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Con solo imaginarte - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Más allá del silencio
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16: Más allá del silencio 16: Más allá del silencio Despierto con la primera luz gris que se filtra por las cortinas, antes que ella.

Me deslizo con cuidado, el acto de separarme de su cuerpo desnudo es casi doloroso, pero necesario.

La contemplo un instante: vulnerable, hermosa, exhausta.

Una sonrisa de suficiencia se curva en mis labios.

Me visto en silencio.

La sorpresa de hoy será la prueba de que mi posesión no es solo carnal, sino total.

Me dirijo al baño continuo.

No me demoro.

El agua caliente arrastra el sudor de la noche, pero no el recuerdo de su piel.

Al salir, envuelto en una toalla, me acerco al vestidor para elegir mi ropa: un traje oscuro, cortado con la precisión de un sable.

Mientras me visto, el sonido del movimiento me avisa.

Siento un leve temblor en la habitación.

Sus pestañas revolotean y sus ojos, dos ascuas liquidas, me encuentran.

Yo estoy abrochando los puños de mi camisa; ella me mira desde la cama, en el centro de las sábanas revueltas.

No hay reproche en su mirada, solo la calma de la rendición absoluta.

Ella se estira, revelando la tensión dulce de sus músculos magullados.

—Buenos días —dice, su voz un ronroneo que aún huele a sueño y deseo.

—Es un privilegio despertar a tú lado, Liara.

Y lo quiero vivir para siempre.

—digo, acercándome para dejar un beso posesivo en la comisura de su boca—.

Levántese.

Hay belleza que mostrar y un mundo que subyugar.

Salgo de la habitación, sin esperar a que responda, terminando de ajustar mi chaqueta.

Bajo la escalera y los empleados ya están en movimiento.

La casa respira con el sigilo profesional de un mecanismo de relojería perfectamente engranado.

—Despejen el ala este.

La iluminación debe ser cálida, pero precisa.

Cero errores —ordeno, y mis hombres se mueven con la cabeza en alto.

Ellos no preguntan, no hablan; su obediencia es silenciosa, un reflejo de mi voluntad—.

Todo lo que hagan es para ella.

Asegúrense de que entienda la magnitud de mi regalo.

Me dirijo al salón principal, donde me sirvo una bebida.

El tiempo corre.

Sé que Liara no tardará.

Su disciplina es tan aguda como su talento.

El reloj marca la hora exacta cuando ella aparece.

No desciende por la escalera principal, sino por la que conduce directamente a la segunda sala de recibo.

Ya se ha bañado; el vapor y el olor del jabón han sustituido el olor crudo de la noche, pero su piel conserva el rastro de la presión de mi cuerpo.

El aire a su alrededor ahora esta envuelto en el aroma de su perfume, un rastro de ámbar y vainilla que me obliga a cerrar los ojos un instante.

Lleva un sencillo vestido de seda que elegí yo mismo, de un color neutro que no compite con la intensidad de su presencia.

Su cabello ha sido peinado en un nudo griego firme y elegante, que enmarca la línea exquisita de su cuello.

Sus ojos, aunque descansados, tienen una sombra de la experiencia que compartimos.

Es perfecta.

Me quedo inmóvil, mi mano a medio camino de mi copa.

Su sola presencia detiene la rotación del mundo.

Siento que el aliento me abandona, no por la pasión, sino por la pura y abrumadora satisfacción estética de mi creación.

La miro, y sus ojos me hipnotizan con su quietud absoluta.

—Es un crimen, Liara —digo, mi voz se quiebra en un susurro, llena de una profunda adoración y posesión—.

Un absoluto y glorioso crimen que su belleza no sea la única ley del universo.

Usted es el único amanecer que mi alma permite ver, y hoy, mi vida, la luna de ayer le pertenece.

Espero su respuesta, sabiendo que ya ha entendido todo lo que ese cumplido seductor implica.

—La luna de ayer siempre le ha pertenecido, Elián.

Y así será —responde, su voz dulce y baja, pero lleva el peso de una verdad irrefutable.

No se acerca, mantiene la distancia, lo que solo intensifica de cruzar el espacio entre nosotros—.

Mi deseo por su oscuridad es más antiguo que cualquier luz.

