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Con solo imaginarte - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Un nuevo dominio
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15: Un nuevo dominio 15: Un nuevo dominio La tomo por la nuca con la mano que tenía en su cintura y esta vez no hay contención.

Mi beso es profundo y absoluto, una declaración sin palabras de que, en ese dormitorio, mi única ley es ella.

Mis labios se cierran sobre los suyos con la fuerza de una promesa largamente contenida.

Inclino mi cabeza, buscando el ángulo perfecto para profundizar el contacto, y ella responde al instante, abriendo la boca con un gemido apenas audible que sella mi victoria.

Mi lengua encuentra la suya con autoridad, y el sabor del vino y la dulzura de su aliento me inunda.

No es solo un beso; es una toma de posesión.

Muevo la boca con la certeza de quien sabe que es correspondido, devorando su respuesta.

Ella se aferra a mi cuello con ambas manos, arqueándose contra mí, fusionando la suave curva de su cuerpo con la dureza del mío.

El beso es eléctrico, urgente.

Siento el temblor que recorre su cuerpo desde su columna hasta la punta de los dedos que se hunden en mi cabello.

Es una declaración sin palabras de que, en ese dormitorio, mi única ley es ella, y que ella está lista para ser gobernada por mi deseo.

No queda más mundo que el espacio entre nuestras bocas, el roce de nuestras pieles y el sonido acelerado de nuestras respiraciones.

El mundo se había reducido a la textura de su piel, el sabor de su piel, el sabor de su boca y el pulso acelerado bajo mis labios, cuando un sonido agudo y discordante rasga la atmosfera.

Es mi teléfono, vibra con insistencia en la mesita de noche junto a la cama.

Lo ignoro, profundizando el beso, sintiendo la urgencia de ella.

—No, ahora no —murmuro contra su boca, pero la vibración persiste con el patrón de una llamado prioritaria.

Liara se separa un milímetro, sus ojos tan dilatados por el deseo que parecen negros.

Mantiene sus manos en mi cuello, pero su respiración es entrecortada y curiosa.

—Parece importante —susurra, la voz ronca.

Maldigo en voz baja.

Reconozco el patrón de llamadas internas.

Es el canal encriptado que, si bien puede usarse para asuntos serios, también sirve para un simple contacto si están lejos.

Esto debe ser importante, es muy extraño que estén llamando al segundo día de habernos venido.

,¾Son las chicas ¾explico con un bufido, divertido por la interrupción¾.

Control de daños, o de vida social.

Suelto su cuello, mis ojos se clavan en los suyos para transmitirle la promesa de que esto es solo un aplazamiento.

Recojo e teléfono.

El identificador de llamadas muestra a Rosa.

—¿Video?

—Ordeno, y deslizo la pantalla para aceptar la videollamada.

La pantalla cobra vida, dividida para mostrar no una, sino dos figuras.

Rosa y Hellen aparecen simultáneamente, y el cambio en ellas es la primera señal de que su tiempo fuera ha sido, cuanto menos, transformador.

Rosa, que solía llevar un traje sastre formal y el pelo recogido con rigidez, ahora tiene una apariencia mucho más peligrosa y liberada.

Su cabello negro azabache, antes estrictico, cae ahora en suaves ondas que enmarcan un rostro donde un maquillaje sutil acentúa unos ojos de un verde penetrante.

Viste una chaqueta de cuero fino y ajustado, y su expresión de cuero fino y ajustado, y su expresión ha pasado de la frialdad distante a una intensidad casi felina.

Hellen, por su parte, luce irreconocible.

Había optado por un perfil bajo con tonos tierra y neutrales.

Ahora, su cabello castaño esta teñido de un audaz tono cobrizo que brilla bajo la luz, y está cortado en un estilo bob asimétrico y sofisticado.

Lleva una blusa de seda escarlata que resalta su tono de piel.

Su cambio más notable, sin embargo, es la forma en que proyecta confianza; ya no se encoge, sino que mira directamente a la cámara con una sonrisa calculadora.

—¡Elián, grandísimo semental!

—exclama Rosa, con un tono burlón, casi sin aliento—.

Perdona la interrupción, pero teníamos que ver con nuestros propios ojos que no te habías caído por un barranco.

Ya sabes lo dramático que eres para desaparecerte.

Hellen se acerca a la cámara con un gruñido.

—¡Hola, lindo!

