o suelto?
La duda me desgarra.
Mis operativos aseguraron que todos los involucrados en aquel ajuste de cuentas fueron neutralizados.
Pero la paranoia es la sombra de mi oficio.
¿Y Nino?
¿Y si uno de ellos, tiene un hermano, un socio, que ahora sabe mi nombre, que sabe lo que valoro?
Liara.
Mi cuerpo se queda inmóvil, paralizado por la visión repentina de mi mundo.
La cabaña, la bañera de inmersión, Liara, todo se siente demasiado opuesto, demasiado valioso para perderlo.
El control se siente, por un instante, como una quimera.
Liara nota el cambio de inmediato.
El calor de mi cuerpo se ha ido, reemplazando por una rigidez helada.
—¿Elián?
—Su voz es suave, inquisitiva.
Intenta girarse para mirarme, pero mi brazo, ahora como una barra de acero, se lo impide.
—Quieta —ordeno, la palabra es un gruñido.
Aprieto la mano en su cintura con una fuerza dolorosa, no por lujuria, sino para anclar a la realidad de lo que poseo.
El miedo no es por mí, sino por la posibilidad de que alguien toque lo que me pertenece.
Cierro los ojos, respiro lentamente hasta que la imagen del lugar frio y nauseabundo se disipa.
El vapor ya no es caluroso; es solo velo protector.
Abro los ojos y vuelvo a enfocarme en Liara, en la suavidad vulnerable de su piel.
El flash ha pasado, pero la advertencia permanece.
—Tienes que jurar algo —le digo, mi voz es un susurro gutural, intenso.
Acercándola aun mas, forzándola a sentir la dureza de mi cuerpo—.
Júrame que nunca, bajo ninguna circunstancia, saldrás de esta propiedad sin mí.
—Lo juro, Elián —responde, asustada por el cambio abrupto, pero complacida por la intensidad de mi reclamo—.
Soy tuya.
Haré lo que digas.
Mi boca se curva con una sonrisa fría.
La paranoia se transforma en un propósito.
Los cabos sueltos no importan si yo aseguro la cuerda principal.
Y la cuerda principal es ella, Liara.
Al salir del baño, la envuelvo en una toalla, un gesto de propiedad absoluta.
Nos vestimos con calma, la tensión del baño todavía es palpable.
—¿Lista para conocer lo que tanto has querido?
—Mi pregunta no es un permiso sino una orden envuelta de anticipación.
—Estoy lista para entrar a tu mundo —responde Liara, la resignación en sus ojos es ahora un compromiso.
Salimos de la cabaña, dejando atrás el aire crudo de la mañana.
El sendero, corto y bien cuidado, nos lleva a la colina de arriba.
Entonces la vemos: la Mansión Roys.
Una mole de piedra oscura y majestuosa, no con la calidez de un hogar, sino con la indiferencia orgullosa de una fortaleza.
Sus altos ventanales, enmarcados en hierro, reflejan el cielo como ojos vigilantes.
Liara se detiene en seco.
Su respiración se agita, su rostro una palidez repentina.
—Espera.
Yo…
yo conozco este lugar —susurra, llevando una mano a su frente—.
La cabaña, el bosque, lo vi todo o ¿Fue un sueño?
Creí que me había despertado, pero esto…
es demasiado real para no ser una extensión.
Me acerco, mi sonrisa es una línea fina de absoluta convicción.
—Por supuesto que fue un sueño, Liara.
Uno que te envié para prepararte —digo, deslizando mi mano bajo su barbilla para obligarla a mirarme—.
¿Crees que dejaría nuestro primer encuentro al azar?
No.
Tú me dijiste que tu sueño era venir a este lugar.
Ahora, yo solo lo hice realidad.
Tomo su mano, mi tacto es posesivo.
Su sonrisa, hace el mejor día de mi vida.
Voy a cumplirle lo que ella desee, ahora en adelante.