La copa en mi mano se siente pesada, superflua.

La dejo con cuidado sobre la mesa auxiliar, sin apartar mis ojos de los suyos.

En su quietud hay un fuego que me llama.

—Acérquese —ordeno, y la palabra es apenas audible, pero el tono no admite réplica.

Liara camina hacia mí.

Su paso es sereno.

Se detiene a una distancia íntima.

Extendiendo mi mano y acaricio la curva de su mandíbula.

—El plan de hoy es simple, Liara.

Primero, desayunamos.

Luego el mundo.

Pero antes, traiga sus herramientas.

Las que anclan a su realidad.

Ella asiente.

Subimos a la habitación, y mientras la espero, observo cómo se desliza en un pequeño bolso de mano su labial, su teléfono celular y una libreta pequeña con su bolígrafo.

No entiendo el motivo del ¿por qué lo lleva?

¿Tendrá escrito todas sus metas?

¿Me lo contara?

Deseo que la sorpresa que le tengo preparada sea una meta cumplida de las que tendrá anotadas.

Bajamos a la sala de desayuno.

La mesa está puesta para dos, con una vajilla de porcelana exquisita.

El ambiente es íntimo y tranquilo.

De repente, las puertas del comedor se abren de par en par.

Todos mis empleados, cocineros, jardineros, personal de limpieza, entran en fila.

Son una docena de personas que se detienen en seco a una distancia respetuosa.

Liara levanta la vista por la intrusión.

—¿Elián?

—pregunta, sus ojos interrogantes.

Me limpio los labios con la servilleta con una parsimonia estudiada.

Es el momento.

—Una de las sorpresas, Chispita —digo, con una sonrisa lenta que no llega a mis ojos, pero que irradia posesión—.

Su vida, ahora, es una obra abierta.

Ellos son nuestros testigos.

El valor de mi regalo es la transparencia.

Miro a la fila de empleados.

—Hoy es un día especial para la Sra.

Liara.

Su comodidad es mi prioridad.

Su silencio es mi ley —Mi mirada los recorre, asegurándome de que el mensaje es claro: Sí alguno divulga un detalle, será destruido.

Ellos asienten, comprendiendo la amenaza silenciosa—.

A sus puestos.

El desayuno ha terminado.

Liara me mira, sus labios entreabiertos, pero no protesta.

Ha captado la sutileza.

El control es absoluto, pero el trato, exquisito.

Me levanto y le ofrezco mi brazo.

—Vamos, mi Liara.

Necesito presumir de su belleza bajo el sol.

Salimos de la mansión.

Caminamos por los sederos de mi propiedad y luego, intencionalmente, a través del pueblo cercano.

La gente nos mira, susurran.

Yo disfruto de esa atención.

La posesión no es real hasta que es pública.

La tomo firmemente de su cintura, aclarándola a mi lado.

Después de veinte minutos de caminata bajo el sol de la mañana, que hace brillar su cabello recogido, llegamos a nuestro destino: —Aquí es —anuncio, deteniéndonos frente a una fachada de ladrillo que ostenta un cartel sencillo y acogedor: “La cafetería Rincón del sabor”.

La miro, sus ojos reflejando la curiosidad y la duda.

—¿Una cafetería, Elián?

—Si, mi amor.

Un rincón del sabor.

Hoy, vamos a saborear la normalidad, Liara —le explico, pero mi voz esconde un doble sentido posesivo—.

Es aquí donde le revelaré el siguiente movimiento en nuestro juego.

Entre, mía.

Entramos.

El lugar es pequeño, ruidoso y está saturado con el aroma de café tostado y pan recién horneado.

La guio a una mesa junto a una ventana, donde la luz del sol cae sobre la madera antigua y los estante repletos de libros.

Liara suelta mi brazo, sus ojos recorren cada rincón con una alegría genuina que me desarma un instante.

Saca rápidamente su pequeño bolso de mano, buscando algo.

Llega un momento en que desvió la mirada, hacia la mesa de atrás de Liara.

Allí está.

Un hombre.

Es de mediana edad, con una barba bien recortada y una expresión tensa.

Pero lo que me hiela la sangre es que él nos mira fijamente.