Todo en orden por acá.

Hemos cambiado un poquito, ya sabes, las viejas identidades se oxidan.

¡Y si, hemos conocido gente, nos hemos puesto al día, todo ha mejorado, desde que mataste a la banda!

¿Y tú?

¿Qué tal la vida por allá?

—Ya veo la mejora.

Ambas lucen…

diferentes.

¿Tanto ha cambiado el ambiente?

Mi expresión se relaja en una sonrisa genuina.

Siempre he valorado esta camaradería que roza lo irrespetuoso.

—Sobreviviendo.

Aunque si te digo la verdad, estoy ocupado planeando la mejor parte.

Mañana tengo una sorpresa para Liara.

Algo para que no se le olvide por qué su lealtad es su mayor placer.

—Pues…

no me extraña que le gustes con ese nivel de planificación, mi vida —Hellen alza la ceja, deslizando una mirada de arriba abajo por la pantalla—.

Porque…

a ver, Elián.

Mírate.

Te lo digo con todo el respeto de amiga: estás muy bueno, papi.

Ese traje te sienta demasiado bien, incluso a estas horas.

¡Ojalá todos mis jefes tuvieran esa pinta!

Liara que se ha acercado sin hacer ruido, oye el comentario de Hellen.

Su mano, que aun reposa suavemente sobre mi antebrazo, se aprieta de golpe, sus uñas rozando mi piel.

Levanta la barbilla y se coloca justo en el borde de la pantalla, dejando claro que ella es la única que tiene derecho de acceso.

El fuego en sus ojos es ahora un aviso una mezcla de posesividad y orgullo.

—¡Hola, Liara!

Me encanta verte.

¡Elián, parece que el hogar le está sentado de maravilla!

—Hellen, cuyos ojos encuentran a Liara junto a mí, interviene con genuina curiosidad.

Liara no se esconde; se acerca y mira directamente a la cámara, con un desafío silencioso.

—Hellen, cariño, el plan soy yo —dice Liara, su voz es dulce, pero con un filo acelerado—.

Ah y…

hola a las dos.

Me gusta mucho como se ven.

Hellen y rosa se empezaron a reír.

—¡Ay, Liara!

Me encanta verte tan posesiva.

¡Hola!

Te ves radiante, por cierto, muy bonita vestimenta.

Elián te tiene un brillo nuevo en los ojos —dice Rosa con una sonrisa de respeto de amistad.

—Nos alegra que este disfrutando de la mansión.

¿Ya te enseño Elián la piscina cubierta?

—pregunta Hellen sin perder el tono de la broma.

—Me esta mostrando hasta el centro del mundo —responde Liara, su voz tiene una confianza, reforzada por la tensión que aún persiste entre ellas—.

Y si, Elián me estaba mostrando mi nuevo hogar.

Estamos muy bien.

—Perfecto —Finalizo, cortando la broma y regresando al tono de mando—.

Me alegra que ambas estén bien.

Ya veo la mejora continua.

Descansen y manténganse alerta.

Las veré a ambas pronto.

Cuelgo la videollamada y lanzo el teléfono de nuevo a la mesita de noche.

El sonido de su impacto es un juramento de regreso al momento interrumpido.

Me doy la vuelta.

Liara sigue de pie a mi lado, sus ojos ardientes y la posesividad aún vibra en el aire.

—¿Estas muy bueno, papi?

—murmura Liara, inclinándose hacia mí—.

Si quieres te vas con ella de una vez.

—Amigas —corrijo mi voz profunda y lenta, poniendo mis manos en sus caderas de nuevo, firmes y sin intención de soltarla—.

Son colegas.

Son herramientas valiosas para mantener nuestro mundo seguro y prospero.

Y tienen un sentido de humor terrible.

Y al única lugar que quiero ir…

es a tu corazón.

Doy un paso hacia a ella, cerrando la distancia.

Subo mi mano y empiezo acariciar su rostro con las yemas de mis dedos, haciéndola sentir escalofríos —Ellas están en su fase de transición, celebrando el éxito.

Y ahora, tú debes cumplir la tuya.

La cena termino.

Tu, estas libre.

Y esta noche…

este dormitorio es el centro de nuestro mundo.

No hay nadie, ni en carne ni en video, que vaya a reclamar lo que ya me pertenece.

Pongo mis manos en sus caderas y la atraigo con fuerza contra mi cuerpo, disfrutando de la sutil punzada de celos que ha encendido su deseo.