Es lo único que tengo y debo protegerla de cualquier problema que se llegue a presentar.
—Bienvenida, Liara.
A cumplir nuestros sueños juntos y hacerlo realidad —digo, extendiendo la mano para guiar su marcha.
La pesada puerta de roble se abre con un sonido que resuena.
El hall de entrada es vasto, de mármol pulido en tonos ébano y plata, con una luz filtrada por una cúpula de cristal opaco.
Es un espacio diseñado para la grandiosidad y la contención.
—Recorre cada metro cuadrado.
Chispita —le susurro, mi mano posa firmemente en la base de su cuello—.
Es tuyo, para que lo atesores.
—Quiero que lo hagas conmigo —responde, mientras mira todo a su alrededor, sus ojos brillan, fascinados.
La llevo a recorrer los espacios.
Cada esquina, cada paso hace que me vuelva adicto a ella.
Tiene algo que últimamente, me esta trayendo, me estoy obsesionando.
—Vamos a la biblioteca —llevando, cambiando mi mano a su cintura.
En la biblioteca, el aire es espeso con el aroma de papel antiguo y cuero.
Las estanterías de caoba repletas de volúmenes ascienden hasta el techo.
—Todo lo soñado en un solo lugar —susurra Liara, sus dedos acariciando los lomos.
Luego al descender, la sala de cine es el epítome del lujo.
Paredes forradas en terciopelo y sillones reclinables de cuero negro.
—Este espacio es solo para nuestros placeres privados y nuestras distracciones —le digo, sintiendo su asombro.
La cocina de Ensueño es la siguiente, un espacio vasto de acero pulido y mármol, con una isla central que parece de mando de una nave.
—Aquí es donde más vamos a disfrutar de nuestras locuras, mientras cocinamos —le indico, aunque su mirada ya está fija en el equipamiento de alta gama.
Al salir al exterior, nos dirigimos al jardín, un lugar que parece sacado de un cuento de hadas.
—No es nada con el garaje —le digo, mientras ella se maravilla de las flores y la distribución que parece sacada de un cuento de hadas.
Agarro una y se la coloco detrás de la oreja, mientras le robo un beso de media luna.
El garaje es una revelación.
Un vasto espacio climatizado donde una colección de carros antiguos y modernos, cada uno más deslumbrante que el otro, espera en una fila brillante.
Vehículos que solo manejan quienes doblan el mundo a su voluntad.
Cada uno más deslumbrante que el otro.
Ella camina lentamente entre los coches, el silencio del lugar solo está roto por su suave jadeo.
—Mira ese Bugatti Chiron, chispita —señalo hacia un hypercar de color negro mate, una maquina de precisión y velocidad bruta¾.
Y detrás, el Rolls-Royce Phantom de la generación anterior.
Cruzamos a otra sección y la dirijo a la sala de ejercicios.
Es un gimnasio completamente equipado, un santuario moderno y despiadado.
Maquinas de cromo y de acero pulido llenan el espacio, rodeadas por espejos oscuros que reflejan la luz fría y duplican cada esfuerzo.
Aquí la opulencia se transforma en una exigencia física.
—Aquí es donde te aseguras de que tu cuerpo siga siendo el recipiente perfecto —digo, mientras paso mi mano a su cintura.
Ella se acerca a una maquina de escalada, su reflejo duplicado en los espejos.
La inmensidad de la mansión se siente aquí como una demanda silenciosa sobre su resistencia.
Finalmente, la llevo a la terraza que da a la gran piscina, cuyas aguas azules y tranquilas reflejan el cielo.
La vista desde aquí abarca el bosque y la ciudad distante, una muestra de poder y aislamiento.
Liara se gira, su rostro iluminado, abrumado por la opulencia que la rodea.
El asombro ha borrado todo rastro de miedo momentáneamente.
—Elián —llama mi nombre con una dulzura vertiginosa, dando un paso rápido hacia mí.