A los dos.

Su mirada, intensa y penetrante, viaja de mí a Liara y de vuelta.

Nos evalúa.

Nos reconoce.

La sensación de ser vigilados es palpable, un escalofrió que no tiene nada que ver con la temperatura del lugar.

Siento la punzada familiar.

¿Lo conozco?

¿Pero en donde?

¿Dónde he visto sus ojos?

La extraña certeza de haber visto ese rostro antes, pero sin poder ubicar el recuerdo, se convierte en una urgencia.

El hombre es sospechoso.

Su atención fija sobre nosotros es una bandeja roja.

Rápidamente, antes de que se dé cuenta de que lo descubrí, grabo cada detalle de su rostro en mi mente: la línea de su mandíbula, la forma de sus cejas, la sutil cicatriz junto a su ojo izquierdo, analiza la forma en que el hombre sostiene su vaso de agua, la ropa que lleva.

Es una foto mental que no olvidare.

La urgencia me obliga a tomar una decisión rápida.

No puedo dejar que Liara se dé cuenta de que estamos en el punto de mira de un completo desconocido.

Me inclino un poco más hacia ella, bajando la voz.

—¿Estás mal?

—me pregunta, frunciendo el ceño.

—Si, solo la cafeína que me está pegando tarde —miento rápidamente, Niego con la cabeza, forzando una sonrisa que se siente demasiado tirante en mi cara.

La verdad es que la mirada del hombre no se ha movido.

Es un ancla de tensión que me sujeta.

¿Él sabrá que lo mire?

¿Sabrá que lo note?

No lo sé siento la necesidad urgente de disimular.

De proteger a Liara de esa incómoda mirada.

Me obligo a volver mi atención a ella, forzando una sonrisa natural mientras ella sigue hablando.

—Disculpa, ¿qué decías, Liara?

Por un momento me distraje —digo, deslizando mi cuerpo ligeramente.

Me interpongo un poco entre Liara y el hombre.

Intento que la sombra de esa mirada no la alcance.

—¡Esta es la mejor cafetería, Elián!

—exclama, y su entusiasmo es tan brillante que por un segundo eclipsa mi control—.

La mejor de todas.

Siempre soñé con algo así.

¡Parece una cafetería literaria!

Por eso me traje mi libretica para crear nuestro sueño, metas y leer algo que ya escribí.

—Oye, Liara —susurro, asegurándome de que mi tono sea casual—.

Necesito ir un momento al baño.

¿Me esperas aquí un par de momento?

Mi intensión real es rodear las mesas discretamente, acercarme a él por la espalda, o al menos obtener una vista lateral para ver si puedo encontrar algo que me dé la pista de su identidad.

Me levanto, no hacia los baños que están cerca, sino tomando una ruta larga y serpenteante, rodeando las mesas como si buscara un camino con menos gente.

Me muevo con la lentitud forzada de quien está estirando las piernas, pero con la mente a mil por hora.

Cada paso me acerca a la mesa de atrás, a ese hombre, a la pista que necesito.

Finalmente.

Llego a su mesa por un lado ciego.

Doy el último paso y mi respiración se detiene.

La mesa está vacía.

El vaso de agua que sostenía sigue allí, con marcas de húmeda.

El asiento está ligeramente apartado, como si se hubiera levantado de golpe.

Pero el hombre se ha esfumado.

Ha desaparecido en el bullicio de la cafetería en el minuto que tardé en rodear las mesas.

Mi frustración es un nudo frio en el estomago.

Me acerco, fingiendo buscar algo que se me ha caído.

Mis ojos escanean la superficie de la mesa.

Y ahí está.

Un sobre blanco, sin membrete, doblado cuidadosamente bajo el borde del vaso de agua.

Lo tomo con rapidez, sintiendo el grosor del papel.

Parece pesado.

Me alejo unos pasos, dándole la espalda al centro del local, y abro el sobre con cuidado.

Dentro hay una nota, escrita con una caligrafía limpia, pero lo que me golpea es la voz interna con la que leo el texto.

No es la mía.

Es una voz que me imagino áspera, con un marcado acento peninsular, quizás andaluz o de Madrid, un tono que evoca violencia y jerarquía criminal, con el uso de «vosotros» que lo hace aún más ajeno y amenazante.