—¿Sigues gustándote tu nuevo hogar, Chispita?

Sus ojos, brillando con el fuego que vi en la mesa, responden por ella.

Se acerca, acortando el último ápice de distancia y su voz, ahora un ronroneo bajo y definitivo, es una promesa de propiedad.

—Me encanta, Elián.

Y ellas no son el centro de este mundo.

Tú lo eres.

Y yo soy tu centro.

La respuesta es la gasolina para mi incendio.

Es la declaración de la dueña, no de la huésped.

Aprieto mis manos en sus caderas, levantándola con un movimiento rápido para sentarla en el borde de la mesita de noche.

El teléfono, ahora olvidado y silenciado, rueda a un lado.

Ella envuelve mis caderas con sus piernas, y yo me situó entre ellas, sin romper el contacto visual, transmitiendo toda la intensidad de la posesión.

—Elián —Su voz es apenas un gemido, y la urgencia en ella es palpable.

—Perfecto —Mascullo, mi aliento chocando contra el suyo.

Es una palabra simple, pero en mi boca se convierte en una orden y una aceptación.

Absorbo el aliento de Liara, probando verdad en su declaración.

El perfecto que he musitado no es solo la aceptación de su respuesta, sino la afirmación de mi control; ella me ha dado la clave, y yo estoy a punto de usarla.

Sus manos se deslizan de nuevo a mi cuello, esta vez sin el titubeo de la interrupción anterior.

Hay una deliberación feroz en la forma en que sus dedos se aferran a mi nuca, tirando de mí.

No hay necesidad de palabras.

La guerra que se libra en sus ojos, la mezcla de celos, deseo y la recién descubierta necesidad de afirmar su lugar, es un lenguaje que entiendo perfectamente.

Este momento no se trata solo de deseo es la consolidación del poder, la respuesta a mis amigas y la aceptación formal de su nuevo rol.

Bajo la cabeza, y en lugar de besarla, recorro la línea de su cuello con la boca, sintiendo el pulso acelerado bajo mi piel.

Mi mano derecha abandona su cadera para subir por su costado, rozando la seda de su blusa.

Detengo mi ascenso sobre su corazón, y el golpe frenético que siento bajo mi palma es una victoria más dulce que cualquier triunfo de negocios.

—El centro de mi mundo —repito, mi voz grave y vibrante, resonando contra su garganta—.

Y ese centro no se comparte.

Ella arquea la espalda, y la blusa de seda escarlata se desliza sobre sus hombros, cayendo en pliegues seductores.

El escote en V que revela no es una invitación, es un desafío que acepto de inmediato.

Liara responde a mi declaración con una acción que elimina cualquier duda.

Ella arquea su cadera hacia adelante con una punzada deliberada, asegurándose de que el centro de su feminidad se presione firmemente contra la protuberancia definida bajo la tela de mis pantalones.

El impacto es latigazo de calor y urgencia.

Ella no solo quiere afirmar su lugar, sino también sentir la prueba tangible de mi deseo.

Desgarro la tela invisible de la pausa con mi boca, reclamando la suya con una ferocidad recién liberada.

La beso con la violencia controlada del hambre, empujando suavemente su espalda contra la pared, forzándola a reconocer la fuerza de mi posesión.

Ella responde con la misma intensidad, el calor de su cuerpo envolviéndome, eliminando todo vestigio de la llamada telefónica.

Elián ya no está planeando sorpresas para mañana; Elián está formando la recompensa de hoy.

El dominio silencioso no ha terminado, ha evolucionado.

Ahora, es una danza de poder y entrega, y ambos sabemos quien lleva el ritmo.

Mis manos se aferran a su cadera, a su hermosa figura sintiendo la tensión mientras ella se aferra.

El hogar de Liara no es la mansión, no es la piscina cubierta.

Es justo aquí, en este pequeño espacio donde sus piernas me encierran y mis labios la reclaman.

Este es el centro del mundo.

Nuestro mundo.

Y acabamos de declarar la clausura.

Sigo el movimiento de su cadera.

La fricción, ahora constante y deliberada, es un motor que sube el voltaje en el ambiente.

El traje que Hellen había elogiado se siente de pronto como una barrera insoportable.

Me separo de su boca solo para tomar aliento, pero mantengo mi frente pegada a la suya, nuestros ojos cerrados por la pura intensidad del momento.