Ella se pone de puntillas.
Con una urgencia que no me atrevo a detener, me abraza con fuerza, su rostro escondido en mi hombro.
Luego se separa solo lo suficiente para alcanzar mis labios, besándome con una efusividad que traiciona toda su contención.
Cuando se retira, sus ojos, aun marrones y profundos, me miran con una intensidad nueva.
—No solo es impresionante por fuera.
Es todo lo que te pedí, incluso no sabiendo lo que yo quería.
Me trajiste aquí.
¿Cómo lograste que nos dejarán entrar?
Me acerco, eliminando la distancia.
Mi mano se alza y acaricia líneas de su mandíbula.
Mis ojos se fijan en los suyos, sin parpadear.
—¿Por qué logré que nos dejaran entrar?
—repito la pregunta, mi aliento cálido contra su oído—.
Porque tú eres mi única necesidad.
Y no existe llave, ni documento, ni persona en este mundo que pueda interponerse entre lo que quiero.
Cierro mi mano con firmeza alrededor de su nuca, inclinando su cabeza hacia atrás.
—Tú eres mi obsesión.
Y la obsesión no pide permiso.
Todo esto es la jaula que he diseñado para mantener mi joya segura.
La beso de nuevo, un beso que no es una pregunta, sino una declaración final de mi propiedad.
No le doy tiempo para asimilar mi declaración de propiedad.
Tomo su mano y la conduzco a través del hall principal, hacia el ala este.
El atardecer ya envuelve la mansión, y el aire se llena con el aroma opulento de la cena.
Entramos en el comedor principal.
La mesa de caoba es inmensa, pero solo dos sillas están puestas íntimamente en un extremo, invitando a la cercanía.
Flota en el aire, a un volumen apenas audible, la hipnótica y melancólica melodía del primer movimiento de la Moonlight Sonata de Beethoven.
El sonido profundo y arpegiado del piano en la gran sala crea una atmósfera de misterio y anhelo fatal, un telón de fondo perfecto para la tensión entre nosotros.
Deslizo su silla con delicadeza, esperándola.
Ella se sienta, su mirada encontrándose con la mía, una chispa de curiosidad y un atisbo de deseo.
Yo tomo mi lugar frente a ella, la mesa ahora es un puente entre nosotros.
—Siéntate, Liara.
Esto es una celebración —le indico, sintiendo el peso de su fascinación y su miedo.
Un hombre uniformado, con movimientos discretos, sirve el primer plato.
Es un festín de alta cocina.
—He organizado el personal para que tú no tengas que ocuparte de nada que no sea tu propio placer —le susurro, sin dejar de mirarla.
Ella levanta la copa de vino, sus manos temblando ligeramente.
Una sonrisa tenue ilumina mi rostro, como un amanecer tras una noche tormentosa.
Con dedos temblorosos, tomo mi copa, el cristal frio contra mi piel.
La elevo lentamente, un brindis silencioso que captura un torbellino de emociones: esperanza, anhelo y una pizca de temor.
La copa permanece en alto, un punto brillante en la penumbra.
Mis ojos se encuentran con los suyos, transmitiendo un mensaje que las palabras no pueden expresar.
—El costo del lujo es la lealtad absoluta.
Mira a este personal.
No hablan.
No preguntan.
Solo sirven.
Tú eres parte de esa voluntad ahora.
Bebo un sorbo.
Mi mirada no la deja ir, forzándola a beber el suyo.
—Tu seguridad es mi prioridad.
Absoluta.
Me reclino en mi silla.
El cuchillo en mi mano gira lentamente mientras corta la carne.
—Sobre tu itinerario: el gimnasio es una invitación a la vitalidad.
La biblioteca es para la mente, para que tus pensamientos y los míos se encuentren.
Y el dormitorio principal te espera, como un santuario donde podremos ser solo nosotros —digo, mi voz bajando a un tono que es una promesa de intimidad y pertenencia—.