Me siento, tratando de entender muy bien el mensaje de la nota.

¿Será cierto lo que pensé?

¿Si nos conocerá?

¿Pero quién es él?

Siento que mis esfuerzos no han servido de nada, y mis pesadillas persisten.

Temo que mi destino sea pasar el resto de mi vida sin encontrar la paz.

Que ingenuo eres, Elián.

¿De verdad creíste que el trabajo esta zanjado?

Que hemos caído todos.

Pero te equivocas.

Los Cuervos de Nox tenemos raíces profundas, ¿entiendes?

Los tres que abastéis no eran más que ramas secas.

En New York hay una puta semilla viva, y ahora, en cada sombra de este puto mundo, esa semilla brota.

Tu historia no termina, campeón.

Es ahora cuando empieza el verdadero juego.

Somos muchos más de los que tu cabeza puede imaginar, y nuestro único objetivo es: arrancarte el alma y beber de tu pánico.

No importa donde mires, no importa con quien te escondas.

En cada esquina, en cada rostro, detrás de cada puta ventana…

uno de los nuestros te vigila.

Estamos en tu aliento, Elián.

Y no pararemos hasta que tu vida sea solo un grito.

La carta cae de mis manos.

No la suelto, sino que la arrugo en un puño furioso, la tiro disimulado al suelo.

—¡Mierda!

¡Conmigo nadie se va a meter!

—El grito es silencioso, pero resuena en mi mente con la fuerza de un martillo.

La rabia me quema la garganta—.

¿Los Cuervos de Nox?

Pensé que había acabado con ellos.

Rápidamente, mi cabeza se gira.

Busco a Liara.

Ella está en nuestra mesa, ajena a mi explosión silenciosa, inclinada sobre la libreta que ha traído, anotando algo con concentración.

No ha volteado.

No me ha visto leer esto.

Es lo mejor, no quiero que se preocupe.

Seguiré con lo que estaba con ella.

Recupero la compostura y me dirijo hacia a ella, pateo el papel para debajo de la mesa.

La tranquilidad de Liara contrasta brutalmente con el caos que ahora llevo dentro.

Llego a su lado.

Ella está concentrada.

Su pluma se mueve rápido sobre el papel.

—Ya volví —le digo, mi voz suena sorprendentemente normal, aunque la noto levemente áspera.

Liara levanta la cabeza de golpe, sus ojos marrones clavados en los míos.

Hay una pizca de impaciencia, un brillo de curiosidad.

—¿Por qué tardaste tanto?

El escrutinio me obliga a improvisar, a dibujar un mapa mental rápido del trayecto que hice.

La verdad está prohibida.

—No es que…

estaba ocupado el baño y tuve que esperar un buen tiempo —miento, con una mueca de falsa frustración—.

La gente parece que se muda ahí dentro.

De todas formas…

—añado, dejando caer el cuerpo en la silla con un suspiro exagerado—.

Ya estoy aquí.

¿Estabas escribiendo algo?

Liara asiente, una sonrisa suave desplaza la impaciencia de su rostro.

Cierra la libreta, apoyando las manos sobre la tapa.

El gesto me da un momento de alivio; el foco se aleja de mí.

—Sí, estaba terminando de organizar mis ideas —me dice.

Su tono se vuelve más íntimo, como si estuviéramos compartiendo un secreto—.

Mira, tengo la lista.

Te diré mis sueños y las metas que también pueden ser tuyas, ¿de acuerdo?

Así podremos ver qué tan compatibles somos y cómo los fusionaremos.

Ella me mira, expectante.

Su entusiasmo es un ancla en mi caos.

Me permito relajarme, aunque solo sea en apariencia, escuchando el pulso acelerado de mi propia sangre contra el eco de la amenaza de los Cuervos.

No sé cómo ni cuándo, pero sé que debo resolver esto cuanto antes.

Debo encontrar la verdad oculta en esas palabras.

Pero ahora, tengo que escuchar a Liara.

Me inclino hacia adelante, apoyando los codos en la mesa, regalándole toda mi atención, el actor perfecto en el escenario del café.

—Adelante, soy todo oído.