—Ya no hay amigas Liara.

Solo tú —le prometo con un susurro que es casi un gruñido—.

Y la única propiedad que me importa, es esta, junto a ti.

Con la mano que estaba sobre su corazón, empujo la blusa escarlata hasta que cae.

No es un movimiento brusco, sino una revelación lenta, liberando la seda del cuello y dejando al descubierto sus hombros.

El tejido cae sobre la mesita de noche, y ella no hace esfuerzo para retenerlo.

El contraste de su piel contra el borde de madera es un espectáculo íntimo que me quita el aire.

Bajo el fino encaje negro de su sostén, el corazón late con fuerza de un tambor de guerra.

Mi mano ahora esta libre para desamarla.

Con un movimiento experimentado, mis dedos localizan el cierre frontal de su sostén de encaje negro.

Con un truco rápido que no requiere más que el roce de mi pulgar y mi índice, el broche se abre con un suave click.

El encaje cae a los dos lados, y sus pechos, liberados, se presentan ante mí.

Me alejo medio paso, solo lo suficiente para que mis ojos puedan detallar la visión.

Son perfectamente redondos y jugosos, con una plenitud y una tensión que me incendian.

La vista de sus pezones endurecidos es una afirmación silenciosa de mi efecto sobre ella, y la posesividad que me invade es casi física; tengo unas ganas irrefrenables de hacerlos míos, de marcarlos como una prueba de mi dominio.

Mi respiración se corta.

—Boff, Magníficos —murmuro, mi voz ronca de pura admiración y deseo.

Liara sonríe, comprendiendo el efecto que tiene en mí.

La blusa escarlata, ahora solo un adorno en sus caderas, no distrae de la intimidad recién descubierta.

Mi otra mano, que ha permanecido en su cadera, se desliza hacia abajo.

Ya no acaricio la tela, sino que la agarro con firmeza.

Sin prima innecesaria, pero con la determinación de un cazador, encuentro el dobladillo de su falda y la subo.

Liara jadea, la respiración entrecortada se estrella contra mis labios.

La beso de nuevo, pero ahora el beso es una conversación de almas, no una toma de posesión.

Es un reconocimiento mutuo.

Mis labios se mueven con una ternura voraz, y en la profundidad del contacto, siento su lengua, que ya no lucha, sino que se enreda con la mía en un gesto de abandono total.

Mientras la beso, mi mano viaja más allá del muslo tenso.

El encaje de sus bragas es una pequeña y exquisita barrera que desmantelo con un movimiento rápido y silencioso.

Mis dedos se deslizan con suavidad atravesando la barrera final de su ropa interior para penetrar la calidez de su vagina.

Tomo posesión de su intimidad con una lentitud deliberada, y Liara se arquea sobre mis dedos, su cuerpo aceptando la invasión.

Con la punta de mi pulgar, busco y encuentro la joya sensible en la parte superior, subiendo sobre su clítoris con una caricia precisa.

El jadeo que escapa de su garganta no es un sonido, es una descarga eléctrica que me recorre.

Sus ojos se abren, dilatados, fijos en los míos, y el fuego que vi en la mesa se convierte en una furia de placer.

—Tu eres la única música que quiero escuchar —continuo, y el contacto de mis dedos dentro de sus bragas es el inicio de la melodía.

—Tómame, Elián.

Pero no me tomes por la fuerza.

Tómame porque te entrego de nuevo mi voluntad.

Muestra a todo mundo porque soy tu centro.

Esa es mi señal final.

Dejo que mi boca abandone la tuya para descender, probando la piel sensible de tu cuello antes de trazar un camino lento hacia la cúspide de tu pecho.

La presión de mi mano dentro de ti aumenta, respondiendo al ritmo de tu respiración y tu éxtasis naciente.

Te levanto ligeramente del borde de la mesita, ajustando la posición para que el contacto de nuestros cuerpos, de nuestra intimidad inminente, sea tan perfecto como el que ambos hemos estado anhelando.

El dominio silencioso ha terminado.

Y el lenguaje que usaremos ahora, es el más íntimo de todos.

—Me lo has dado todo, Liara —aseguro, mi voz ahora es un gruñido—.

Y voy a demostrarte el valor de este regalo.

Mis labios se cierran sobre la rosa de su pezón, la piel de su seno es una seda ardiente contra mi boca, y mi lengua es la lava que extingue y reaviva el incendio.