Luego, haremos un recorrido por el pueblo.
Liara baja la mirada hacia su plato, una sonrisa suave en sus labios.
El lujo se está volviendo su hogar, un espacio que compartimos.
—¿Y si…
quisiera ir al pueblo?
Solo por una hora.
El cuchillo se detiene sobre el plato con el clic suave, no de interrupción, sino de consideración.
El silencio se llena con la resonancia de su pregunta, un deseo de conexión con el mundo exterior.
—No iras sola para ningún lado, Liara —Mi voz es tranquila, protectora, no posesiva.
No es una prohibición, sino una oferta de compañía—.
No tolero el riesgo de que te alejes de mi lado sin que yo pueda velar por ti.
De aquí no sales, sin mí.
¿Entendido?
Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, mi mirada es una invitación a la confianza mutua.
—No lo pido.
Lo anhelo.
Ahora, terminemos la cena y descubramos juntos lo que nos espera.
Liara me mira.
Hay un brillo travieso en sus ojos, pero sus labios tiemblan como si estuviera a punto de soltar una risita de nerviosismo.
—¿Solo contigo, Elián?
—pregunta, inclinando la cabeza ligeramente, como un pajarillo curioso.
Su voz es suave, casi un susurro.
Luego una sonrisa picara se dibuja en sus labios y sus ojos se pasean por mis brazos apoyados en la mesa, volviendo a subir hasta mi rostro—.
Pero…
¿Y si solo quiero salir para que me extrañes un poquito?
Si no me voy, ¿cómo vas a sentir la necesidad de ir a buscarme y…
y luego castigarme un poquito por haber intentado ser traviesa?
Ella levanta su copa de vino, sin beber, solo jugando con el borde, sosteniendo mi mirada de una manera que es completamente inocente y al mismo tiempo, peligrosamente seductora.
—Me gusta cuando dices que tu felicidad es tu prioridad, Valteris.
Eso suena a que me tienes que cuidar mucho…
¿Cierto?
Y estar siempre cerca.
El control que intento ejercer se funde con el delicioso juego que ella propone.
Siento la tensión deslizarse por mi mandíbula.
Su respuesta no es una sumisión, sino una invitación coqueta a redefinir mi dominio como deseo mutuo.
Me reclino un instante, forzando mi sonrisa a ser una línea recta.
Mientras la observo, sus dedos juegan con su cabello, ondulándolo.
—Oh, Liara.
No necesitas alejarte para que te extrañe.
Tu ausencia de solo unos minutos es suficiente para que sientas la necesidad de encontrarte.
Y sobre el castigo…
—Mi voz se vuelve más grave, una caricia oscura—.
Si logras ser lo suficientemente traviesa, la recompensa será mucho más interesante que la penitencia.
—Ahora, termina la cena.
El resto del descubrimiento lo haremos lejos de esta mesa —Le sostengo la mirada, mi voz es una promesa firme.
Liara asiente, pero no con la docilidad de quien obedece, sino con el asentimiento de quien acepta un desafío emocionante.
Sus ojos, ahora más oscuros, brillan con un fuego incandescente, la viva llama de una anticipación que me consume.
Es el fuego de lo que esta por venir, de los limites que sabe que cruzaremos, y de una entrega que, intuyo, será total.
La cena ha establecido que mi dominio es ahora la base de su juego, y ella está ansiosa por empezar a jugar, por sentir ese fuego encenderse entre nosotros.
Ella deja su tenedor con un suave sonido metálico.
Yo bebo el último sorbo de mi copa.
El camarero se mueve con una eficiencia fantasmal para retirar los platos, y el hilo musical se desvanece lentamente en el silencio.
La atmósfera, ante formal se carga ahora con una electricidad innegable.
Me levanto y extiendo mi mano sobre la mesa.
No la estoy invitando a que me la tome; la estoy esperando.