—Antes de todo, quiero decirte que…

¡Está es la mejor cafetería, Elián!

—exclama, y su entusiasmo es tan brillante que por un segundo eclipsa mi control—.

La mejor de todas.

Siempre soñé con una así.

¡Parece una cafetería literaria!

Por eso me traje mi libretica para que veas nuestros sueños y metas.

La miro, sus dedos aferrándose al borde de la libreta, su mirada encendida por la inspiración.

—Nuestros sueños y metas, Liara —repito, y la seducción en mi voz se endurece con el matiz de la propiedad—.

Eso es exacto.

Usted me cuenta las promesas, y yo escribo el contrato.

Estoy en frente de ella.

Una camarera se acerca, pero la despido con un gesto.

Mi atención esta fija solo en Liara.

—Permítame ver esos sueños, mi musa —le pido, extendiendo mi mano sobre la mesa.

No es una petición, es una orden envuelta en terciopelo.

Liara abre su libreta.

Las primeras páginas están llenas de notas sobre melodías, bocetos de poemas y listas de cosas por hacer.

Llego a una página marcada.

Está encabezada, en su caligrafía elegante, con la lista de «metas para el futuro».

Leo en silencio: 1.

Publicar el poemario silente.

2.

Comprar una casa con vista al mar.

3.

Crear una fundación para jóvenes artistas.

4.

Encontrar la paz.

Tomo su lapicero y trazo una línea firme y oscura bajo la última meta, eliminándola.

Liara me mira, el shock y visible en sus ojos.

Tratando de decirme «Este que le pasa, ¿por qué me traza eso?

Siento que con la mirada, me esta diciendo par de cosas que no se atreve a soltar.

Solamente me queda decirle el porqué lo hice».

—La paz es para los muertos, Liara —le digo, deslizando la libreta de nuevo hacia ella—.

Usted es la tormenta.

Y hoy, le revelo nuestro nuevo plan.

Mire para fuera.

Ella gira la cabeza para mirar por la ventana.

La sorpresa ya no está en la cafetería, sino en lo que ocurre en la calle justo en el edificio de enfrente, un grupo de hombres está desmantelado un antiguo letrero y reemplazándolo con uno nuevo, recién pintado en un color azul marino profundo.

El nuevo letrero reza, en una tipografía clara y dominante: «Fundación Liara: El rincón de la creación».

Me recuesto en mi silla, observando su reacción, sabiendo que la he golpeado donde más le importa: Su ambición.

Quiero todo para ella.

—Elián —dice, su voz es apenas un hilo.

Liara se lleva una mano al pecho, el pequeño bolso y la libreta quedan olvidados sobre la mesa.

No hay miedo en sus ojos, solo una comisión abrumadora.

La función que había soñado en la intimidad de su mente ahora es una estructura física, más grande, más imponente y, fundamentalmente, mía.

—Es…

sublime —logra articular, y en su voz hay una mezcla de gratitud y pánico.

El terror de la posesión está exquisitamente disfrazado de un regalo.

Tomo su mano, que todavía tiembla ligeramente, y la beso en la palma.

—Sublime, si, mi Chispita —confirmo, reclinándome en mi asiento—.

Lo más hermoso que he comprado, después de su sumisión.

Le da al mundo la oportunidad de ver a Liara la creadora, Liara la musa, Liara la leyenda.

—Recuerde lo que dijimos sobre nuestros sueños y metas.

Usted escribe la promesa de arte y belleza; yo escribo el contrato, y el contrato dice que este lugar está aquí para proteger su visión.

Nadie más la tocará.

Nadie más la dirigirá.

Esto es nuestro refugio, Liara, y su voz nunca volverá a ser susurro.

Liara apoya su cabeza sobre su mano libre, cerrando sus ojos un instante para procesar el impacto de la revelación.

—Me gusta mucho la meta número tres, Liara.

Pero tu versión es demasiado pequeña —le explico, mi voz baja y posesiva—.

Antes de venir, compre ese edificio, mi amor.

Y esa función no es para usted.

Es usted.

La fundación Liara.

Mi regalo.

Mi ley en tu mundo.

Ahora, ¿qué más va a escribir en nuestra libreta?