Tira de mi cabello con un gemido que me estremece, pero no me detiene; su cuerpo es toda aceptación, su cadera se alza para profundizar la invasión de mis dedos.

El ritmo de mi mano se vuelve un martillo, golpeando su placer con precisión.

Mis dedos están bañados por la prueba de su excitación, y la visión de su rostro contorsionado por el éxtasis me nubla la mente.

La tengo exactamente donde quería: cautiva, ardiente, entregada.

La levanto por las caderas, mi boca abandona su pecho para encontrar la suya de nuevo.

Este beso es diferente, es posesivo, crudo, un reclamo ineludible.

Saboreo el jadeo que me ha estado guardando, y mi aliento se mezcla con el suyo.

Mis rodillas se abren paso entre las suyas, y su falda escarlata, ahora solo una franja de tela, se arruga entre nuestros cuerpos.

El calor que irradia tu centro que me llama, la promesa de la función está a un solo latido.

La mantengo en el aire, sujetándola por sus muslos.

Con una coordinación nacida de la pura necesidad, me uno a ella.

Mi miembro busca la entrada de su paraíso, la piel de mi carne contra su piel palpitante.

Se desliza y atraviesa la calidez sedosa, sintiendo el estruendo húmedo de su anatomía que me envuelve, su ser me absorbe mientras penetro mi pene profundamente en su vagina.

La entrada es difícil, no por resistencia, sino por la urgencia.

Atravieso la barrera final, la suavidad de su canal, me absorbe y mi gruñido ahogado se funde con su grito.

—Mía —le digo, mi voz quebrada por el impacto.

Me muevo despacio al inicio, le doy tiempo para que se aclimate a mi presencia total.

Siento el roce de la piel de sus muslos contra la mía, la textura de su espalda bajo mis manos, cada fibra de su cuerpo, el temblor que recorre sus piernas.

Sus uñas se hunden en mi espalda, un dolor que me ancla a este momento.

Es la confirmación de que esto es real.

—Ahh, Elián —murmura, y el sonido de mi nombre en su boca es la orden que necesitaba.

El ritmo se acelera, la lentitud inicial se transforma en una avalancha.

El aire se vuelve denso con el olor de nuestra pasión, con los sonidos crudos de la carne.

La poseo con una ferocidad que no es rabia, sino el deseo de hacerle sentir la magnitud de mi amor, de mi posesión.

La muevo contra el borde de la mesita, el contacto es firme, el vaivén constante.

Siento el nudo de placer creciendo dentro de ella, la tensión que la recorre.

Mientras estamos en movimiento, la agarro del cuello y la vuelvo a besar.

—Mírame fijo, Liara —le exijo, y sus ojos vuelven a los míos.

Están llenos de lágrimas de placer y de una entrega incondicional.

En el pico de su éxtasis, cuando su cuerpo se arquea en un temblor final, descargo mi propia tormenta.

Mi grito se ahoga en su cuello mientras me entierro lo más profundo que puedo.

El mundo se disuelve, el dominio silencioso ha sido reemplazado por un rugido de pasión.

Cuando el último temblor nos abandona, me quedo dentro de ella, mi frente pegada a la suya, nuestros alientos jadeantes compartiendo el mismo aire.

El sudor de su frente se mezcla con el mío, un pacto húmedo e inquebrantable.

—¿Y ahora?

—le pregunto, mi voz solo un soplo.

—Ahora, Elián —me responde, acariciando mi pecho.

Su voz dulce pero firme—.

Muéstrame el valor de la música que acabamos de crear.

Su respuesta no es una súplica, es un desafío, y la música que acabamos de crear resuena aun en cada músculo, un eco vibrante de la colisión.

—Me deslizo fuera de ella, despacio, sintiendo la resistencia meliflua de su calor que se aferra a mí.

El sonido húmedo del desprendimiento es tan íntimo como el grito final.

La bajo con cuidado hasta que sus pies tocan el suelo, y ella se apoya en mis hombros, sus piernas aun temblorosas y entrelazadas con las mías.

Su rostro está marcado por el encuentro: el pelo revuelto, los labios hinchados, la mirada hipnótica.

Acaricio con el pulgar la humedad que resbala por la curva de su mejilla y la llevo a mis labios.

Salado y dulce, a sangre y triunfo.