Es un gesto de propiedad pero envuelto en terciopelo.
Liara me mira.
Sus labios se curvan en una sonrisa sutil como si supiera exactamente lo que significa este simple contacto.
Coloca su mano en la mía.
Su piel es suave y cálida el contacto me recorre como una descarga lenta.
Cierro mis dedos sobre los suyos con firmeza.
—Vamos, Chispita —le digo con un tono que no deja lugar a dudas sobre mi destino—.
Te enseñare otras partes de tu nuevo hogar.
La conduzco fuera del comedor y mis dedos entrelazados con los suyos.
Atravesamos pasillos silenciosos, donde la luz tenue de las lámparas de pared revela lienzos antiguos y jarrones de porcelana.
—Esta es la otra biblioteca como te dije.
Un santuario de conocimiento.
Puedes pasar el tiempo que quieras aquí.
Si no hay un libro, me dices y vamos y lo compramos.
Todo esto es tuyo —explico, deteniéndome brevemente.
Ella aprieta mi mano y mira con asombro los estantes interminables de libros.
—Es…
es más de lo que imaginé —Susurra, volviendo su mirada hacia a mí, sus ojos brillando con gratitud.
—Quiero que tu mente se expanda.
Quiero que me retes que tus preguntas hagan temblar mis propias certezas —replico volviendo a ponernos en movimientos.
La llevo por el pasillo principal hasta una escalera de mármol que asciende elegantemente.
La parte superior está sumisa en una oscuridad más intima.
—Y ahora el centro de nuestro mundo.
Llegamos a una puerta doble de ébano.
La abro y la hago pasar primero.
Entramos al Dormitorio principal.
El espacio es inmenso dominado por una cama con dosel de seda oscura que proyecta sombras intrigantes.
El ambiente es cálido, infundido con el aroma suave de jazmín y algo más profundo, terroso.
Las luces están bajas, revelando un balcón con vista al jardín a la luz de la luna.
Ella se detiene en el umbral, su aliento se corta.
El brillo en sus ojos no son de miedo, sino de una expectación febril.
Su mano, todavía en la mía, se aferra un poco más fuerte.
—Aquí, en este lugar…
es donde la lealtad se convierte en intimidad —digo, cerrando la puerta con un clic suave, un sonido que selle el mundo exterior.
Me acerco lentamente, tirando suavemente de su mano para atraerla hacia el centro de la habitación, hacia el gran dosel.
—Todo aquí esta diseñado para tu placer, Liara.
Desde los textiles más finos hasta la vista de la luna.
Pero sobre todo…
esta diseñado para mí placer de poseerte.
Ella levanta la mirada hacia mí.
La distancia entre nuestros cuerpos es mínima.
Sus labios están entreabiertos.
—¿Y si…?
—su voz es apenas un hilo de seda, acariciando el silencio de la noche—.
¿Y si mi placer y el tuyo…
son los mismos?
Esa pregunta.
Esa rendición envuelta en deseo.
Me desarma y me enciende al mismo tiempo.
Pongo mi mano libre en su cintura, acercándola del todo.
—Lo son —susurro, mi aliento rozando sus labios—.
Están destinados a serlo.
Me inclino y, en lugar de un beso, presiono mi boca contra su oído.
—Elián —susurra ella, su mano se desliza de la mía para apoyarse en mi pecho, justo sobre mi corazón acelerado.
La sostengo firmemente, sintiendo el calor de su cuerpo contra el mío, la verdad de su deseo en su temblor.
—Dime, Chispita.
¿Te gusta tu nuevo hogar?
¿Te gusta este lugar donde no hay dónde huir…
excepto hacia mí?
Ella se estira sobre las puntas de sus pies, y ahora sí, me da un beso suave y breve en la comisura de la boca.
Un acto de audacia y ternura.
—Me gusta mucho, tontico —responde, con un suspiro que me llega al alma—.
Pero creo que…
tú me gustas más.
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