El temblor que recorría su mano cesa.

Liara inhala profundamente, y cuando sus ojos vuelven a mí, el pánico ha sido reemplazado por una lucidez asombrosa.

Entiende que cualquier intento de protesto solo alimentaría mi juego.

—Es el lugar más hermoso que he visto —admite sin soltar su cartera como si fuera su último ancla—.

Es más de lo que jamás hubiera podido soñar.

—Esa es la diferencia entre su sueño y mi realidad, Liara.

Yo no sueño; yo construyo.

Y esta Residencia Poética no es una biblioteca de la paz, como había tachado.

Es la forja de la tormenta que usted es.

Me inclino sobre la mesa, la distancia entre nosotros se disuelve.

—Este lugar estará dedicado a escritores, músicos y artistas que, como usted, han estado callados, silentes.

Jóvenes talentos que esperan el permiso para sangrar.

Usted será la figura central, la Musa, la inspiración viva que los dirige.

Liara me escucha con atención absoluta.

—¿Dirigirlos?

—Si.

Usted les enseñara a no temer el grito.

Pero recuerde: los artistas que financiaremos, el arte que exhibiremos, el silencio que rompamos…

todo, absolutamente todo, pasará por mi supervisión.

Los contratos serán muy claros.

No habrá fugas, Liara.

Esto es un imperio, no una caridad.

Su fundación será el eco de mí visión del arte: controlada, perfecta y eterna.

Tomo su mano y la beso de nuevo, pero esta vez mi lengua roza levemente su muñeca, un recordatorio íntimo del poder que tenemos en público.

Regreso a la primera pagina de Metas: «Publicar el poemario silente».

Mi vista se detiene en un borrador de ese poemario, y leo en voz alta con un tono íntimo y posesivo.

Poemario Silente / El canto pendiente del Ámbar Se merece el verbo, prisionero en ámbar, en esta celda de aire que llamo voz.

Mi alma es un jardín donde nunca hay alba, donde el silencio se volvió feroz.

La silaba es un lirio que no florece.

El compás, un esclavo sin tambor.

Y el corazón, una catedral que crece con vitrales pintados por el dolor.

¿De qué sirve la arquitectura perfecta de una frase si el eco no la besa?

La emoción, tan urgente, tan directa, es agua que no halla su represa.

Vivo en el hueco de un espejo que miente, donde el alma se viste de ceniza.

Cada día es un lienzo que me miente, un grito que se ahoga en la brisa.

Camino en puntas de pie sobre el secreto, sobre la partitura que no se toca.

Cada día es un lienzo que me veto, un grito que se ahoga en la boca.

Soy la estatua que oculta bajo el hombro, la última lágrima que aún no cae.

No busco que nadie me quite el asombro, solo que la luz de mi sombra descalce.

Y anhelo la llave, no la cura, que me obligue a romper esta armadura.

Que la verdad, por fin, se vuelve pura, y mi arte se convierta en sepultura.

Termino de leer el poema.

El peso de sus palabras, su anhelo y su belleza llenan el rincón de la cafetería.

Cierro la libreta lentamente y la miro con una intensidad que la paraliza.

—Es…

perfecto, Liara —digo, y mi voz se quiebra con una admiración genuina, lo cual es raro en mí.

Muevo la cabeza, fascinado—.

Es una obra de arte tan brutal y hermosa que duele.

Es exactamente el dolor que yo deseaba despertar.

Usted es un tesoro.

Liara apoya su cabeza sobre su mano libre, cerrando sus ojos un instante para procesar el impacto de mis palabras.

Le entrego su libreta.

—Ahora, terminemos este café.

Tenemos una fundación que inaugurar y una lista de sueños que reescribir.

Y sepa algo: el edificio de enfrente es solo el primer paso para demostrarle al mundo que la mujer que lleva mi nombre nunca más será silente.

Liara no sonríe, pero en el fondo de sus ojos, la flama del desafío se mezcla con el fuego de la ambición.

Ella toma el lápiz y abre su libreta, junto a la meta tachada de <encontrar la paz>, escribe una nueva.

—Bien —dice, su voz más firme—.

El contrato está escrito.

Y mis metas, Elián, ahora tienen una dirección clara.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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