—El valor es este, Liara —le susurro, mi boca apenas rozando la curva de su oreja.

El aliento caliente hace que su piel se erice—.

El valor es que ahora no solo eres mi musa, eres mi prioridad más preciada, marcada por mi esencia.

Eres la obra maestra que no solo pinto, sino que también habito.

Mis manos viajan desde sus hombros hasta el vendaje de tela que es ahora su falda, y lo desato.

La tela cae a sus pies como una promesa cumplida.

Ahora está desnuda ante mí, expuesta bajo la tenue luz de la lámpara.

La visión de su cuerpo perfecto, cubierto por el sudor de nuestro esfuerzo y la prueba húmeda de nuestro placer, es un espectáculo para mis ojos.

La observo, no con lujuria, sino con la avidez del coleccionista.

Su pecho sube y baja con la respiración entrecortada.

El centro de su deseo brilla, todavía inflamado.

Me arrodillo a sus pies, un acto de reverencia y de conquista.

Beso el interior de su muslo, el sabor de su intimidad es embriagador.

—He tomado la melodía que me diste —le digo, elevando mi mirada para encontrar la suya, que sigue clavada en mí, ardiente y entregada—.

Y la he convertido en un himno, Liara.

Nuestro himno.

Y el mundo, tu mundo, ahora escuchará nuestra música.

Me levanto, la agarro por la cintura y la giro, forzándola a darme la espalda, su cuerpo desnudo presionado contra mi pecho.

Su respiración se engancha en su garganta.

Pongo mis labios sobre el lugar donde mi grito se ahogó.

—No has terminado de pagar el regalo, amor mío —le explico, mi voz profunda y firme—.

Me has dado tu voz, tu cuerpo, tu entrega.

Ahora dame tu obediencia.

Mis dedos recorren su espalda, dibujando el camino hacia el destino final, el portal que nos unió.

—Vamos a terminar esto donde empezó —murmuro, y la empujo suavemente hacia adelante, hacia el borde de la mesita donde yacen los instrumentos, el lugar donde nuestra conversación inicial se rompió para dar paso a la urgencia de la carne.

Ella obedece sin dudar, sin preguntar, solo con una expectación que tensa cada musculo de su espalda.

Su dulce sumisión es el arpegio final.

Me da la espalda, arqueando su cuerpo como una reverencia.

Yo me inclino sobre ella, y con un gesto que no es de ternura, sino de reclamación, la tomo de nuevo.

La miro, su rostro girado por encima del hombro, sus ojos cargados de lágrimas de un placer inminente.

La poseo de pie, de nuevo, rápido y crudo y sin preámbulos.

Su gemido es mi única métrica.

—Solo mía —repito, un juramento y una amenaza—.

Para siempre Liara.

El valor de la música que acabamos de crear es la sinfonía de un nuevo dominio, donde solo yo dicto el ritmo y la letra.

Me muevo dentro de ella con una candencia implacable, ya no buscando éxtasis, sino la confirmación de mi propiedad.

Cada empuje es una estocada de posesión, una firma húmeda en el control de rendición.

Sus manos se aferran al borde de la mesita, sus nudillos blancos.

Siento como sus abdominales se contraen bajo el esfuerzo de su placer, o quizá de la pura tensión.

La golpeo con la verdad de mi cuerpo, mi respiración áspera contra la seda de su pelo.

El olor a sexo, sudor y a esa fragancia de lavanda que solo su piel posee, me intoxica.

Estoy en el centro de su mundo, y ella esta encerrada en el mío.

—Diga mi nombre, Liara —le exijo, mi voz baja y cargada de autoridad—.

Diga quién es que la posee.

Su espalda se arquea con un temblor, pero su voz es clara, sin el menor rastro de debilidad, solo pura entrega.

—Elián, soy solo suya.

Esa palabra ≪Suya≫, es la única nota que necesitaba.

La nalgueo varias veces, hasta que sus glúteos, toman un color rojizo.

Es la culminación de la sinfonía.

En ese instante, descargo mi segunda tormenta, una exploración más violenta, más focalizada, la pura rabia del deseo finalmente satisfecho.

Me entierro lo más profundo que me permite su anatomía, sintiendo el espasmo de su canal que me aprieta y me retiene.

Su gemido es silenciado por el impacto, un grito ahogado contra la madera de la mesita.

El aire abandona mis pulmones en un largo siseo.

Me quedo inmóvil, mi frente descansando contra su espalda, mi peso total forzándola a anclarse al borde.

Mi miembro late dentro de ella, aún pulsando con vida.

El silencio regresa a la habitación, un silencio pesado, roto solo por el jadeo compartido de nuestros pulimientos.

El dominio silencioso ha sido profanado, reemplazado por la realidad cruda de la carne.

Me deslizo fuera de ella, y esta vez el sonido no es íntimo, es final.

El vacío que deja su cuerpo me recuerda la urgencia de volver a llenarla.

La giro con mis manos en sus caderas.

Sus ojos están cerrados, sus pestañas húmedas por el esfuerzo.

La sostengo en un abrazo que ya no es sexual, sino territorial.

La levanto y la llevo al diván, depositándola sobre el terciopelo escarlata.

—Mi música…

—murmura, abriendo los ojos.

Su mirada es de una lucidez aterradora.

—Nuestra música —corrijo, arrodillándome a su lado.

Retiro con mi dedo la última lagrima de placer que se ha secado en su sien—.

Y es hermosa, Chispita.

Pero la partitura esta incompleta.

Me pongo de piel y recojo su falda, que sigue tirada en el suelo.

La doblo con cuidado y la coloco sobre el borde de la mesita, un recordatorio de lo que acaba de suceder.

Busco con mis ojos el arpa, el instrumento que desató esta cadena de acontecimientos.

Sus cuerdas brillan en la penumbra.

—Muéstrame el valor de esta música, Elián —repite, su voz un murmullo exhausto, pero su voluntad es de hierro.

La miro, y una sonrisa lenta y posesiva se dibuja en mi rostro.

El valor no está en el placer, está en la influencia.

—El valor, Liara, es que ahora, cada vez que te mueves, cada vez que jadees, el mundo entero escuchara el eco de mi posesión en tu voz.

Tu cuerpo ahora es mi eco.

Me inclino sobre ella.

—Te he liberado de tu silencio.

Pero tu concierto ha terminado por, amor mío.

Me termino de quitar mi ropa con movimientos lentos y deliberados, dejando que me vea sin ninguna barrera.

Ella observa en silencio, sus ojos fijos en mí.

La tomo de nuevo por las caderas y la ayudo a levantar, sus pies al tocar el suelo, mi mano libre se estrella con la curva tensa de su nalga.

El sonido es fuerte y definitivo, una última nota de autoridad.

—¡Tírate en la cama!

—ordeno, mirando de arriba abajo.

Mi voz áspera por la pasión.

Ella no duda.

Su cuerpo, ahora moldeado por mi voluntad, obedece.

Cae sobre el colchón de terciopelo escarlata, su pelo dispersándose sobre la almohada.

Me acerco y la observo, el centro de su deseo brillando, la prueba húmeda de nuestra unión aún fresca.

Me acuesto a su lado, la atraigo de inmediato hacia a mí, presionando mi cuerpo desnudo contra el suyo, reclamándolo con cada centímetro de piel.

Su cabeza cae sobre mi hombro, su aliento en mi cuello es ahora lento y rítmico.

—Hoy dormirás encima de mí, desnuda —digo, mi voz un gruñido íntimo, mi boca rozando su oído—.

Te quiero justamente así, para tenerte sola para mí.

Paso mi mano por su espalda desnuda, la sensación de su textura bajo mis dedos es el trofeo final.

—Elián —susurra, la palabra ahora es una bendición exhausta.

—Descansa, mi Liara —le ordeno, pero la orden es un beso en la frente—.

Mañana es un largo día.

Ahora solo existe el dominio de esta habitación, y tú eres la única esencia que necesito.

Solo mía.

Me quedo un tiempo indefinido, sintiendo solo el subir y bajar de su respiración contra mi pecho.

Su piel se ha enfriado un poco, pero el calor que irradia su centro sigue siendo la única temperatura que reconozco.

No la suelto, mi brazo es una barrera de carne que le recuerda que esta asegurada, cautiva en mi deseo.

El sueño me arrastra, pero no antes de que la última imagen sea la de su rostro en éxtasis.

Esa visión se graba en mi mente como el plano de un arquitecto.

Cierro mis ojos, sintiendo el peso, su calor, su absoluta rendición.

El silencio ha vuelto, pero está lleno del recuerdo vibrante de su grito.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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